viernes, 26 de diciembre de 2014

¿Somos solidarios los peruanos?

Coincidiendo con las celebraciones de la Natividad surgen espontáneas e inusitadas manifestaciones de solidaridad en compañías, familias y gente en general. Se respiran tiempos de súbita aproximación al drama ajeno traslucido en incontables gestos de suponer bien intencionados.

Pareciera que, únicamente, en vísperas de esta efeméride cristiana estamos inmersos en variadas emociones. Para empezar, creo pertinente incidir que no es lo mismo “solidaridad” y “caridad”. En ocasiones se confunde el alcance de ambos conceptos. Una obra caritativa no precisamente define un comportamiento solidario.

El diccionario de la Real Académica Española especifica la solidaridad así: “Adhesión circunstancial a la causa o a la empresa de otros”. Considerando esta descripción me preguntó: ¿Es la solidaridad una virtud en nuestra sociedad? A mi parecer, estamos lejos de lograr su interiorización. No obstante, acreditan lo inverso los genuinos lazos que caracterizaron a los antiguos pobladores del Imperio de los Incas: sus organizadas funciones comunitarias, los principios que sustentaron sus quehaceres y, además, un sólido vínculo cooperativo reflejado en su estructura social.

Desde mi punto de vista, este valor está conectado con la empatía. Un sujeto empático tiende a exteriorizar determinadas impresiones y, por lo tanto, rasgos solidarios. Recordemos que ésta consiste en entender los pensamientos e inquietudes ajenas y de ponerse en su lugar. No es preciso pasar iguales experiencias para interpretar mejor a quienes nos rodean.

La solidaridad humaniza al individuo y lo enlaza con su hábitat. Nos corresponde fomentarla a fin de persuadir sobre la importancia de esta cualidad que vincula, hermana y cohesiona a los hombres y mujeres. Asimismo, acrecienta la autoestima. Cuando brindamos colaboración a otros, nos sentimos útiles y fortalecemos nuestra autovaloración, experimentamos satisfacción e incrementamos nuestra sensibilidad. Facilita ampliar nuestro conocimiento acerca de la compleja composición de un país invertebrado, marcado por enormes desigualdades y abismos estructurales.

Amable lector: tengo algunas dudas que deseo compartir con usted. Es favorable la presencia de organizaciones no gubernamentales que hacen una efectiva y sostenida faena solidaria en nuestra capital. Se percibe una respuesta institucional que ofrece su magnánima cooperación con el prójimo. Vemos una mayor toma de conciencia entre los jóvenes que efectúan altruismo y comparten experiencias que coadyuvarán en su crecimiento e identificación con su medio.

Por el contrario, la solidaridad individual no está reflejada en igual dimensión. Existen personas afiliados a entidades que cumplen labores comunitarias; sin embargo, no imitan esas prácticas con sus consanguíneos y amigos. ¿No es una contradicción? ¿Porqué muchos emplean la solidaridad de la puerta para afuera? Tal vez conviven sentimientos de culpa o la necesidad de proyectar una imagen incoherente con sus emociones.

Concurre un cúmulo de argumentos para analizar y, de esta manera, entender los rasgos de nuestra sociedad. Los peruanos evadimos apropiarnos del medio porque rehusamos asociar lo que está a nuestro alrededor como propio. Obviamos incorporar a la comunidad en nuestro proyecto personal –como resultado de un endeble sentido de pertenencia- y procedemos a mirar displicentes y criticar con agudeza las aflicciones de los demás.

Vivimos envueltos en un aturdimiento masivo tan grande que somos renuentes a adherirnos a las penurias foráneas. La consigna “primero yo, segundo yo y tercero yo” es un lema de “sabor nacional”. Reflexionemos y empecemos por la educación en el nivel familiar con la finalidad de promover una acción de vida unida a nuestra realidad.

En ese sentido, reitero lo expuesto en mi artículo “La solidaridad: Un valor enaltecedor” (2013): “Algunos simbólicos actos pueden ser un primer paso: visitar a un familiar enfermo, ayudar a quien atraviesa dificultades, dar asistencia al compañero de trabajo, brindar auxilio a una anciana al cruzar la calle, consolar a un amigo lleno de padecimientos, identificarnos con causas colectivas, ofrecernos para una labor voluntaria, entre otras tantas ideas. Sugiero dejar de mirarnos solo a nosotros mismos, para comenzar a ver el mundo en el que estamos envueltos”.

De otra parte, quiero referirme a la esfera institucional. Hay empresas privadas que aplican, como parte de su filosofía corporativa, el concepto de Responsabilidad Social con el afán de orientar sus esfuerzos en beneficio de sus trabajadores, sus familias y su ámbito de influencia. Es saludable que las compañías entienden la conveniencia de forjar buenas relaciones internas y externas. Visto desde la perspectiva empresarial, posibilita una actuación enmarcada en la solidaridad.

Observo entidades, incluso de educación superior, en donde la solidaridad se traduce en loables y pomposas jornadas navideñas, entre un sinfín de actividades de ficticia confraternidad. Pero, se rehúye aplicarla en el modo de despedir a un trabajador, en momentos adversos para sus colaboradores -como el deceso de un familiar cercano- o cuando suceden accidentes, enfermedades, etc. El silencio, la indiferencia y una coartada convenida constituyen el “sello” gremial.

Es usual hacernos los “ciegos, sordos y mudos” para evadir asumir una postura ante sucesos que acontecen en nuestro centro de labores. Sin embargo, no significa incapacidad para evaluar el discordante o ausente espíritu de reciprocidad. La actitud en “perulandia” consiste en desentendernos, con sutileza y discreción, del mortal ubicado a nuestro lado.

La solidaridad debiera interpretarse como una de las más extraordinarias muestras de acercamiento entre los seres humanos. Su aplicación honesta, fiel y continua revela nuestras convicciones. Convirtamos su acepción en un apostolado inequívoco y esperanzador e invoquemos las palabras del recordado Juan Pablo II: “La solidaridad no es un sentimiento superficial, es la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común, es decir, el bien de todos y cada uno para que todos seamos realmente responsables de todos”.

martes, 16 de diciembre de 2014

En vísperas de la Navidad: Tips de etiqueta social

La proximidad de la fiesta del misterio de la Natividad genera, en la inmensa mayoría de la población cristiana, algarabías de emociones y preparativos inherentes a esta efeméride religiosa. En tal sentido, he creído conveniente presentar diez sencillos consejos para exhibir un óptimo comportamiento y un elevado nivel de convivencia social.

Dejo constancia que no es mi intención enunciar pautas acartonadas e inflexibles como las que habitualmente escuchamos de ciertas profesoras e instructoras “pipiris nais”, cuyo proceder anticuado, anacrónico y poco práctico contribuye a distanciar esta temática de las inquietudes diarias de la gente. Me interesa ofrecer algunos concisos aportes encauzados a un mejor desenvolvimiento personal.

Primero: Cuando reciba congratulaciones por email, facebook, tarjetas impresas, etc. tenga la cortesía de retribuir esas muestras de afecto. Evite colocar vocablos gastados como: “Feliz Navidad y Próspero Año Nuevo”. Sea original, efusivo y espontáneo y, además, obvie hacer llamadas eufóricas de medianoche que agobien a quienes cenan o duermen. Un poco de cordura no está nada mal.

Segundo: Es recomendable rehuir realizar regalos onerosos. Pueden generar reacciones de contrariedad y desagrado. Sea minucioso en su elección. Es una celebración cristiana; decline contribuir con su desatino a incrementar el consumismo. Obsequiar sólo por “cumplir”, lo hará quedar mal. Mediante una llamada telefónica o mensaje electrónico agradezca los presentes.

Tercero: Durante la flamante cena de medianoche consuma los alimentos como sino tuviera hambre y beba los licores aparentando carecer de sed. Convierta la calma, la serenidad y la ponderación en su estilo de proceder en la mesa. Por el contrario, hay quienes parecieran no haber comido en días. Nunca tome el trozo más grande, eluda insinuar que está con apetito y servirse de manera exagera. Tampoco efectúe comentarios inelegantes y, por cierto, soslaye preguntar por el precio de la comida, la receta o el lugar en donde fue adquirida. Un punto imprescindible: no coloque su celular como si fuera un cubierto o un “amuleto”. Por favor, apáguelo y goce de un instante agradable y apacible.

Cuarto: Si tiene la costumbre de visitar a sus allegados, acuérdese de llamar por teléfono para anunciar su deseo de saludar personalmente y renuncie, al menos que sea invitado, a acudir en momentos desatinados o coincidentes con las horas de los alimentos. No se invite a sí mismo, como es común en nuestro medio. Diferénciese por su pertinencia y delicadeza.

Quinto: En estos días es frecuente encontrarnos en lugares públicos, centros de trabajo y reuniones familiares, con personas que gustan comentar sus “planes navideños”. Si usted sabe que determinados prójimos atraviesan complicaciones, inhíbase de orientar la plática hacia estos temas. Sea respetuoso de los padecimientos de nuestros semejantes. No todos están de “fiesta”. Existen quienes se encuentran tristes por la pérdida de un ser querido, entre varias razones que inspiran congoja.

Sexto: Si lo invitan a una cena navideña lleve un obsequio para la dueña de casa y/o algún postre o licor para compartir con el resto de comensales. Es un gesto distinguido y acertado. Si fuera posible indague acerca de los gustos y preferencias de quien hace la convocatoria. Los detalles definen al ser humano.

Sétimo: Agradezca la invitación mediante una comunicación telefónica o por correo electrónico. Siempre complace a los anfitriones el reconocimiento de sus agasajados. Es una demostración de finesa poco practicada en nuestra colectividad: marque el contraste.

Octavo: Cultive la puntualidad y prescinda -como todo el mundo en Lima- culpar a la aguda congestión vehicular de esta época del año. Ande precavido y planifique sus actividades con antelación. Así evidenciará afables modales y óptimo nivel de organización.

Noveno: La quema de cuetes y luces de bengala debe hacerse en horas apropiadas para sus vecinos. Tenga presente: sus derechos terminan en donde empiezan los ajenos. Sea comedido y prevenga generar ruidos molestos valiéndose del jolgorio general. Aprenda a cohabitar en armonía con su entorno y, por lo tanto, desarrolle el cada vez más escaso “sentido de pertenencia”.

Décimo: No fomente conversaciones encaminadas a competir sutilmente sobre el regalo realizado por la esposa, el novio, etc. Es común encontrar hombres y mujeres que les encanta revelar los costos de los presentes recibidos o efectuados y, lo que es peor, interrogan a otros sobre estos asuntos. Ello puede originar molestias e incomodidades. Y aún cuando no fuese así, deje de lado esa usanza empleada para indagar o exponer cuestiones vinculadas con la adquisición de bienes tangibles.

Una acotación aparte: Sugiero a los padres de familia que premian las excelentes calificaciones escolares de sus hijos con propinas y agasajos pomposos, enseñarles que más importante que una favorable nota en sus libretas, es ennoblecer sus vidas por la trascendencia de sus valores. Educarlos con el ejemplo de fidelidad, honradez, lealtad, caridad, entre otros conceptos contribuirá a moldear sus existencias en un marco sólido de principios. Aprovechemos esta conmemoración, en la que evocamos el nacimiento de Jesús, para afianzar nuestras convicciones cristianas.

Por último, reitero enfáticamente lo expuesto en mi artículo “La frivolidad de la Navidad” (2013): “Cuanto desearía que las familias eleven una oración entorno al pesebre, en lugar de esperar con expectativa ‘asaltar’ el árbol -decorado en incontables casos al estilo de un ekeko- para abrir los presentes. Ojalá hubiera un mínimo empeño para disfrutar de éste aniversario sustentado en las virtudes del cristianismo. Los mercaderes expulsados por Jesucristo del templo se han apoderado de su natalicio”.

Muchos augurios a quienes ambicionan un mundo pleno de ideales, esperanzas, perseverancias, optimismos y alegrías. Anhelo que las ilusiones navideñas influyan en cada uno de nosotros para vivir imbuidos del genuino testimonio del sucesor de María y José. Desistamos de las triviales manifestaciones materialistas y, especialmente, aprendamos a interiorizar lo ofrecido por el Espíritu Santo.

martes, 9 de diciembre de 2014

¿Tiene usted habilidades sociales?

Uno de los temas que más incumbe considerar a la sociedad en su conjunto está relacionado con la importancia de conocer, apreciar y expandir las “habilidades sociales”. Un término tan venido a menos en estas épocas y cuyas implicancias en el bienestar personal nos concierne incentivar.

Para empezar definamos las “habilidades sociales”. Se refiere a la capacidad del hombre para tratar y congeniar con el resto de semejantes. Incluyen las dimensiones que permiten la ampliación de un repertorio de acciones tendientes a un desenvolvimiento cierto.

Por su parte, Celia Rodríguez Ruiz, escritora, pedagoga y experta en terapia infantil, en su interesante artículo “Habilidades sociales: Educar para las relaciones sociales”, afirma: “Es fundamental prestar especial atención al desarrollo de las habilidades sociales, ya que en primer lugar son imprescindibles para la adaptación de los niños y niñas al entorno en el que se desarrollan sus vidas, y posteriormente estas habilidades les van a proporcionar las herramientas para desenvolverse como adultos en la esfera social, siendo la base clave para sobrevivir de manera sana tanto emocional como laboralmente”.

Quiero incidir en la trascendencia de su interiorización a fin de lograr establecer mejores lazos de convivencia y, además, tender un vínculo fluido, armonioso y tolerante en cualquier escenario o circunstancia. La intensificación de estas aptitudes está relacionada, consecuentemente, con el incremento de la empatía, el autocontrol, la autoestima y la inteligencia emocional.

Al mismo tiempo, de manera eficiente, logramos comprendernos, encontrar amigos y conocer a los que tenemos, optimizar las relaciones familiares, aumentar el rendimiento escolar, universitario y laboral y, además, forjar prolífero trato con superiores y colegas. Su implementación favorecerá nuestra forma de encarar las vicisitudes de la vida diaria. Más aún si pensamos en los elevados índices de conflictividad que acontecen en todos los ámbitos en donde nos desenvolvemos.

Por el contrario, evadir poseerlas puede tener mayores consecuencias en nuestro proceso de interacción. Por ejemplo, no comunicará eficazmente necesidades y sentimientos, será difícil hacer amistades y conservar los que se tiene, se apartará de actividades primordiales y divertidas y, probablemente, se encontrará sólo, perderá amigos ó tendrá desencuentros con ellos. Carecer de estas prácticas mutilará la construcción de nuevas y provechosas conexiones humanas.

Hay dos categorías de “habilidades sociales”: básicas y complejas. En el trajín de mi actividad docente alterno con personas (incluso profesores) carentes de competencias simples como saludar, sonreír, dar cumplidos, agradecer, exhibir capacidad de integración y trabajo en equipo. Es decir, aplicar acciones obvias orientadas a forjar una briosa aproximación con el semejante y auspiciar una satisfactoria calidad de vida.

Las “habilidades sociales” complejas están ligadas con el despliegue de la asertividad en la comunicación y la inteligencia interpersonal. Los individuos que la poseen saben expresar quejas, rebatir peticiones irracionales, revelar sentimientos, defender sus derechos, pedir favores, resolver situaciones agudas, acoplarse con el sexo opuesto, tratar con niños y adultos. Estas destrezas tienen un impacto directo en contextos de tirantez y demandan de una sólida configuración personal.

Asimismo, permiten el crecimiento humano y facilitan exhibir facultades mínimas para hacer frente a aspectos inciertos. La tensa afinidad entre familias, vecinos, colegas y en centros de trabajo, debe llevarnos a pensar en lo indispensable de desplegar estas virtudes con el afán de contar con los elementos que afiancen nuestra conducta. Conocernos, reflexionar, explorarnos y administrar con sapiencia nuestro mundo interno, incentivará estas competencias.

No obstante, sucede lo contrario. Cada vez son ascendentes las impaciencias que debemos enfrentar, entre otras razones, por la presión de una colectividad estresada, insolidaria, exaltada e indiferente y, por el contrario, la composición de los hombres y mujeres es limitada. Existe una carencia de “habilidades sociales” esenciales que nos deja atónitos en múltiples acontecimientos y, especialmente, cuando provienen de prójimos con determinada formación e instrucción que supondría un mínimo despliegue de estas pericias. No es así y, probablemente, sus inopias sean frecuentes.

Deploro que en nuestro medio se advierta una resignación, por instantes abrumadora, acerca de la habitual carestía de estas facultades que limitarán altamente el ascenso del sujeto. Personas de variadas ocupaciones laborales que, por la naturaleza de sus quehaceres requieren de un prodigioso nivel de estas cualidades, son renuentes a saludar y mostrar afables gestos, huérfanas de las mínimas nociones para fomentar una conversación, arropadas en su reducido y marginal círculo amical, incapaces de integrarse socialmente, inseguras en su toma de decisiones y sobreprotegidas en su estrecha zona de confort. Fiel expresión de lo que he denominado “chuncholandia”.

Es conveniente tomar en cuenta la concordancia que debe existir entre el grado de responsabilidad profesional y las “habilidades sociales”. Esta es una condición para encarar más complejos retos particulares, ascender en una empresa y salir airoso en un proceso de selección de personal. Rehuyamos subestimar su valor en nuestro progreso y en la búsqueda de una duradera interacción humana.

viernes, 5 de diciembre de 2014

Once lecciones de vida para tus hijos

Hace unos días encontré un interesante discurso del afamado magnate, informático, filántropo estadounidense y cofundador de Microsoft, Bill Gates denominado “Once reglas de la vida que tus hijos no aprenderán en el colegio”. Según la revista Forbes, el creador de la empresa de tecnología regresó a su instituto para dar una disertación a los alumnos sobre las pautas que se convirtieron en su sello de identidad. Su contenido me pareció acertado, oportuno y conveniente reseñar.

Primero: “La vida no es justa, acostúmbrate a ello”. Vaya si es cierto. Siempre comento a mis estudiantes, incluso de forma reiterada, que en la vida dos más dos no son cuatro. En las matemáticas si, en la vida debes considerar los factores subjetivos, emotivos y de variada índole que, en múltiples coyunturas, inclinan la balanza en tu contra. La justicia simplemente es un legítimo anhelo.

Segundo: “Al mundo no le importa tu autoestima, el mundo esperará que logres algo, antes de que te sientas bien contigo mismo”. La autovaloración es primordial de afianzar en tu proceso de formación a fin de contar con la seguridad interna que facilite convertirte en un ser autónomo capaz de forjar tu propio destino. No obstante, al resto le interesa poco o nada cómo te encuentras: sólo esperan resultados. Por momentos, difícil de asumir.

Tercero: “No ganarás 4.000 dólares mensuales justo después de haber salido de la universidad y no serás vicepresidente hasta que con tu esfuerzo te hayas ganado ambos”. Cientos de jóvenes creen que un título asegurará el auge laboral inmediato. El camino para llevar a determinado confort no está a la vuelta de la esquina, salvo que seas el hijo de un poderoso hombre de negocios. Es imperioso atender, con igual énfasis, tu ascenso intelectual, cultural, espiritual y emocional. Pues, es inverosímil lograr conciliar un sobresaliente profesional si antes no ha sido formada una persona íntegra.

Cuarto: “Si piensas que tu maestro es duro, espera hasta que tengas un jefe. Ese sí que no tendrá vocación de enseñanza ni la paciencia requerida”. Qué afirmación tan inequívoca. Los jóvenes asumen que el docente es implacable. Cuando ingreses al mercado laboral conocerán la verdadera severidad, injusticia y hasta la mezquindad de jefes acostumbrados a tratar en peyorativas condiciones a sus colaboradores con el pretexto que “page derecho de piso”.

Quinto: “Dedicarse a freír hamburguesas no te quita dignidad. Tus abuelos tenían una palabra diferente para describirlo: lo llamaban oportunidad”. Lleva acabo, como parte del crecimiento, progreso e incluso de la acumulación de experiencias, un sinfín de vivencias por más básicas que parezcan. Todas enaltecen, forman y preparan para mayores emprendimientos. Así lograrás contar con enormes pericias que te servirán a fin de ser empático cuando dirijas tu compañía.

Sexto: “Si metes la pata, no es culpa de tus padres, así que no te lamentes por tus errores, aprende de ellos”. Al cometer errores soslaya trasladar compromisos a tus progenitores. Recuerda: las caídas son parte de la vida y te ayudan en ese infinito proceso de adiestramiento y evolución. Evita castigarte por los deslices cometidos, saca las lecciones más significativas y se capaz de cultivar sus enseñanzas.

Sétimo: “Antes de que nacieras, tus padres no eran tan aburridos como lo son ahora. Ellos empezaron a serlo al pagar tus cuentas, limpiar tu ropa y escucharte hablar acerca de tus problemas. Así que inicia el camino limpiando las cosas de tu propia vida, empezando por tu habitación”. Comprende sus sacrificios y organiza tu existencia sin depender de ellos. La vida es cíclica y, más temprano que tarde, deberás devolverles su generosa entrega. Asumir obligaciones y desafíos contribuye a la maduración personal.

Octavo: “En el colegio puede haberse eliminado la diferencia entre ganadores y perdedores, pero en la vida real no. En algunas escuelas ya no se pierden años lectivos y te dan las respuestas para resolver un examen y responsabilidades cada vez menores. Eso no tiene nada que ver con la vida real”. En nuestra supervivencia concurre una disputa –por instantes sórdida- entre supuestos “triunfadores” y “fracasados”: esclarezcamos sus interpretaciones. Hay quienes asocian el éxito con bienes materiales, tarjetas de crédito, estatus económico y afines. Cuidado con confundir estos conceptos y terminar viviendo para satisfacer apariencias. Identifícate con objetivos más nobles y congruentes que, únicamente, amasar incontables riquezas tangibles.

Noveno: “La vida no se divide en semestres. No tendrás vacaciones de verano largas en lugares lejanos, y muy pocos jefes se interesarán en ayudarte a que te encuentres a ti mismo. Todo esto tendrás que hacerlo en tu tiempo libre”. Si logras hacer aquello que te llena y recompensa, no demandarás extensos descansos. El trabajo será un placer y, además, un deleite cotidiano. No habrá espacio para prolongadas pausas cuando deseas alcanzar nuevos planes.

Décimo: “La televisión no es la vida diaria. En la vida cotidiana, la gente de verdad tiene que salir del café de la película para ir a trabajar”. Todavía muchos jóvenes creen que refleja la existencia habitual en todas sus profundidades. Nada más errado: la televisión rehúye proyectar las dimensiones, padecimientos, conocimientos y ese mosaico tan rico de oportunidades inherentes a la especie humana. Evita sustituir este medio de comunicación por tu testimonio personal. Aproxímate a la cultura y a sus variadas y exuberantes manifestaciones y, de esta manera, lograrás tener una mejor percepción de lo que sucede a tu alrededor. La sapiencia es un instrumento de sublevación, reflexión y disconformidad imprescindible.

Undécimo: “Sé amable con los 'nerds'. Existen muchas posibilidades de que termines trabajando para uno de ellos”. La vida también es una sucesión de desconciertos, acontecimientos imprevistos y revelaciones sorprendentes. Está latente la casualidad que en algún momento seas contratado por aquel compañero de estudios –limitado en sus habilidades sociales- divisado con desdén y al que creíste incompetente para forjar un futuro próspero.

Amigo lector, he pretendido compartir contigo unas cuantas y dispersas deliberaciones en relación a las lecciones de la vida: esa maravillosa e inagotable escuela de realizaciones, esperanzas y altibajos presente ante nuestros ojos. Acaso tenía razón el escritor, dramaturgo, crítico literario y Premio Nobel de Literatura (1922), el español Jacinto Benavente, al afirmar: “La vida es como un viaje por mar: hay días en calma y días de borrasca. Lo importante es ser un buen capitán de nuestro barco”.

viernes, 7 de noviembre de 2014

¿En qué momento se jodió el Perú?

Esta es la habitual pregunta formulada por muchos peruanos en nuestro legítimo afán de encontrar respuestas tendientes a entender el origen de los complejos y ancestrales males nacionales. Por cierto, tan afamada interrogante se remonta a la tercera y célebre novela de Mario Vargas Llosa “Conversación en la catedral” (1969).

Una obra ambientada en la dictadura de Manuel A. Odría (1948 – 1956) que tiene como escenario la plática entre Santiago Zavala, el memorable “Zavalita” periodista frustrado de clase con ideales de cambio, y Ambrosio, el ex chófer de su padre, en “La catedral”, un conocido bar de la avenida Tacna en el centro de Lima que, como otros lugares de nuestra ciudad, están inmersos en la amplia narrativa del Premio Nobel de Literatura 2010.

Esta publicación manifiesta la indolencia de un pueblo sometido al tradicional poder militar autoritario y arbitrario derivado en un gobierno dictatorial disfrazado en una oligarquía. Para mostrar un rico mosaico social, el autor crea una estructura con diálogos superpuestos de dispares personajes. Un volumen recomendable, entretenido y aleccionador.

Desde mi parecer, no existe un hecho histórico puntual que haya sido decisivo para precisar “en qué momento se jodió el Perú”. Concurren una serie de episodios lesivos a nuestra identidad, afirmación y autoestima desde la época colonial y, especialmente, con la llegada de la república. Podríamos enumerar variados factores ya conocidos como el caudillismo, la bonanza económica del guano y el salitre, el deslucido papel de la clase política a mediados del siglo XIX, el fracaso de la guerra con Chile, el oncenio de Augusto B. Leguía, el militarismo, etc.

También, podemos culpar a la época militar de Juan Velasco Alvarado, al fenómeno terrorista, a la hiperinflación de los años ochenta, al gobierno de Alberto Fujimori Fujimori que destrozó el frágil orden institucional y democrático, entre otros múltiples sucesos. Reitero, está en cada uno de nosotros hacer extensos análisis acerca de los eventos más importantes destinados a conocer, de forma concluyente, “en qué momento se jodió el Perú”.

Siempre me he interrogado: ¿De qué vale saber “en qué momento se jodió el Perú”? Acaso sus orígenes y explicaciones –por más acuciosas que sean- influirán en el cambio que urgimos perpetrar para salir del pozo moral que nos aflige como sociedad. No obstante, rehuimos darnos cuenta de los comportamientos que contribuyen a seguir “jodiendo” al país. A continuación algunos pocos y desordenados ejemplos: pasar una luz rojo e invadir el crucero peatonal, vulnerar los derechos de los semejantes, dar una coima para salir del apuro, evitar pagar nuestros impuestos, el vicio de convertir la impuntualidad en una cultura de vida, inventar excusas para justificar no cumplir con las responsabilidades asignadas, hacer las cosas para salir del paso, convertir la amistad en “complicidad” y la lealtad en “sumisión”, hacernos de la “vista gorda” para esquivar sentirnos obligados a denunciar algo irregular, trabajar sólo lo indispensable por acatar con el horario establecido, mentir por temor a manifestar nuestra verdad, asumir actitudes insolidarias hacia nuestro medio, arrojar basura en la calle, practicar ese famoso deporte consistente en criticar y soslayar dar soluciones, entre un sinfín de rasgos inherentes a nuestra peruanidad.

Por otra parte, en el libro “Rajes del oficio”, del periodista Pedro Salinas, encontré la pensativa respuesta de Mario Vargas Llosa a la pregunta “¿Qué te enfurece más del Perú?”: “Me enfurece sus inmensos contrastes culturales, económicos. Me enfurece el egoísmo y la ceguera de los peruanos privilegiados. Me entristece terriblemente la incultura, la desinformación, y a veces los resentimientos y rencores de los peruanos en general. Me entristece mucho la gran mediocridad de sus dirigencias políticas, la incultura general de la sociedad peruana. Y la perseverancia en el error, que es una característica nacional, en el campo político, económico y social”.

Acogiendo lo dicho por nuestro empecinado –y no siempre comprendido- demócrata y laureado escritor estoy convencido que estamos “jodidos”, en gran medida, por la ignorancia y ausencia de sapiencia de una sociedad mediocre, conformista, obsecuente y ausente de capacidad para levantar una voz valiente de protesta. Una colectividad integrada por ciudadanos que viven su día a día de espaldas a esa realidad que cuestionan y a la que eluden enfrentarse.

Requerimos sublevar el alma, el pensamiento y la conducta de nuestros compatriotas. Demandamos de reacciones imprescindibles si anhelamos concebir una comunidad de hombres y mujeres aptos para afrontar las adversidades de la vida y, en consecuencia, evitar seguir “jodiendo” nuestra patria. Usemos las neuronas, la libertad de conciencia y una visión esperanzadora para forjar nuestro porvenir. Esta reflexión me trae a la memoria las palabras del Papa Francisco I: “Quien no deja huella, no sirve para nada”.

En nuestras manos está pasar a la acción correctiva y convertir nuestras realizaciones en referente para salir de este trance que adormece y neutraliza nuestras fibras de indignación. La resignación nos lacera velozmente, sin el más mínimo remordimiento. La indolencia va de la mano de la apatía y, por lo tanto, ambas constituyen una suerte de “vitamina” consumida, en elevadas y cotidianas dosis, por una nación que sortean enfrentar tan hiriente circunstancia. A pesar del tiempo se mantiene vigente la severa sentencia del ilustre anarquista, maestro, ensayista y pensador Manuel González Prada (1844 – 1918): “El Perú es un organismo enfermo; donde se aplica el dedo, brota la pus”.

Dentro de este contexto, coincido con lo expuesto por Raúl Jurado Párraga, en su interesante texto “En que momento se jodió el Perú”, cuando dice: “…Pero no se puede vivir siempre con traumas, hay que superarlos y es ahí, donde la frase: ‘Cuando se jodió el Perú’ nos da la posibilidad de reflexionar sobre nuestro país desde nuestra individualidad y porque no desde el mismo centro de nuestra vida en sociedad. En proyección poder dejar de joder y habremos comenzado a mirar la vida de distinta manera”.

lunes, 13 de octubre de 2014

Reflexiones sobre la autoestima

Como todos sabemos la autoestima es el sentimiento valorativo de nuestro ser, de quienes somos e incluye el conjunto de rasgos corporales, mentales y espirituales que configuran nuestra personalidad. Esta se puede aprender, cambiar y mejorar en el transcurso de nuestra existencia.

A partir de los cinco o seis años empezamos a cimentar un concepto de cómo nos ven nuestros mayores, compañeros y amigos y, por lo tanto, las experiencias adquiridas van perfilando nuestro ser. De modo que, es importante que los ascendientes y/o tutores emitan emociones y señales destinadas a apuntalar la autoestima, por cuanto en esta etapa se define el crecimiento interno.

En el hogar se trasmiten los primeros valores que llevarán al niño a formar su identidad. Muchas veces los padres actúan, por desconocimiento u omisión, de manera perjudicial y dejan marcas ocultas en sus descendientes. Progenitores con déficit de autoestima transmitirán inconscientemente –y creyendo que es correcto- mensajes y comportamientos tendientes a mermar el ascenso de la autoestima de su hijo. También están los que aprecian los logros, esfuerzos y realizaciones de sus vástagos y, por lo tanto, contribuyen a afianzar su personalidad.

En gran medida la autoestima es responsable de los fracasos y éxitos del ser humano. Una autoestima adecuada ampliará la capacidad de desplegar las habilidades y aumentará la seguridad; mientras que una autoestima baja se enfocará hacia la derrota y frustración. Es decir, ejerce una notable influencia sobre la conducta.

Por esta razón, resulta interesante analizar la autoestima de un individuo para comprender, con escasos márgenes de error, su evolución y las determinaciones adoptadas que, en mayor o menor nivel, pueden haber contribuido a su bienestar. Tiene una implicancia intrínseca en la biografía emocional y, en consecuencia, es una especie de “soporte” que brinda ímpetu para enfrentar el trajinar de la vida.

Es pertinente hacer críticas constructivas, asumir actitudes provechosas, confiar en si mismo, conducirse en función de sus creencias, perfeccionar la sensibilidad, la habilidad social y ser diligentes en reconocer fortalezas y debilidades. El beneplácito individual es medular para entender y elevar la autoestima.

Un individuo con autoestima positivo marca diferencias. Así, por ejemplo: Cree firmemente en ciertos valores y principios; obra según crea más acertado, confía en su propio juicio; no emplea demasiado tiempo preocupándose por lo halla ocurrido en el pasado; tiene confianza en su asertividad para resolver sus propios problemas; se considera y siente igual a cualquier otra persona, aunque admite distinciones; da por supuesto que es interesante y valioso; no se deja manipular, aunque está preparado a colaborar si le parece conveniente; acepta en sí mismo una variedad de sentimientos, tanto positivos y negativos, y está dispuesto a revelarlos; es capaz de disfrutar diversas actividades como trabajar, jugar, caminar, leer, etc.

Con frecuencia observo, en mi quehacer docente, realidades que evidencian bajísimos estándares de autoestima que, a su vez, posibilita concebir –más no justificar- conductas miedosas, abyectas y ambivalentes. Por ejemplo, la habitual vacilación del alumno a intervenir, expresar sus discrepancias o formular un aporte por el espanto a ser rechazo por sus condiscípulos. Ese mismo ejercicio podríamos trasladarlo a las esferas profesionales en donde incontables colegas se hacen los “sordos, ciegos y mudos” y evaden dar sus puntos de vista cuando existen desacuerdos.

Existe un sinfín de situaciones que grafican nuestra deteriorada autoestima. Miedo, inseguridad, duda y urgencia en conseguir la aprobación de otros, son características frecuentes. Algunos ejemplos usuales: falta de convencimiento para defender nuestros derechos, inexistente firmeza para exponer lo pensado sin dejar de estar al tanto de la aceptación que nuestro parecer puede merecer en los demás, recelo a exhibir con hidalguía nuestros actos sin importarnos coincidir con quienes nos rodean, incapacidad para tomar resoluciones inspiradas en convicciones, etc.

Sugiero, con absoluta modestia, prestar atención a la actuación del prójimo para percatarnos con claridad de sus índices de autoestima y, por lo tanto, comprender su falta de valentía y certidumbre en sus decisiones. Expresiones frecuentes como “no te compres lío ajeno”, “evita decir lo que piensas” o “hazte el desentendido” son el espejo de una colectividad con insuficiente autoestima frente a la que debemos rehuir resignarnos.

Hace unos días explicaba a mis estudiantes la importancia de vigorizar y desplegar la inteligencia interpersonal con el afán de forjar fructíferas relaciones de convivencia social y asegurar una sólida comunicación con nuestros semejantes. Explique cómo en nuestro medio la denominada (por el suscrito) “chuncholandia” muestra, entre otras demostraciones, la deslucida autoestima de los peruanos y, por cierto, de los jóvenes en particular. Me referí a esa clamorosa necesidad de sentirse protegidos, únicamente, cuando están rodeados de su grupo familiar, amical o sentimental.

Por lo tanto, existe temor a construir relaciones con los que no integran su entorno más cercano. Se percibe pavor de salir de su “zona de confort” a pesar de perder la oportunidad de explorar nuevas vinculaciones humanas que pueden generar una diversidad de experiencias, conocimientos y aprendizajes. Es rutinario ver hombres y mujeres aparentemente fluidos, desenvueltos y extrovertidos, sólo cuando se encuentran con su secta amical, laboral o sanguínea. Su diminuta autovaloración les imposibilita desarrollar acercamientos con desconocidos o tomar la iniciativa para fomentar un enlace social.

Sumemos esfuerzos y tengamos una mirada esperanzadora de nuestro destino, construyamos pensamientos llenos de renovadas ilusiones y, además, seamos idóneos para asumir nuestra propia realidad y descubramos el potencial de cada uno de nosotros. No perdamos tiempo: consolidemos nuestras “columnas” emocionales destinadas a resistir los embates de la vida.

lunes, 22 de septiembre de 2014

Importancia de las áreas verdes de Lima

Recientes informaciones ponen de manifiesto los peligros que se ciernen sobre las áreas verdes de la “Ciudad de los Reyes”, una metrópoli con apenas 2.9 m2 zona verde por habitante, cuando el estándar de la Organización Mundial de la Salud (OMS) exige 8 m2. En tal sentido, contamos con un déficit crónico de parques, árboles y jardines.

Es conveniente anotar algunas estadísticas internacionales con la finalidad de comprender nuestra dramática realidad. En Santiago de Chile, un ayuntamiento amenazado por la polución, existe una proporción de 4 m2 por habitante, por encima del promedio latinoamericano: 3.5 m2. Nueva York tiene 27 m2 por lugareño, al igual que Londres, mientras que Estocolmo registra la enorme cifra de 87 m2.

Dentro de este contexto, Anna Zucchetti, presidenta del directorio del Servicio de Parques (Serpar) de la Municipalidad Metropolitana de Lima, ha declarado (El Comercio, agosto 24 de 2014) que 20 de los 43 distritos de Lima poseen 3.7 m2 de superficie verde por poblador y dos de ellos tienen menos de 1 m2/hab. Este es el caso de Pachacamac y Breña (0.7 m2/hab.) Sólo ciertos distritos superan los 10 m2/habitante como Miraflores, San Borja, La Molina, San Luis y San Miguel.

Asimismo, ha indicado que dos millones de residentes no poseen un parque distrital o local de menos de dos hectáreas a 300 metros de distancia de su casa. El Serpar está invirtiendo 355 millones de soles en la construcción de ocho nuevos parques zonales –que serán entregados antes de fin de año- y que servirán para amortiguar esta demanda.

No obstante, de continuar el actual déficit ascendente a 4.776 hectáreas, se presume que esta carencia llegará el 2015 a 5.213 hectáreas. Este fenómeno se daría por la creciente expansión urbana en la capital. Dicho estimado equivale según Wiley Ludeña, autor del libro “Lima y los espacios públicos. Perfil y estadística integrada 2010”, a 40 grandes parques zonales.

Al elevado faltante de áreas verdes debemos agregar la ausencia de planificación en su mantenimiento y administración. Desde mi percepción, se requiere una política transversal –liderada por la autoridad provincial- para evitar que cada concejo aplique iniciativas dispersas en la creación y manejo de estas áreas. Según refiere Poul Knudsen, especialista de la Sociedad de Urbanista del Perú: “…Son pocos los casos en los que la plantación es planificada. Esto se ve en árboles que caen por débiles o falta de mantenimiento; árboles podados drásticamente o cuyas raíces invaden tuberías y levantan pavimentos. No todas las especies resisten la polución o producen oxígeno por igual”.

La temática integral de las zonas verdes requiere conciliar el uso adecuado del agua y la colocación de géneros concordantes con las variables ambientales. Este aspecto debe inspirar a los gobiernos ediles a formular un diseño organizado, técnico y programado de las especies botánicas en función del clima, la polución, entre otros factores que, al parecer, no son considerados. Los árboles más idóneos son el molle, la tecoma, el huarango y el jacarandá; demandan poco espacio y agua.

Es pertinente fomentar el cultivo de árboles de la región y reducir el césped en las bermas centrales por su alto consumo de agua (cuatro veces mayor que cualquier otra planta). Existen variedades con propiedades para atraer las impurezas. Por ejemplo, el jacarandá absorbe los contaminantes de 1.405 autos. Se sugiere regar en la noche con el afán de evitar la evaporación rápida y las podas es preferible hacerlas en invierno para que el árbol cicatrice y presente nuevos brotes en primavera.

Recomiendo considerar el activo rol ambiental, social, cultural y educativo de las extensiones verdes que, en la mayoría de los municipios distritales, es ignorado por la carencia de visión de sus autoridades. Un referente es el bosque El Olivar en San Isidro que podría tener un museo destinado a valorar su historia, cuyos antecedentes se remontan a la época colonial. Allí concurren niños, padres de familia y, por lo tanto, el componente formativo debe realzarse. Desde hace algún tiempo cuenta con un sistema tecnificado que hace posible ahorrar el 70 por ciento de agua. Con el riego por inundación se usaban 22.400 m3 de agua mensualmente; mientras que el moderno mecanismo emplea sólo 6.400 m3 para las 10.31 hectáreas que abarca El Olivar.

Sin embargo, se hace urgente fomentar la creación de plantas de tratamiento de aguas servidas. En la mayoría de los municipios todavía se usa agua potable para estos fines, un recurso escaso para cubrir las insuficiencias básicas de amplios sectores de la metrópoli y encareciendo la sostenibilidad de los jardines.

El parque María Reiche en Miraflores, con una dimensión de cuatro hectáreas, es un referente que puede replicarse en otras comunas. Tiene una planta -diseñada por el ingeniero sanitario Alejandro Vinces Araoz (1919-1999)- por donde el agua ingresa del desagüe proveniente de diez cuadras a la redonda y capta 1.2 litros por segundo. El sistema es completamente natural, sin utilizar dispositivos químicos. El agua tratada cuesta 0.50 céntimos el metro cúbico, mientras el costo de la adquirida en Sedapal es aproximadamente de 2.00 de nuevos soles.

Es un modelo de aprovechamiento del agua que incluye los restos fecales para hacer compost. Mediante un mecanismo sencillo se han reverdecido dos hectáreas de los acantilados con la campanilla, una especie resistente a la brisa marina, protegiéndolos de los desprendimientos y embelleciendo el paisaje urbano. Esta experiencia -cuyo costo no es mayor a los 50 mil dólares- podría imitarse a lo largo de la Costa Verde, luego de estudiar su factibilidad.

Por su parte, el Parque de la Amistad de Santiago de Surco comprende plazuelas, glorietas, puentes, piletas, estación de tren y representativos exponentes del distrito en una expansión de 30 hectáreas. Se trata de un parque con amplios espacios para la recreación, las prácticas culturales y el fomento del turismo. Visitarlo es involucrarse con algunas de las tradiciones limeñas y apreciar, entre otros bellos exponentes, la réplica del Arco Morisco que fue donado por la colonia española al Perú con ocasión del centenario de la independencia nacional.

Este parque tiene una planta de aguas residuales que facilita su regadío y, además, abastecer la laguna artificial en donde realizan paseos en bote. Su diversidad de encantos podría complementarse con actividades educativas, al aire libre, campañas ecológicas, recitales, entre otras iniciativas. De esta forma, se lograría dar un valor agregado a los servicios ofrecidos al visitante.

De otro lado, nunca faltan las malas noticias en relación al futuro de los espacios verdes. Hace unos días se realizó una manifestación en contra de una iniciativa del Poder Ejecutivo que reduciría hasta en un 93 por ciento los ingresos que recibe el Serpar por aportes inmobiliarios. El proyecto de ley enviado al Congreso de la República, modifica el artículo 19 de la ley N° 29090, el cual propone que las empresas inmobiliarias ya no tributen al Serpar por el valor comercial del establecimiento, sino por el importe arancelario urbano. Esta propuesta es impulsada por el Ministerio de Economía bajo el argumento de que reactivará las inversiones en el campo de la construcción.

Las justificadas críticas han sido inmediatas. Esta medida afectará la administración de 15 parques zonales y metropolitanos. De reducirse sus ingresos se deberán eliminar varios servicios gratuitos como campañas educativas, programas deportivos, funciones educativas, talleres de baile, reciclaje o liderazgo que se ofrecen en San Juan de Lurigancho, Los Olivos, Comas, Villa María del Triunfo y otros.

Las áreas verdes tienen una incidencia directa en el incremento del valor de las propiedades que debemos evadir subestimar. Sirven para fomentar la recreación, el esparcimiento y un conjunto extraordinario de quehaceres que los regímenes locales debieran aprovechar teniendo en cuenta las demandas sociales de sus residentes y su contribución en la calidad de vida de la comunidad.

domingo, 31 de agosto de 2014

Las Inteligencias Múltiples

Hacía 1983 el renombrado profesor, investigador y psicólogo norteamericano Howard Gardner -graduado con un doctorado en Educación en la Universidad de Harvard- propuso la reveladora Teoría de las Inteligencias Múltiples que lo hizo merecer del premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales (España, 2011).

En su planteamiento -motivo de estudio y debate hasta nuestros días- Gardner define la inteligencia como la “capacidad mental de resolver problemas y/o elaborar productos que sean valiosos en una o más culturas”. Asimismo, la determina como una habilidad. Hasta hace poco tiempo se creía congénita: se nacía inteligente o no, y la enseñanza no podía cambiar ese hecho. Tanto es así, que a los deficientes psíquicos no se les educaba, porque se consideraba que era inútil, cuando en realidad existe la parte innata como la adquirida.

Esta hipótesis afirma que tenemos varias capacidades mentales, concretamente: la lógico-matemática, la espacial, la lingüística, la musical, la corporal, la interpersonal y la intrapersonal. Por lo tanto, cuando medimos la inteligencia se sugiere hacerlo basándonos en todas ellas y no sólo en unas cuantas como sucede en el test de coeficiente intelectual aplicado en la etapa escolar que, únicamente, estima las aptitudes matemáticas y lingüísticas. De allí que, sus resultados eluden reflejar la dimensión completa del talento de una persona.

Tengamos presente que la inteligencia está formada por diversas variables como la atención, la observación, la memoria, el aprendizaje y las habilidades sociales. En tal sentido, es la pericia de asimilar, guardar, elaborar información y utilizarla para solucionar contrariedades. El rendimiento obtenido en nuestras actividades diarias depende de la diligencia prestada y de nuestras cualidades de concentración.

Desde mi perspectiva, existen tres inteligencias de vital trascendencia, utilidad y beneficio, cuyas implicancias van más allá del quehacer laboral y tienen una connotación influyente en cualquiera de los ámbitos en donde nos desenvolvemos: Lingüística, Interpersonal e Intrapersonal. Constituyen pilares fundamentales en el crecimiento integral del ser humano. Hablemos un poco de cada una de ellas.

La Inteligencia Lingüística ofrece la posibilidad de platicar y redactar eficazmente. El don del lenguaje es universal y su desarrollo en los niños es similar en todas las culturas. Incluso en el caso de personas sordas a las que no se les ha enseñado un lenguaje por señas, a menudo inventan uno propio y lo usan espontáneamente.

Su ampliación comprende la virtud de comprender el orden y el significado de las palabras en la lectura, la escritura y al hablar y escuchar. Brinda la oportunidad de saber expresarse en de modo óptimo. Una forma de fomentar su impulso es mediante la práctica intensa de la lectura, la escritura y acceder a la cultura. Esto último es algo venido a menos en nuestra sociedad. Existen hombres y mujeres con altos grados académicos y exhiben acentuadas carencias al comunicarse. Esto lo observo con frecuencia en colegas, alumnos y profesionales de distintas disciplinas.

La Inteligencia Interpersonal se constituye a partir de la capacidad para sentir distinciones entre los demás, en particular, contrastes en sus estados de ánimo, temperamento, motivaciones e intenciones. Hace posible advertir los propósitos y deseos ajenos, aunque se hayan ocultado. Permite trabajar con gente, asistir al prójimo para identificar dilemas y promueve la mutua interacción entre los seres humanos.

Finalmente, la Inteligencia Intrapersonal es el conocimiento de los aspectos internos: el acceso a la gama de sentimiento, la disposición de efectuar discriminaciones entre ciertas emociones y recurrir a ellas con el afán de orientar la conducta. Facilita percatarnos de fortalezas, debilidades, inseguridades, prejuicios, complejos y, en consecuencia, ayuda a prever las respuestas generadas por los acontecimientos venideros.

Poseer alto grado de estas dos últimas inteligencias hace al ser humano empático, propone elementos para constituir una buena convivencia social, refuerza una sobresaliente relación colectiva, familiar y laboral y, además, autoriza reconocer sus respuestas afectivas. Faculta enfrentar en mejores condiciones las presiones, adversidades y contrariedades cotidianas. Evitemos subestimar su aporte favorable en el perfil de un profesional con la aspiración de conducir grupos humanos, liderar una organización o coordinar en equipo.

Muchas veces alternamos con individuos poseedores de elevado progreso profesional; sin embargo, tienen precarios estándares de autocontrol, empatía, habilidad social, interacción, tolerancia y pobre noción de su esfera interior. Este desbalance -habitual en sociedades que rehúyen otorgar a los asuntos emocionales sus reales implicancias en el comportamiento- tiene directa preponderancia en su desempeño en la oficina.

Podemos aseverar que, en síntesis, la confluencia de la Interpersonal e Intrapersonal constituyen la Inteligencia Emocional. Una suerte de inteligencia superior que resalta las cualidades intelectuales, académicas y técnicas de un sujeto y, por lo tanto, brinda eficientes instrumentos para su desenvolvimiento. Por el contrario, su carencia opacará sus destrezas. La infinidad de tensiones que acontecen en la sociedad actual deben inspirarnos a afianzar esta inteligencia con el objetivo de forjar una correlación armónica, civilizada y condescendiente con nuestros semejantes.

Por ejemplo, un trabajador destacado por su rendimiento, entrega y disciplina, entre otros méritos. Sin embargo, tiene dificultades para coexistir con sus compañeros, posee un trato inadecuado con los clientes, muestra imposibilidad para superar situaciones de frustración, prescinde mostrar reacciones empáticas, asume actitudes distantes y defensivas y, además, su proceder negativo menoscaba el clima empresarial. Es obvio que tendrá severas complicaciones para permanecer en el puesto o acceder a una superior colocación.

Involucramos en el discernimiento de estos temas posibilitará aprovechar fortalezas, administrar flaquezas y canalizar con asertividad nuestra reacción ante estímulos externos y contribuir a hacer más saludable nuestra calidad de vida. No evadamos el sabio significado del enunciado del filósofo griego Sócrates: “Conócete a ti mismo y así alcanzarás la verdadera sabiduría”.

lunes, 4 de agosto de 2014

¿Una sociedad canibalizada?

Cada vez son más evidentes las muestras de animadversión y malevolencia en todas las esferas sociales. Basta con advertir la forma de conducir de los automovilistas, el proceder del prójimo en lugares públicos, las escenas de celos y los conflictos entre parejas, el obrar ofensivo en una negociación comercial o la manera de afrontar discrepancias, para darnos cuenta del clima de barbarie existente.

Del mismo modo, es también reprochable comprobar cómo estamos “acostumbrados” a la hostilidad, al trato poco educado, inamistoso y, al mismo tiempo, a la visible desconsideración hacia el semejante. Ni qué decir de la indiferencia, la insolidaridad y la apatía que, por cierto, es más peruana que la mazamorra morada.

A la luz de mi experiencia vivencial pienso que las circunstancias tensas, discrepantes y de confrontación, facilitan conocer la magnitud del autocontrol y la formación integral de las personas, más allá de apariencias. Tenga presente: las situaciones beligerantes exhiben la dimensión emocional del individuo. Me refiero a las habilidades blandas.

Requerimos madurar sentimientos de tolerancia y convivencia y, en consecuencia, debemos desplegar una capacidad de aprobación de una persona a otra que sea diferente en valores, ideas, opciones, normas, creencias y prácticas ajenas cuando son contrarias a las propias y aceptar a los demás, comprendiendo el alcance de las distintas medios destinados a entender la existencia humana.

En nuestro quehacer percibimos la beligerancia en las oficinas, las familias, los vecinos y en las actividades más elementales que llevamos acabo. Divisamos en centros comerciales a damas y caballeros ofender a la vendedora por eludir satisfacer sus reclamos que, en múltiples casos, son injustificados. Por ejemplo, en una tienda a la que acudo con frecuencia para realizar las compras semanales en compañía de mi madre de 88 años, observé a un señor incomodarse e increpar a la cajera al verse obligado a ceder su puesto en la caja preferencial. El colmo!

Amigo lector: mire usted como manejan sus carretas los clientes en un supermercado y tendrá una clara noción de la ausencia de afabilidad y miramiento. Observe el estilo de desenvolvimiento de su prójimo y, posiblemente, advertirá las emociones dañinas acumuladas que saltan a la vista en situaciones empleadas como “válvula de escape”. Incluso se utilizan como pretexto los desasosiegos cotidianos a fin de justificar negativas actuaciones.

Existe una atmósfera masiva de rechazo, prejuicio, prepotencia y, por lo tanto, una escasez de inteligencia emocional que impide convivir en los mínimos niveles que el sentido común demandan y que la coexistencia pacífica determina. Hemos transformado el hostigamiento en un modo de vida, la actitud segregacionista en un mecanismo defensivo y el agravio en el sustituto perfecto ante la carencia de argumentos sensatos. Arremeter y arrogarse un desplegar egoísta es un “deporte nacional”.

Tengo un vecino en el departamento del segundo piso de mi casa al que su esposa, por lo menos, tres veces por semana grita de la forma menos imaginada. Sus desencuentros constituyen una “gimnasia conyugal” que ilustra a sus dos pequeños hijos de la armonía, la concordia y el amor de familia. Por su parte, el esposo parece salido del paleolítico superior por las características de su comportamiento.

Las tensiones de la vida diaria no debieran alterar los óptimos estándares de comprensión que se recomienda mostrar en los espacios que habitamos. Sugiero proceder con empatía, habilidad social, asertividad y con una elevada dosis de respeto que conviene alimentar a partir de expandir nuestro “sentido de pertenencia”. Hagamos un esfuerzo comunitario para aprender a convivir dentro de los parámetros de la civilización, la condescendencia y el discernimiento. Podríamos empezar entendiendo que nuestros derechos terminan donde empiezan los ajenos y rehuyamos percibir a los semejantes como enemigos o adversarios inexistentes.

Es oportuno precisar que el ofuscamiento merma nuestra calidad de vida. Forjar vigorosas relaciones humanas nos hará mejores como seres humanos y servirá para afirmar una atmósfera beneficiosa alrededor nuestro. Convendría desistir de las conductas agrestes y de baja autoestima que acentúan la pobre interacción general. En el ámbito profesional este proceder puede traer secuelas perjudiciales e irremediables y, por lo tanto, afectar la favorable evolución del individuo en la empresa.

¿Cuánto entenderemos que nuestra felicidad, paz y tranquilidad es también la de terceros? Desde mi perspectiva, la torpeza impide evaluar las serias secuelas de la creciente “canibalización” de la sociedad en nuestra salud anímica. Anhelo, con ingenua ilusión, que la conveniente reflexión ilumine a los discapacitados emocionales e intelectuales que abundan en dimensiones oceánicas en “perulandia”, inclusive en los escenarios menos imaginados. Recordemos lo dicho por Thomas Jefferson: “Una opinión equivocada puede ser tolerada donde la razón es libre de combatirla”.

domingo, 22 de junio de 2014

Etiqueta social y celos: Dos caras de una misma moneda

Quiero empezar reiterando lo explicado en anteriores notas: la etiqueta social consiste en un conjunto sencillo de exhortaciones tendientes a hacernos agradable la existencia con nuestros semejantes y, por lo tanto, mejorar los tradicionales estándares de entendimiento personal e institucional. Así de simple, amigo lector.

Debemos rehusar sustentar los buenos modales en normas rígidas, acartonadas, inflexibles y fuera de contexto como algunas “pipiris nais” de esta temática plantean, incluso con intransigencia y sin mayores explicaciones. Este atroz y limitado estilo de enseñanza ha contribuido a apartarla de la expectativa de múltiples hombres y mujeres.

Insisto, una vez más, la deferencia, educación y cortesía distingue al individuo que la interioriza, alimenta saludables lazos interpersonales, crea un clima de simpatía colectiva, fortalece las relaciones humanas y evidencia respeto al prójimo. Su estudio y aplicación no debe convertirse en elitista, lejana y antojadiza.

Igualmente, un aspecto central es el autocontrol emocional. Los acontecimientos de tirantez y discrepancia facilitan conocer, más allá de apariencias, el mundo interno de la persona. Su ejercicio está acompañado también de la empatía, la tolerancia, la autoestima y de mecanismos intrínsecos de consideración que fluyen con naturalidad.

Rehuyamos calificar de amable y respetuoso a quien emplea la etiqueta social en función de conveniencias, oportunidades, intereses y caprichos. Existen cientos de mortales -incluyendo variopintas “pipiris nais”- que ejercen inigualables delicadezas en determinadas horas, días o coyunturas. A nivel laboral alterno con colegas “educados” y “educadas” de acuerdo a sus estados anímicos. Nada más hipócrita, forzado y carente de convicción. Por desgracia, aceptamos este desenvolvimiento con una frecuencia inusitada.

Ahora bien, usted se preguntará: ¿Qué relación existe entre la etiqueta social, el autocontrol, la tolerancia y los celos? A continuación intentaré demostrar su íntima ligadura. Aunque parezca radical tenga presente y reflexione acerca de esta aseveración: un celoso tendrá obstáculos para integrar la urbanidad en su vida. Sus celos lo instigarán a adjudicarse conductas ausentes de las mínimas correcciones.

Empecemos precisando la definición de “celos”. Según la psicóloga Carmen Canterla Vásquez, son una respuesta normal que la sienten muchos seres humanos y que surge ante el temor a que la persona amada pueda sentir atracción hacía otra. Cuando esta preocupación es obsesiva y afecta a la relación de pareja, se convierten en un problema.

Asimismo, añade: “…Generalmente las inseguridades del celoso están infundadas, no tienen una base real y constatable. Ve 'rivales' que no lo son, interpreta situaciones y palabras todas ellas basadas en sus miedos e inseguridades y muy lejos de lo que realmente está ocurriendo. Llega incluso a acusar a su pareja de ser infiel directamente, sin que ésta lo sea. La relación se vuelve cada vez más angustiosa y si no se busca ayuda psicológica para afrontar y resolver sus temores e inseguridades, en muchas ocasiones la relación termina por romperse, dado que la situación llega a ser insostenible para ambos”.

Los celos se expresan mediante sentimientos enfermizos por demandas insatisfechas. Esta impresión refleja precariedad por perder dominio o sentir menoscabo en una vinculación interpersonal. Se manifiestan ante la aparición de una circunstancia o individuo que el yo-interno clasifica como dominante y competitiva. Al mismo tiempo están conectados con los índices de autoestima.

Por ejemplo, cuando constatamos a un celoso realizar llamadas inoportunas a su pareja e interrumpir su reunión con amigos, responder con descortesía una comunicación telefónica proveniente de alguien del sexo opuesto, cuestionar muestras de estima hacia otros semejantes, censurar un obsequio o atención recibida de un prójimo, invadir la privacidad al revisar su celular, email y facebook, entre un sinfín de actividades impertinentes, estamos frente a precarios modales.

En una reciente cena de gala presté atención a unos esposos que al llegar a mi mesa se percataron que no estaban situados uno al lado del otro (atendiendo lo aconsejado por el protocolo a fin de fomentar la integración). La dama recriminó a uno de los organizadores; después de recibir explicaciones, tomaron asiento. No obstante, pude observar, a lo largo de la velada, la actitud visiblemente hostil de su señora por el fluido desenvolvimiento de su cónyuge con las señoras de su derecha e izquierda.

Este es sólo uno de los tantos episodios que podría compartir. Un comentario entre paréntesis: en una mesa nunca se sientan juntos los consortes o novios para prescindir darse muestras excesivas de cariño, platicar entre ellos obviando a los otros comensales o iniciar discusiones que serán advertidas por los demás. Alternar la ubicación de las parejas estimula la activa participación de los invitados. Esto debieran anotar ciertas damas que haciendo gracia de su reducida destreza interpersonal y acreditada “chuncholandia”, apostan sus carteras en los sillones de ambos lados para reservar sitio a una amistad o pariente. Una costumbre típica en un medio atestado por tosquedades, ridiculeces y cofradías.

El celoso estará siempre influenciado por la incertidumbre, el temor y, por lo consiguiente, asumirá comportamientos que desdibujan una imagen madura, sobria y asertiva. Un profesional prestigioso distorsionará el favorable concepto obtenido en el trabajo, la familia y los amigos, al poner a la vista las torpezas impulsadas por sus suspicacias. Recuerde: los gestos deslucidos perjudica la impresión que terceros tienen de usted.

Otra implicancia sustancial está referida a las consecuencias del obrar del celoso. Aparte de evitar darse cuenta de su estilo de conducirse anormal y desatinado, sus reacciones mermarán su calidad de vida, -por los momentos de tensión, angustia y alteración que afrontará- perjudica su trato con el sujeto que cela y sus prácticas quebrantarán el clima de coexistencia en su entorno. Vale decir, concluye convirtiéndose en un ser tóxico y empobrecido. Expresiones como: “así soy yo”, “todos son celosos”, etc. sólo confirman lo expuesto sobre los vacíos en la afable educación de un celoso.

Es importante analizar estos temas con una plural disposición autocrítica. Infinidad de veces la autosuficiencia e ignorancia (bien se dice que ésta última es atrevida) hacen poco probable reorientar la actuación humana. Recomiendo comprometernos a efectuar esta ardua labor encaminada a corregir nuestro complejo escenario afectivo. Hacerlo no debiera suscitar un océano de vacilaciones, respuestas defensivas o confrontaciones.

Me regocija recordar, para culminar con una dosis de ironía, la acepción de “celos” de un sátiro alemán: “Creencia que consiste en creer que existe otro con tan mal gusto como uno”. Del mismo modo, tengamos en cuenta las palabras del escritor español Miguel de Cervantes: “Si los celos son señales de amor, es como la calentura en el hombre enfermo, que el tenerla es señal de tener vida, pero vida enferma y mal dispuesta”.

lunes, 9 de junio de 2014

¿Qué son las habilidades blandas?

Desde hace mucho tiempo tenía la expectativa de escribir sobre las llamadas “habilidades blandas” y su influencia en nuestro engrandecimiento personal. La dinámica de vida tan apremiante que afrontamos exige preocuparnos por este asunto para lograr una mejor integración en nuestro entorno laboral, familiar y amical.

Las habilidades blandas son aquellos atributos que permiten actuar de manera efectiva. Confluyen una combinación de destrezas destinadas a tener una buena inter-relación; es decir, saber escuchar, dialogar, comunicarse, liderar, estimular, delegar, analizar, juzgar, negociar y arribar a acuerdos. Engloban un conjunto de aptitudes transversales e incluyen el pensamiento crítico, la ética y la posibilidad de adaptación al cambio. No obstante, evitemos confundirlas con las “habilidades duras”. Estas últimas se refieren a los requerimientos formales y técnicos necesarios para operar con eficacia una prefijada actividad.

Es importante afirmar que, en función de las tareas profesionales que cada uno cumple, estará definida la trascendencia de poseer estas prácticas. Por ejemplo, quienes trabajan en trato al público o demanda de amplia interacción con entidades, departamentos, proveedores y afines. Aunque su existencia facilitará una mejor analogía interpersonal cualquiera sea el escenario, jerarquía o nivel de responsabilidad.

“La combinación efectiva de las habilidades duras y las habilidades blandas, estaremos en capacidad de resolver determinadas situaciones sociales críticas o en capacidad de resolver problemas y alcanzar el éxito en las gestiones gerenciales en los ámbitos laborales, en incluso sociales y familiares. Reconociendo la importancia de las habilidades blandas, podemos referirnos a las ‘habilidades para la vida’. No pueden dejar de estar integradas”, afirma Edgar Eslava Arnao, doctor en psicología organizacional.

Habitualmente, el profesional se encuentra abocado a su perfeccionamiento y actualización en asuntos de su especialidad y descuida las implicancias de las habilidades blandas en su cometido. Lo mismo sucede entre esposos, amigos o afines. Se asume como usual la confrontación destemplada o la ausencia de mecanismos de autocontrol emocional.

Desde mi punto de vista, hemos llegado a aceptar la intolerancia, la ausencia de empatía, la deficiencia para trabajar en equipo, el maltrato al prójimo, las limitaciones afectivas y la impericia para superar la frustración, sin considerar su grave perjuicio en la convivencia social. Tengamos en cuenta que la reacción “afiebrada”, tan común en nuestro medio,muestra sin ambigüedades un deterioro de la empatía, la comprensión y el nacimiento de comportamientos autoritarismos dañinos al entendimiento social.

Existen sinnúmero de hombres y mujeres competentes que “pierden los papeles” en una discusión, nunca asumen un desliz, exhiben actitudes autosuficientes frente a una crítica, emplean argumentos prejuiciosos para rechazar las políticas corporativas, revelan poca condescendencia acerca del mundo interior de los demás y exponen gestos defensivos. Todavía se piensa que carecer de habilidades blandas no repercutirá en la prosperidad individual. Qué error tan frecuente.

Dotar a un sujeto de estas habilidades, reitero, sin diferenciación de su estatus en el organigrama de la empresa, posibilitará que su ocupación contribuya a una mejor atmósfera laboral y una más eficiencia productividad. Además, de un óptimo trato con la audiencia interno y externo de la compañía.

Sin embargo, constato en ejecutivos -de entidades públicas y privadas- una renuencia a abordar estos pormenores. Recomiendo evadir omitir la influencia de su proceder en sus subordinados. Jefes con elevados índices de tolerancia, empatía y autoestima sabrán enfrentar los retos, problemas y vicisitudes con asertividad. Lograrán afianzar su liderazgo, su capacidad de persuasión y el involucramiento de sus colaboradores en los proyectos a su cargo.

Observo su carencia en estudiantes de educación superior que aspiran a insertarse en la aviación comercial, la hotelería o como asistentes de gerencia. Actividades que demandan una visible y permanente disposición de interacción, sociabilidad, afabilidad y manejo de las emociones. La realidad cotidiana me da elementos para aseverar que hay una profunda inconsistencia en las habilidades blandas de los venideros profesionales.

Debemos considerar cómo los procesos de selección laboral incluyen estos componentes que hace algunas décadas eran ajenos en el diseño del perfil exigido por las empresas. Por lo tanto, se producen enormes frustraciones en el postulante al constatar su incoherencia entre su grado de entrenamiento en habilidades duras y sus flaquezas en habilidades blandas.

Hace algunos días al reflexionar con mis alumnas sobre el elevadísimo clima de confrontación general en nuestra sociedad, comentaba acerca del conjunto de factores que inciden en hacer nuestras existencias más tensas, agotadoras y atiborradas de nuevos conflictos humanos. Está realidad debería incentivarnos para desarrollar las habilidades blandas y, de esta manera, exhibir las herramientas que inspiren una saludable coexistencia colectiva.

sábado, 24 de mayo de 2014

Nuevas reflexiones sobre la incultura

Hace algunas semanas el jefe de estado, Ollanta Humala Tasso, puso en evidencia sus precariedades con sus comentarios en la apertura de la Feria Internacional del Libro de Bogotá. Una nueva muestra de las carencias de la élite dirigente y entendible en alguien con una preparación militar y personal ajena a la cultura.

Este importante evento –en el que el Perú fue el invitado de honor- contó con una numerosa e imponente delegación de escritores, artistas e intelectuales peruanos presidida por Mario Vargas Llosa (Premio Nobel de Literatura 2010). En la inauguración el primer mandatario se refirió tanto a hallazgos arqueológicos milenarios como a expresiones contemporáneas, arquitectura y gastronomía, "a lo que se añade un marco natural que es por sí mismo asombroso, y de eso se nutre la literatura peruana". "Perú es el país de Blanca Varela, Antonio Cisneros y de Mario Vargas Llosa, y el de las nuevas generaciones. Voces que buscan redescubrir el mundo y transformarlo en uno más solidario y justo", agregó.

Por el contrario, sus declaraciones pusieron la nota deslucida. La periodística Clara Elvira Ospina, le hizo una interrogante para saber qué libro estaba leyendo. Al parecer, el presidente pensó en la “concentración de medios” y respondió: “Estoy en contra de la concentración de medios. Mira como estamos acá (por el tumulto de personas). No podemos ni apreciar la feria”.

Tampoco es la primera vez que un gobernante muestra visibles vacíos. Sería larga la lista de anécdotas, de nuestra maltrecha y deteriorada “clase política”, ilustrativas de su elevado déficit de formación integral. Existen unas cuantas argumentaciones que aclaran porqué la cultura está alejada de nuestras expectativas. A continuación ensayo, con usted amigo lector, algunas hipótesis.

En primer lugar, la cultura no se exhibe a simple vista como sucede con un celular, una prenda de vestir, un artefacto de última tecnología o un automóvil. Este desprecio soterrado se explica en una comunidad que reemplaza la dimensión espiritual, moral e intelectual, por lo material. Somos educados sin incorporar las grandes revelaciones ofrecidas por el arte, la lectura, la música, la pintura, entre un sinfín de actividades destinadas a despertar nuestro sentido de identidad y sensibilidad.

En segundo lugar, la influencia del entorno. El desenvolvimiento de muchas familias está circunscrito a la satisfacción de las demandas tangibles que permitan su subsistencia diaria. Además, se considera aburrida y compleja y, por lo consiguiente, distante de nuestra agenda de vida. Por ejemplo, cuantas veces vemos a padres de familia salir a “ver tiendas”, los fines de semana, en vez de recorrer museos. Progenitores esquivos a un sinnúmero de quehaceres culturales tendrán un nivel lamentable de ascendencia en sus hijos.

A la gente despreocupa su atraso por cuanto su ámbito familiar, amical y afines, es similar. Es decir, existe una coincidencia más con los allegados: sus insuficiencias. El grado de cultura no es evaluado como requisito para ser aceptado en determinados círculos, ni es causa de discriminación; puede incluso generar acercamientos. En tiempos recientes, ese ha sido un motivo para autoexiliarme de quienes exportan, sin mayor vergüenza, sus carestías.

En tercer lugar, la pobre autoestima de una comunidad que evade quererse, respetarse y valorarse. La autoestima posibilita entender la conducta humana y, por lo tanto, concebir las prioridades que enmarcan nuestra manutención. Integramos un medio marcado por la mediocridad, la ausencia de perseverancia y disciplina, entre otros males, que hacen posible analizar nuestro lacerante tercermundismo.

En cuarto lugar, se rehúye relacionar su influencia en la superación del estatus social y profesional. Expertos, de todas las disciplinas, no vinculan estos aspectos como soporte en su ascenso y crecimiento en la empresa. Omiten darse cuenta de su connotación en el proceso de meditación, toma de decisiones y en múltiples eventualidades que observamos en el trabajo. La cultura brinda mayores nociones, ideas y orientaciones en la ampliación de nuestras diligencias.

En tal sentido, diversos alumnos -al escucharme en mis jornadas académicas insistir en este asunto- preguntan: ¿Cómo la cultura me ayudará en mi progreso laboral? ¿Cómo veré reflejado en mi prosperidad mi formación cultural? Incógnitas que pretendo seguidamente resolver para demostrar que el saber guarda correspondencia con el nivel que cada uno de nosotros puede llegar a tener.

La cultura posee inapreciables ventajas: ofrece la capacidad de reflexionar y convertirnos en seres racionales, críticos y solventes en términos éticos. Posibilita discernir los valores, efectuar opciones, tomar conciencia de la realidad y cuestionar nuestras realizaciones. Nos vuelve disconformes, rebeldes, críticos y autónomos. Brinda acceso a “bucear” en la intuición interior y es un medio de superación que mejora la inteligencia interpersonal e intrapersonal.

La abundancia cultural indica las pretensiones de evolución de un semejante. Por su parte, la lectura –asunto aludido con porfía en anteriores artículos- compromete el desenvolvimiento de nuevas capacidades, mejora la redacción, enriquece el lenguaje oral y escrito, impulsa la imaginación e incrementa la empatía. Desgastados y desactualizados textos, en las bibliotecas de profusos hogares de la clase media, confirman su desapego por descubrir nuevos discernimientos. Los anaqueles de una casa son el espejo de las ambiciones intelectuales o una vitrina de las minusvalías de sus residentes. Conozco familiares y amigos desprovistos de libros; sin embargo, ostentan modernidades electrónicas y frivolidades manifiestas.

Insisto -una vez más- en la obligación del docente de convertirse en un individuo ilustrado. Compruebo las destrezas de mis colegas, únicamente, en cuestiones inherentes a sus asignaturas: nada más. Al parecer olvidan la demostrativa influencia de la erudición en la calidad de los recursos empleados para transmitir conocimientos, presentar casos, compartir vivencias, formular contrastaciones y experiencias. Con pena -y haciendo de tripas corazón- coexisto en un sistema colmado de estrecheces e insuficiencias.

Recuerde: un pueblo culto es menos manipulable por quienes pretenden mantener la inopia que nos hace vulnerables. De allí que, recomiendo orientar nuestras legítimas aspiraciones e inquietudes de forma positiva. No debieran ser comunes sucesos como el acontecido por quien personifica a la nación. Tenga en cuenta la afirmación del filósofo suizo Jean Jacques Rousseau: “Sólo somos curiosos en proporción con nuestra cultura”.

lunes, 21 de abril de 2014

Peligra Paracas, la única reserva marina del Perú

La Reserva Nacional de Paracas -uno de los más diversos, singulares y atractivos escenarios de la costa continental- vuelve a ser noticia a partir de un suceso que vulnera su integridad: un ambicioso proyecto inmobiliario que abarca, según imputación periodística, la construcción en Santo Domingo de 33 inmuebles dentro de sus límites.

Paracas es considerado un “aeropuerto” de cientos de variedades ornitológicas venidas desde Alaska con destino a la Patagonia. Además de sus paisajes, formaciones rocosas, aves guaneras, islas aledañas, especies marinas, flora y fauna locales. Una síntesis de su esplendor es descrito por el afamado biólogo norteamericano Jim Fowler: “…Es la única península de la costa peruana y, posiblemente, del Pacífico que baña la corriente de Humboldt dando lugar a una riquísima vida silvestre, lobos marinos, flamencos y cóndores. Es uno de los lugares que hay en el mundo con un desierto salado junto al mar que presenta una extraordinaria población que lo convierte en un desierto viviente”.

Este reciente episodio se suma a una larga lista de álgidos acontecimientos suscitados en esta admirable joya ecológica, desde hace varias décadas, que han estado relacionados con la permanente confrontación entre la conservación de sitios naturales y los desmedidos afanes de favorecer a élites. Hagamos un poco de historia.

La presencia del puerto San Martín (Punta Pejerrey), hasta donde llegan camiones cargados de ácido sulfúrico que atraviesan la reserva, impidió concretar la propuesta del prestigioso biólogo británico Ian Grimwood para declarar santuario nacional la península. Actividad que amerita un permanente riesgo para su frágil ecosistema.

Por su parte, el “Fenómeno del Niño” (1983) produjo una sobreabundancia de la concha de abanico y, consecuentemente, el gobierno -a través del Ministerio de Pesquería- benefició a grupos empresariales con la explotación ilimitada de esta riqueza hidrobiológica para los mercados mundiales. Con el amparo oficial y el silencio cómplice de muchos “ambientalistas”, encubiertos en entidades privadas, empezó uno de las coyunturas más censurables en la historia de este refugio natural.

A los desórdenes de esta actividad -que se extendió a lo largo de varios años- se sumó el levantamiento de dos muelles, financiados por el Banco Interamericano de Desarrollo (1985), en Lagunilla y Laguna Grande para favorecer a los extractores ilegales de concha de abanico. Estas actos contaron con el aval del ministro Ismael Benavides Ferreyros, a quien su tío, el recordado conservacionista Felipe Benavides Barreda, denunció denominándolo: “Abimael Benavides: terrorista de la naturaleza”.

Este acaecimiento sólo tiene parangón con la “fiebre del oro” en California (1849). Entre 1983 y 1987, según el disuelto Instituto de Comercio Exterior (ICE), se generaron 74 millones de dólares por el comercio de este recurso, pero también se establecieron asentamientos humanos e instalaron 5,000 pescadores, 700 embarcaciones y 800 buzos, ocasionando incalculables trastornos. No faltaron senadores, diputados, alcaldes y amigos de los partidos gobernantes que estuvieron involucrados en estas sórdidas acciones, como Alberto Galeno Tapia (AP) y Agustín Mantilla Campos (PAP), este último específicamente señalado en el informe de la Comisión Investigadora sobre la Extracción de la Concha de Abanico en la Bahía de Paracas de la Cámara de Diputados (1987).

La responsabilidad de estos incidentes alcanza también a sus representantes municipales. El alcalde del distrito de Paracas, Luis Baca Ávalos (PAP), autorizó en 1988 la instalación en la bahía de un centro de engorde artificial de concha de abanico de la Sociedad Tidecrest S.A. Esta propiedad se ubicó en el área de contención de la reserva.

Pero, eso no es todo. El pretendido aprovechamiento de bentonita (1982) –promovida por el ministro de Industria, Turismo e Integración, Roberto Persivale Serrano (PPC)- la emisión de desechos domésticos e industriales en la bahía de Paracas y el turismo descontrolado, son algunos de los males que han perjudicado éste entorno de inigualable significado ornitológico y paisajístico.

Durante la gestión de Alejandro Toledo Manrique se aprobó la construcción de la planta de fraccionamiento del gas de Camisea de la empresa Pluspetrol Perú Corporación S.A. (2004) en una superficie próxima a la Zona de Amortiguamiento de la reserva. El Tribunal de Garantías Constitucionales resolvió que esa edificación “no constituye amenaza cierta al medio ambiente”. Asimismo, en el mandato de Alan García Pérez se pretendió asentar un complejo petro químico en las cercanías de este bello paraje (2009).

Al mismo tiempo, varios pusilánimes ex burócratas estatales –comprometidos con estos sucesos cuando ejercían funciones en el sector público y que tienen como habitual comportamiento el miedo, la apatía y, por cierto, exhiben efímeras lealtades- integran controvertidas organizaciones “verdes” que han evitado asumir una esclarecedora posición sobre estos graves problemas.

Actualmente, vemos en los medios de comunicación a “analistas” que, hasta hace algunos años, presidieron cuestionadas entidades ambientales y que jamás criticaron a los autores de los daños causados en Paracas. No obstante, elaboran “estudios y consultorías” para obtener cuantioso financiamiento externo. Gente inescrupulosa que ha transformado la conservación de la naturaleza en un mecanismo de “sostenibilidad” monetaria.

Los hechos revelados en días pasados pone en evidencia la contradictoria actuación de una autoridad edil que interpreta las leyes a su antojo o motivado por determinado interés. A todas luces se pretende amparar una decisión improcedente desde una perspectiva legal y ambiental.

Por otro lado, los encargados de la administración de la reserva, ante los eventos perpetrados, deben concertar con los actores sociales de la jurisdicción -y dentro de los lineamientos de su Plan Maestro- con la finalidad de trabajar por su uso sostenible y, de esta manera, contribuir al progreso económico y social de la región. Impulsar el turismo ecológico y cultural, usufructuando los restos pre incas de la Cultura Paracas, es una opción interesante.

Es importante que el Servicio Nacional de Áreas Naturales Protegidas por el Estado (Sernanp), tenga mayor respaldo a fin de facilitarle cumplir sus atribuciones. Sugiero consolidar el marco institucional y normativo que cautela los espacios naturales. Es un tema que demanda voluntad política.

En tal sentido, coincido con lo manifestado por Patricia Majluf y Ernesto Ráez, prestigiosos investigadores del Centro para la Sostenibilidad Ambiental de la Universidad Cayetano Heredia: “…Los recursos naturales renovables y los servicios de los ecosistemas son componentes imprescindibles para el crecimiento económico, el desarrollo y el bienestar de la población”.

domingo, 23 de marzo de 2014

Los 50 años del Parque de Las Leyendas

El tradicional Parque de Las Leyendas, una de las entidades más emblemáticas de la capital, celebra sus 50 años de fundación. Su magnífica pluralidad arqueológica, botánica y zoológica, ofrece un conjunto singular de atractivos únicos. Sin duda, ésta institución –inaugurada el 20 de marzo de 1964- ha logrado interiorizarse en la memoria colectiva de los limeños. Las añoranzas de miles de compatriotas están vinculadas con su evolución.

Hagamos un recuento para entender los entretelones de su establecimiento. A comienzos de 1960, Lima experimenta los cambios propios de la expansión urbana, la consolidación de pueblos jóvenes, la migración del campo a la urbe y el aumento de las demandas de su población. Estos factores contribuyeron a la reducción progresiva de los espacios para la distracción familiar y el entretenimiento infantil. En América Latina sólo Perú y Ecuador carecían de un zoológico.

Los pormenores que permitieron hacer realidad el Parque de Las Leyendas –el lugar público más visitado del país con 2,7 millones de personas al año- involucró la participación de cuatro peruanos en particular: Fernando Belaunde Terry, Felipe Benavides Barreda, Violeta Correa Miller y Enrique Barreda Estrada, quienes sumaron esfuerzos y voluntades para cristalizar un sueño integrado al desarrollo de la metrópoli.

Sobre una extensión inicial de 24 hectáreas, cedidas por la Sociedad de Beneficencia Pública de Lima, comenzó la cimentación de su primera etapa (1963). Se compraron 84 hectáreas a la Pontificia Universidad Católica del Perú y se aceptó la donación de tierras de las haciendas Queirolo y Conchas. En relación a la futura entrada se empezó la obra desde la avenida La Marina hacia la esquina del estanque Maranga.

Por su parte, Ernesto Gastelumendi –prestigioso arquitecto que participó en este proyecto- en su artículo “Remanso en medio de la agitada ciudad” (1989), aseguró: “Se consideró que para exponer una visión integral del Perú debían estar representados elementos de nuestra cultura en diversas épocas y regiones. En la entrada orientaban al público ocho paneles con el texto y expresiones pictóricas de las leyendas u origen de nuestra cultura, obra del pintor Sabino Springuett, poniéndose así en evidencia la intención del parque”.

Años más tarde se convocó al especialista norteamericano Robert Everly -considerado una autoridad internacional en el diseño, construcción y mantenimiento de jardines botánicos y parques zoológicos- para elaborar el documento de planificación de mayor importancia de esta entidad: el Plan Maestro. Su empresa McFadzean, Everly and Associates había edificado más de mil zoológicos a nivel mundial.

La relevancia del Parque de Las Leyendas no solo radica en su valor recreativo, sino en su influyente rol sensibilizador acerca de la conservación de especímenes en peligro de extinción, la educación ambiental y la actividad turística. Así lo aseveró Felipe Benavides: “Casi no hay una capital o ciudad importante en el mundo que no tenga un zoológico. Los zoológicos son indiscutibles centros de unión de la familia; allí se juntan el anciano y los niños menores, promueve la salud y la felicidad del pueblo, ofreciendo, a la misma vez, una oportunidad visual de las riquezas naturales de la patria, del mundo y la forma de defenderlas. En pocas horas muestran al turista muchas de las tradiciones y bellezas que reúne el país”. (“Función social de los zoológicos”, 1971).

La biodiversidad de nuestro territorio se encuentra expresada en la Zona de la Peruanidad, constituida por la costa, sierra y selva. Un amplio espacio en donde el visitante logra tener una visión regional; además de la Zona Internacional. El jardín botánico y el complejo pre inca brindan un alcance excepcional al recorrido. Posee 1,800 géneros de flora, 205 especies de animales y 53 huacas que sugiero aprovechar para desplegar una intensa tarea educativa, cultural y social.

El Parque de Las Leyendas reúne un sinfín de sitios con insospechados anécdotas. El Espejo de Agua es un escenario apacible erigido con los adoquines de la fachada del Panóptico (la antigua cárcel de Lima); la antigua bolichera donada por el magnate pesquero Luis Banchero Rossi; una mina modelo que describe los procesos de la actividad minera; el bello mural en honor a San Francisco de Asís trabajado por los 25 años del Fondo Mundial para la Naturaleza (1986); el atractivo pabellón “Celestino Kalinowski” –asentado en 1966 sobre la estructura metálica del stand de los Estados Unidos en la Feria Internacional del Pacífico- posee una muestra inédita de aves disecadas por este deslumbrante taxidermista y ornitólogo cusqueño; el bambú que puebla la selva fue trasplantado desde los terrenos en donde se principió a erigir la vía expresa que une Lima con Barranco.

Varios museos temáticos ofrecen la posibilidad de conocer nuestra geografía y antepasados, entre otros aspectos consignados a afianzar nuestro sentido de pertenencia; un vagón con la semblanza ferroviaria del país colmado de ilustrativas fotografías, planos y mapas; el novedoso aviario con el alegórico gallito de las rocas; el amplio ambiente Pampa Galeras presenta una cantidad elocuente de vicuñas; y una reproducción de la afamada piedra de Saywite.

Disfrutar de una laguna para paseos en botes, caídas de agua, caballeriza, la ambientación del cuento de Abraham Valderomar “El caballero Carmelo”, auditorios, felinario y áreas de picnic, entre otras novedades, suscitan acudir a este reducto de la peruanidad que forma parte del legado de la “Ciudad de los Reyes”. Un lugar que da la oportunidad de echar un vistazo al inmenso valor del patrimonio ambiental e histórico de una nación “que tiene escrito en el libro de su historia, un porvenir grandioso”, como anotara Antonio Raimondi.

Es imposible recordar el Parque de Las Leyendas sin evocar a su más representativo gestor, fundador y presidente ad honorem: Felipe Benavides (1917-1991). Un peruano que condujo, con honestidad, entrega y esmero, el patronato durante sus períodos más significativos y, además, ganó batallas, inspiró envidias, cultivó admiraciones, suscitó polémicas, afirmó anhelos y despertó afectos. Su reminiscencia siempre estará vinculada al parque de sus ilusiones, desvelos y realizaciones.

En palabras de nuestro memorable ex presidente Fernando Belaunde Terry: “El Parque de Las Leyendas, humildemente, sin alardes ni dispendios, florece en las plantas, palpita en los animales e inspira en los restos y las tradiciones del Perú milenario. Y cada nuevo brote, cada nuevo alumbramiento, cada nuevo hito de peruanidad que allí aparezca, será como un mensaje póstumo del recordado conservacionista”.

martes, 18 de febrero de 2014

Felipe Benavides: El legado de un peruano ejemplar

El recordado conservacionista Felipe Benavides (Lima, agosto 7 de 1917- Londres, febrero 21 de 1991) exhibió una trayectoria consagrada a un preclaro ideal: el resguardo de la supervivencia silvestre, el hábitat y el patrimonio natural. Luchas incomprendidas en momentos en que los asuntos medioambientales eran ajenos a las demandas sociales inmediatas.

Enriquecieron su vida las multifacéticas vivencias -propias de su educación familiar y condición de clase- experimentadas en su juventud. Ostentó una personalidad avasalladora, seguro de sí mismo, con espíritu emprendedor y nutrido por la influyente sapiencia europea de mediados del siglo XX. Agresivamente franco, frontal e implacable para defender nobles causas. Mario Vargas Llosa anotó: “Con mi respeto y admiración al último de los idealistas”.

Durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), cuando se desempeñaba como primer secretario de la misión diplomática peruana en Londres, ofreció su ayuda humanitaria a la Cruz Roja Internacional conduciendo ambulancias y rescatando a las víctimas de los incesantes bombardeos alemanes sobre la metrópoli inglesa. Esta experiencia sensibilizó su vocación por la protección de las fuentes de alimentación de las poblaciones afectadas por la conflagración.

Aristócrata de nacimiento e integrante de una estirpe enraizada con la república. Felipe se comprometió con la necesidad de alcanzar el desarrollo sostenido usufructuando las extraordinarias riquezas oriundas y, por cierto, respetando las ancestrales tradiciones de los villorrios. Una de sus victorias más significativas fue salvaguardar a la vicuña e impulsar el empleo de su fibra para mejorar la economía del campesinado.

El primer campanazo en su enérgico avatar se produce en 1953 a los 36 años de edad. Se enfrentó a la poderosa flota pesquera del multimillonario Aristóteles Onassis, presionó al gobierno para imponerle una severa multa y lo obligó a retirarse de nuestro litoral. Gracias a su denuncia la Marina de Guerra del Perú intervino y apresó al barco “Olympic Challenger” de 18,000 toneladas. Esta incursión costó al magnate griego dos millones de dólares de sanción, aunque no recuperamos las 4,000 ballenas cazadas en forma despiadada.

Evidenció su inquietud por la educación, la recreación y el esparcimiento familiar al proponer la construcción de un nuevo zoológico en la ciudad. En este empeño cumplió una labor significativa: gestó, fundó y presidió ad honorem del Parque de Las Leyendas (durante casi 15 años) y logró posesionar este indudable escenario en la reminiscencia de los limeños.

Tiempo más tarde y después de estudiar los informes del biólogo británico y héroe de la Segunda Guerra Mundial, Ian Grimwood y del estudioso Carl B. Koford, Benavides planteó la creación de la Reserva Nacional de Pampa Galeras. Para este propósito consiguió la invalorable aportación del presidente de la Sociedad Zoológica de Frankurt, el profesor alemán Bernardo Grzimek, quien gestionó dos millones de dólares -provenientes de la República Federal Alemana- en ayuda técnica para esta área protegida de vicuñas.

El establecimiento de esta reserva -dedicada al cuidado, manejo y explotación de este animal silvestre- se concretó con la participación de la comunidad de Lucanas, que cedió parte de sus tierras a cambio de recibir asistencia gubernamental. Mantuvo un trato recíproco con los aldeanos ayacuchanos que, además, lo nombraron su presidente honorario. “Soy el único Benavides que es presidente de una comunidad campesina y que no es socio del Club Nacional”, decía con orgullo.

Los esfuerzos de Felipe Benavides recibieron la justa gratitud del ex presidente Fernando Belaunde Terry, quien en 1977 le escribió: “Tengo que agradecerte una vez más por tu acertado consejo y tu decidida orientación en lo referente a la preservación de la vicuña en Pampa Galeras. Aunque los correspondientes laureles te pertenecen por entero, me halaga que obra tan trascendente se realizara en mi tiempo. Las estadísticas son consagratorias en cuanto al aumento de la población”.

Pasó a la historia del movimiento conservacionista, entre otras numerosas consideraciones, por haber sido el primer ganador y único compatriota hasta nuestros tiempos en merecer el premio “J. Paul Getty” (1975) -otorgado por el jurado presidido por su alteza real Bernardo de Holanda-, en reconocimiento a su rol para preservar a la vicuña de la extinción y “por sus esfuerzos para crear el Parque Nacional del Manú”. Su amigo, el príncipe Felipe de Inglaterra –presidente honorario del Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF)- le manifestó en una nota: “Yo he estado fuera y perdí las noticias de que te ganaste el premio Getty. Estoy realmente contentísimo. No puedo pensar en ninguno que haya alcanzado tanto, teniendo que afrontar tales dificultades. Muchas felicidades”.

Su cometido mereció el elogio del príncipe Bernardo de Holanda, quien declaró al entregarle la distinción Orden “Van de Guoden Ark” (1973): “...Esta orden es conferida, por su enérgico liderazgo en la conservación de la fauna silvestre en América Latina y en particular por su participación en salvar a la vicuña de la extinción”. Por su parte, el Felipe de Inglaterra en una misiva enviada en 1985 al escocés Ian MacPhail, fundador del WWF Internacional, afirmó: “Estoy muy complacido en saber que él (Felipe Benavides) está tan activo como siempre. Espero que su especie no esté en peligro, de lo contrario, todo el movimiento de conservación se colapsaría. La realidad es que él, es un espécimen único de esta especie y tiene que hacer cosas a su propia manera. Le deseo todo el éxito”.

Bregó activamente con las agrupaciones campesinas y nativas. Empecinado protector de la intangibilidad de la Reserva Nacional de Paracas -amenazada por la sobreexplotación de la concha de abanico-, intervino en la fundación de la Reserva Nacional Salinas y Aguada Blanca y alentó campañas contra el tráfico ilegal de la flora y fauna. El oso de anteojos, la taruca, el lobo de mar, la nutria de río y el tigrillo, fueron algunas de las variedades silvestres merecedoras de su atención. Fue determinante su asesoría en la preparación del capítulo denominado “De los Recursos Naturales” de la Carta Magna de 1979.

Obtuvo la aprobación en la sexta conferencia anual de la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres (Canadá, 1987), de la propuesta del estado peruano para elaborar telas de lana de vicuña provenientes de la esquila de animal vivo –registradas con la marca “Vicuñandes-Perú”- con el unánime respaldo de la congregación científica. De esta manera, se iniciaba una nueva etapa en la utilización racional de este camélido para beneficiar a las circunscripciones andinas.

Felipe ganó batallas, inspiró envidias, cultivó admiraciones, suscitó polémicas, afirmó anhelos y despertó afectos en los habitantes de la serranía. Su memoria estará vinculada con la tutela de los recursos naturales y los ecosistemas. Fue un visionario adelantado a su época que sensibilizó a la sociedad acerca de la vigencia de los asuntos “verdes”. Su voz llegó a representativos foros como la Academia de Ciencias de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) en donde fue presentado como “naturalista natural”.

Su mensaje también es un referente cívico y moral que debe inspirarnos a mantenernos firmes e incólumes en nuestros principios y valores. Demostró consecuencia y evadió dejarse vencer por las apatías de una nación invertebrada, convulsionada e insolidaria. Hizo de la honradez, la valentía y la lealtad, una convicción que definió sus actos en todo tiempo, circunstancia y lugar. Tenía un elevado concepto del honor y la dignidad.

Evocar a tan afamado conciudadano es un gesto de entereza en un entorno renuente, ingrato y ausente de filiación colectiva para valorar las confrontaciones libradas en amparo de nuestros propios intereses. Su proceder estuvo dedicado al país con el que lo unió un sentimiento diferente, agudo y disconforme que nunca ocultó. No obstante, su quehacer se enmarcó dentro de esas emociones enaltecedoras. Trabajó por el bien común hasta el último suspiro de su existencia sin insinuar remuneraciones, privilegios o mezquindades.

Sus palabras: “Los 20 millones de peruanos de mañana no perdonarán nunca a los que hoy, si les destruimos su fuente alimenticia por haberla descuidado o simplemente exportado, como fue el guano, caucho, maderas, pieles, chinchilla y, por poco, la vicuña. Cuidado y visión hacia el futuro es la única posibilidad de resolver este problema” (1974), hablan de su constancia para asegurar el capital ecológico a las presentes y venideras generaciones. Esta es la inapreciable herencia de un hombre apasionado, íntegro y probo.