miércoles, 31 de julio de 2013

Raimondi, el sabio que tanto amó al Perú

El naturalista, geógrafo, escritor y botánico Antonio Raimondi (Milán, 1824 – San Pedro de Lloc, 1890) -una celebridad fascinada en averiguar, recorrer y difundir nuestro bagaje natural- se enamoró de esta tierra milenaria caracterizada por sus contrates, analogías, ancestros, abundancias, inspiraciones y, además, poseedora de un futuro promisor.

Durante los siglos XVIII y XIX expertos de variadas disciplinas nos visitaron atraídos por la amplitud de posibilidades para la investigación brindadas por nuestra nación. Acogemos, que duda cabe, una inmensurable ‘cantera’ de recursos naturales y un imponente patrimonio histórico que ha despertado el asombro de prominentes sabios involucrados en el estudio de la peruanidad. Seguidamente solo tres ejemplos: El profesor y botánico alemán Augusto Weberbauerel, el escritor y geógrafo inglés Clements Markham, el médico y antropólogo alemán Ernst W. Middendorf.

Raimondi arribó al puerto de El Callao el 28 de julio de 1850, huyendo de los horrores de la guerra por la independencia y la unidad de Italia, para comprometerse en una misión que se impuso: escrutar y transitar por el territorio hasta los últimos instantes de su vida. Corresponde divulgar su singular empeño a las nuevas generaciones de compatriotas, desconocedoras de nuestra historia, con la finalidad de gestar un sentimiento de pertenencia e identidad.

Según precisa Teresa María Llona, en su interesante libro “Raimondi y Llona”, motivó su llegada al Perú ver en el invernadero de Milán la mutilación de un “Cactus peruvianus” que amenazaba romper la estrechez de la techumbre y de sus paredes transparentes. Influyó en su decisión imaginar que nuestra república ofrecía amplias perspectivas por abarcar, su extensa geografía y proverbial opulencia, todos los climas y haber sido poco examinado.

Fue acogido por el médico Cayetano Heredia quien le encomendó la codificación de las colecciones de geología y mineralogía del Gabinete de Química e Historia Natural del Colegio de la Independencia -posteriormente convertido en la Escuela de Medicina del Perú- y lo nombró titular de la cátedra de Historia Natural de ese centro educativo. También, fundó la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (1856). Sin intimar bien con la metrópoli, gustaba incursionar por sus alrededores en busca de plantas desconocidas para clasificar.

Por aquellos años, realizó una eficaz labor en la Gran Exposición Mundial de París. Preparó –sin interés económico alguno- una exitosa muestra de los minerales del Perú. Esta exhibición suscitó el asombro de las naciones europeas. Tiempo después confeccionó una nueva presentación mineralógica bastante amplia que acompañó con un volumen analítico y descriptivo que reflejaba una parte de su impresionante tarea cumplida en la recolección e indagación de las más heterogéneas riquezas minerales.

Inició sus primeras andanzas contando sólo con su propio peculio. Recién en 1858 recibió una asignación de 2,000 pesos anuales por iniciativa del Congreso de la República. Esta suma se elevó –dos años más tarde- a 3,000 pesos por considerarse necesario ayudarlo en sus gastos. De esta manera, emprendió un viaje de extenso periplo que comprendió millares de kilómetros -avanzando por regiones inhóspitas- debiendo bordear abismos y cruzar ríos tormentosos sin contar con los puentes más primitivos para hacerlo. Dos años y medio duró ese peregrinaje inverosímil y apenas reposó en Lima seis meses antes de emprender otro hacia la parte central del territorio.

Llegó por primera vez a la cordillera de los Andes, ingresando hasta Vitoc y Chanchamayo, para retornar por la misma ruta un año después; internándose hasta Tingo María, dejando atrás la costa y la sierra. Documentó los yacimientos de carbón mineral del literal piurano, analizó el guano de las islas Chincha, verificó las reservas salitreras de Tarapacá, recorrió las remotas provincias auríferas de Carabaya y Sandia, navegó el Marañón, Ucayali y Amazonas, entre los ríos orientales más representativos.

La autora de “Raimondi y Llona” precisa: “Fue ese amor al Perú el que lo obligó siempre a partir de nuevo, sin descansar en Lima sino períodos breves entre uno y otro viaje, no obstante gustarle la vida limeña y tener aquí amigos entrañables, italianos unos como ese Arrigoni que llegara con él al Callao un 28 de julio de 1850 y que estaba destinado a cerrarle los ojos, muchos años más tarde en el sencillo pueblo norteño de San Pedro de Lloc, así como muchos otros amigos peruanos que lo apreciaban de corazón y reconociendo los altos quilates de su valía, lo rodeaban siempre. Amaba asimismo la labor docente, técnica y de investigación que desarrollaba en la capital, pero como la aguda imantada se vuelve siempre hacia el norte, él se volvió siempre hacia los horizontes de ese Perú desconocido que parecía atraerlo con el ímpetu de una primera pasión juvenil”.

Marchó hacia su fin orientado por el anhelo de mostrar la conclusión del esfuerzo de su existencia. Luego de superar incontables adversidades apareció el primer tomo de su obra “El Perú” (1874) -dedicada a la juventud- en donde escribió: “…Confiado en mi entusiasmo he emprendió un arduo trabajo superior a mis fuerzas. Pido pues vuestro concurso. Ayudadme, dad tregua a la política y consagraos a hacer conocer vuestro país y los inmensos recursos que tiene”.

Este monumental texto incluye descubrimientos, asientos mineros, haciendas de la costa y sierra, fundación de pueblos y ciudades, entre otras nutridas revelaciones. Es un versado recuento de nuestro admirable -y por aquel entonces poco conocido- acervo ambiental, cultural y social. Se trata de una publicación, elaborada con rigor científico, de obligada consulta a fin de apreciar un pormenorizado inventario de nuestra naturaleza, entre otros temas.

Logró avanzar en la edición de sus trabajos; sin embargo, quedó sin redactar ni editar bajo su dirección muchos de ellos. Dejó numerosos libretas (algunas desaparecieron) con la recopilación de sus anotaciones sobre el paisaje visto a su paso. Plantas, animales, insectos y minerales fueron colectadas; mientras medidas barométricas, observaciones meteorológicas, planos y croquis precisos complementaban la información de las distintas regiones por las que anduvo.

Existe un episodio poco percibido de Raimondi durante la ocupación chilena de Lima, luego de la guerra con Chile: El gesto enaltecedor de salvaguardar en su casa las invalorables colecciones cedidas por él al estado peruano con el propósito de protegerlas de los saqueos perpetrados por el ejército invasor, amparándolas en la bandera italiana. No obstante, los chilenos le ofrecieron comprarlas a un alto precio. Al hacerlo demostraron desconocer la nobleza de este científico, quien tampoco accedió visitar el país del sur en óptimas condiciones para cumplir trabajos de exploración técnica. Este acto de fidelidad nos recuerda la grandeza del honor, la dignidad y la lealtad en estos tiempos de valores quebrantados en los que, con especial énfasis, es conveniente hacer memoria de los principios que distinguen a los hombres de bien.

Aceptó el sacrificio de permanecer en nuestra nación a pesar de la muy difícil situación económica que afectó el financiamiento de sus descubrimientos, lo que hizo peligrar la culminación de sus memorias. La etapa de la post guerra fue dura, azarosa y triste para él. Así dejó constancia: “Me encuentro continuamente atormentado por la desconsoladora idea de haber empleado inútilmente 19 años de mi vida en viajes penosos por todo el territorio de la república, sin ver el fruto de tantas privaciones sufridas”.

De actitud serena y poco apego a la ostentación pública. Fue el principal referente científico serio e indiscutible en nuestro país durante la segunda mitad de siglo XIX. Su entrega representa uno de los capítulos más hermosos en la historia universal de las ciencias naturales y que, por cierto, debiéramos procurar recoger e imitar. La divulgación de su hazaña se renueva entre quienes encuentran inspiración para conocer, comprender y fortalecer su filiación con el Perú.

Me interesé por Antonio Raimondi influenciado por mi recordado amigo Augusto Dammert León, quien me prestó –hace casi 25 años- un ejemplar de la colección “El Perú”. Su lectura me facilitó ampliar mi juvenil e imprecisa visión de una patria que amerita tantos asombros y revelaciones. Con viva emoción dediqué mi primer libro “Conservación de la naturaleza ética e intereses” (1990) a este excepcional personaje a lo largo de cuya existencia exhibió impecables credenciales éticas que debe retomar una sociedad lesionada por la miseria moral. Tengamos como aliciente y estímulo su profético mensaje: “En el libro del destino del Perú, está escrito un porvenir grandioso”.

domingo, 21 de julio de 2013

¿Sabe usted qué es el éxito?

En nuestra sociedad se relaciona el éxito con la conclusión final de notables actuaciones profesionales y, en consecuencia, se tiene la percepción que se debe reflejar en la posesión de bienes materiales, estatus, poder, fama y otros componentes. Por esta razón, conviene desarrollar una noción discrepante.

Es común encontrarnos con personas –de todas las edades, procedencias y condiciones- que trabajan, ahorran y luchan por alcanzarlo. A mi parecer existe la impresión errada que el éxito es lejano, inalcanzable y, por cierto, se socia con el confort y prestigio social.

El próspero magnate mexicano Carlos Slim Helú –uno de los hombres más ricos del mundo- brinda una apreciación interesante, sencilla y diferente: “El éxito no tiene que ver con lo que mucha gente se imagina. No se debe a los títulos nobles y académicos que tienes, ni a la sangre heredada o la escuela donde estudiaste. No se debe a las dimensiones de tu casa o de cuantos carros quepan en tu cochera. No se trata si eres jefe o subordinado; o si eres miembro prominente de clubes sociales. No tiene que ver con el poder que ejerces o si eres un buen administrador o hablas bonito, si las luces te siguen cuando lo haces. No se debe a la ropa, o si después de tu nombre pones las siglas deslumbrantes que definen tu status social. No se trata de si eres emprendedor, hablas varios idiomas, si eres atractivo, joven o viejo”.

Asimismo, en su carta a la comunidad universitaria (1994) presenta una reflexión profunda y veraz: “…El éxito no es hacer bien o muy bien las cosas y tener el reconocimiento de los demás. No es una opinión exterior, es un estado interior. Es la armonía del alma y de sus emociones, que necesita del amor, la familia, la amistad, la autenticidad, la integridad”.

Desde mi punto de vista los halagos, ascensos y distinciones recibidos, a nivel profesional y laboral, no siempre son sinónimo de triunfo. Relacionarlo con lo externo es un error. Su plena obtención se observa en el mundo interior de cada uno de nosotros. En nuestro ser íntimo, espiritual y, por lo tanto, en la actitud asumida frente a la vida.

Me gustan las palabras del intelectual mexicano José Luis Barradas Rodríguez: “Tener éxito en las pequeñas cosas que haces, levanta el ánimo, la autoestima y te prepara para tener éxito en las grandes cosas que hagas”. Allí está el punto central de mi reflexión. La victoria empieza con las realizaciones y conquistas forjadas por la perseverancia y el empeño inspirados en la autoestima.

Depurar la esfera interna de miedos, sospechas, obstinaciones, rencores, complejos y sentimientos negativos que contaminan la visión positiva del mañana y, por lo tanto, nos aminoran. Seamos capaces de efectuar una intensa limpieza interior a fin de alcanzar nuestro desarrollo y crecimiento.

Rehuyamos inquietarnos tanto, como es habitual en sociedades del tercer mundo, por lo externo. Un experto con sobresalientes títulos académicos, buen salario, automóvil del año, cuantiosas tarjetas de crédito, prendas de vestir de última moda, socio de representativos clubs sociales y, no obstante, abrumado por odios, cargos de conciencia, prejuicios, frustraciones, desamores familiares, etc. ¿Será exitoso? Probablemente, quienes no conocen los pormenores de su esfera individual podrían envidiar su “éxito”.

Evitemos colocar este calificativo a un mortal solo por sus méritos laborales y económicos. Veamos por encima de lo relacionado al trabajo para valorar otros ámbitos –no percibimos a simple vista- y enjuiciar lo alcanzado por nuestros semejantes. Seamos acuciosas y profundos en nuestras observaciones. También, tomemos con serenidad lo que puedan hacernos creer sobre nuestros supuestos triunfos.

En más de una oportunidad pienso en su compleja definición. Cada uno tiene, con todo derecho, su evaluación e interpretación que está reflejada en las acciones destinadas a conseguir el éxito. Un hombre puede creer que el éxito es tener un empleo, para otro ser gerente general y para un tercero convertirse en el dueño de la compañía. Lo cuestionable es “uniformizar” necesariamente el éxito con lo superficial, material y monetario, sin tomar en cuenta lo ofrecido por la vida para lograr la superación personal, más allá de la competitividad en el mercado laboral.

Hace pocas semanas dos de mis alumnas del Instituto San Ignacio de Loyola (ISIL), Allinson Liza y Fiorella Larrea –estudiantes llenas de empeños, talentos, esperanzas, buenas voluntades y que alimentan nuestra ilusión en la docencia- me preguntaron: ¿Cuál piensa usted que es el factor para el éxito? Respondí: “Creo que el éxito está en una suma de pequeños detalles. Si la recuerdan cuando se va; si deja una huella positiva en esta vida; si a lo largo de su trayectoria echó semillas y otros las recogieron; si hay más gente que la considera a usted su amiga, que a los que usted supone sus amigos; si logra levantarse todos los días con la conciencia tranquila, exhibiendo las manos y los bolsillos limpios; si tiene paz interna y disfruta de su trabajo, es exitosa. De tal manera que, mi definición difiere de la que, por costumbre, se tiene en nuestro medio”. Bienvenido el éxito, amigo lector.

sábado, 13 de julio de 2013

La mediocridad: ¿Desgracia peruana?

Acabo de encontrar una oportuna frase del recordado novelista, ensayista y pintor argentino Ernesto Sábato (1911 – 2011) como prólogo a esta nota: “Ser original es en cierto modo estar poniendo de manifiesto la mediocridad de los demás”. Sin duda, la mediocridad es un “cáncer” extendido en individuos carentes de visión y expectativas de crecimiento y desarrollo.

El empleo habitual de este concepto está referido a alguien de baja calidad en su desempeño y niveles de realización. Se asocia con quien no alcanza cierto estándar de perfección y eficiencia. Es un calificativo severo y, por cierto, cuyos orígenes y manifestaciones compartiré con usted.

Para empezar deseo comentar lo señalado por el intelectual, sociólogo y político italo-argentino José Ingenieros (1877 – 1925). Un personaje extraordinario e influyente en las generaciones latinoamericana -que gestó la histórica Reforma Universitaria de Córdova (Argentina, 1918)- en la que se formaron personajes notables de esta región como Hipólito Irigoyen, Rómulo Betancourt, Salvador Allende, Pablo Neruda, Miguel Ángel Asturias y Víctor Raúl Haya de la Torre, entre otros. Además, fue representante del pensamiento positivista, fundador del socialismo argentino y Maestro de Juventud (título otorgado por los estudiantes reformistas). Figura referencial para los jóvenes comprometidos con las heroicas luchas sociales, de principios del siglo XX, en este lado del continente.

En su obra “El hombre mediocre”, José Ingenieros trata sobre la naturaleza del hombre, oponiendo dos tipos de personalidades: el “hombre mediocre” y el “idealista” y, además, analiza sus características morales y las formas adoptadas en la sociedad.

Allí afirma que "no hay hombres iguales". En tal sentido, establece una división en tres tipos: Hombre inferior, hombre mediocre y hombre superior. El autor precisa que el “hombre mediocre” es incapaz de emplear su imaginación para concebir arquetipos que le propongan un futuro por el cual luchar. Es sumiso a la rutina, los prejuicios y las domesticidades. Es dócil, carente de personalidad, contrario a la perfección, no acepta planteamientos distintos a los recibidos por tradición e intenta opacar toda acción distinguida.

No obstante, José Ingenieros -quien solía decir: “Es más contagiosa la mediocridad que el talento”- describe al “hombre idealista” como un ser apto para usar su imaginación a fin de concebir ideales legitimados por la experiencia y se propone exhibir patrones de perfección altos, en los cuales pone su fe con el afán de modificar el pasado en favor del porvenir. Este sujeto, por ser original y único, contribuye con sus ideas a la evolución social; se perfila como un ser individualista que rehúye someterse a credos éticos. Es soñador, entusiasta, culto, diferente, generoso e indisciplinado. No busca el éxito, sino la gloria, ya que el triunfo es momentáneo.

Sin temor a equivocarme y, especialmente, recogiendo lo revelado por este lúcido pensador, percibido en el día a día una cantera de ejemplos de la mediocridad convertida en una “forma de vida” frecuente, numerosa e intensa. Tal vez falte tiempo para tratar lo que me inspira una sociedad –como en anteriores artículos lo he sindicado- de colosales desigualdades, apatías, insolidaridades, desencuentros, contrastes, convulsiones y cambiante. También, altamente influenciable, temerosa y manipulable al igual que toda comunidad inculta, tercermundista y carente de autoestima.

La mediocridad se muestra en múltiples ámbitos. Se aprecia en los padres de familia que salen del apuro preparándoles una lonchera deficiente a sus hijos –y no por razones económicas- sino por real falta de voluntad para documentarse en asuntos de nutrición; lo vemos en los profesionales que hacen su trabajo a medias y evitan esforzarse más de lo necesario; se verifica en los alumnos que estudian para un examen y ni siquiera son capaces de aportar, preguntar e indagar los temas inherentes a su formación; se respira cuando escuchamos decir “así está bien, no te esfuerces tanto”; podemos verlo en los que gozan envueltos en lo monótono e incluso tienen pavor a los nuevos desafíos; se constata en quienes dicen “nadie me lo reconoce, porque debo producir más” y justifican su proceder en la ausencia de motivación.

En lo personal percibo la mediocridad en reuniones familiares o amicales. No falta algún mediocre –con los que coexisto- que dice: “No seas tan formal, así nomás ponemos la mesa, total somos todos de confianza”. Hasta en actividades insignificantes, reitero, se puede advertir. Cuando oímos aseverar: “No vas a cambiar las cosas, deja todo así”, “no te metas, evita problemas”, etc. estamos frente a inequívocos mensajes de arrebato anodino.

Es una suerte de ADN del nacido en el Perú. Se siente -más que la humedad capitalina- en los educadores que emplean la supuesta baja remuneración (si son tan probos y brillantes porque no cambian de centro de labores) para respaldar su evidente pequeñez en la enseñanza, en sus evaluaciones, ayudas audiovisuales, materiales, etc. En el reciente “Día del Maestro” (6 de julio), mi cálido homenaje al profesor que lucha contra un entorno colmado de paraplejias morales e pensantes. Aflige percibir un sistema educativo infiltrado por cuantiosos desempleados, limitados y banales seres que distorsionan la pedagogía.

Asimismo, es doloroso el elevadísimo índice de mediocridad en el sector público. Allí es común fingir estar “ciegos, sordos y mudos” en función de conveniencias partidarias u de otra índole. Viví hastiado al observar la mediocridad, convertida en una “reglamentaria práctica”, cuando presidí el Patronato del Parque de Las Leyendas – Felipe Benavides Barreda (2006 – 2007) y mis disposiciones suscitaban rechazo -en los frívolos, pusilánimes, timoratos y ambivalentes servidores estatales de carrera- por el trabajo que les generaba. Su ineficiencia y desidia era suficiente para edificar un monumento. Fui blanco de múltiples críticas, incluso de quienes consideraba mis amigos, por combatir y revertir esta situación con determinación.

Nos incumbe encarar la mediocridad –tan aceptada y apetecible como los dulces criollos- con audacia, atrevimiento y valor. Sublevémonos y encaremos este mal lacerante y que, además, intenta apoderarse de nuestra mente y espíritu. Hay que subvertir el alma y la conciencia ciudadana en el afán de lograr redefinir la conducta general.

La pasividad para aceptar y convalidar –con una actitud conformista- lo acontecido a nuestro alrededor, sin intentar hacer algo para revertir una situación anómala, refleja una indolencia opuesta a las posibilidades de progresar. En sinnúmero de ocasiones el peruano está parado en el “balcón” de su existencia mirando, diagnosticando y asumiendo el confortable papel de criticón. Sin embargo, se resiste a tomar un rol proactivo e impulsar el cambio que demanda.

Por otra parte, el filosofo y escritor argentino Alejandro Rozitchner –autor del libro “Ganas de vivir – La filosofía del entusiasmo”, enuncia: “Mediocre es no creer en la autenticidad como una posibilidad y un valor, y negar la existencia de una felicidad a nuestro alcance, que pide pagar los lógicos precios de todo logro. Mediocre es negar la importancia de la aventura existencial individual, formulando generalidades sociales a las que se toma como marcos de sentido siendo en realidad ficciones impersonales”.

Estas líneas son escritas a la luz del incontenible malestar suscitado por la oriunda mediocridad. Enfrentarla trae consigo ser calificado de excéntrico, intrépido y altisonante. Pero, no importa; la vida bien vale este genuino esfuerzo de esparcir –con el ejemplo coherente y digno- semillas de esperanza e ilusión. Es un reto frente al que no debemos abdicar.

Bienaventurados quienes transforman la creatividad, la locura, el entusiasmo, la energía y la perseverancia, en fuente inagotable de inspiración con el propósito de forjar un futuro mejor alejados de los obstáculos que bloquean nuestro bienestar. Por último, recuerde la afirmación del escritor y médico español Pío Baroja y Nessi: “Emancípese usted de la vida mediocre”.