domingo, 8 de enero de 2017

Etiqueta en la mesa: Apuntes y reflexiones

El comportamiento de cada uno de nosotros al consumir alimentos en la mesa exhibe con claridad, más allá de lo imaginado, nuestra educación, estilo y desenvolvimiento y, consecuentemente, puede generar una negativa impresión en nuestros interlocutores.

En la actualidad se ha ido masificando este asunto que estuvo orientado, de manera elitista y sectaria, a las señoras y jovencitas deseosas de causar una buena imagen social. A nivel empresarial son frecuentes los desayunos, almuerzos y comidas de negocios y también en los procesos de selección de personal.

La etiqueta en la mesa propone interesantes orientaciones y consejos sobre el menaje, las posturas, las ubicaciones de los comensales y un sinfín de valiosos detalles encaminados a hacer agradable una velada. Del mismo modo, está relacionada con la autoestima, la cultura y la habilidad social; aspectos evadidos por las memorísticas instructoras “pipiris nais” -que abundan como hongos en institutos, academias y entidades educativas- que circunscriben la etiqueta social en tres tópicos: maquillaje, vestimenta y cubiertos.

La etiqueta social demanda la voluntad de practicar determinadas pautas e interiorizarlas con constancia, naturalidad y fluidez. Solo su aplicación continua facilitará que formen parte de su desempeño cotidiano. De lo contrario, al momento de pretender presumir sus conocimientos se le notará rígido, nervioso e indeciso. En síntesis, debe asumirse como una cultura de vida.

Una penosa costumbre que ha dejado de llamar la atención está referida a las personas que exigen colocarse al lado de su mejor amiga o cónyuge. A las mujeres les encanta “guardar sitio” al apostar sus carteras en las sillas colindantes para su cofradía con la que, únicamente, al parecer pueden platicar sus domesticidades. Tenga en cuenta: no se sientan juntas una pareja de esposos, dos damas, dos caballeros, dos sujetos enemistados o dos prójimos que no hablan el mismo idioma. Esa pegajosa rutina de formar infalibles logias restringe el acercamiento entre los participantes y, además, hace visible la carencia de sociabilización e inteligencia interpersonal. Un encuentro en la mesa busca integrar a los concurrentes.

Si acude a un banquete en el que han sido colocados letreros con los nombres de los asistentes en la mesa, esquive la infeliz ocurrencia de cambiar los rótulos con la finalidad de coincidir con su esposa o novia, como sucede con asiduidad en “perulandia”. Es curioso percibir a señoras y señores con huérfanas capacidades para alternar con invitados desconocidos, a pesar de su elevado estatus profesional. Una vez más, podemos aseverar que existen innumerables prójimos, incluyendo incontrastables “pipiris nais”, parecidos a un libro con pasta de cuero, letras de oro y páginas en blanco.

De otra parte, quiero referirme al fantástico teléfono celular del que profusos sujetos gustan hacer alarde como sinónimo de auge económico. Aunque, por desgracia, no pueden mostrar igual nivel de preparación intelectual, cultural y espiritual. Recuerde: no es un tenedor y, por lo tanto, rehúya ponerlo en la mesa como advierto en los almuerzos en oficinas y hogares. Es enojoso observar charlar por su aparato móvil sin importarles la incomodidad que generan a los asistentes. Esto indica la inexistente pertinencia en un entorno invadido de proliferas malas formas.

Tampoco son atinados los selfies a sus exuberantes platos de comida para mostrarlos en el facebook. Mucha gente elude percatarse que proyecta la sensación de un afligido por el contagioso síndrome de “chuncholandia”, que nunca ha visto un agradable y bien decorado platillo, ni ha acudido a un restaurante de cinco tenedores. Recurra a la pertinencia: si desea tomar fotografías a los presentes, pida permiso al anfitrión.

Evite sentarse en la mesa si está aquejado por alguna enfermedad, solo haga un saludo general si llega cuando los invitados están en sus asientos, evada interrogar al que declina beber licor, rehúya preguntar por el precio de lo ingerido o pretender averiguar la receta del potaje ofrecido, no se retire al menos que sea urgente, empiece a comer cuando el anfitrión comienza a hacerlo, prescinda realizar comentarios acerca de la porción de comida servida y recuerde: primero se sientan las mujeres y luego los hombres.

El anfitrión debe consultar a su comensal, al formular la invitación, si tiene impedimento para disfrutar algún tipo de menú. Asimismo, debe estar listo con antelación; aunque es redundante que al llegar los invitados, los dueños de casa todavía están alistándose. No retrase el momento de pasar al comedor debido a que varios concurrentes “están en camino”, al menos que hayan avisado y sea un encuentro informal. Si un asistente acude cuando se está comiendo el plato de fondo o el postre, sírvale lo que están saboreando los huéspedes. Eluda la ordinaria rutina de ofrecer la entrada, el plato de fondo, etc.

Nunca vaya acompañada a una invitación personal. En “perulandia” es frecuente llevar enamoradas o amistades sin que éstas hayan sido convocadas. En caso que la invitación sea con pareja, no cargue sus hijos y, además, tampoco llame para pedir “permiso” a fin de acudir con familiares. La prudencia es sinónimo de elegancia.

El afamado brindis lo hace el anfitrión y será breve en su intervención. Los comensales podrán beber las veces que lo deseen sin aguardar otro brindis. En “perulandia” suelen brindar a cada rato y por cualquier motivo las personas deseosas de ingerir licor. Si le sirven una bebida de su desagrado o que está imposibilitado de consumir, la aceptará y solo simulará brindar. Pero, no incomodará al anfitrión rechazando la copa, ni tampoco insinuando que desea más alcohol.

De igual forma, deseo reiterar lo explicado en mi artículo “Y en la mesa… ¿Buenos modales?”: “…En ocasiones me encuentro con allegados que les encanta emplear la expresión ‘estamos en confianza’ a fin de justificar su equivocado proceder o amparar más de una falta. Por ejemplo, colocar una vajilla dañada, exponer un mantel sucio, poner en lugar de servilletas papel toalla, asentar un individual plástico sobre el mantel (para no ‘mancharlo’), pedir que nos quedemos con los cubiertos de la entrada para usarlos con el segundo plato, estirar los brazos para servirse el ají o situar una botella de dos litros de gaseosa -que dificultará la visibilidad entre los comensales- entre otras acciones desatinadas y ofensivas. Esfuércese por mostrar siempre (incluso en su actividad privada) una mesa bien instalada, pulcra y en óptimas condiciones. Ello hablará de su autoestima”.

Por favor no apele al grado de intimidad existente entre los invitados para proceder a servirse la sal con la mano, hacer bromas desatinadas, coger la carne de la fuente con su tenedor y cuchillo. Por más rico que esté el bocado evite chuparse los dedos y limpiarse la dentadura con la lengua, los montadientes o las uñas. Los alimentos se llevan a la boca y no la boca a los manjares; sólo ligeramente inclinado. Al toser o estornudar recurra al pañuelo sin hacer ruido. No obstante, habitar en “perulandia” aplique con esmero y discernimiento su “sentido común”.

Si usted espera ser convocado a actividades sociales tenga la finesa de disculparse en caso no pueda concurrir, asuma una conducta correcta en los actos a los que acude, agradezca las atenciones recibidas en los días posteriores mediante una llamada telefónica y, además, tenga la delicadeza de retribuir los agasajos. En innumerables oportunidades percibimos a sujetos que anhelan ser invitados a cuanto eventos sea posible, a pesar que no corresponden las deferencias ofrecidas. Eso es típico en una sociedad abrumada de descortesías, indolencias, prepotencias y desatinos. Hagamos un esfuerzo para predicar con el ejemplo de nuestro obrar y propaguemos semillas tendientes a incitar las conciencias de nuestros semejantes.

Para finalizar: lleve una botella de vino o un dulce para compartir; será un detalle enaltecedor. Haga de sus encuentros en la mesa una magnífica ocasión para estrechar  nuevos lazos, conocer seres humanos, promover conversaciones agradables y afianzar sus vinculaciones. En la medida en que usted posea dominio, espontaneidad, erudición y convicción en sí mismo, podrá gozar de cada jornada con sus familiares, amistades y colegas.

martes, 3 de enero de 2017

El Turismo Vivencial: ¿Vale un Perú?

El turismo vivencial consiste en realizar atractivas e interesantes acciones en contacto con los pobladores locales. De esta manera, el viajero aprende sus costumbres, disfruta sus comidas, duermen en sus viviendas, experimenta sus rutinas e interviene en sus prácticas productivas. Esta alternativa fomenta un encuentro entre personas de disímiles culturas.

Esta opción, surgida hace poco más de una década, se ha convertido en un fascinante medio para apreciar el extenso, complejo y poco conocido universo aldeano. Más allá de sus indudables ganancias económicas, hace viable percatarnos de nuestro cuantioso bagaje gastronómico, ecológico, étnico e histórico y, especialmente, atrae a gentes deseosas de percibir la diversidad ancestral del aborigen rural.

Según refiere Fray Masías Cruz Reyes en su documentado estudio “Identidad territorial y el turismo vivencial”: “…El fenómeno del turismo rural ha conocido un notable crecimiento durante los últimos años, en especial en los países más desarrollados, asociado a la creciente sensibilidad medioambiental. Su aceptación encuentra motivaciones en el estrés provocado por la vida urbana, el abuso turístico de los litorales y el desarrollo de nuevas zonas. Comprende desde el turismo ligado a la agricultura, hasta un turismo más enfocado hacia la naturaleza. Su público es netamente de tipo familiar o juvenil y acostumbra realizar gastos individuales reducidos. Las formas más difundidas son las caminatas, los campamentos, las excursiones, los paseos en bicicleta, en caballos, etc.”.

Tan novedosa iniciativa produce utilidades adicionales: valora la historia y tradición, abre la puerta para nuevos mercados de productos, fortalece y estimula la organización empresarial y diversifica el ecoturismo. Es una disyuntiva que logrará descongestionar la demanda concentrada en ciertos escenarios de formidable significado cultural y, además, es una herramienta de progreso para la jurisdicción.

Cumple una magnífica función pedagógica en el quehacer ambiental: posibilita vislumbrar las pericias de nuestros antepasados, representadas en los sistemas de irrigación, la domesticación de especies silvestres, el fomento de la crianza de aves, el calendario agrícola que establecía la producción mensual de alimentos, la utilización de la andenería para elaborar suministros y cómo combatieron la erosión de las cuencas. Gracias a la travesía vivencial estas enseñanzas se ponen al alcance del forastero. Es un medio enfocado a mirar un mundo omitido de los grandes anhelos y proyectos nacionales.

Al mismo tiempo, mejora el nivel y condición de vida de los oriundos. Tengamos en cuenta que la pobreza es causa y efecto del deterioro del entorno y, por lo tanto, aliviar los índices de indigencia facilitará detener la depredación frecuente en estas áreas. En tal sentido, reitero lo aseverado en mi artículo “Pobreza y deterioro ambiental”: “…De modo que, el crecimiento económico es esencial para disminuir la pobreza. Los efectos negativos causados por este crecimiento, afortunadamente, pueden reducirse si se destinan los recursos para lograr una mejor ordenación del medio. Para los pobres la gestión ambiental no debe ser una lejana opción en sus vidas, sino un elemento inmerso en la agenda social del desarrollo. En consecuencia, es importante elaborar propuestas que incluyan el componente ‘verde’ y sus impactos sociales, económicos, políticos y culturales en la población de menos ingresos”.

Por su parte, la Estrategia Nacional de Turismo Rural Comunitario del ministerio de Comercio Exterior y Turismo (Mincetur) ha facilitado la intervención en 76 emprendimientos, en 16 regiones del país (San Martín, Amazonas, Cajamarca, Loreto, Lambayeque, La Libertad, Ancash, Ucayali, Pasco, Lima, Ayacucho, Apurímac, Puno, Madre de Dios, Cusco, y Arequipa) e incrementado en un 12 por ciento la empleabilidad, ha reportado una retribución complementaria mensual de 53 nuevos soles por familia. Un dato que no debe pasar inadvertido es el referido a los cerca de 100 mil concurrentes extranjeros que hacen periplos en parajes comunales. A la fecha existe un 18 por ciento de intensificación anual en flujo de visitantes y 13 por ciento de aumento económico. Por último, se han obtenido siete millones de nuevos soles a la economía rural.

En muchos casos las asociaciones campesinas son entrenadas por entidades como Promperú a fin de obtener la destreza para administrar este negocio. Con los dividendos conseguidos pueden mantener los delicados ecosistemas aledaños y emprender un quehacer empresarial enfocado a afianzar la estructura comunal. A continuación comparto tres experiencias que merecen resaltarse por sus enormes derivaciones favorables.

La comunidad de Vicos (Carhuaz, Ancash) fue una de las precursoras en introducir esta modalidad de itinerario, con la asesoría del Instituto de Alta Montaña de Huaraz. Es una propuesta llevada acabo en un acogedor pueblo que presenta a sus huéspedes la danza de la cosecha del trigo, la chicha de jora, el picante de cuy y la yunca, potaje preparado con trigo pelado, gallina y salsa de ají. Cuenta con las lagunas de Legiacocha y Minoyor, los nevados de Copa Chica y Copa Grande, la quebrada Honda y singulares monumentos arqueológicos.

De otro lado, el distrito de Sibayo (Caylloma, Arequipa) ofrece un periplo rústico y hogareño, consistente en recorrer la plaza, los alrededores, el río y alternar con los ritos de sus moradores. El invitado recibe alojamiento, alimentación y participa en tareas diarias como recojo de leña, tejido de prendas y ceremonias místicas. A partir del 2005, el municipio se abocó a su promoción. Tres años después llegó el primer grupo de excursionistas que pernoctaron en las “casas vivenciales” de piedra. Desde entonces las visitas han crecido de manera significativa; el 2008 se albergaron 576 peregrinos, al año siguiente se llegó a 783 y el 2011 se tuvieron alrededor de 7.000. Sibayo es uno de los destinos más ambiciosos del valle del Colca; acoge mil turistas al año, lo que genera una retribución aproximada de 30.000 mil dólares.

Según precisa el informe “Turismo Rural Comunitario en Sibayo” del ministerio de Agricultura: “…El pueblo de Sibayo ha recuperado un dinamismo socioeconómico y de habitabilidad, que permite el desarrollo de la actividad turística y otros negocios vinculados, como producción agrícola, ganadera y piscicultura. El turismo revirtió el proceso de abandono del pueblo y muchas de las familias que se habían ido a sus estancias, hoy viven en el pueblo, aunque manteniendo la actividad en las estancias. Esta situación ha posibilitado el acceso a servicios de salud, educación de los hijos, información, participación ciudadana, mejorando significativamente su calidad de vida”.

Una experiencia inigualable brindan las islas Uros y la isla Taquile, uno de los atractivos más trascendentales de Puno y del lago Titicaca. La presidenta de la Asociación de Turismo Vivencial de los Uros Isla, Cristina Soaña afirmó: “…Turismo vivencial no es dar sólo hospedaje, es que el turista sea como tu hijo, y que lo sienta de corazón”. El programa consiste en explicar la construcción de los islotes, sus tradiciones, la subsistencia de sus residentes, su educación, el truque de sus productos, la elaboración de sus artesanías a base de totora y un recorrido por la Reserva Nacional del Titicaca.

El flujo turístico trajo cuantioso provecho a los pobladores. Inspirados en los éxitos de sus vecinos de la isla Taquile, los aborígenes de la isla Amantani comenzaron a ofertar un paquete adaptado a los gustos de los paseantes, favoreciendo la renta local: los ingresos hacen asequible un estatus de manutención más alto que los réditos de los pescadores y agricultores. En tal virtud, el saldo positivo prevaleciente complementa la prosperidad de los lugareños.

El turismo vivencial es una relevante oportunidad para enseñar, sensibilizar, admirar y difundir nuestra exuberante riqueza ancestral e incorporar al alejado y agreste ande peruano en originales posibilidades de bienestar. Aparte conlleva a engrandecer la autoestima general, cohesionar la unidad cultural y el sentido de pertenencia. Vienen a mi mente la lúcida anotación del ilustre historiador e investigador Luis E. Valcárcel Vizcarra (1891-1987) expuesta en su monumental obra “Del indigenismo cusqueño a la antropología peruana”: “Pronunciemos el nombre del Perú con el orgullo que se debe, pero también con la dignidad que exige. Que el mundo no dude que es cierto que lo que más vale, ‘vale un Perú’…”