lunes, 30 de diciembre de 2013

La vida es un eco: Reflexiones de fin de año

A pocos días de concluir el 2013 –y luego de estar alejado de los alborotos, consumismos, frivolidades y despropósitos de las celebraciones navideñas- quiero efectuar un recuento de los acontecimientos de estos doce meses y, además, agradecer a quienes han contribuido a colmarme de júbilo.

Para algunos, estos son tiempos de apremios, agasajos, saludos y preparativos; para otros, de reflexión, evaluación y análisis que motivan pensar en las metas conseguidas y reorientar objetivos para el año venidero. En este último grupo mi ubico. Aquí un recuento personal que comparto con usted, amigo lector.

Me propuse omitir mirar el “medio vaso vacío” (no hago referencia a los numerosos happy hour que disfrutó los fines de semana con mi madre de 87 años) cuando no logro alcanzar un determinado anhelo. Aprendí a reconocer el “medio vaso lleno” de cada nueva intención. Eso eleva mi autoestima y me posibilita deducir que en la vida dos más dos no, necesariamente, es cuatro; en las matemáticas si. Hasta hace poco, cuando no obtenía las realizaciones esperadas, evitaba valorar la otra mitad tangible de lo obtenido con un esfuerzo, incluso, muchas veces superior a mis aparentes capacidades.

Confieso haber tenido la inercia de conferir demasiado valor a sucesos nocivos, coyunturales, domésticos y rehuir preciar lo conquistado. Todo acaecimiento suscitado ha traído perennes lecciones que enriquecen mi ascenso moral, cultural y espiritual. El desatino, el improperio, las malas formas, la ausencia de sentido común y otras incontables taras –habituales en sociedades como “perulandia”- no deben impedirme juzgar lo que cada experiencia ofrece, incluso en una eventualidad dolorosa.

La palabra “gracias” la asimilé del ejemplo y la enseñanza constante de mis padres Danilo y Amelia. Samuel Johnson, el afamado poeta inglés, afirmó: “La gratitud es un producto de la cultura; no es fácil hallarla entre la gente basta”. Hoy tiene mayor connotación reconocer ha quienes me ofrecieron adhesiones y acercamientos:
Al Redentor que ilumina e inspira mis determinaciones. En cada adversidad, por más superable que ésta sea, ha estado su compañía. La fortaleza de mi convicción cristiana me ha enseñado a superar, olvidar y perdonar. La vida es un eco que retorna, con igual intensidad, lo otorgado al prójimo.

A mis alumnos, fuente permanente de inspiración. Cada jornada de clase me sumerge en un universo maravilloso de vivencias, anécdotas, conocimientos, entregas y me involucra en una burbuja de claridades y deliberaciones. De otra parte, me permite estar al tanto del parecer de una nueva generación y tener una mirada plural de su pensamiento. Sus disímiles aportes, interrogantes o silencios, me abre la puerta a sus espacios. Un instituto donde laboro tuvo la generosidad de denominarme como “docente destacado”. Indudable aliciente para seguir esparciendo semillas y afirmando convicciones e ideales.

A los medios de prensa que acogen mis aportes periodísticos y a quienes tienen la frecuente paciencia de leerme. Su disposición facilita la difusión de mis artículos, a través de los que exhibo mis disconformidades y agudos puntos de vista. Escribo con la esperanza de participar mis desordenadas meditaciones acerca de una realidad que cada semana me nutre de pródigos temas. Mi inmenso agradecimiento a mi querida amiga Dennis Merino, que tiene la condescendencia de revisar mis borradores, ayudarme con sus oportunas correcciones y buscar un título atractivo. Nos une un genuino apego de 22 años.

A la vida por haberme privilegiado nacer en el territorio de “todas las sangres” y cantera de inspiraciones e impulsos para procurar –con ingenuidad y benévolas intensiones- revertir las contradicciones e infortunios de un escenario complejo. Una nación –a la que Mario Vargas Llosa denomina “el país de las mil caras”- fragmentada, invertebrada, resquebrajada, insolidaria, convulsionada y poseedora de un horizonte que debe impregnarnos de fe. Tengamos presente: Somos la materia prima con la que forjamos los destinos nacionales y, por lo tanto, nos corresponde innovar para superar tan reiterativos males lesivos a nuestro desarrollo.

A las agradables, nobles y estoicas amigas y amigos (mis hermanos adoptivos) que perdonan mis alejamientos, porfías y singularidades. Son testigos de mí existir, acompañan mi biografía y saben que, con mis animadversiones, rabias y apasionamientos, gozan de un espacio vital en mi subsistencia. Agradezco a las amistades con quienes he forjado reciente vínculo. Me hicieron recapacitar, reír, platicar, regocijarme, gastar mi dinero, trasnochar, incrementar mi consumo de licor y apoyaron mis avatares. Con dificultad encuentro, al escribir estas líneas, los términos exactos para describir mi efusivo cariño hacia ellos.

A mi madre, que aviva mi sosiego, mi existir y mi porvenir. Compañera discreta y esencial que discierne, alienta y asiste mi devenir con una paciencia imperturbable. Su incansable estímulo me da renovadas ilusiones. Gracias por haber forjado una relación que, en el atardecer de tu existir, confirma la ausencia de límites en el amor. Su serena y sabia orientación es esencial para intentar comprenderme y concebir al ser humano.

Este período se caracterizó por acciones positivas, encuentros favorables, inquietudes sociales, afectos espontáneos, emociones sentimentales y por alborozos en mi quehacer profesional, intelectual y amical. Abundantes venturas, bendiciones, éxitos y advenimientos en el 2014. Recuerde la sabía sentencia del dramaturgo español Jacinto Benavente: “La vida es como un viaje por mar: hay días de calma y días de borrasca. Lo importante es ser un buen capitán de nuestro barco”.

viernes, 20 de diciembre de 2013

Los 75 años de la Orquesta Sinfónica Nacional

Hace unos días la Orquesta Sinfónica Nacional presentó un espléndido espectáculo, por su 75 aniversario en el Gran Teatro Nacional de San Borja, que comprendió la Obertura para una comedia (1964) de Enrique Iturriaga, Concierto para violín (1903) de Jean Sibelius y La consagración de la primavera (1913) de Igor Stravinsky. Fue una noche de homenajes, brillos, deleites y nutrida concurrencia.

En su alocución la ministra de Cultura, Diana Álvarez Calderón, destacó el esfuerzo de esta agrupación que a lo largo del año ha efectuado funciones abiertas en numerosos lugares de la capital y en Arequipa, Trujillo y Cusco. También, desarrolló audiciones para escolares y galas de obras tradicionales del repertorio mundial de ópera y zarzuela; así como composiciones de temas populares y creaciones instrumentales originales.

Considerado el primer y más importante elenco musical de la nación, se fundó el 11 de agosto de 1938 en el gobierno del mariscal Oscar R. Benavides (1933 – 1939). En el Teatro Municipal de Lima se realizó su recital inaugural el 11 de diciembre de ese año -coincidiendo con la VIII Conferencia Panamericana- e incluyó el Himno Nacional del Perú y reputadas obras de Wagner, Beethoven, Debussy, Falla y Ravel. Esas instalaciones fueron su sede durante varios años.

El documentado estudioso Luis Meza Cuadra, en la obra “Enciclopedia temática del Perú”, afirma: “…Su primer director fue el vienés Theo Buchwald, quien la dirigió durante los años 1940 y 1950. Este período fue, indudablemente, su época más brillante, debido sobre todo por la presencia de músicos europeos, que huían de la Segunda Guerra Mundial, y de eminentes invitados”.

Han sido sus directores Theo Buchwald, Hans-Gunther Mommer, Carmen Moral (en dos oportunidades; primera mujer en ocupar dicho cargo en una orquesta en Latinoamérica), los maestros Leopoldo La Rosa, José Carlos Santos, Armando Sánchez Málaga, Guillermina Maggiolo Dibós, entre otros.

En la actualidad la dirige el compositor y pianista Fernando Valcárcel –descendiente del ilustre historiador, antropólogo, indigenista y padre de las ciencias sociales del Perú, Luis E. Valcárcel Vizcarra (1891 – 1987)- considerado una de las principales figuras sonoras emergentes en el país. Se le atribuye el crecimiento en versatilidad y dinamismo de la Orquesta Sinfónica Nacional por la ejecución de creaciones de compositores nacionales y del repertorio universal del siglo XX.

Influenciado por las aficiones melódicas de mi madre sigo con atención sus conciertos desde mi infancia. En los veranos de finales de la década de 1970 solía comparecer entusiasmado en la concha acústica del parque Salazar de Miraflores. Guardo imborrables añoranzas de esos recitales que algunas veces estaban acompañados por un solista convocado. Era una de las actividades más esperadas y entretenidas de mis vacaciones escolares, mientras en la temporada de invierno la zarzuela me cautivaba por su denuedo provocador y alegre.

Es gratificante apreciar a jóvenes, estudiantes, clases medias y sectores de variopintas procedencias atraídos por la suntuosidad de la Orquesta Sinfónica Nacional. Observo con regocijo la aceptación infundida en sus sucesivas apariciones en tan diversas audiencias. Como cualquier otra manifestación artística, la música sensibiliza y despierta nuevas emociones; es un fenómeno sentimental de humanización y encuentro consigo mismo.

Según refiere la especialista mexicana en psicoterapia psicoanalítica Marina Meyer Reyes, en su interesante trabajo “Música y sensibilización” (2008): “… La música tiene una función fundamental, además de la de ayudar a curar o resolver lesiones o padecimientos: la de vincular a las personas entre sí y con sus emociones. Así como Freud decía que los sueños son la vía regia al inconsciente, podríamos decir que la música es la vía regia a las emociones. Al menos eso parece plantear Sacks cuando, compartiéndonos sus propias experiencias de duelo y pérdida, expresa que, paradójicamente, la música nos hace experimentar intensamente, tomándonos por sorpresa, la pena y la tristeza al mismo tiempo que nos brinda consuelo y nos reconforta. Puede ser que esto esté relacionado con que la música no tiene representaciones formales y entra directamente, por lo tanto, al mundo de las emociones”.

En consecuencia, requerimos –más, probablemente, que antes- de un espacio interno facilitador de la ansiada paz espiritual que libere las tensiones afrontados en el día a día. El arte siempre otorga un aporte significativo al engrandecimiento y a la formación integral de la persona. De allí que, se demanda fomentar e impulsar un mayor acercamiento a la música clásica y, además, recomiendo extenderla a la pintura, la literatura, el ballet, el teatro, entre un sinfín de representaciones sublimes.

Estas demostraciones de sapiencia facilitan convertirnos en seres perceptivos, racionales y éticos. Posibilita discernir los valores, efectuar opciones, tomar conciencia de la realidad, cuestionar nuestras realizaciones, profundizar la intuición y es un medio de superación. Sugiero a los padres de familia sembrar la semilla de la cultura en la vida de sus descendientes como parte activa en su proceso de formación. Debería ser una prioridad evitar que sean individuos atiborrados por la creciente barbarie e inopia, como sucede con mi generación.

Felicitaciones a los intérpretes de la Orquesta Sinfónica Nacional por ofrecernos una expresión excelsa de inspiración. Su labor paciente, disciplinada y austera nos colma de orgullo. Constituyen un genuino referente de perseverancia para afrontar –con solidez y convencimiento- las desidias, indiferencias y limitaciones de una sociedad lacerada por la simpleza, la ignorancia, el conformismo, la mediocridad, el atraso y la hemiplejia moral. Recuerde amigo lector: “La música es lo único que hace brillar el fuego que todos llevamos en el alma” (Ludwig van Beethoven).

sábado, 14 de diciembre de 2013

La frivolidad de la Navidad

La proximidad de la fiesta del misterio de la Natividad genera, en la inmensa mayoría de la población cristiana, una “fiebre” de emociones, sentimientos y reacciones reflejadas en preparativos, intercambios de regalos y otros alborotos demostrativos de la orientación consumista de esta efeméride religiosa.

El nacimiento del hijo de Dios representa el advenimiento del salvador. Su actuación, breve en tiempo e intensa por la huella dejada, fue un testimonio de pobreza, desprendimiento, solidaridad y consistencia en su infatigable afán de predicar -en un contexto adverso- la palabra del Padre Eterno. Su sufrimiento definió y enalteció su existencia. El 25 de diciembre evocamos el natalicio de este extraordinario líder que determinó la historia de la humanidad.

Sin embargo, la Navidad se manifiesta en cuantiosos obsequios, cenas, amigos secretos, trineos, juegos artificiales, el bonachón Papá Noel, exquisitos licores, estreno de prendas de vestir y cuanta algarabía material existe. Es una usanza exhibir lo obtenido en los “cierra puertas” y “liquidaciones” de fin de año. Sólo falta organizar la “hora loca” alrededor del nacimiento.

Esta fecha reúne a los seres queridos con el propósito aparente de compartir momentos de confraternidad que, en algunos casos, eluden expresar verdaderos y mutuos afectos. Es común percibir una suerte de tregua en las confrontaciones, intrigas y rencillas, más no siempre una genuina voluntad de inspirarse en tan magna ocasión para revertir la forma negativa de convivencia con el semejante. Un prototipo de hipócrita y fugaz armonía.

Todos sentimos –unos más, otros menos- el compromiso de cumplir con el ritual de festejar. La tradición manda agasajar, malgastar, deleitarnos y, de esta manera, evitamos excluirnos de este ostentoso suceso. Hay quienes se sienten mal al comparar su Navidad con las de familias numerosas, llenas de niños, atenciones y un sinfín de algarabías que explican como se ha olvidado su auténtica vocación espiritual.

En estos días escucho cuestionamientos provenientes de colegas, amigos y allegados en relación a la lamentable superficialidad de este rito. Empero, poco o nada hace la gente para revertir esta perniciosa tendencia. Critican en privado, pero el proceder contradice –como siempre pasa en “perulandia”- la actitud asumida a nivel colectivo. La inconsecuencia, una vez más, se confirma en una sociedad en la que los actos trasgreden el pensamiento y la palabra.

Pero, la ligereza –para esquivar decir “deshonestidad” y alterar el tierno vigor navideño- es tal que, incluso, vemos situaciones conmovedoras que desearíamos apreciar a lo largo del año como afirmación espontánea de sensibilidad. Muchos convienen en donar sus prendas viejas a un asilo; entregar juguetes a los niños pobres; otros recién se acuerdan de sus abuelos, padrinos y afines; recibimos abrazos efusivos y una lluvia de cumplidos en los centros de trabajo y por donde transitemos, incluyendo variopintos besos de Judas; y, por cierto, los infaltables parabienes de cliché: ¡Feliz Navidad! Ni siquiera somos novedosos –pues demanda un uso neuronal adicional- para congratular con creatividad, originalidad y calidez.

Estamos tan encantados que, si tenemos una benévola gratificación, compramos hasta lo innecesario y somos “felices”. Aunque desconocemos por qué, pero el ambiente obliga a sonreír y gozar. Olvidaba: El deleite gastronómico alcanza sus más altos estándares nunca vistos. Es frecuente subir de peso y no dormir bien debido al formidable banquete con pavo, ensaladas, el afamado puré de manzana, chocolate y panetón incluido. Son infaltables también las comidas, desayunos, lonches y, si escasea el dinero, un par de cervezas. Es Navidad, hay que brindar.

El consumo de energía es caso aparte. Las casas iluminadas parecen una pulpería de mal gusto, abarrotadas de cables, adornos sobrecargados, aparatosos y, además, colocan cuanta huachafería de moda se vende en avenidas y mercados. Innumerables hogares tienen una decoración externa -similar a un tragamonedas o karaoke- instalada por el vigilante de la zona a cambio de una retribución y, como observo en la cuadra donde vivo, al que pocas veces saludan a diario.

Cuanto desearía que las familias eleven una oración entorno al pesebre, en lugar de esperar con expectativa “asaltar” el árbol -decorado en incontables casos al estilo de un ekeko- para abrir los presentes. Ojalá hubiera un mínimo empeño para disfrutar de éste aniversario sustentado en las virtudes del cristianismo. Los mercaderes expulsados por Jesucristo del templo se han apoderado de su natalicio. ¡Quién lo hubiera imaginado!

Sugiero a los padres habituados a premiar las excelentes notas escolares de sus vástagos con propinas, atenciones y agasajos navideños pomposos, enseñarles que más importante que la óptima calificación en la libreta, es ennoblecer su comportamiento por la trascendencia de sus valores. Educarlos con el ejemplo cotidiano de fidelidad, honradez, lealtad, caridad, entre otros conceptos que deben fomentarse en la niñez y la juventud para moldear sus existencias en un marco sólido de principios.

A criterios de muchos, soy un aburrido. Desde hace tiempo me mantengo al margen de estos acontecimientos que, desde mi perspectiva de integrante de la Iglesia Católica, están alejados del brío concordante con la entrega del Redentor. Rehúyo asistir a invitaciones, salir de compras, indigestarme comiendo, prender bombardas e incomodar con cortesías de medianoche. Asisto con mi madre a la misa de gallo y hago un discreto, sereno y afable instante para agradecer a Dios y a mis seres más cercanos.

Cuantiosos augurios a los hombres y mujeres que ambicionan un mundo pleno de ideales, esperanzas, ilusiones, perseverancias, fuerzas, optimismos y alegrías. Anhelo que las algarabías momentáneas influyan en el cambio de todos nosotros para vivir inspirados en el testimonio del sucesor de María y José. Aprendamos a perdonar, a pedir perdón, a relacionarnos mejor con el vecino, el amigo, el compañero de labores y el familiar distanciado. Estimemos con recogimiento lo ofrecido por el Espíritu Santo en cada nuevo amanecer.

martes, 26 de noviembre de 2013

El negocio de la ética institucional

Diversas razones permiten afirmar que la ética, aplicada al quehacer de la entidad pública o privada, constituye un importante instrumento para el devenir empresarial. Adquiere directa implicancia en el bienestar de sus colaboradores, en el comportamiento organizacional y en mayores márgenes de ganancias. Es pertinente comprender su valía en las nuevas inversiones, en la fidelidad del comprador, en el diseño del clima laboral y en el aumento de la presencia en el mercado.

Sin ambigüedades es una herramienta capaz de garantizar la marcha de la empresa. Es decir, concurren sinnúmero de motivaciones para inspirar una conducción sustentada en valores. Algunas de esas razones pueden ser: Corrupción, especulación financiera, venta de productos malogrados o por caducar su tiempo de vida, desastres medioambientales, ausencia de claridad en adquisiciones y licitaciones, tráfico de información reservada, etc.

Un factor central es la presencia, en los altos mandos de la organización, de una convicción sincera para emplear la ética. El liderazgo y empeño de sus funcionarios facilitará la adopción de esta iniciativa como propia. Se recomienda “predicar con el ejemplo” y, además, debe manejarse transversalmente a fin de asegurar su implementación en todas las áreas. Su conducta debiera evidenciar la vigencia de los valores corporativos (solidaridad, diálogo, honestidad, puntualidad, lealtad) en el día a día de la compañía.

Se sugiere que los ejecutivos constituyan referentes e impulsen estos valores en sus colaboradores. Por el contrario, si olvidan sus compromisos pueden inducir actos ajenos al marco ético empresarial. Coexisten entidades en las que se establecen diferenciaciones. La “misión” destaca la igualdad y, por el contrario, no todos pueden utilizar los mismos servicios higiénicos, ascensores, escaleras, estacionamientos, comedores y obtener similares subvenciones con el afán de acceder a programas de capacitación e incentivos.

La ética posee varias ventajas para las empresas. La aplicación de criterios éticos aumenta la motivación del personal cuando aprecian respeto por los valores; genera una fuerte cohesión cultural -que la diferencia de la competencia- a partir de los desempeños de las personas de la organización; mejora la imagen sustentada en la reputación que ofrece cumplir promesas, reducir quejas, evitar acciones legales y gozar de respeto y confianza; rehúye casos de corrupción gracias a la implementación de estrategias tendientes a obviar posibles conflictos.

En tal sentido, tiene una visible dimensión en los ámbitos interno y externo. En el primero, se debe poner especial énfasis a la demanda ética de los empleados, que exigen valores que eviten malas prácticas en la administración de los recursos humanos. De esta manera, se impedirá la discriminación, el acoso moral, la falta de retribución justa y una carencia de confidencialidad.

En el segundo, la compañía enfrenta disyuntivas relacionadas con los productos, proveedores, accionistas, opinión pública, clientes, autoridades, etc. Así se prescindirá de la ausencia de nitidez informativa, publicidad engañosa, impactos medioambientales, corrupción y deficiente calidad de los productos.

La ausencia de ética conlleva serias consecuencias. Por ejemplo, nuevos procesos judiciales, prohibición de participar en contrataciones, retirar mercadería por deficiencia en su elaboración, limpiar derrames petroleros e industriales, reclamaciones de acoso de los empleados e inclusión en listas “negras” internacionales. Todo esto influirá en la aceptación de la empresa en sus audiencias.

La corporación debe encaminar su desenvolvimiento interno y externo en un definido número de principios. Se requiere coherencia entre sus valores y los perfiles de sus integrantes. En ocasiones es omitida esta evaluación a partir de considerar solo aspectos cognitivos y labores y, por consiguiente, restarle connotación a la composición integral del individuo que desea incorporarse en una empresa con estándares éticos.

Por su parte, el aparato estatal cuenta con disposiciones puntuales que obligan a acatar determinados conceptos éticos. Es indudable la falta de una real voluntad para plasmar este conjunto de normas que, desde la perspectiva de los intereses partidarios, son incómodas cuando subsisten habituales intencionalidades sórdidas en todos los gobernantes de turno con la ambición de convertir el estado en su “caja chica”. Concretan latrocinios, negociados, nombramientos irregulares, cuestionados procesos de compras y, en el más benévolo de los casos, brindan un puesto de trabajo a sus desempleados operadores políticos, entre otras tantas anomalías.

Prevalecen reticencias en las instituciones públicas –a partir del control ejercido por los partidos en el gobierno- sobre la obligación de incorporar la transparencia, el acceso a la información, la neutralidad política, la postura honesta, la presentación de declaraciones juradas patrimoniales, la igualdad de trato, el uso adecuado de los bienes e información y evitar el nepotismo. Pues, estas medidas interfieren con las innegables intenciones de las agrupaciones políticas en el poder.

Eso me trae a la memoria el aviso que colocamos en la puerta del Parque de Las Leyendas el 2006: “Esta es una institución al servicio de la comunidad, aquí se vive la ética y se práctica la meritocracia y no aceptamos tarjetazos”. Este gesto y otras decisiones demostraron la autonomía y decencia de una gestión intensa en el propósito de reconciliar la ética con la función estatal. Esta complicada e incomprendida tarea demandó enfrentar complejidades, miedos, silencios interesados, actitudes soterradas y el proceder titubeante de un sistema que lleva la “marca Perú”.

Este inusual estilo generó inconvenientes en un medio en el que sujetos de trayectoria impropia ven una cantera de oscuras oportunidades destinada a compensar sus frustraciones, mediocridades y ausencias de realizaciones profesionales. Fue difícil lograr que el servidor público actúe con lealtad ciudadana y se sienta obligado a eludir valerse de su posición para conceder favoritismos, como sucede ante la mirada conformista, sumisa y cómplice de muchos.

La satisfacción de integrar la ética justifica las adversidades afrontadas en una colectividad lacerada por una profunda crisis moral que repercute en la esfera corporativa y tiene hondas secuelas en nuestra convivencia social. La acción honorable será siempre un estímulo inapreciable en el progreso de la persona y la sociedad.

lunes, 7 de octubre de 2013

La incultura de la sociedad peruana

El título de esta nota se inspira en la respuesta de Mario Vargas Llosa a la pregunta ¿Qué te enfurece más del Perú? del periodista Pedro Salinas, para su libro “Rajes del oficio” (2008). En aquella ocasión aseveró: “Me enfurece sus inmensos contrastes culturales, económicos. Me enfurece el egoísmo y la ceguera de los peruanos privilegiados. Me entristece terriblemente la incultura, la desinformación, y a veces los resentimientos y rencores de los peruanos en general. Me entristece mucho la gran mediocridad de sus dirigencias políticas, la incultura general de la sociedad peruana…”.

Coincido en cuestionar la ausencia de cultura de nuestra colectividad que, por cierto, no diferencia edades, estatus o jerarquías. Amigo lector: Quiero compartir una reciente y curioso anécdota que me hizo sonreír y enojar. Hace unas semanas acudí con mi madre al entretenido festival de tango en el acogedor restobar “Don Julián” de San Isidro y un concurrente pidió al solista, entre las variadas canciones solicitadas por el público, entonar “Las mañanitas”. ¿Puede usted creerlo?

Ese episodio puede parecernos insignificante en comparación con lo constatado por los canales televisivos en sus habituales encuestas de sapiencia general. Las contestaciones son aberrantes y expresan una pobreza formativa tan grande como el cerro San Cristóbal. Los interrogados desconocen –en su inmensa mayoría- quien es Abimael Guzmán, Ricardo Palma, Nelson Mandela o los presidentes de la república de los últimos 20 años, entre otras cuestiones que denotan escasez de conocimientos.

La cultura tampoco es una fortaleza en los políticos contemporáneos. Un ejemplo es el ex alcalde Luis Castañeda Lossio, cuyas nociones básicas de literatura son limitadas. Así quedó demostrado al ser requerido por los medios de comunicación cuando Mario Vargas Llosa ganó el Premio Nobel de Literatura. La reportera inquirió: “Usted mencionaba que sus metas como alcalde eran tener una ciudad más humana, más amable y que tengan como eje al ciudadano. Si usted, aparte de las obras que ha mencionado, que otras podría mencionar como ejemplo de estas metas que usted se trazó”. El versado mudo respondió: “Cómo, perdón me distraje. No he entendido su pregunta”.

Desde mi punto de vista muchos consideran la cultura como “inútil” para obtener al ansiado bienestar económico y material, y el nivel de satisfacción de sus requerimientos básicos. Se evade vincularla a las demandas más apremiantes y, además, no se “exhibe” a simple vista, a diferencia de un celular, una prenda de vestir o un automóvil. Concluye siendo aburrida e innecesaria para quienes se preocupan de obtener la anhelada prosperidad reconocida como tal por el entorno.

Del mismo modo, admitamos nuestro bajo grado de cultura (contamos con uno de los más decaídos indicadores de lectoría por habitante al año en la región latinoamericana). Somos una comunidad que percibe la ilustración como lejana y elitista y, por lo tanto, evadimos entender su real connotación en el desenvolvimiento personal. Es un conjunto agradable de actividades que debemos incorporar en nuestro quehacer cotidiano. Leer, concurrir a museos, centros culturales, exposiciones artísticas, conversatorios, son algunas de las alternativas a las que se recomienda apelar para afianzar nuestra personalidad.

La cultura ofrece la capacidad de reflexionar y convertirnos en seres racionales, críticos y solventes en términos éticos. Posibilita discernir los valores, efectuar opciones, tomar conciencia de la realidad y cuestionar nuestras realizaciones. Brinda la posibilidad de “bucear” en la intuición interior y es un medio de superación incuestionable. Sugiero fomentar esta noble acción desde la infancia y sembrar la semilla del saber en el proyecto de vida de las nuevas generaciones.

La solvencia cultural está presente también en los temas de charla y es un indicador de sapiencia. Es conveniente acercarnos a la literatura, la historia, el arte y a los variados géneros literarios para contar con mayores elementos que inspiren las tertulias. No siempre es así, lo veo en colegas, alumnos y con énfasis en mis ex profesoras “pipiris nais” de etiqueta social quienes, más allá de dominar sus especialidades académicas, lucían desprovistas de la erudición requerida para hacer didáctica, amena y convincente su rígida y memorística labor pedagógica.

Dentro de este contexto, deseo subrayar que la lectura compromete el desenvolvimiento de nuevas capacidades y tiene un efecto esperanzador en el ser humano. Cuando frecuento familiares y amigos diviso en sus hogares equipos de última tecnología, entre otros numerosos exponentes de modernidad. Sin embargo, apenas unos cuantos desgastados textos básicos y desactualizados evidencian el desapego por descubrir ese mundo de discernimientos beneficiosos para evolucionar. La biblioteca de una familia es el “espejo” de sus ambiciones intelectuales. Padres renuentes a los libros influyen en el desprecio y la indiferencia de sus hijos hacia este maravilloso quehacer que se está perdiendo.

No obstante este panorama escéptico, me reconfortó ver tantos universitarios en la reciente y exitosa presentación de la nueva edición de la célebre obra del historiador Luis Eduardo Valcárcel “Tempestad en los andes” -la primera fue en 1927 y contó con el prólogo del José Carlos Mariátegui- en el Centro Cultural de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Es esperanzador observar jóvenes interesados en un acto que, en tiempos de frivolidades, desganos y apatías, introducía una publicación de enorme significado para revalorar las implicancias del mundo andino en la fragmentada sociedad peruana. Fue una ceremonia colmada de entusiasmos, de lúcidas intervenciones y de estudiantes deseosos de conocer el país que este estudioso de nuestros antepasados nos muestra a través de su fecundo y pormenorizado legado científico. Hagamos de la cultura una exigencia en nuestras expectativas. Está en nuestras manos y voluntades.

lunes, 23 de septiembre de 2013

Y usted: ¿Se la lleva fácil?

Desde hace algunas semanas está circulando la última y pegajosa composición que interpreta Julio Andrade -conocido por su voz de lija- que bien podría entenderse como una suerte de himno al menor esfuerzo. “Se la llevan fácil” es el título de ese estribillo que ha suscitado polémica en las redes sociales, olvidando que expresa una conducta vinculada a la imperfección, la falta de creatividad y perseverancia.

A través de su tortuosa letra, la canción de nuestro popular “garganta de lata”, refleja una realidad mucho más cercana de la percibida y rebasa los ámbitos inherentes a la ausencia de éxito en los cantantes peruanos. A continuación unos pocos ejemplos de quienes se la “llevan fácil” ante la indiferencia ciudadana.

Los políticos son mandatarios de un pueblo inmaduro, poco agudo en sus criterios de elección, manipulable e influenciado por estados anímicos. Prometen, mienten, usan sus cargos para servir a intereses sórdidos y oportunistas y, por último, desfiguran la política en una cómoda manera de mejorar su estatus. Se apoderan de la conducción de los partidos, creen ser mesiánicos, compran millonarias propiedades, terminan involucrados en enriquecimientos ilícitos, desbalances patrimoniales y hacen de su cometido una forma de latrocinio. Poco o nada les interesa los destinos nacionales y las demandas de los más necesitados. Los políticos expulsan de su entorno a los ciudadanos honestos deseosos de servir al bien común.

Los funcionarios públicos dedicados a sellas papeles, poner trabas y, además, vegetan inmersos en su rutina diaria, jurando lealtades efímeras, obstruyendo el fluir de ideas y propuestas. Estos servidores frívolos, titubeantes, pusilánimes e insensibles utilizan el estado como medio de subsistencia, para resolver sus apremios económicos, sin realizar mayor desgaste cerebral. Olvidaba: Saben “respetar” escrupulosamente los procedimientos establecidos con el afán de justificar su pobre producción neuronal, su parálisis cognitiva y su hemiplejia moral. Su ineficiencia y desidia permitiría edificar un monumento en alguna plaza de la capital.

Los alumnos habituados a bajar sus monografías del internet y obtienen, gracias a sus despistados profesores, buenas calificaciones por haber “copiado y pegado”, sin realizar el mínimo esfuerzo pensante para analizar e investigar. Es usual verlos inmersos en las nuevas tecnologías a fin de reducir los tiempos que demandaría la elaboración exhaustiva de sus quehaceres. Estudian únicamente para las evaluaciones, acumulan faltas y se diferencian por su carencia de entusiasmo y entrega.

Los docentes, esos maravillosos colegas que llegan tarde a sus jornadas académicas, repiten su inigualable y limitado libreto en cada ciclo, dejan las mismas tareas, contestan su celular en el aula, son “mil oficios” (por la variopinta y singular selección de cursos a su cargo), confeccionan exámenes “descafeinados” para evitar emplear sus valiosos horarios en evaluarlos, cobran cada quincena y así subsisten durante décadas -convirtiéndose en inamovibles “vacas sagradas”- gracias a sus influencias. Han transformado la docencia en una labor opuesta a la innovación, el debate ilustrado y la intelectualidad. Es muy lamentable apreciar un sistema educativo infiltrado por banales seres que distorsionan la seriedad de esta noble misión.

Los profesionales que fingen estar ciegos, sordos y mudos para subsistir en la empresa y, de esta manera, obvian hacerse “problemas”. No asumen compromisos, evaden decir lo que piensan, rehúyen exhibir una posición determinada, se limitan en sus desempeños, puntuales marcan su tarjeta de salida, rehúsan presentar iniciativas, temen al cambio y “flota” su mediocridad como una botella en el mar.

Los piratas intelectuales suelen reproducir el trabajo de terceros, lo registran a su nombre y obtienen asesorías empleando inteligencias ajenas. Existen muchos en un país en donde el plagio es tan común y apetecible como el “ají de gallina” y nadie dice nada. Incluso es tomado con sorna en diversos momentos. Lo afirmo con la plena autoridad de haber sido copiado en reiteradas ocasiones en entidades en las que el docente, al parecer, es un proveedor sin derechos y solo con obligaciones.

El enunciado “se la llevan fácil” es una nefasta manifestación de la informalidad, el relajo, la actitud tibia, la conducta criolla, la irresponsabilidad, la ausencia de identificación con los deberes contraídos, la inexistencia de sentido de pertenencia con nuestras obligaciones, entre otros males. Lo más censurable es que esto es observado con absoluta resignación en la sociedad actual.

Debemos insistir en la imperiosa exigencia de encarar nuestra realidad –con una mirada crítica, disconforme y reflexiva- a fin de promover una revolución en la conciencia y en el alma de una comunidad urgida de confrontar defectos, miedos, apatías y debilidades y, especialmente, comprometerse a superar la enorme pobreza ética, cultural y cívica que nos lastima.

En tal sentido, cada uno de nosotros podemos empezar por imponernos nuevos retos, metas ambiciosas y ganas de superarnos –no solo en lo económico- en nuestra percepción personal y comunitaria. Recuerde cuando quiera usted “llevarse fácil”, las sabias palabras del prestigioso escritor norteamericano Richard Hugo: “El trabajo endulza la vida; pero no a todos les gustan los dulces”.

lunes, 9 de septiembre de 2013

El celular: ¿El cáncer del siglo XXI?

Con frecuencia todos manejamos un teléfono celular. Es una herramienta de aplicación que alivia los quehaceres cotidianos, reduce el tiempo en las diligencias y es un instrumento de fluida coordinación. No obstante, es conveniente –libre de prejuicios y exageraciones- reflexionar sobre los explícitos escenarios negativos originados por su excesivo e impropio uso, a fin de lograr una mejor convivencia social.

Luego de leer el interesante artículo titulado “Dejando el hábito del teléfono celular”, del escritor, intelectual y filósofo italiano Umberto Eco, me propuse tratar este asunto frente al que no estamos ajenos: Unos por manipularlo indebidamente y otros, por ser víctimas de sus molestias e interrupciones.

En su texto señala: “…Por supuesto, y no soy el primero en señalarlo, otra manera de demostrar que la tecnología móvil es a la vez un paso adelante y un paso atrás es que, por mucho que no conecte virtualmente, también interrumpe el tiempo que dedicamos a estar juntos, frente a frente. La película italiana ‘L’Amore é Eterno Finché Dura’ (‘El amor es eterno mientras dura’) ofrece un ejemplo extremo en una escena en la que una joven insiste en responder mensajes urgentes mientras tiene relaciones sexuales”.

El otro día estaba con mi madre disfrutando una grata velada en un céntrico café sanborjino. En una mesa contigua se hallaba una familia enmudecida, donde cada uno cumplía una actividad diferente. De las cuatro damas reunidas, una se concentraba en su computadora portátil y otras dos (las más jóvenes) revisaban sus celulares. La señora de más edad –deduzco era la abuela- permanecía aislada y no tenía interlocutor. La tecnología móvil así afecta el trato entre los seres humanos formando un “cáncer” colectivo de agudas proporciones.

Lo vemos tan a diario que hasta parece habitual y, por el contrario, abundan las voces que critican a quienes cuestionamos su mal uso. En ciertos ámbitos soy calificado de conservador, formal, anticuado o ajeno a la innovación. Nada más ajeno a la intención de esta postura. Simplemente se trata de guardar un mínimo de respeto.

Cuando se encuentre en una reunión de trabajo, almuerzo, ceremonias religiosas, funerales, situaciones especiales, etc., apáguelo; si espera un timbrazo urgente sitúelo en vibrador y retírese para contestar; tampoco hable en voz alta y ponga un volumen discreto, nadie debe escuchar su plática; mantenga sus llamadas cortas si está acompañado o en lugares rodeado de personas que estarán obligadas a enterarse de su conversación. Por último, recurra siempre a la prudencia y el sentido común para definir su adecuada práctica.

Recuerde: No es un cubierto y, por lo tanto, rehúya colocarlo en la mesa como advierto en los almuerzos en oficinas y hogares. Es enojoso apreciar charlar a los comensales por el celular sin importarles la incomodidad generada a los asistentes. Esto muestra la inexistente de pertinencia en un entorno lleno de proliferas malas formas.

Me agrada invariablemente presentar anécdotas y vivencias ilustrativas de mis opiniones. Hace unas semanas en un instituto superior una de sus autoridades mandó a los docentes un email –desde mi punto de vista mesurado, cortés y con un ánimo de exhortación- haciendo recordar lo obvio en un educador con criterio y aptitud ejemplar. Esto último se está extinguiendo en el complejo universo de la docencia, cada día más infectado por la proliferación de las “células cancerígenas” de la descortesía y la incorrección.

En su comunicación hacia una recomendación acerca de la función de los celulares durante las clases; evitar su empleo es una disposición válida para alumnos y pedagogos. Al parecer generó malestar que opinara sobre el proceder de profesoras y profesores que, en horas de clase, salen del aula para atender llamadas personales o laborales. Incluso tienen la costumbre de revisarlo y enviar correos mientras sus estudiantes hacen trabajos. Olvidan su misión de supervisar las labores de sus discípulos.

Lo comentado líneas arriba ratifica, una vez más, lo dicho en mi nota “La mediocridad: ¿Desgracia peruana?” cuando afirmé: “…Es una suerte (la mediocridad) de ADN del nacido en el Perú. Se siente -más que la humedad capitalina- en los educadores que emplean la supuesta baja remuneración (si son tan probos y brillantes porque no cambian de centro de labores) para respaldar su evidente pequeñez en la enseñanza, en sus evaluaciones, ayudas audiovisuales, materiales, etc. En el reciente ‘Día del Maestro’ (6 de julio), mi cálido homenaje al profesor que lucha contra un entorno colmado de paraplejias morales y pensantes. Aflige percibir un sistema educativo infiltrado por cuantiosos desempleados, limitados y banales seres que distorsionan la pedagogía”.

La moda del teléfono celular se ha extendido como una “metástasis” en la gente al extremo de carecer del mínimo miramiento hacia el prójimo. En sinnúmero de circunstancias compruebo como se justifican diciendo que todo el mundo recurre a el. Lo percibo en cercanos amigos a los que invito a departir los fines de semana y, sin temor de por medio, lo exponen en la mesa a fin de efectuar sus intercambios sentimentales mandando mensajes, respondiendo llamadas y hasta sostienen prolongados diálogos asumiendo una conducta infantil, discordante e inadecuada, a pesar de haber dejado la adolescencia hace décadas. Tenga presente estas palabras: “Donde terminan sus derechos, empiezan los ajenos”.

De otra parte, el celular también es puesto a la vista como signo de ostentación. Sujetos que disfrutan luciendo el de última generación y, de esta manera, exhiben su grado de confort económico. Un nivel que no está aparejado, necesariamente, de su deslucida esfera cultural e intelectual. Lo compruebo con alumnos y profesionales que compiten por mostrarlo y evaden maximizan su beneficio con la finalidad de estar actualizados. Una pena!

Sugiero, amigo lector, analizar los gratos instantes perdidos, en variados acontecimientos de nuestras existencias, por los fastidios derivados de este novedoso y colosal medio de comunicación. Asumamos un proceder en donde la deferencia sea un elemento central en nuestro vínculo con el resto y sometámonos a una “quimioterapia” que prolongue nuestra calidad de vida.

domingo, 18 de agosto de 2013

Urgente: Se busca persona amable

La amabilidad es una manifestación de amor y afabilidad que debiera percibirse en nuestra sociedad. Este término tiene su origen etimológico en el latín. Toma como punto de partida el verbo “amare”, sinónimo de “amar” y el sufijo “idad”, equivalente a “cualidad”.

Engloba conceptos como atención, respeto y consideración. En sí misma, comprende aspectos básicos de una persona educada y, además, surge con espontaneidad y sin ninguna intención de conseguir algo. Debe producirse con libertad y como resultado de una formación en el que el hábitat puede influir para convertirla en parte del estilo de determinados individuos.

Recomiendo enseñar la amabilidad a los niños y jóvenes. Es importante el ambiente en el que crecen y se desarrollan y, especialmente, lo que allí ven y practican en el día a día de la convivencia familiar. En este período los hijos absorben cariños y saberes que intervienen en la definición de su personalidad, autoestima y empatía, entre otros factores de enorme implicancia para su destino.

Es ineludible brindarles una educación en donde esté presente el componente afectivo, ético e intelectual. Los chicos imitan a sus progenitores. De allí que, mayor debiera ser el esmero para dar una orientación que moldee su crecimiento. La amabilidad no se puede improvisar, imponer, fingir o inventar de un momento a otro, ante la eventualidad de quedar bien, como sucede en nuestro medio. Es parte de su proceso de sociabilidad.

Tanto es así que la enseñanza en valores incluye la cortesía. De este modo, se asientan una serie de acciones que ayudan al niño a ser benévolo a través de pequeñas cualidades como compartir su material escolar con sus compañeros, saludar a los semejantes, dar de comer a su mascota, agradecer a sus padres la comida que le preparan, entre otras manifestaciones que definen su manera de actuar con el prójimo.

Lástima que veamos frecuentes actitudes en función de conveniencias y oportunismos: Cuando una persona auxilia a otra con sus paquetes del mercado, al ceder el asiento en el bus, en la cola en una agencia bancaria, al cruzar la calle un individuo mayor, al asistir a una señora para tomar asiento, etc. Gestos cuya naturalidad depende –en múltiples ocasiones- del sexo, la apariencia, el estado anímico y cierto interés.

La amabilidad refleja la solidez de la personalidad, la firmeza de la autoestima, el rango de educación y es una forma acogedora de relacionarse. Se distingue por su atención y refinamiento hacia los otros. Su interiorización involucra elementos emotivos que se omiten explicar.

De otra parte, incluso varias de mis ex profesoras -brillantes, actualizadas y memorísticas instructoras “pipiris nais”- consideran que la etiqueta social sólo consiste en maquillaje, apariencia, vestimenta y manejo de los cubiertos en la mesa. Pues, nunca trataron estos asuntos de fundamental compatibilidad para entender la conducta humana. También, observo una distorsionada interpretación en alumnas que vislumbran la etiqueta como un esquemático e inflexible manual de vestuarios, colores, texturas, estilos, diseños y modas. Nada más absurdo, errado y carente de perspectiva.

Sin embargo, el desempeño de la inmensa mayoría de mis estudiantes demuestra que ni siquiera saben saludar correctamente, mastican chicles y caramelos mentolados en el aula, miran su teléfono celular a cada instante, arreglan sus carteras -sin el más mínimo miramiento- antes de culminar la clase y, por último, al retirarse del salón se despiden con una visible apatía, rusticidad y mediocridad, coincidente con su incultura general y su pobre actitud frente a la vida.

Tan lamentable déficit en el alumnado hace más adverso el trabajo persuasivo y orientador. Y, lo que es peor, los referentes existentes a su alrededor muchísimas veces contradicen y desestimulan el aprendizaje, la interiorización y la aplicación de estos asuntos necesarios en su entrenamiento profesional. No siempre los resultados coinciden con mis expectativas. Este círculo vicioso describe cuantos esfuerzos deben desplegarse para afianzar dichos conocimientos en un auditorio displicente.

Estudiar la aplicación de la etiqueta social demanda una mirada integral. Los sujetos responden a estímulos, perfiles culturales, maneras de pensar, construcciones emocionales y subjetividades, etc. que obligan a escrutar su comportamiento a fin de intentar promover la amabilidad en una comunidad totalmente carente de sentido de pertenencia. En ocasiones me pregunto: ¿Cómo podemos esperar costumbres agradables en un medio en donde a cada uno sólo le interesa el metro cuadrado que pisa?

Amigo lector, no se pueden asumir posturas reglamentarias, rígidas y acartonadas, sin explorar el interior de cada ser, como hacen las docentes “pipiris nais”. Analizar la actuación de la sociedad nos facilitará fomentar –con amplitud, a partir de experiencias reales y libres de prejuicios- la amabilidad en una colectividad lacerada por la insensibilidad, la ignorancia, la indiferencia y las carencias de sus integrantes.

Deseo compartir una anécdota expresiva de lo expuesto líneas arriba: En un instituto en donde laboro miro a personajes –de diversas edades, jerarquías y procedencias- que apenas saludan y responden diciendo “buenas” y, además, se deleitan haciendo bromas ordinarias, transmitiendo habladurías y comentarios infidentes. Sin duda, la amabilidad está excluida de sus vidas. No obstante, hace unas semanas llegó la esposa del dueño y “sorpresa”: Florecieron súbitos aires de prodigiosa gentileza en quienes usan la deferencia en función de categorías, estatus y oportunismos. Solamente faltó cederle el asiento (que rehúyen otorgar a otras damas), servirle café y ofrecerle galletitas.

Tenga presente: La amabilidad hace cómodo y placentero el trato cotidiano. Al momento de escribir este artículo acabo de encontrar una interesante frase del periodista y dramaturgo francés Alfred Capus que sintetiza unas cuantas ideas mías: "Una persona amable es aquella que escucha con una sonrisa lo que ya sabe, de labios de alguien que no lo sabe".

domingo, 4 de agosto de 2013

Nadine Heredia: ¿El auténtico poder detrás del trono?

La esposa del jefe de estado ostenta la simbólica denominación de “primera dama”. Su influyente presencia en las altas esferas del poder genera variadas y numerosas críticas –algunas válidas, otras antojadizas y subjetivas- acerca de su desenvolvimiento en esta honrosa función.

No me inspira ningún sentimiento machista, tampoco le guardo animadversión, ni cuestiono sus roles de soporte a las labores del presidente de la república. Me parece una joven entusiasta, segura, emprendedora, inteligente, carismática y, además, una buena comunicadora.

Los liderazgos femeninos causan injustas críticas en una población que censura –de modo hipócrita y reservado- el ascenso de la mujer en nuevas y amplias determinaciones gubernamentales. Ese puede ser el caso de Nadine Heredia. Aún cuando evitara excesivas actuaciones, sería cuestionada -por sectores conservadores y retrógrados de la sociedad- debido a su talante moderno, peculiar y autónomo, expresivo de su forma diferente de conducirse.

Por costumbre la primera dama cumple quehaceres asistenciales, sociales, formales y secundarias ausentes de connotación política. Sin embargo, desde el primer día de su mandato, Ollanta Humala Tasso puso de manifiesto un estilo en el que incluyó a su esposa en el ejercicio de las gestiones gubernativas, por lo visto, sin restricciones. Más allá de gestos, detalles y actitudes, es indudable su peso en la marcha del Poder Ejecutivo. Recientes y reiterados sucesos lo acreditan sin ambigüedades.

A mi opinión, este derivar se origina en el exiguo aparato institucional que sostiene a los gobernantes carentes de una sólida estructura organizacional y que, por sus visibles limitaciones, están obligados a recurrir a su cercano círculo de parientes y amigos para otorgarles funciones que, de mediar una agrupación partidaria articulada, estarían reservada a sus mejores cuadros.

Así pasó durante la administración de Alejandro Toledo Manrique (2001 – 2006), quien cometió el grave error de constituir una cofradía con sus hermanos, sobrinos y cónyuge encargada de cumplir encumbradas atribuciones. Por encima de escasas simpatías y aceptaciones, Eliane Karp de Toledo cubría el déficit existente en los improvisados actores políticos. De igual forma, Alberto Fujimori Fujimori -hasta el golpe de estado del 5 de abril de 1992- contó con la decidida participación de su esposa y hermanas. Las innumerables ocurrencias de la señora Heredia han contribuido a gestar una corriente cada vez más intensa de malestar e incomodidad en relación a las disposiciones que, únicamente, corresponden a los elegidos por el pueblo para representar sus demandas ciudadanas. Vale decir, su esposo y las autoridades nominadas mediante sufragio directo, universal y secreto en el proceso electoral del 2011, con excepción de los ministros de estado.

Al parecer, Nadine Heredia no conoce límites, ponderaciones y sensateces. Los medios de prensa nos han facilitado escuchar un audio en donde el titular de Defensa hace referencia a una supuesta “luz verde” otorgada por ella para efectuar adquisiciones militares. Sucedió algo similar en la reciente juramentación de las nuevas ministras. En la foto oficial apareció al lado del primer ministro. Su presencia alteró la línea de precedencia establecida en el Cuadro General de Precedencias y Ceremonial del Estado, elaborado por el ministerio de Relaciones Exteriores.

Del mismo modo, en las celebraciones por la fiesta nacional la hemos observado sentada al costado del jefe de estado en el estrado principal del desfile militar, contraviniendo la tradición y la categorización protocolar que dispone para su esposa una tribuna continua con las consortes de los funcionarios estatales. Igual tropiezo aconteció en la homilía en la Catedral de Lima y en su innecesaria ubicación con el gabinete ministerial en el Patio de Honor de Palacio de Gobierno.

Existen argumentos –obviando consideraciones protocolares- contundentes para sugerir a la esposa del mandatario que rehúya formular declaraciones sobre temas inherentes a los ministros y a quien personifica a la nación. Sería recomendable persuadirla de la preeminencia de sus expresiones y, por lo tanto, evitar inmiscuirse en asuntos concernientes a los responsables de conducir los destinos del país. Suscita rechazo su constante involucramiento en alguien que, además, no ostenta cargo público.

La locuacidad, desenvolvimiento y simpatía de la señora Heredia -una mujer con condiciones académicas, intelectuales y políticas- opacan a su marido. Un gobernante parco y tímido, alejado de los escenarios, carente de recursos lingüísticos y fluidez en sus expresiones. Humala posee un perfil contrastante con el realce de su pareja y pretende, seguramente, emplear la habilidad comunicacional de Nadine en un régimen caracterizado por su falta de voceros y silenciosos portavoces.

Deseo soslayar que, después de casi 30 años, reside en la Casa de Pizarro una pareja acertadamente constituida, por encima de apariencias, conjeturas y formalidades. La familia presidencial ofrece un ejemplo permanente de unidad, fidelidad, armonía y cohesión que, sin mezquindades, convenimos en reconocer. Es gratificante la imagen hogareña de los Humala Heredia y la vida sana, austera, sincera y enlazada al deporte del líder de Gana Perú.

Tengamos en cuenta que los últimos presidentes estuvieron impedidos de mostrar un hogar seguro e inclusive se vieron obligados a explicar su controvertida biografía personal y hasta reconocieron hijos extra matrimoniales. Dos de ellos debieron dar “mensajes a la nación” esclareciendo tan enojosa situación. Punto aparte merecen sus oscuras travesías amorosas y vinculadas al consumo de alcohol y sustancias tóxicas. Recordemos, asimismo, que un ex jefe de estado -en prisión por violación de los derechos humanos y cuantiosos casos de corrupción e inmoralidad- estuvo acusado de torturar y secuestrar a su esposa. Lindas y admirables familias las que han habitado Palacio de Gobierno en tiempos nada lejanos.

Podría ayudar mucho a Ollanta Humala si los afanes de su pareja no terminan siendo un pasivo que, lejos de conectarlo con el pueblo peruano, lo distancia. Lo que estaría proyectando la percepción de un cogobierno marital donde la consorte adquiere una injerencia impertinente en las deliberaciones de estado. Aconsejo a la socia de su plan político meditar sobre la conveniencia de esta sabia frase: “La prudencia se detiene, donde la ignorancia ingresa”.

miércoles, 31 de julio de 2013

Raimondi, el sabio que tanto amó al Perú

El naturalista, geógrafo, escritor y botánico Antonio Raimondi (Milán, 1824 – San Pedro de Lloc, 1890) -una celebridad fascinada en averiguar, recorrer y difundir nuestro bagaje natural- se enamoró de esta tierra milenaria caracterizada por sus contrates, analogías, ancestros, abundancias, inspiraciones y, además, poseedora de un futuro promisor.

Durante los siglos XVIII y XIX expertos de variadas disciplinas nos visitaron atraídos por la amplitud de posibilidades para la investigación brindadas por nuestra nación. Acogemos, que duda cabe, una inmensurable ‘cantera’ de recursos naturales y un imponente patrimonio histórico que ha despertado el asombro de prominentes sabios involucrados en el estudio de la peruanidad. Seguidamente solo tres ejemplos: El profesor y botánico alemán Augusto Weberbauerel, el escritor y geógrafo inglés Clements Markham, el médico y antropólogo alemán Ernst W. Middendorf.

Raimondi arribó al puerto de El Callao el 28 de julio de 1850, huyendo de los horrores de la guerra por la independencia y la unidad de Italia, para comprometerse en una misión que se impuso: escrutar y transitar por el territorio hasta los últimos instantes de su vida. Corresponde divulgar su singular empeño a las nuevas generaciones de compatriotas, desconocedoras de nuestra historia, con la finalidad de gestar un sentimiento de pertenencia e identidad.

Según precisa Teresa María Llona, en su interesante libro “Raimondi y Llona”, motivó su llegada al Perú ver en el invernadero de Milán la mutilación de un “Cactus peruvianus” que amenazaba romper la estrechez de la techumbre y de sus paredes transparentes. Influyó en su decisión imaginar que nuestra república ofrecía amplias perspectivas por abarcar, su extensa geografía y proverbial opulencia, todos los climas y haber sido poco examinado.

Fue acogido por el médico Cayetano Heredia quien le encomendó la codificación de las colecciones de geología y mineralogía del Gabinete de Química e Historia Natural del Colegio de la Independencia -posteriormente convertido en la Escuela de Medicina del Perú- y lo nombró titular de la cátedra de Historia Natural de ese centro educativo. También, fundó la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (1856). Sin intimar bien con la metrópoli, gustaba incursionar por sus alrededores en busca de plantas desconocidas para clasificar.

Por aquellos años, realizó una eficaz labor en la Gran Exposición Mundial de París. Preparó –sin interés económico alguno- una exitosa muestra de los minerales del Perú. Esta exhibición suscitó el asombro de las naciones europeas. Tiempo después confeccionó una nueva presentación mineralógica bastante amplia que acompañó con un volumen analítico y descriptivo que reflejaba una parte de su impresionante tarea cumplida en la recolección e indagación de las más heterogéneas riquezas minerales.

Inició sus primeras andanzas contando sólo con su propio peculio. Recién en 1858 recibió una asignación de 2,000 pesos anuales por iniciativa del Congreso de la República. Esta suma se elevó –dos años más tarde- a 3,000 pesos por considerarse necesario ayudarlo en sus gastos. De esta manera, emprendió un viaje de extenso periplo que comprendió millares de kilómetros -avanzando por regiones inhóspitas- debiendo bordear abismos y cruzar ríos tormentosos sin contar con los puentes más primitivos para hacerlo. Dos años y medio duró ese peregrinaje inverosímil y apenas reposó en Lima seis meses antes de emprender otro hacia la parte central del territorio.

Llegó por primera vez a la cordillera de los Andes, ingresando hasta Vitoc y Chanchamayo, para retornar por la misma ruta un año después; internándose hasta Tingo María, dejando atrás la costa y la sierra. Documentó los yacimientos de carbón mineral del literal piurano, analizó el guano de las islas Chincha, verificó las reservas salitreras de Tarapacá, recorrió las remotas provincias auríferas de Carabaya y Sandia, navegó el Marañón, Ucayali y Amazonas, entre los ríos orientales más representativos.

La autora de “Raimondi y Llona” precisa: “Fue ese amor al Perú el que lo obligó siempre a partir de nuevo, sin descansar en Lima sino períodos breves entre uno y otro viaje, no obstante gustarle la vida limeña y tener aquí amigos entrañables, italianos unos como ese Arrigoni que llegara con él al Callao un 28 de julio de 1850 y que estaba destinado a cerrarle los ojos, muchos años más tarde en el sencillo pueblo norteño de San Pedro de Lloc, así como muchos otros amigos peruanos que lo apreciaban de corazón y reconociendo los altos quilates de su valía, lo rodeaban siempre. Amaba asimismo la labor docente, técnica y de investigación que desarrollaba en la capital, pero como la aguda imantada se vuelve siempre hacia el norte, él se volvió siempre hacia los horizontes de ese Perú desconocido que parecía atraerlo con el ímpetu de una primera pasión juvenil”.

Marchó hacia su fin orientado por el anhelo de mostrar la conclusión del esfuerzo de su existencia. Luego de superar incontables adversidades apareció el primer tomo de su obra “El Perú” (1874) -dedicada a la juventud- en donde escribió: “…Confiado en mi entusiasmo he emprendió un arduo trabajo superior a mis fuerzas. Pido pues vuestro concurso. Ayudadme, dad tregua a la política y consagraos a hacer conocer vuestro país y los inmensos recursos que tiene”.

Este monumental texto incluye descubrimientos, asientos mineros, haciendas de la costa y sierra, fundación de pueblos y ciudades, entre otras nutridas revelaciones. Es un versado recuento de nuestro admirable -y por aquel entonces poco conocido- acervo ambiental, cultural y social. Se trata de una publicación, elaborada con rigor científico, de obligada consulta a fin de apreciar un pormenorizado inventario de nuestra naturaleza, entre otros temas.

Logró avanzar en la edición de sus trabajos; sin embargo, quedó sin redactar ni editar bajo su dirección muchos de ellos. Dejó numerosos libretas (algunas desaparecieron) con la recopilación de sus anotaciones sobre el paisaje visto a su paso. Plantas, animales, insectos y minerales fueron colectadas; mientras medidas barométricas, observaciones meteorológicas, planos y croquis precisos complementaban la información de las distintas regiones por las que anduvo.

Existe un episodio poco percibido de Raimondi durante la ocupación chilena de Lima, luego de la guerra con Chile: El gesto enaltecedor de salvaguardar en su casa las invalorables colecciones cedidas por él al estado peruano con el propósito de protegerlas de los saqueos perpetrados por el ejército invasor, amparándolas en la bandera italiana. No obstante, los chilenos le ofrecieron comprarlas a un alto precio. Al hacerlo demostraron desconocer la nobleza de este científico, quien tampoco accedió visitar el país del sur en óptimas condiciones para cumplir trabajos de exploración técnica. Este acto de fidelidad nos recuerda la grandeza del honor, la dignidad y la lealtad en estos tiempos de valores quebrantados en los que, con especial énfasis, es conveniente hacer memoria de los principios que distinguen a los hombres de bien.

Aceptó el sacrificio de permanecer en nuestra nación a pesar de la muy difícil situación económica que afectó el financiamiento de sus descubrimientos, lo que hizo peligrar la culminación de sus memorias. La etapa de la post guerra fue dura, azarosa y triste para él. Así dejó constancia: “Me encuentro continuamente atormentado por la desconsoladora idea de haber empleado inútilmente 19 años de mi vida en viajes penosos por todo el territorio de la república, sin ver el fruto de tantas privaciones sufridas”.

De actitud serena y poco apego a la ostentación pública. Fue el principal referente científico serio e indiscutible en nuestro país durante la segunda mitad de siglo XIX. Su entrega representa uno de los capítulos más hermosos en la historia universal de las ciencias naturales y que, por cierto, debiéramos procurar recoger e imitar. La divulgación de su hazaña se renueva entre quienes encuentran inspiración para conocer, comprender y fortalecer su filiación con el Perú.

Me interesé por Antonio Raimondi influenciado por mi recordado amigo Augusto Dammert León, quien me prestó –hace casi 25 años- un ejemplar de la colección “El Perú”. Su lectura me facilitó ampliar mi juvenil e imprecisa visión de una patria que amerita tantos asombros y revelaciones. Con viva emoción dediqué mi primer libro “Conservación de la naturaleza ética e intereses” (1990) a este excepcional personaje a lo largo de cuya existencia exhibió impecables credenciales éticas que debe retomar una sociedad lesionada por la miseria moral. Tengamos como aliciente y estímulo su profético mensaje: “En el libro del destino del Perú, está escrito un porvenir grandioso”.

domingo, 21 de julio de 2013

¿Sabe usted qué es el éxito?

En nuestra sociedad se relaciona el éxito con la conclusión final de notables actuaciones profesionales y, en consecuencia, se tiene la percepción que se debe reflejar en la posesión de bienes materiales, estatus, poder, fama y otros componentes. Por esta razón, conviene desarrollar una noción discrepante.

Es común encontrarnos con personas –de todas las edades, procedencias y condiciones- que trabajan, ahorran y luchan por alcanzarlo. A mi parecer existe la impresión errada que el éxito es lejano, inalcanzable y, por cierto, se socia con el confort y prestigio social.

El próspero magnate mexicano Carlos Slim Helú –uno de los hombres más ricos del mundo- brinda una apreciación interesante, sencilla y diferente: “El éxito no tiene que ver con lo que mucha gente se imagina. No se debe a los títulos nobles y académicos que tienes, ni a la sangre heredada o la escuela donde estudiaste. No se debe a las dimensiones de tu casa o de cuantos carros quepan en tu cochera. No se trata si eres jefe o subordinado; o si eres miembro prominente de clubes sociales. No tiene que ver con el poder que ejerces o si eres un buen administrador o hablas bonito, si las luces te siguen cuando lo haces. No se debe a la ropa, o si después de tu nombre pones las siglas deslumbrantes que definen tu status social. No se trata de si eres emprendedor, hablas varios idiomas, si eres atractivo, joven o viejo”.

Asimismo, en su carta a la comunidad universitaria (1994) presenta una reflexión profunda y veraz: “…El éxito no es hacer bien o muy bien las cosas y tener el reconocimiento de los demás. No es una opinión exterior, es un estado interior. Es la armonía del alma y de sus emociones, que necesita del amor, la familia, la amistad, la autenticidad, la integridad”.

Desde mi punto de vista los halagos, ascensos y distinciones recibidos, a nivel profesional y laboral, no siempre son sinónimo de triunfo. Relacionarlo con lo externo es un error. Su plena obtención se observa en el mundo interior de cada uno de nosotros. En nuestro ser íntimo, espiritual y, por lo tanto, en la actitud asumida frente a la vida.

Me gustan las palabras del intelectual mexicano José Luis Barradas Rodríguez: “Tener éxito en las pequeñas cosas que haces, levanta el ánimo, la autoestima y te prepara para tener éxito en las grandes cosas que hagas”. Allí está el punto central de mi reflexión. La victoria empieza con las realizaciones y conquistas forjadas por la perseverancia y el empeño inspirados en la autoestima.

Depurar la esfera interna de miedos, sospechas, obstinaciones, rencores, complejos y sentimientos negativos que contaminan la visión positiva del mañana y, por lo tanto, nos aminoran. Seamos capaces de efectuar una intensa limpieza interior a fin de alcanzar nuestro desarrollo y crecimiento.

Rehuyamos inquietarnos tanto, como es habitual en sociedades del tercer mundo, por lo externo. Un experto con sobresalientes títulos académicos, buen salario, automóvil del año, cuantiosas tarjetas de crédito, prendas de vestir de última moda, socio de representativos clubs sociales y, no obstante, abrumado por odios, cargos de conciencia, prejuicios, frustraciones, desamores familiares, etc. ¿Será exitoso? Probablemente, quienes no conocen los pormenores de su esfera individual podrían envidiar su “éxito”.

Evitemos colocar este calificativo a un mortal solo por sus méritos laborales y económicos. Veamos por encima de lo relacionado al trabajo para valorar otros ámbitos –no percibimos a simple vista- y enjuiciar lo alcanzado por nuestros semejantes. Seamos acuciosas y profundos en nuestras observaciones. También, tomemos con serenidad lo que puedan hacernos creer sobre nuestros supuestos triunfos.

En más de una oportunidad pienso en su compleja definición. Cada uno tiene, con todo derecho, su evaluación e interpretación que está reflejada en las acciones destinadas a conseguir el éxito. Un hombre puede creer que el éxito es tener un empleo, para otro ser gerente general y para un tercero convertirse en el dueño de la compañía. Lo cuestionable es “uniformizar” necesariamente el éxito con lo superficial, material y monetario, sin tomar en cuenta lo ofrecido por la vida para lograr la superación personal, más allá de la competitividad en el mercado laboral.

Hace pocas semanas dos de mis alumnas del Instituto San Ignacio de Loyola (ISIL), Allinson Liza y Fiorella Larrea –estudiantes llenas de empeños, talentos, esperanzas, buenas voluntades y que alimentan nuestra ilusión en la docencia- me preguntaron: ¿Cuál piensa usted que es el factor para el éxito? Respondí: “Creo que el éxito está en una suma de pequeños detalles. Si la recuerdan cuando se va; si deja una huella positiva en esta vida; si a lo largo de su trayectoria echó semillas y otros las recogieron; si hay más gente que la considera a usted su amiga, que a los que usted supone sus amigos; si logra levantarse todos los días con la conciencia tranquila, exhibiendo las manos y los bolsillos limpios; si tiene paz interna y disfruta de su trabajo, es exitosa. De tal manera que, mi definición difiere de la que, por costumbre, se tiene en nuestro medio”. Bienvenido el éxito, amigo lector.

sábado, 13 de julio de 2013

La mediocridad: ¿Desgracia peruana?

Acabo de encontrar una oportuna frase del recordado novelista, ensayista y pintor argentino Ernesto Sábato (1911 – 2011) como prólogo a esta nota: “Ser original es en cierto modo estar poniendo de manifiesto la mediocridad de los demás”. Sin duda, la mediocridad es un “cáncer” extendido en individuos carentes de visión y expectativas de crecimiento y desarrollo.

El empleo habitual de este concepto está referido a alguien de baja calidad en su desempeño y niveles de realización. Se asocia con quien no alcanza cierto estándar de perfección y eficiencia. Es un calificativo severo y, por cierto, cuyos orígenes y manifestaciones compartiré con usted.

Para empezar deseo comentar lo señalado por el intelectual, sociólogo y político italo-argentino José Ingenieros (1877 – 1925). Un personaje extraordinario e influyente en las generaciones latinoamericana -que gestó la histórica Reforma Universitaria de Córdova (Argentina, 1918)- en la que se formaron personajes notables de esta región como Hipólito Irigoyen, Rómulo Betancourt, Salvador Allende, Pablo Neruda, Miguel Ángel Asturias y Víctor Raúl Haya de la Torre, entre otros. Además, fue representante del pensamiento positivista, fundador del socialismo argentino y Maestro de Juventud (título otorgado por los estudiantes reformistas). Figura referencial para los jóvenes comprometidos con las heroicas luchas sociales, de principios del siglo XX, en este lado del continente.

En su obra “El hombre mediocre”, José Ingenieros trata sobre la naturaleza del hombre, oponiendo dos tipos de personalidades: el “hombre mediocre” y el “idealista” y, además, analiza sus características morales y las formas adoptadas en la sociedad.

Allí afirma que "no hay hombres iguales". En tal sentido, establece una división en tres tipos: Hombre inferior, hombre mediocre y hombre superior. El autor precisa que el “hombre mediocre” es incapaz de emplear su imaginación para concebir arquetipos que le propongan un futuro por el cual luchar. Es sumiso a la rutina, los prejuicios y las domesticidades. Es dócil, carente de personalidad, contrario a la perfección, no acepta planteamientos distintos a los recibidos por tradición e intenta opacar toda acción distinguida.

No obstante, José Ingenieros -quien solía decir: “Es más contagiosa la mediocridad que el talento”- describe al “hombre idealista” como un ser apto para usar su imaginación a fin de concebir ideales legitimados por la experiencia y se propone exhibir patrones de perfección altos, en los cuales pone su fe con el afán de modificar el pasado en favor del porvenir. Este sujeto, por ser original y único, contribuye con sus ideas a la evolución social; se perfila como un ser individualista que rehúye someterse a credos éticos. Es soñador, entusiasta, culto, diferente, generoso e indisciplinado. No busca el éxito, sino la gloria, ya que el triunfo es momentáneo.

Sin temor a equivocarme y, especialmente, recogiendo lo revelado por este lúcido pensador, percibido en el día a día una cantera de ejemplos de la mediocridad convertida en una “forma de vida” frecuente, numerosa e intensa. Tal vez falte tiempo para tratar lo que me inspira una sociedad –como en anteriores artículos lo he sindicado- de colosales desigualdades, apatías, insolidaridades, desencuentros, contrastes, convulsiones y cambiante. También, altamente influenciable, temerosa y manipulable al igual que toda comunidad inculta, tercermundista y carente de autoestima.

La mediocridad se muestra en múltiples ámbitos. Se aprecia en los padres de familia que salen del apuro preparándoles una lonchera deficiente a sus hijos –y no por razones económicas- sino por real falta de voluntad para documentarse en asuntos de nutrición; lo vemos en los profesionales que hacen su trabajo a medias y evitan esforzarse más de lo necesario; se verifica en los alumnos que estudian para un examen y ni siquiera son capaces de aportar, preguntar e indagar los temas inherentes a su formación; se respira cuando escuchamos decir “así está bien, no te esfuerces tanto”; podemos verlo en los que gozan envueltos en lo monótono e incluso tienen pavor a los nuevos desafíos; se constata en quienes dicen “nadie me lo reconoce, porque debo producir más” y justifican su proceder en la ausencia de motivación.

En lo personal percibo la mediocridad en reuniones familiares o amicales. No falta algún mediocre –con los que coexisto- que dice: “No seas tan formal, así nomás ponemos la mesa, total somos todos de confianza”. Hasta en actividades insignificantes, reitero, se puede advertir. Cuando oímos aseverar: “No vas a cambiar las cosas, deja todo así”, “no te metas, evita problemas”, etc. estamos frente a inequívocos mensajes de arrebato anodino.

Es una suerte de ADN del nacido en el Perú. Se siente -más que la humedad capitalina- en los educadores que emplean la supuesta baja remuneración (si son tan probos y brillantes porque no cambian de centro de labores) para respaldar su evidente pequeñez en la enseñanza, en sus evaluaciones, ayudas audiovisuales, materiales, etc. En el reciente “Día del Maestro” (6 de julio), mi cálido homenaje al profesor que lucha contra un entorno colmado de paraplejias morales e pensantes. Aflige percibir un sistema educativo infiltrado por cuantiosos desempleados, limitados y banales seres que distorsionan la pedagogía.

Asimismo, es doloroso el elevadísimo índice de mediocridad en el sector público. Allí es común fingir estar “ciegos, sordos y mudos” en función de conveniencias partidarias u de otra índole. Viví hastiado al observar la mediocridad, convertida en una “reglamentaria práctica”, cuando presidí el Patronato del Parque de Las Leyendas – Felipe Benavides Barreda (2006 – 2007) y mis disposiciones suscitaban rechazo -en los frívolos, pusilánimes, timoratos y ambivalentes servidores estatales de carrera- por el trabajo que les generaba. Su ineficiencia y desidia era suficiente para edificar un monumento. Fui blanco de múltiples críticas, incluso de quienes consideraba mis amigos, por combatir y revertir esta situación con determinación.

Nos incumbe encarar la mediocridad –tan aceptada y apetecible como los dulces criollos- con audacia, atrevimiento y valor. Sublevémonos y encaremos este mal lacerante y que, además, intenta apoderarse de nuestra mente y espíritu. Hay que subvertir el alma y la conciencia ciudadana en el afán de lograr redefinir la conducta general.

La pasividad para aceptar y convalidar –con una actitud conformista- lo acontecido a nuestro alrededor, sin intentar hacer algo para revertir una situación anómala, refleja una indolencia opuesta a las posibilidades de progresar. En sinnúmero de ocasiones el peruano está parado en el “balcón” de su existencia mirando, diagnosticando y asumiendo el confortable papel de criticón. Sin embargo, se resiste a tomar un rol proactivo e impulsar el cambio que demanda.

Por otra parte, el filosofo y escritor argentino Alejandro Rozitchner –autor del libro “Ganas de vivir – La filosofía del entusiasmo”, enuncia: “Mediocre es no creer en la autenticidad como una posibilidad y un valor, y negar la existencia de una felicidad a nuestro alcance, que pide pagar los lógicos precios de todo logro. Mediocre es negar la importancia de la aventura existencial individual, formulando generalidades sociales a las que se toma como marcos de sentido siendo en realidad ficciones impersonales”.

Estas líneas son escritas a la luz del incontenible malestar suscitado por la oriunda mediocridad. Enfrentarla trae consigo ser calificado de excéntrico, intrépido y altisonante. Pero, no importa; la vida bien vale este genuino esfuerzo de esparcir –con el ejemplo coherente y digno- semillas de esperanza e ilusión. Es un reto frente al que no debemos abdicar.

Bienaventurados quienes transforman la creatividad, la locura, el entusiasmo, la energía y la perseverancia, en fuente inagotable de inspiración con el propósito de forjar un futuro mejor alejados de los obstáculos que bloquean nuestro bienestar. Por último, recuerde la afirmación del escritor y médico español Pío Baroja y Nessi: “Emancípese usted de la vida mediocre”.

domingo, 2 de junio de 2013

Los pioneros del Manu: 40 años después

El 5 de junio se cumplen cuatro décadas de la creación del afamado Parque Nacional del Manu. Uno de los refugios naturales más atractivos y admirables de la región que sigue concitando la intensa atracción de la comunidad científica mundial.

He querido compartir esta nota -después de una investigación durante la que he tomado contacto con los verdaderos autores que impulsaron la fundación del Parque Nacional del Manú- con el propósito de dar a conocer los entretelones y personajes involucrados en la gestación esta singular área protegida. Este es un homenaje al puñado de conservacionistas que participación en esta hazaña.

En 1963, cuando el conservacionista peruano Felipe Benavides Barreda (1917 – 1991) estaba de visita en el Museo de Historia Natural de Smithsonian (Washington) admiró el conjunto de dioramas representativo de las aves de nuestra selva. Su amigo, el secretario del Smithsonian, Dillon Ripley le informó que el responsable era el taxidermista y ornitólogo cusqueño Celestino Kalinowski Villamonte.

Celestino estudió en los laboratorios del departamento de Zoología del Museo de Historia Natural de Chicago. Descubrió en la región de Marcapata (1950) un carapacho desconocido hasta aquella fecha que, actualmente, se denomina en su honor “Drymaeus Coelestini”. Siempre fue reconocido por la calidad de sus trabajos.

Kalinowski –quien vivía 28 años en la zona del Manú- se reunió en 1965 con el presidente del Patronato de Parques Nacionales y Zonales (Parnaz), Benavides, a quien señaló la importancia de prohibir la entrada al Manú. Tenía información que madereros, buscadores de oro y cazadores, principiaban a ingresar y, además, aseguró que era un lugar único en nuestra amazonia y que, por lo difícil de su acceso, mantenía intactos sus ecosistemas.

Tiempo más tarde, en comunicación del 6 de enero de 1967, Kalinowski señaló a Felipe: “Siempre, en el manifestado deseo de brindar mi máxima colaboración me permito sugerir que a la brevedad posible se disponga la medida proteccionista de declarar ZONA RESERVADA, toda la Hoyada del Manú, que con absoluta seguridad constituye la única zona en la que todavía exista la fauna y flora casi intacta o virgen, con tal medida, se iniciaría la formación de los Parques Nacionales que lamentablemente no han sido ni creados, ni realmente valorizados. La urgencia manifestada, viene motivada por la presencia en la región referida, de grupos de estudio para la explotación de madera. Los posibles linderos de la Zona Reservada, serían los que comprendan desde la quebrada de Juárez, con todos los afluentes que forman el río Manú desde sus nacientes; y, por la Cordillera, hasta llegar a TRES CRUCES”.

Este taxidermista -para constatar lo señalado en su epístola- invitó al prestigioso biólogo británico Ian Grimwood a visitar el Manú y presentar un informe al presidente del Parnaz y al director del Servicio Forestal y de Caza del ministerio de Agricultura, Flavio Bazán Peralta. En su estudio Grimwood escribe emocionado: “...la cuenca del Manú, es una de las pocas localidades en el Perú que da oportunidad de observar la vida silvestre en su estado natural en toda su magnitud”. En su escrito enfatiza la ventaja del Manú, sobre otras regiones de la selva y la sierra, por conservar todavía poblaciones numerosas del lagarto negro, lobo de río, charapa o tortuga de río, taruca, oso de anteojos, entre los recursos andinos y sub-tropicales.

En mérito a esta investigación se expidió, el 7 de marzo de 1968, el decreto reservando un área de 1`400.000 hectáreas en la cuenca del río Manú, comprendiendo los departamentos del Cusco y Madre de Dios, para el futuro parque nacional. Seguidamente, se nombró una comisión integrada por representantes del Servicio Forestal y de Caza, la Oficina Nacional de Evaluación de Recursos Naturales (ONERN) y la dirección de Colonización, a fin de presentar un proyecto sobre sus futuros límites definitivos.

A partir de las tratativas iniciadas por el presidente del Parnaz ante el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF), se recibió la primera donación proveniente de una colecta entre la niñez realizada en Gran Bretaña ascendente a 100 mil soles. El Parnaz contribuyó ese año con igual ayuda económica. En julio de 1967, la filial americana del WWF envió una colaboración de 4,620 dólares y el vice-presidente del WWF Internacional, Lukas Hoffmann, llegó al Perú con el propósito de ofrecer su cooperación.

El 5 de junio de 1973 se concreta el Parque Nacional del Manú -mediante D.S. Nro. 644-73-AG- comprendiendo una extensión de 1`532.806 hectáreas entre los 200 hasta los 4,800 m.s.n.m. De esta manera, se creaba el parque nacional de bosque húmedo más grande del mundo y el noveno en extensión.

Parte de su enorme potencial ecológico lo constituyen aves, reptiles, mamíferos y batracios. Sólo en una extensión de 200 hectáreas fueron identificadas 468 variedades de aves; además, de encontrar nueve especies de primates, así como pumas, caimanes, gallito de las rocas, venado de cola blanca y capibara. En su interior habitan numerosos nativos de las comunidades machiguenga, yaminahuas y amahuacas.

Para impulsar el desarrollo de esta área natural la Sociedad Zoológica de Frankfurt -a través de la Asociación Pro-Defensa de la Naturaleza (Prodena), cuyo director ejecutivo era Augusto Urrutia Prugue- entregó 25 mil dólares por concepto de equipos. Por su parte, la Unión Mundial para la Naturaleza (UICN) y el WWF participaron con ayuda técnica y económica para la preparación de su Plan Maestro.

Gracias a la Asociación Prodena se orientó la administración, organización y capacitación de guardaparques, gestionándose partidas presupuestales para lograr un adecuado manejo del área. Esta entidad entregó una red de comunicaciones para la implementación de las estaciones de Akanaco, Pakitsa, Bocamanú y una estación móvil, en Madre de Dios, ascendiendo la donación a casi un millón de soles.

Nuevamente, el interés por conocer este parque se manifiesta cuando un grupo de destacados científicos vinieron a nuestro país en 1975. La delegación la integraban Thomas E. Lovejoy, director científico del WWF de los Estados Unidos, Ann La Bastille, ganadora de la medalla de oro del WWF -por haber salvado a la famosa ave guatemanteca Quetzal- y George Woodwel. Fue imposibilitado el viaje del famoso astronauta Nils Armstrong, quien también estaba invitado. El recorrido -organizado por Felipe Benavides- llevó a los expertos hasta los límites del parque con el afán de tener contacto con las colectividades indígenas.

La Bastille escribió para la famosa revista Audebaun el primer artículo publicado en los Estados Unidos sobre el Manú. Allí recoge las palabras de Benavides: “Será en el futuro este lugar maltratado por las invasiones de científicos, turistas y negociantes de la conservación y nunca más podrán volver a apreciar lo que hoy día admiramos”.

La inspiración de Celestino Kalinowski continúa mereciendo la expectativa internacional. Diversas revistas europeas han dedicado ediciones enteras a este recóndito paraíso silvestre. El conocido cineasta y biólogo británico Tony Morrison, produjo la película “A park in Perú” (“Los parques en el Perú”), seleccionada entre las cuatro mejores para exhibirse en la Segunda Conferencia Mundial de la Naturaleza. Esta producción –dos veces transmitida por la televisión británica y promovida por la BBC de Londres- muestra la variada cantidad de especies del Manú. Así también, incluye vistas del emblemático gallito de las rocas.

En nuestro medio la historia suele con frecuencia ser olvidada o distorsionada. “El pueblo tiene una picota para quien le miente, pero también, para quien no le dice la verdad a tiempo”, afirmó el político y pensador cubano José Martí. Los peruanos debemos conocer, apreciar y valorar a los auténticos promotores de tan maravilloso escenario natural que contribuye –por su esplendor y biodiversidad- a afianzar nuestro orgullo e identidad nacional.

jueves, 23 de mayo de 2013

La Solidaridad: Un valor enaltecedor


Este es uno de los valores más significativos e importantes en la existencia de un individuo y en una sociedad con la aspiración de constituirse en unida, cohesionada y capaz de aglutinar esfuerzos, demandas y expectativas comunes.

Permite identificarnos con los problemas y sufrimientos del prójimo. Refleja nuestra sensibilidad y se alimenta, desde la más tierna infancia, a través del entorno familiar y social. Es decir, se nutre de los ejemplos que forjan nuestras vidas. Un ambiente solidario -en las más variadas, reducidas y menudas ocasiones- contribuye a afianzar este valor en sus integrantes.

El niño procedente de un hogar capaz de convertir la solidaridad en un hábito –sin distinción, intereses o vínculos afectivos- tendrá un referente que, probablemente, marcará su convivencia social. Sugiero incorporar a los hijos en actividades que les faciliten percibir la trascendencia de este valor en la vida.

También, se requiere una aptitud empática no siempre existente en la comunidad. Recordemos que la empatía consiste en entender los pensamientos y emociones ajenas, de ponerse en su lugar y compartir sus impresiones. No es preciso pasar por iguales experiencias para interpretar mejor a los que nos rodean, sino solo captar los mensajes verbales y gestuales transmitidos por la otra persona.

Debemos contribuir todos a formar una sociedad de seres empáticos, hábiles en respetar y aceptar al prójimo. Esta empieza a ampliarse en la infancia cuando los padres resguardan las expectativas afectivas de los hijos y les enseñan a expresar las propias inquietudes y, además, a vislumbrar las ajenas. Plasmar la solidaridad implica contar con cierto grado de empatía.

Quiero anotar que la solidaridad incrementa la autoestima. Cuando brindamos colaboración al semejante, nos sentimos útiles y, de esta forma, fortalecemos nuestra autovaloración, experimentamos satisfacción e incrementamos nuestra sensibilidad. La autoestima revela el obrar del ser humano en los más variados ámbitos de su desenvolvimiento.

Con frecuencia comento a mis alumnos que la autoestima es una “columna” interna que ayuda a enfrentar –con éxito, fuerza e ilusión- el devenir de la vida. Si esta “columna” está mal edificada y contiene vacíos e inconsistencias, la respuesta del sujeto -ante determinados conflictos y acontecimientos- será de miedo, duda, incertidumbre y pobre autovaloración. Tendrá una sensación que lo hará sentir incapaz para afrontar su destino.

De otra parte, los peruanos rehuimos tener un instinto de hermandad con el semejante. Cada uno vive sus propias expectativas, realizaciones y necesidades. Asumimos una reacción egoísta y, en consecuencia, distante de la posibilidad de construir un vínculo de adhesión. Tenemos como política evitar involucrarnos en nada que no nos afecte directamente. Es muy habitual dar la espalda al compatriota.

Escucho con reiteración palabras –incluso de padres de familia- como: “Hazte el ciego, sordo y mudo”, “no te metas a ayudar a nadie”, “olvídate del resto”, “vive tu propia vida y listo”, “preocúpate por ti y no por los demás”, “no des la mano a la gente, es una mal agradecida”, etc. Estas frases ratifican una actitud que imposibilita forjar un sentimiento de acercamiento con los demás.

Evadimos apropiarnos del medio porque no asociamos lo que está a nuestro alrededor como propio. Obviamos incorporar a la comunidad en nuestro proyecto de vida –como resultado de un débil sentido de pertenencia- y, además, procedemos a observar displicentes y criticar con agudeza los dramas ajenos. La indiferencia es parte de nuestra forma de ser. Estamos resignados e inmersos en un contexto colmado de atraso, incultura, apatía y antivalores. A nadie le importa nada más que el “metro cuadrado” sobre el que está parado.

Si tuviéramos la más mínima voluntad podríamos comenzar siendo solidarios con los familiares, amigos, colegas, vecinos y, de esta manera, lograríamos superar nuestra mezquina individualidad. La solidaridad no se impone, ni improvisa. Se convierte en una virtud al practicarse en todo tiempo, circunstancia y lugar. Empecemos con gestos elementales de emoción social.

Algunos simbólicos actos pueden ser un primer paso: Visitar a un familiar enfermo, ayudar a quien atraviesa dificultades, dar asistencia al compañero de trabajo, brindar auxilio a una anciana al cruzar la calle, consolar a un amigo lleno de padecimientos, identificarnos con causas colectivas, ofrecernos para una labor voluntaria, entre otras tantas ideas. Sugiero dejar de mirarnos solo a nosotros mismos, para comenzar a ver el mundo en el que estamos envueltos.

Amigo lector, deseo compartir con usted esta interesante reflexión anónima: “Solidario es aquel que, teniendo cuatro ases en la mano, pide que se baraje de nuevo”. Aprendamos a ser copartícipes en las grandes adversidades y también en las más pequeñas. Estaremos ofreciendo un noble y ejemplar aporte al “bien común”.

sábado, 20 de abril de 2013

Urge reconciliar la política con la decencia

Acaba de partir a la eternidad, al momento de escribir estas líneas, un amigo al que me unió una relación de genuino cariño e intensa admiración: Armando Villanueva del Campo. Su trayectoria fue un referente de entrega, sacrificio y lealtad por un sueño colectivo. Dio muestra de firmeza, nobleza y perseverancia en su lucha por sus ideales y, además, murió en absoluta austeridad, sin riquezas materiales o acusaciones de lucro personal.

Estos son tiempos en los que la política –entendida como la ciencia y arte de atender e involucrase en los asuntos públicos- se encuentra distante del sentimiento de los ciudadanos, entre otras razones, como consecuencia del comportamiento de los partidos políticos que debieran representar, con honestidad, transparencia y de manera efectiva, las demandas sociales de la población.

La política es concebida como una forma de ejercer el poder con la intención de resolver el choque entre los intereses encontrados producidos dentro de una sociedad. La utilización del término se popularizó en el siglo V A.C., cuando el filósofo de la Antigua Grecia, Aristóteles desarrolló su obra titulada “Política”.

Expresa la identificación del conciudadano con las cuestiones colectivas. De aquí que este quehacer debe motivar la activa participación de hombres y mujeres solidarizados con las expectativas de la comunidad. La experiencia vivencial demuestra que no es así. El concepto que posee el mal denominado “ciudadano de a pie” de la política, de sus interlocutores y de los partidos, es negativa. Esta actividad genera visible malestar y rechazo.

Nos guste o no, los políticos son prototipos. Sus actos debieran caracterizarse por su coherencia, integridad y lealtad a sus principios y convicciones y, por cierto, al electorado que les brindó la oportunidad de servir al pueblo. Deben exhibir una conducta que sirva de marco general.

En ese sentido, reitero lo expuesto en mi artículo “Los elegantes modales de nuestros políticos”: “Por su condición de representante del pueblo el político está en la ‘mira’ de la opinión colectiva. Mayor razón para calcular los efectos y consecuencias de sus vocablos y trayectoria -en su esfera gubernamental y personal- considerando el grado de desprestigio en que están inmersos. Al parecer, se encuentran ‘encapsulados’ en una realidad diferente a la percibida por nosotros. Desde su perspectiva creen que sus prácticas los ‘acercan’ al lenguaje y comportamiento popular. Pero, el elector no les acepta lo que nosotros podríamos realizar en nuestro quehacer diario. El habitante espera una actuación referencial del hombre público”.

Sin embargo, hoy en día existe un “relativismo moral”, lamentablemente, aceptado. “Roba pero hace” es una consigna censurable. No es posible admitir que un gobernante resuelva –con relativa eficiencia- las necesidades de su comunidad y forme parte de latrocinios, corruptelas e inmoralidades. Discrepo con quienes asumen el pragmatismo como modo de hacer política.

De allí que, es común que los políticos conviertan su ejercicio en una “inversión” para obtener beneficios económicos que, por su desempeño profesional, no han alcanzado. Es frecuente la recomendación ilegal, -para lograr un empleo en algún ministerio- la coima, el enriquecimiento ilícito, el desbalance patrimonial, llevar familiares, amigos y partidarios a copar cargos estatales, el tráfico de influencias y un sinnúmero de conductas probatorias de su pobreza interna y ausencia de rectitud.

La honestidad, la honradez y la devoción por un ideal, ha dejado de ser habitual en un medio caracterizado por usanzas indecorosas, complicidades interesadas y silencios convenientes. Toda una secuela de episodios que han transformado la política en una “cantera” de procederes detestables ante los ojos del pueblo. Hay que vincularla con el decoro y la eficiencia.

Afrontamos momentos de profunda crisis moral que nos lleva ha reflexionar acerca del proceder de cada compatriota que, en muchas circunstancias, actúa en pequeña escala similar a los políticos. La diferencia radica en que el político está sometido a los “reflectores” de los medios de comunicación. El prójimo que da una coima, traiciona, asume prácticas impropias, fomenta el tráfico de influencias, etc. no es observado por la opinión pública. Pero, reproduce hechos reprochables.

Desde mi parecer, un par de figuras emblemáticas siempre serán Fernando Belaunde Terry y Víctor Raúl Haya de la Torre. Adversarios, hombres probos, inteligentes, cultos, gestores de partidos con enorme significación en la vida nacional y poseedores de una decencia ejemplar. Pertenecieron a la última generación de estadistas ilustrados y honorables.

El pequeño y acogedor departamento de San Isidro del jefe y fundador de Acción Popular hacía gala de su desapego a lo material. Anaqueles llenos de libros, una réplica del monitor Huáscar, diplomas, condecoraciones y numerosas fotografías, eran su insólita riqueza tangible. Ha sido el único gobernante –en los últimos 30 años- que ha dejado Palacio de Gobierno sin mancha ni cuestionamiento alguno sobre su conducta. Jamás tuvo estilos deslucidos, censurables y sórdidos. Su sobriedad y buenas formas lo hacían merecer el respeto incluso de sus opositores.

Por su parte, el líder y creador del Partido Aprista Peruano exhibió una existencia sobria, no poseyó tarjetas de crédito, cuentas corrientes, chequeras o bienes inmuebles. Vivió sus últimos años en una modesta propiedad -otorgada por una cercana familiar suya- en el populoso distrito de Vitarte, hoy convertida en una casa museo que recomiendo visitar para conocer su sencillo y enaltecedor modelo de vida. Tuvo un precedente inédito al asumir la presidencia de la Asamblea Constituyente (1978) y fijarse un sol de remuneración mensual. Declinó usar el auto oficial que le asignaron, suprimió los gastos de representación en la cafetería del Palacio Legislativo y rechazó contar con custodia policial.

Mi homenaje a esa singular casta heroica de peruanos que se enroló en los asuntos públicos -inspirados en su grandeza- para servir al país. Sus vidas nos recuerdan que ésta puede volver a ser una causa capaz de convocar el entusiasmo de las nuevas generaciones identificadas con nuestra compleja realidad.

Evitemos que las pesimistas y agudas palabras del intelectual y escritor español Noel Clarasó Daudi sigan siendo ciertas: “Política es el arte de obtener dinero de los ricos y votos de los pobres, con el fin de proteger a los unos de los otros”. Anhelamos que la política se convierta en una tarea capaz de hermanar inquietudes cívicas, afirmar ideales democráticos, generar movimientos populares, despertar conciencias, comprometer esfuerzos, suscitar esperanzas y, especialmente, contribuir a resolver las angustias de los más desvalidos.