sábado, 23 de enero de 2016

Recuerdos de Lima en su aniversario

El 18 de enero de 1535 se produjo la fundación de la Ciudad de los Reyes. Su distribución inicial, dispuesta por el conquistador Francisco Pizarro, comprendía un rectángulo con 117 manzanas divididas cada una en cuatro solares. Se reservó un espacio para la sede de la casa de gobierno, el cabildo y la iglesia en la Plaza Mayor o Plaza de Armas.

El intelectual Sebastián Salazar Bondy en su emblemática obra “Lima la horrible” (1964) dice: “…En los solares, y de acuerdo a la jerarquía, se instalaron los venidos de Jauja, Pachacámac, Sangallán y Cusco. En total 69 vecinos, sin contar, por supuesto, a los indios encomendados ni a los del caserío que ahí ya había. El rey español dio tres coronas a la nueva ciudad, en cuyo escudo hasta hoy figuran”.

Su evolución me recuerda las palabras del soberbio poeta Abraham Valdelomar: “El Perú es Lima, Lima es el Jirón de la Unión, el Jirón de la Unión es el Palais y el Palais Concert soy yo”. El Palais Concert era un célebre café-cine-bar, inaugurado el 29 de febrero de 1913, y aunque no existe fuente escrita que sustente la veracidad de esta expresión, su significado es claro: El centralismo.

En tal sentido, la capital representa el pilar del poder político y económico, la esperanza para sobrevivir de muchos, una constelación de opciones de consumo, la extraordinaria diversidad gastronómica, al emprendedor de los sectores populares, el caos del transporte público y privado, etc. Encierra infinidad de metáforas, creencias, contradicciones y originalidades.

Es una urbe colmada de poblaciones migrantes perteneciente a variadas regiones, culturas e analogías que crecen en medio del desconcierto, de la carencia de servicios básicos y en la que surge nuevas esferas de desarrollo para los sectores emergentes. En la que en nombre del progreso se han pretendido eliminar los espacios representativos de sus antepasados y, por lo tanto, de su memoria social.

Aún es difícil lograr la convivencia, la tolerancia colectiva y la aceptación mutua. Se viven sentimientos de desconfianza, marginaciones y realidades opuestas. Todavía subsiste una intensa discriminación que la podemos comprobar cuando una paisana desea pasear por Larcomar y su apariencia es advertida como peligrosa o extraña. Hemos sido incapaces de desplegar un sólido sentido de pertenencia que inspire hermanarnos con el entorno y mirar al prójimo como parte de nuestra comunidad. Estamos inmersos en modernos y sectarios “cacicazgos” en pleno siglo XXI.

Históricamente la república ha sido vista despectivamente desde su capital. Para citar tan sólo un ejemplo, tengamos en cuenta la indolencia con que se asumió la presencia de la organización terrorista Sendero Luminoso en la década de 1980. El limano (como se decía en la época colonial) reaccionó ante la violencia de este grupo subversivo cuando su accionar significó una amenaza urbana.

Por cierto, la apatía hacia el interior del país tiene orígenes muy antiguos. Una lectura de los textos del varón alemán Alexander Von Humboldt -quien acompañado de su amigo el botánico francés Aimé Bonpland arribó a nuestro país el 1 de agosto de 1802- sobre la displicencia capitalina, están expuestos en su carta al gobernador de la provincia de Jaén de Bracamoros, José Ignacio Checa: “…En Lima no he aprendido nada del Perú. Allí nunca se trata de ningún objeto relativo a la felicidad pública del reino. Más separada del Perú está Lima que Londres, y, aunque en ninguna parte de América española se peca de un patriotismo excesivo, no conozco otra ciudad en la cual ese sentimiento sea más apagado. Un egoísmo frío gobierna a todas las personas y lo que no perjudica a uno no perjudica a nadie”. Más adelante añade en su diario de viajes: “…Se podría decir que el dios Rímac, que según Garcilaso era llamado el ‘dios hablador’, preside todavía a todas las clases sociales de Lima. Hay pocos lugares donde se hable más y se obre menos”.

El escritor de “Lima la horrible” hace una aseveración explícita de la sensibilidad de la metrópoli: “…Se cuenta que siendo alcalde de la ciudad el humorista Federico Elguera fue advertido de la inminente aparición de un brote de la fiebre amarilla que ya asolaba los países vecinos. Elguera respondió: ‘aquí la peste se atonta’, recurriendo para el caso a una palabrota mucho más expresiva que el eufemismo que aquí empleamos. Y así fue”. A mi parecer, nada más exacto.

De otro lado, soy un convencido que el ambiguo, discordante, antojadizo e impredecible clima limeño coincide con el temperamento y la oblicuidad de sus aborígenes. Es interesante revisar el aporte de Hipólito Unanue -integrante de la Sociedad Amantes del País y gestor del “Mercurio Peruano” (1791)- quien en su importante obra científica “Observaciones sobre el clima de Lima y sus influencias en los seres organizados, en especial el hombre” (1805) analiza la conexión del clima en la salud física y psíquica y, además, define lo que denomina “enfermedades del ánimo”. Relaciona su impacto en los males respiratorios, en la fortaleza emocional y en el carácter del habitante. Es la primera publicación de medicina editada en la colonia que adquiere prestigio mundial.

El emporio de “todas las sangres”, del apogeo financiero, de las conspiraciones, de los éxodos, de las indiferencias, del desorden urbano y la confluencia cultural. En donde fingir, adular, complacer y ejercer una actitud endeble e insolidaria grafica una mal entendida identidad. Feliz aniversario a la metrópoli de bellas y admirables tradiciones, paisajes, personajes, acontecimientos y nostalgias.

jueves, 7 de enero de 2016

Reflexiones sobre la juventud y las elecciones

En los próximos meses viviremos un acontecimiento de enorme connotación para todos los peruanos: vamos a elegir al jefe de estado y a los representantes al Congreso de la República. A mi parecer, debemos involucrar activamente a los adolescentes en este suceso y persuadirlos a abandonar su apatía sobre los asuntos públicos.

Los temas gubernamentales han dejado de motivar la intervención de la población. Ese desapego ha influido con énfasis en las nuevas generaciones que tienen una concepción de vida de espaldas a los acaecimientos nacionales. Es palpable su indiferencia, indolencia, personalismo e incluso resignación, frente a la que no convendría permanecer inmóviles.

La juventud constituye un altísimo porcentaje del universo de votantes y su opción es concluyente. Propongo hacer pedagogía cívica con la intención de brindarles idóneos elementos para definir sus preferencias en las urnas. De allí que, es primordial conocer de los variopintos candidatos sus proyectos de gobierno, sus equipos técnicos, su institucionalidad partidaria, su hoja de vida y la viabilidad de sus alianzas. Es imprescindible examinar propuestas, confrontar puntos de vista, platicar estos tópicos y rehuir, únicamente, cuestionar a nuestros dirigentes como es habitual en “perulandia”.

En tal sentido, recalco lo expuesto en mi reciente artículo “Carta al ‘hermanón’ Ricardo Belmont”: “…Los movimientos políticos son prototipos indispensables en la consolidación de la democracia y de los valores ciudadanos y, en consecuencia, su actuación debiera caracterizarse por su coherencia, integridad y lealtad a sus principios y al pueblo que los hizo depositarios de su confianza. Este dilema no se resuelve con mayores expresiones de improvisación e ineptitud”.

Mi experiencia me permite afirmar que todavía existe una juventud identificada con las peripecias colectivas. Un “termómetro” objetivo es la inmensa acogida de los múltiples diálogos surgidos espontáneamente en cada sesión de clase sobre el acontecer de nuestra sociedad.

Disfruto haciendo de mis jornadas académicas una posibilidad para subvertir el alma, la conciencia y el talante de mi alumnado. Al mismo tiempo, animo discusiones acerca de nuestro entorno. Estoy convencido que el aula debe transformarse en un espacio para intentar forjar hombres y mujeres sensibles a nuestro complejo contexto nacional.

Desde mi perspectiva, obran equivocadamente los colegas que, cobijados en el eslogan de “apolíticos”, evaden orientar la sapiencia de la juventud. Eso me trae a la memoria la irónica réplica del ex alcalde capitalino Alfonso Barrantes Lingán en la disputa municipal de 1983 a uno de sus adversarios autodenominado “tecnócrata”: “Aristóteles decía: ‘El hombre es un animal político’. Quien no se considere político que se resigne a lo otro (animal)”.

También, puedo aseverar que cuantiosos profesores eluden deliberar sobre estos asuntos, de indudable valor en la constitución integral de sus discípulos, debido a su incapacidad intelectual y carencia de convicciones democráticas. La ausencia de amplitud juiciosa y la desidia imperante posibilita -como tantas veces lo he asegurado- “empachar” al auditorio con datos, estadísticas, conceptos, cifras, fórmulas, etc. a fin de encubrir la inopia para la controversia y la interrogante.

Corresponde a los docentes entender que la “política” no es una palabra impúdica o tóxica. Ésta fomenta la convivencia tan imprescindible para aceptarlos y respetar los derechos del prójimo. Desde el salón de clase podemos fomentar la tolerancia ante las discrepancias e impulsar sentimientos de adhesión social.

Quiero recordar que la política se preocupa de los objetivos públicos. Es la ciencia y el arte destinados a canalizar las expectativas y urgencias ciudadanas. De modo que, es absolutamente saludable avivar intercambios de opiniones -para garantizar mejor información a los educandos sobre las opciones electorales- de manera plural, alturada y madura.

Soslayemos considerar el tratamiento de contenidos políticos como una distorsión de nuestro rol en el adiestramiento de los futuros profesionales que, además, deben involucrarse con su atmósfera social. Colocar en los reglamentos de las entidades de enseñanza superior “está prohibido tratar temas políticos” es lo más político que existe. Es censurar el olfato crítico del alumnado, asumir una actitud de desidia y contribuir a forjar seres ausentes de compromiso con el país. Además, existen asignaturas, casos y paradigmas que demandan un análisis de ese tipo.

Lo reprochable e incorrecto -como urde el aspirante de la “plata como cancha”- es hacer participe al estudiante de acciones político partidarias como recolectar firmar para inscribir movimientos políticos, distribuir materiales de propaganda, obligarlos a actuar como personeros, presionarlos para acudir a mítines proselitistas, usarlos como operadores de campañas electorales, ofrecerles dinero o algún beneficio a cambio de insertarse en las contiendas. No confundamos!

Por esta razón, planteo varias sugerencias para implementar en institutos y universidades, sin perturbar su loable misión pedagógica. Emprender ferias electorales, foros de discusión con la participación de los delegados de las agrupaciones políticas, instalar periódicos murales con información electoral, divulgar mensajes de orientación por intranet, invitar a organizaciones como Transparencia a fin de impulsar programas de capacitación a los votantes, generar debates en los cursos de realidad nacional, motivación y liderazgo, etc. entre otras iniciativas orientadas a encauzar el discernimiento juvenil.

Tenemos la necesidad moral de suscitar reflexiones, animar una vasta toma de conciencia, infundir deliberaciones, afirmar ideales, convocar entusiasmos, alimentar la comprensión de nuestra situación y reafirmar nuestro alicaído sentido de pertenencia. Bien decía el filósofo y enciclopedista griego Demócrates: “Los jóvenes son como las plantas: por los primeros frutos se ve lo que podemos esperar para el porvenir”.