jueves, 31 de diciembre de 2015

Carta al “hermanón” Ricardo Belmont

Estas líneas declinan contener cualquier manifestación de animadversión hacia usted. Su camino está colmado de popularidades, éxitos y tropiezos. Para algunos es un personaje carismático, positivo y esperanzador; para otros, un marginado por los de su clase, marcado por el fracaso y con arraigo en los sectores populares.

Coincido con su favorable apreciación del país. Vivimos en un territorio pluricultural, poseedor de un extraordinario patrimonio histórico y ambiental y, además, tenemos un pasado milenario del que convendría estar orgullosos. A mi parecer, somos igualmente una sociedad compleja, desigual, invertebrada, insolidaria, abarrotada de indiferencias, apatías y conformismos.

Su discurso campechano, superficial y escolar, agrada y suscita fervores en ciertos ámbitos. Usted cree que vasta compartir "pastillas para levantar la moral" para imaginarse capaz de llegar a la Casa de Pizarro. El porvenir de un país no sólo se construye con loables intenciones y mensajes. Se requiere de cuadros partidarios, planes de gobierno, experiencia en la gestión del estado, conocimiento de nuestras dolencias endémicas y, entre otras consideraciones, una trayectoria con vocación de servicio al bien común.

Rehúyo cuestionar su amor al Perú. Reprocho su improvisación, su precaria preparación intelectual, su ausencia de estructura institucional y de estamentos técnicos. Es irresponsable ansiar gobernar nuestra patria con el estilo con el que conduce -acompañado de un exiguo grupo de amigos y panelistas- un medio televisivo, cuyo protagonista principal y permanente entrevistado es usted.

Señor Belmont, los movimientos políticos son prototipos indispensables en la consolidación de la democracia y de los valores ciudadanos y, en consecuencia, su actuación debiera caracterizarse por su coherencia, integridad y lealtad a sus principios y al pueblo que los hizo depositarios de su confianza. Este dilema no se resuelve con mayores expresiones de improvisación e ineptitud.

La política es la ciencia y el arte destinados a canalizar y resolver las expectativas de los desposeídos. De modo que, ésta debe concebirse como una esfera plural y democrática orientada a estudiar y atender las reivindicaciones colectivas de las mayorías. Demandamos partidos sólidos, arraigados en la localidad y aptos para analizar nuestra composición social. Pero, recuerde: los pecados de otros, no lo hacen santo.

Sin embargo, en los partidos observamos a una juventud a la que se pretende manipular y utilizar como operadores proselitistas; la virtud de la disciplina se ha confundido con la penosa sumisión y el obrar rastrero; el significado del compañerismo y la hermandad se ha transformado en complicidad; ex burócratas pusilánimes en busca de un cargo estatal que resuelva sus penurias financieras; ansiosos lobistas sondeando negocios y compras de conciencias; consignas sectarias, que obedecen a intereses facciosos; secuaces ávidos en tomar posiciones estratégicas en vísperas de elecciones, entre un sinfín de procederes detestables y conductas ausentes de rectitud.

Todo ello me trae a la memoria las declaraciones de Mario Vargas Llosa para el libro “Rajes del oficio”, del periodista Pedro Salinas: “…La política, en primer lugar, no atrae a la mejor gente. La política atrae a gente con apetito de poder, gente inescrupulosa, de una gran mediocridad. Los mejores talentos, los más idealistas, los más puros, los más preparados, muy rara vez se dejan tentar por la política. Y cuando así ocurre, generalmente la política los arrolla, o los corrompe o los expulsa”.

Así lo muestra el naciente proceso electoral en donde se han producido los más variopintas uniones entre grupos dispares con la única intención de alcanzar el poder aunque sea aliado con el “diablo”. En estos acomodos coyunturales importa poco que la sostenibilidad ideológica y la garantía de su continuidad sean una incógnita. Una vez más, la visión inmediatista se justifica en el reino de “perulandia”. Aquí todo vale ante la mirada condescendiente de una opinión pública atiborrada de candidaturas de sofisticadas procedencias, componendas y extravagancias.

Ricardo, censuro que los periodistas de los microscópicos programas “Habla el pueblo” y “Boca a boca” sean también parte de su aparato proselitista. Es tan reprochable emplear RBC -una empresa de accionariado difundido- como su maquinaria publicitaria al igual que otros aspirantes que aprovechan “la plata como cancha” de sus universidades privadas, debido a la palpable ausencia de un partido capaz de llevar acabo una campaña electoral. Si anhela simbolizar una diferencia cualitativa en relación a la satanizada "política tradicional", hágalo evidente.

Haber sido dos veces alcalde capitalino, poseer múltiples entusiasmos y dirigir una minúscula estación de televisión, son méritos insuficientes para apetecer guiar nuestros destinos nacionales. Su candidatura reafirma la improvisación con la que cuantiosos personajes desean obtener la primera magistratura. Usted, en su mar de orfandades esquiva percibir que su propósito desluce la política, la entristece, certifica su mediocridad y descrédito. Requerimos ideas en lugar de trilladas metáforas deportivas, remembranzas egocéntricas y presentaciones de boxeo.

Urgimos alternativas instauradas, con representatividad social, basadas en planteamientos doctrinarios y liderazgos con solventes credenciales morales y cívicas. Es primordial que los votantes determinen su preferencia teniendo en cuenta los proyectos de gobierno, la hoja de vida de sus interlocutores y la coherencia de los pactos surgidos y que, posiblemente, lejos de sumar concluyen restando a más de una plancha presidencial.

Al Perú le conviene soslayar exponerse a reiterados saltos al vacío, ni merece mandatarios con asuntos pendientes en los tribunales por enriquecimiento ilícito, desbalance patrimonial, violación de derechos humanos, asesinato, lavado de activos, entre un sinfín de tropelías irresueltas, cuya confrontación con el Poder Judicial han tratado de sustraerse interponiendo todos los recursos legales posibles. Tampoco debemos dar otra oportunidad a los demagogos, pedantes, mitómanos, aventureros, felones y frustrados que engrosan el listado de postulantes a Palacio de Gobierno.

Esto me hace acordar lo precisado en mi artículo “Nadine Heredia: ¿El auténtico poder detrás del trono?”: “…Tengamos en cuenta que los últimos presidentes estuvieron impedidos de mostrar un hogar seguro e inclusive se vieron obligados a explicar su controvertida biografía personal y hasta reconocieron hijos extra matrimoniales. Dos de ellos debieron dar ‘mensajes a la nación’ esclareciendo tan enojosa situación. Punto aparte merecen sus oscuras travesías amorosas y vinculadas al consumo de alcohol y sustancias tóxicas. Recordemos, asimismo, que un ex jefe de estado -en prisión por violación de los derechos humanos y cuantiosos casos de corrupción e inmoralidad- estuvo acusado de torturar y secuestrar a su esposa”. Los nombres los conocemos y está en la conciencia de cada uno de nosotros demostrar discernimiento, independencia y autoestima al momento de decidir nuestra adhesión en las urnas.

domingo, 6 de diciembre de 2015

El Perú de Luis E. Valcárcel

Hace algunas semanas se realizó en el Museo Nacional de Arqueología, Antropología e Historia la exitosa presentación de una nueva edición del monumental volumen “Historia del Perú Antiguo” -auspiciada por Petroperú- del reconocido pensador, literato y sociólogo Luis E. Valcárcel Vizcarra (Moquegua, 1891 - Lima, 1987).

El trabajo incluye un estudio introductorio de Luis Guillermo Lumbreras con su evaluación sobre la importancia del referido texto. En alusión a Valcárcel aseveró: “…Defendió al indígena y rescató sus valores. En sus 70 años de investigación científica persiguió una sola cosa: cumplir con la declaración de que todos somos iguales y que se elimine toda discriminación”. También, afirmó que era mucho más que un arqueólogo, un etnólogo y un historiador, “era un investigador social integral. Y en este libro se reúne no solo lo que dijo, sino que es como el archivo de don Luis, que él lo entrega y nos dice: ‘¡lean todo lo que yo he leído, consulten todo lo que yo he consultado, porque eso les va a permitir entenderse ustedes mismos!’ como peruanos”.

Se trata de una amplia indagación -de tres tomos y organizada en cuatro secciones- que expone las ideas, el marco teórico y la vasta documentación que le permitió reconstruir un período de nuestra historia. Constituye un verdadero compendio ilustrado con una selecta galería de imágenes, planos y gráficos.

Este renombrado moqueguano recibió el Premio Nacional de Cultura en Ciencias Humanas y estuvo propuesto para el Premio Nobel de La Paz. Prolífico escritor, aparte de "Tempestad en los Andes" (1927) -cuyo prólogo lleva la egregia firma de su paisano José Carlos Mariátegui, con quien fundó la revista “Amauta”- Luis Eduardo ha sido creador de más de 25 obras entre las que destacan "Del ayllu al Imperio" (1925), "Garcilaso el inca" (1939) y otros prodigiosos títulos de este intérprete del universo andino. Su producción posee un sincero indigenismo e ilimitado espíritu inspirativo.

Cuando leí por primera vez, hace muchos años, esta colección que reúne cuantiosos años de pesquisas encontré unas anotaciones referidas a nuestra biodiversidad que deseo compartir: "Es en el orden económico que el Perú antiguo ha ofrecido a la entera humanidad el fruto de sus experiencias. Los peruanos precolombinos tienen en su abono ser quienes mayor número de plantas domesticaron sobre la faz del planeta. De ese modo dotaban al hombre de un crecido número de alimentos, entre los cuales sobresale la papa como el tubérculo que libró a Europa de las hambrunas periódicas y ha contribuido a la grandeza del pueblo alemán. Cerca de otras cien plantas útiles pasaron por las manos de los antiguos peruanos para transformarse de silvestres en cultivables, con un pronunciado cambio en cualidades nutritivas y mejor sabor que las hace apetecibles. Cultivaron también plantas industriales, como cuatro clases de algodón, el añil, la cabuya, la enea y otras fibras que emplearon, junto con la lana de los auquénidos, en la manufactura de sus magníficos tejidos. Conocieron gran número de materias tintóreas que utilizaron en la rica y firme coloración de sus telas".

Según el escribiente de “Tempestad en los Andes”: “…La extraordinaria afición que tenían los peruanos por el cultivo de la tierra ha debido ser parte principal para el alto desarrollo que alcanzó. Que era tanta la mencionada afición que aun los que practicaban otros oficios como plateros y pintores no era nunca persuadidos para no interrumpir su trabajo como artesanos por acudir al de su sementera, sino que, por el contrario, llegado el tiempo, dejaban de mano a su ocupación para dedicarse por entero a la del cultivo”.

Igualmente, asegura que la pesca se efectuaba de diversos modos: utilizando una hierba llamada de barbasco, que intoxicaba a los peces, sin hacerlos nocivos al hombre; pescaban en seco, desviando un brazo del río, tenían un modo especial para coger camarones, armadillos, sábalos, dorados, etc. “Una práctica de pesca era echarse a nado con una fisga en la mano derecha, haciendo uso sólo de la izquierda para nadar a gran velocidad y zambulléndose tras del pescado lo seguían hasta alcanzarlo y clavarle la fisga, con que lo sacaban a la orilla”, concluye.

Es un tratado fundamental para entender, con claridad y perspectiva, nuestra compleja biografía colectiva, nuestra multiplicidad y los pormenores de una magnánima cultura. Solamente a partir de conocer y valorar nuestras raíces podremos volver a sentir genuino orgullo por nuestros antepasados. “Historia del Perú Antiguo” es una antorcha de peruanidad que debe iluminar nuestro frágil sentido de pertenencia e identidad.

De otro lado, creo pertinente subrayar los meritorios esfuerzos de su nieto Fernando Brugué Valcárcel, quien con desvelo ha asumido la tarea de sacar a la luz invalorables aportes destinados a apreciar la hazaña intelectual y el pensamiento de uno de los compatriotas más lúcidos del siglo XX. Este cometido tiene excepcional crédito en un medio colmado de desmemorias, apatías e ingratitudes. Felicito, aliento y comparto la alegría de mi buen amigo por tan noble propósito.

A Luis E. Valcárcel lo conocí en la tarde de su vida en agosto de 1983. Mis remembranzas de ese inolvidable encuentro gestaron en mí una intensa inquietud. Su nombre es sinónimo de decencia, austeridad, integridad y modestia. Forjó una existencia moralmente referencial y, además, de su inequívoca pasión peruanista, fue un ser humano probo, honorable y consecuente.

Su testamento del 22 de agosto de 1949 revela su enaltecedora dimensión personal al manifestar: “…Declaro solemnemente que he vivido dentro de estrictas normas morales, en lo privado y en lo público; que en el ejercicio del ministerio de Educación Pública llevé al extremo mi delicadeza, a punto de haber devuelto más de la mitad de la suma que se me asignó para el viaje que realicé a México en mi condición de ministro el año de 1946, como acredita el recibo que conservo en mi archivo; que nunca hice daño a nadie deliberadamente y si alguien fue perjudicado por disposiciones emanadas de mi autoridad habrá sido exclusivamente en atención al interés del estado y de la sociedad; que nunca utilicé de la cátedra universitaria con fines inconfesables; que he dedicado toda mi vida a la educación de la juventud para lograr que ella se dirija siempre por el camino del honor, de la justicia y de la libertad; que he seguido durante toda mi existencia un solo e indeclinable rumbo humanista…”“…Quiero dirigirme por última vez a mis seres queridos para decirles cuanta es mi gratitud por su amor y devoción, y para rogarles que sean fieles a mi memoria, conservando el único y verdadero tesoro; el de un apellido sin mácula”.

Este pionero de las ciencias sociales nos ha legado inagotables saberes acerca de un pasado vivificante para los hombres y mujeres de esta nación. Nos asiste el reto de retomar su esplender y magnificencia. Este será nuestro mejor tributo a su epopeya inmortal. Por lo tanto, evoquemos con énfasis sus palabras: “El peruano de hoy, al recorrer el país, no podrá hacerlo con fruto si no está informado de que este territorio en que vivimos se acondicionó para residencia humana por obra de nuestros antepasados precolombinos, a quienes somos deudores de la tierra cultivada, del alimento indígena, del camino, del espacio urbanizado, del hombre con disciplina del trabajo, de la sociedad adaptada a su sueño, de su habilidad artística, del paciente esfuerzo de la resignada espera”.