lunes, 30 de diciembre de 2013

La vida es un eco: Reflexiones de fin de año

A pocos días de concluir el 2013 –y luego de estar alejado de los alborotos, consumismos, frivolidades y despropósitos de las celebraciones navideñas- quiero efectuar un recuento de los acontecimientos de estos doce meses y, además, agradecer a quienes han contribuido a colmarme de júbilo.

Para algunos, estos son tiempos de apremios, agasajos, saludos y preparativos; para otros, de reflexión, evaluación y análisis que motivan pensar en las metas conseguidas y reorientar objetivos para el año venidero. En este último grupo mi ubico. Aquí un recuento personal que comparto con usted, amigo lector.

Me propuse omitir mirar el “medio vaso vacío” (no hago referencia a los numerosos happy hour que disfrutó los fines de semana con mi madre de 87 años) cuando no logro alcanzar un determinado anhelo. Aprendí a reconocer el “medio vaso lleno” de cada nueva intención. Eso eleva mi autoestima y me posibilita deducir que en la vida dos más dos no, necesariamente, es cuatro; en las matemáticas si. Hasta hace poco, cuando no obtenía las realizaciones esperadas, evitaba valorar la otra mitad tangible de lo obtenido con un esfuerzo, incluso, muchas veces superior a mis aparentes capacidades.

Confieso haber tenido la inercia de conferir demasiado valor a sucesos nocivos, coyunturales, domésticos y rehuir preciar lo conquistado. Todo acaecimiento suscitado ha traído perennes lecciones que enriquecen mi ascenso moral, cultural y espiritual. El desatino, el improperio, las malas formas, la ausencia de sentido común y otras incontables taras –habituales en sociedades como “perulandia”- no deben impedirme juzgar lo que cada experiencia ofrece, incluso en una eventualidad dolorosa.

La palabra “gracias” la asimilé del ejemplo y la enseñanza constante de mis padres Danilo y Amelia. Samuel Johnson, el afamado poeta inglés, afirmó: “La gratitud es un producto de la cultura; no es fácil hallarla entre la gente basta”. Hoy tiene mayor connotación reconocer ha quienes me ofrecieron adhesiones y acercamientos:
Al Redentor que ilumina e inspira mis determinaciones. En cada adversidad, por más superable que ésta sea, ha estado su compañía. La fortaleza de mi convicción cristiana me ha enseñado a superar, olvidar y perdonar. La vida es un eco que retorna, con igual intensidad, lo otorgado al prójimo.

A mis alumnos, fuente permanente de inspiración. Cada jornada de clase me sumerge en un universo maravilloso de vivencias, anécdotas, conocimientos, entregas y me involucra en una burbuja de claridades y deliberaciones. De otra parte, me permite estar al tanto del parecer de una nueva generación y tener una mirada plural de su pensamiento. Sus disímiles aportes, interrogantes o silencios, me abre la puerta a sus espacios. Un instituto donde laboro tuvo la generosidad de denominarme como “docente destacado”. Indudable aliciente para seguir esparciendo semillas y afirmando convicciones e ideales.

A los medios de prensa que acogen mis aportes periodísticos y a quienes tienen la frecuente paciencia de leerme. Su disposición facilita la difusión de mis artículos, a través de los que exhibo mis disconformidades y agudos puntos de vista. Escribo con la esperanza de participar mis desordenadas meditaciones acerca de una realidad que cada semana me nutre de pródigos temas. Mi inmenso agradecimiento a mi querida amiga Dennis Merino, que tiene la condescendencia de revisar mis borradores, ayudarme con sus oportunas correcciones y buscar un título atractivo. Nos une un genuino apego de 22 años.

A la vida por haberme privilegiado nacer en el territorio de “todas las sangres” y cantera de inspiraciones e impulsos para procurar –con ingenuidad y benévolas intensiones- revertir las contradicciones e infortunios de un escenario complejo. Una nación –a la que Mario Vargas Llosa denomina “el país de las mil caras”- fragmentada, invertebrada, resquebrajada, insolidaria, convulsionada y poseedora de un horizonte que debe impregnarnos de fe. Tengamos presente: Somos la materia prima con la que forjamos los destinos nacionales y, por lo tanto, nos corresponde innovar para superar tan reiterativos males lesivos a nuestro desarrollo.

A las agradables, nobles y estoicas amigas y amigos (mis hermanos adoptivos) que perdonan mis alejamientos, porfías y singularidades. Son testigos de mí existir, acompañan mi biografía y saben que, con mis animadversiones, rabias y apasionamientos, gozan de un espacio vital en mi subsistencia. Agradezco a las amistades con quienes he forjado reciente vínculo. Me hicieron recapacitar, reír, platicar, regocijarme, gastar mi dinero, trasnochar, incrementar mi consumo de licor y apoyaron mis avatares. Con dificultad encuentro, al escribir estas líneas, los términos exactos para describir mi efusivo cariño hacia ellos.

A mi madre, que aviva mi sosiego, mi existir y mi porvenir. Compañera discreta y esencial que discierne, alienta y asiste mi devenir con una paciencia imperturbable. Su incansable estímulo me da renovadas ilusiones. Gracias por haber forjado una relación que, en el atardecer de tu existir, confirma la ausencia de límites en el amor. Su serena y sabia orientación es esencial para intentar comprenderme y concebir al ser humano.

Este período se caracterizó por acciones positivas, encuentros favorables, inquietudes sociales, afectos espontáneos, emociones sentimentales y por alborozos en mi quehacer profesional, intelectual y amical. Abundantes venturas, bendiciones, éxitos y advenimientos en el 2014. Recuerde la sabía sentencia del dramaturgo español Jacinto Benavente: “La vida es como un viaje por mar: hay días de calma y días de borrasca. Lo importante es ser un buen capitán de nuestro barco”.

viernes, 20 de diciembre de 2013

Los 75 años de la Orquesta Sinfónica Nacional

Hace unos días la Orquesta Sinfónica Nacional presentó un espléndido espectáculo, por su 75 aniversario en el Gran Teatro Nacional de San Borja, que comprendió la Obertura para una comedia (1964) de Enrique Iturriaga, Concierto para violín (1903) de Jean Sibelius y La consagración de la primavera (1913) de Igor Stravinsky. Fue una noche de homenajes, brillos, deleites y nutrida concurrencia.

En su alocución la ministra de Cultura, Diana Álvarez Calderón, destacó el esfuerzo de esta agrupación que a lo largo del año ha efectuado funciones abiertas en numerosos lugares de la capital y en Arequipa, Trujillo y Cusco. También, desarrolló audiciones para escolares y galas de obras tradicionales del repertorio mundial de ópera y zarzuela; así como composiciones de temas populares y creaciones instrumentales originales.

Considerado el primer y más importante elenco musical de la nación, se fundó el 11 de agosto de 1938 en el gobierno del mariscal Oscar R. Benavides (1933 – 1939). En el Teatro Municipal de Lima se realizó su recital inaugural el 11 de diciembre de ese año -coincidiendo con la VIII Conferencia Panamericana- e incluyó el Himno Nacional del Perú y reputadas obras de Wagner, Beethoven, Debussy, Falla y Ravel. Esas instalaciones fueron su sede durante varios años.

El documentado estudioso Luis Meza Cuadra, en la obra “Enciclopedia temática del Perú”, afirma: “…Su primer director fue el vienés Theo Buchwald, quien la dirigió durante los años 1940 y 1950. Este período fue, indudablemente, su época más brillante, debido sobre todo por la presencia de músicos europeos, que huían de la Segunda Guerra Mundial, y de eminentes invitados”.

Han sido sus directores Theo Buchwald, Hans-Gunther Mommer, Carmen Moral (en dos oportunidades; primera mujer en ocupar dicho cargo en una orquesta en Latinoamérica), los maestros Leopoldo La Rosa, José Carlos Santos, Armando Sánchez Málaga, Guillermina Maggiolo Dibós, entre otros.

En la actualidad la dirige el compositor y pianista Fernando Valcárcel –descendiente del ilustre historiador, antropólogo, indigenista y padre de las ciencias sociales del Perú, Luis E. Valcárcel Vizcarra (1891 – 1987)- considerado una de las principales figuras sonoras emergentes en el país. Se le atribuye el crecimiento en versatilidad y dinamismo de la Orquesta Sinfónica Nacional por la ejecución de creaciones de compositores nacionales y del repertorio universal del siglo XX.

Influenciado por las aficiones melódicas de mi madre sigo con atención sus conciertos desde mi infancia. En los veranos de finales de la década de 1970 solía comparecer entusiasmado en la concha acústica del parque Salazar de Miraflores. Guardo imborrables añoranzas de esos recitales que algunas veces estaban acompañados por un solista convocado. Era una de las actividades más esperadas y entretenidas de mis vacaciones escolares, mientras en la temporada de invierno la zarzuela me cautivaba por su denuedo provocador y alegre.

Es gratificante apreciar a jóvenes, estudiantes, clases medias y sectores de variopintas procedencias atraídos por la suntuosidad de la Orquesta Sinfónica Nacional. Observo con regocijo la aceptación infundida en sus sucesivas apariciones en tan diversas audiencias. Como cualquier otra manifestación artística, la música sensibiliza y despierta nuevas emociones; es un fenómeno sentimental de humanización y encuentro consigo mismo.

Según refiere la especialista mexicana en psicoterapia psicoanalítica Marina Meyer Reyes, en su interesante trabajo “Música y sensibilización” (2008): “… La música tiene una función fundamental, además de la de ayudar a curar o resolver lesiones o padecimientos: la de vincular a las personas entre sí y con sus emociones. Así como Freud decía que los sueños son la vía regia al inconsciente, podríamos decir que la música es la vía regia a las emociones. Al menos eso parece plantear Sacks cuando, compartiéndonos sus propias experiencias de duelo y pérdida, expresa que, paradójicamente, la música nos hace experimentar intensamente, tomándonos por sorpresa, la pena y la tristeza al mismo tiempo que nos brinda consuelo y nos reconforta. Puede ser que esto esté relacionado con que la música no tiene representaciones formales y entra directamente, por lo tanto, al mundo de las emociones”.

En consecuencia, requerimos –más, probablemente, que antes- de un espacio interno facilitador de la ansiada paz espiritual que libere las tensiones afrontados en el día a día. El arte siempre otorga un aporte significativo al engrandecimiento y a la formación integral de la persona. De allí que, se demanda fomentar e impulsar un mayor acercamiento a la música clásica y, además, recomiendo extenderla a la pintura, la literatura, el ballet, el teatro, entre un sinfín de representaciones sublimes.

Estas demostraciones de sapiencia facilitan convertirnos en seres perceptivos, racionales y éticos. Posibilita discernir los valores, efectuar opciones, tomar conciencia de la realidad, cuestionar nuestras realizaciones, profundizar la intuición y es un medio de superación. Sugiero a los padres de familia sembrar la semilla de la cultura en la vida de sus descendientes como parte activa en su proceso de formación. Debería ser una prioridad evitar que sean individuos atiborrados por la creciente barbarie e inopia, como sucede con mi generación.

Felicitaciones a los intérpretes de la Orquesta Sinfónica Nacional por ofrecernos una expresión excelsa de inspiración. Su labor paciente, disciplinada y austera nos colma de orgullo. Constituyen un genuino referente de perseverancia para afrontar –con solidez y convencimiento- las desidias, indiferencias y limitaciones de una sociedad lacerada por la simpleza, la ignorancia, el conformismo, la mediocridad, el atraso y la hemiplejia moral. Recuerde amigo lector: “La música es lo único que hace brillar el fuego que todos llevamos en el alma” (Ludwig van Beethoven).

sábado, 14 de diciembre de 2013

La frivolidad de la Navidad

La proximidad de la fiesta del misterio de la Natividad genera, en la inmensa mayoría de la población cristiana, una “fiebre” de emociones, sentimientos y reacciones reflejadas en preparativos, intercambios de regalos y otros alborotos demostrativos de la orientación consumista de esta efeméride religiosa.

El nacimiento del hijo de Dios representa el advenimiento del salvador. Su actuación, breve en tiempo e intensa por la huella dejada, fue un testimonio de pobreza, desprendimiento, solidaridad y consistencia en su infatigable afán de predicar -en un contexto adverso- la palabra del Padre Eterno. Su sufrimiento definió y enalteció su existencia. El 25 de diciembre evocamos el natalicio de este extraordinario líder que determinó la historia de la humanidad.

Sin embargo, la Navidad se manifiesta en cuantiosos obsequios, cenas, amigos secretos, trineos, juegos artificiales, el bonachón Papá Noel, exquisitos licores, estreno de prendas de vestir y cuanta algarabía material existe. Es una usanza exhibir lo obtenido en los “cierra puertas” y “liquidaciones” de fin de año. Sólo falta organizar la “hora loca” alrededor del nacimiento.

Esta fecha reúne a los seres queridos con el propósito aparente de compartir momentos de confraternidad que, en algunos casos, eluden expresar verdaderos y mutuos afectos. Es común percibir una suerte de tregua en las confrontaciones, intrigas y rencillas, más no siempre una genuina voluntad de inspirarse en tan magna ocasión para revertir la forma negativa de convivencia con el semejante. Un prototipo de hipócrita y fugaz armonía.

Todos sentimos –unos más, otros menos- el compromiso de cumplir con el ritual de festejar. La tradición manda agasajar, malgastar, deleitarnos y, de esta manera, evitamos excluirnos de este ostentoso suceso. Hay quienes se sienten mal al comparar su Navidad con las de familias numerosas, llenas de niños, atenciones y un sinfín de algarabías que explican como se ha olvidado su auténtica vocación espiritual.

En estos días escucho cuestionamientos provenientes de colegas, amigos y allegados en relación a la lamentable superficialidad de este rito. Empero, poco o nada hace la gente para revertir esta perniciosa tendencia. Critican en privado, pero el proceder contradice –como siempre pasa en “perulandia”- la actitud asumida a nivel colectivo. La inconsecuencia, una vez más, se confirma en una sociedad en la que los actos trasgreden el pensamiento y la palabra.

Pero, la ligereza –para esquivar decir “deshonestidad” y alterar el tierno vigor navideño- es tal que, incluso, vemos situaciones conmovedoras que desearíamos apreciar a lo largo del año como afirmación espontánea de sensibilidad. Muchos convienen en donar sus prendas viejas a un asilo; entregar juguetes a los niños pobres; otros recién se acuerdan de sus abuelos, padrinos y afines; recibimos abrazos efusivos y una lluvia de cumplidos en los centros de trabajo y por donde transitemos, incluyendo variopintos besos de Judas; y, por cierto, los infaltables parabienes de cliché: ¡Feliz Navidad! Ni siquiera somos novedosos –pues demanda un uso neuronal adicional- para congratular con creatividad, originalidad y calidez.

Estamos tan encantados que, si tenemos una benévola gratificación, compramos hasta lo innecesario y somos “felices”. Aunque desconocemos por qué, pero el ambiente obliga a sonreír y gozar. Olvidaba: El deleite gastronómico alcanza sus más altos estándares nunca vistos. Es frecuente subir de peso y no dormir bien debido al formidable banquete con pavo, ensaladas, el afamado puré de manzana, chocolate y panetón incluido. Son infaltables también las comidas, desayunos, lonches y, si escasea el dinero, un par de cervezas. Es Navidad, hay que brindar.

El consumo de energía es caso aparte. Las casas iluminadas parecen una pulpería de mal gusto, abarrotadas de cables, adornos sobrecargados, aparatosos y, además, colocan cuanta huachafería de moda se vende en avenidas y mercados. Innumerables hogares tienen una decoración externa -similar a un tragamonedas o karaoke- instalada por el vigilante de la zona a cambio de una retribución y, como observo en la cuadra donde vivo, al que pocas veces saludan a diario.

Cuanto desearía que las familias eleven una oración entorno al pesebre, en lugar de esperar con expectativa “asaltar” el árbol -decorado en incontables casos al estilo de un ekeko- para abrir los presentes. Ojalá hubiera un mínimo empeño para disfrutar de éste aniversario sustentado en las virtudes del cristianismo. Los mercaderes expulsados por Jesucristo del templo se han apoderado de su natalicio. ¡Quién lo hubiera imaginado!

Sugiero a los padres habituados a premiar las excelentes notas escolares de sus vástagos con propinas, atenciones y agasajos navideños pomposos, enseñarles que más importante que la óptima calificación en la libreta, es ennoblecer su comportamiento por la trascendencia de sus valores. Educarlos con el ejemplo cotidiano de fidelidad, honradez, lealtad, caridad, entre otros conceptos que deben fomentarse en la niñez y la juventud para moldear sus existencias en un marco sólido de principios.

A criterios de muchos, soy un aburrido. Desde hace tiempo me mantengo al margen de estos acontecimientos que, desde mi perspectiva de integrante de la Iglesia Católica, están alejados del brío concordante con la entrega del Redentor. Rehúyo asistir a invitaciones, salir de compras, indigestarme comiendo, prender bombardas e incomodar con cortesías de medianoche. Asisto con mi madre a la misa de gallo y hago un discreto, sereno y afable instante para agradecer a Dios y a mis seres más cercanos.

Cuantiosos augurios a los hombres y mujeres que ambicionan un mundo pleno de ideales, esperanzas, ilusiones, perseverancias, fuerzas, optimismos y alegrías. Anhelo que las algarabías momentáneas influyan en el cambio de todos nosotros para vivir inspirados en el testimonio del sucesor de María y José. Aprendamos a perdonar, a pedir perdón, a relacionarnos mejor con el vecino, el amigo, el compañero de labores y el familiar distanciado. Estimemos con recogimiento lo ofrecido por el Espíritu Santo en cada nuevo amanecer.