domingo, 19 de septiembre de 2010

Parque de Las Leyendas: “Construyendo”…negocios

Refundar instituciones gubernamentales, desconocer logros y realizaciones, asumir actitudes mezquinas, entre otros males, es habitual en el sector público. Este no deja de ser el caso del Patronato del Parque de Las Leyendas - Felipe Benavides Barreda, transferido del Ministerio de la Mujer y Desarrollo Social (Mimdes) a la Municipalidad Metropolitana de Lima, luego de la aprobación de un proyecto de ley enviado por el Poder Ejecutivo (2007) y que, según mi punto de vista, fue el resultado de negociaciones entre el gobierno central y el municipio capitalino.

Pero, más allá de mi desacuerdo con este traspaso es lamentable comprobar una falta de transparencia para manejar sus recursos económicos y ausencia de voluntad por continuar la tarea emprendida por sus antecesores, como parte de esa forma de ver en las entidades estatales la “cantera” laboral para los militantes, amigos y allegados de quienes las dirigen; todo esto sumado a la improvisación, el maltrato sistemático a sus trabajadores y la prepotencia de quienes creen tener el derecho de liderar antojadizamente este histórico centro arqueológico, botánico y zoológico.

A partir del 19 de junio de 2007, en que se instaló la nueva administración del Parque de Las Leyendas, comenzaron a producirse hechos que evidencian probables cuestionamientos, como por ejemplo: el despido masivo de las personas que laboraban como SNP (Servicios No Personales) y terceros (al 30 de junio de 2007 existían 73 personas contratadas bajo la modalidad de terceros; al 31 de diciembre de 2007, ya habían 179) para contratar, con mayor remuneración, a personas que no reúnen las calificaciones mínimas para los cargos que desempeñan; el manejo irregular de la Unidad de Logística; la clausura y “remodelación” de algunos baños para el público visitante, que habían sido refaccionados y reinaugurados pocos meses antes, gracias a la cooperación de Cerámicas Lima S.A.; el regreso de vendedores ambulantes -que mi gestión eliminó- que lo hacen parecer no un parque zoológico sino un mercado de barrio; el pintado de extensas áreas -que también habían sido restauradas durante la administración que presidí-; y, especialmente, ese apresuramiento por las compras y adquisiciones, aprovechando los 3.325.224.68 nuevos soles dejados para desarrollar proyectos en su beneficio. Todo ello, sin contar con las herramientas de vigilancia implementadas durante mi mandato como la participación de observadores de la sociedad civil y de la Comisión de Ética del Mimdes.

Una pequeña muestra de cómo se está construyendo una serie de irregularidades es la permanente sobrevaloración de los costos. Un ejemplo: la adquisición de tres carteles con, según hallazgo de la Oficina de Control Institucional (OCI), existe un sobreprecio de 17.746 nuevos soles; cuya responsable sería Lucila Sayra Sayra (ex jefa de la Unidad de Logística), quien continúa laborando en esa entidad. Según la OCI, ella, además, fue integrante del Comité Especial Permanente de esa entidad y tendría responsabilidad en este y otros hechos denunciados por la OCI. La Municipalidad de Lima adoptó, como una de sus primeras medidas, sacar al único auditor incómodo que efectuaba averiguaciones y que los cuestionaba, cumpliendo con su labor. La OCI se encuentra neutralizada y silenciada, desde entonces, y ello convierte en cómplice a su jefe, Luis Ruiz Benavides.

Esta situación llevó a renunciar a uno de sus más representativos gestores, promotores y fundadores, Enrique Barreto Estrada, quien fue su presidente (2004-2006) y que, además, actualizó e implementó el Plan Maestro del Parque de Las Leyendas, que nunca fue tomado en cuenta. El señor Barreto en su carta de renuncia señala: “…Señor Arbulú, me siento obligado a retirarme y dejar constancia expresa de mi preocupación por el futuro de esta histórica institución de la ciudad de Lima y por las probables intenciones de su gestión de distorsionar sus genuinos y originales objetivos educativos, culturales y sociales. Su gestión no me ha tomado en cuenta para nada y me ha obviado de todos los modos y formas posibles; sin tener en consideración no sólo mi trayectoria profesional y personal, sino mi 43 años de labor aquí”.

Resulta curioso que hayan llenado las oficinas con gentes improvisadas, innecesarias y sin méritos y calificación, hayan exhibido cifras negativas en sus primeros meses. Según información oficial, los ingresos en soles disminuyeron “coincidentemente” desde julio a diciembre de 2007. Al 31 de diciembre de 2006 se contaba con una liquidez de 1.345.996 nuevos soles. En el balance general, al 31 de diciembre de 2007, se puede evidenciar, en comparación con años anteriores, la existencia de saldo negativo ascendente a 1.236.545 nuevos soles. De enero a junio de 2007 existía un saldo a favor de 785.457 nuevos soles; de julio a diciembre de 2007, en cambio, existe una diferencia en contra de 2.022.002 nuevos soles. ¿Dónde está ese dinero? ¿Cómo se explica que los gastos mensuales hayan aumentado (incremento de las planillas, contrataciones, consultorías, gastos suntuosos, etc.) y los ingresos disminuyan considerablemente? Tenemos entendido que los resultados económicos continúan siendo negativos.

Otro tema controversial es la sospechosa vinculación con la Sociedad Zoológica del Perú; una institución privada “sin fines lucrativos” que, en teoría, debería dedicarse a la conservación de especies silvestres, pero que en realidad sólo tiene objetivos comerciales, traducidos en un próspero negocio de comida dentro del Parque de Las Leyendas y que, además, no cumple las obligaciones contenidas en el convenio suscrito mediante el cual debería brindar asistencia técnica, científica y cultural, ni da cuenta de sus cuantiosos ingresos económicos que deben reinvertirse en beneficio del parque. Todo ello, gracias a la buena relación entre las autoridades del Parque de Las Leyendas y los directivos de esta organización “ambientalista” que, coincidentemente, ha asumido un silencio cómplice e interesado sobre la actual gestión del zoológico, en su afán de mantenerse ocupando gratuitamente áreas del parque. Además de esta irregularidad, la administración del parque ha remodelado con recursos del estado la zona que ocupa esta entidad no gubernamental.

De otra parte, según acuerdo Nro. 058 del Consejo Directivo del Parque de Las Leyendas (marzo, 2009) se autoriza el préstamo, a mediano plazo, por seis millones de nuevos soles otorgado por la Caja Metropolitana de Lima, que “será destinado al mejoramiento de la zona de ingreso y servicios complementarios…”. Esta administración, ante la falta de solvencia económica, recurre a préstamos para financiar sus tan publicitados proyectos que hubiesen desarrollado con los dineros dejados por mi gestión.

Mi indignación sobre lo expuesto no sólo proviene de cuestiones éticas, ni únicamente del hecho de que tuve el privilegio de dirigir este histórico recinto de Lima, sino, principalmente, de mi vinculación con su fundador, el visionario conservacionista Felipe Benavides Barreda, con quien trabajé durante más de una década y, por ello, fui testigo de su sacrificio y entrega para sacar adelante este hermoso proyecto. Además, tengo la satisfacción de exhibir, en tan sólo diez meses de permanencia, una conducción decente y eficiente a pesar de las adversidades, trabas y comportamientos sumisos, apáticos y desleales, de los “funcionarios públicos de carrera” que practican la política del “perro del hortelano”.

Por todas estas consideraciones, es necesaria la inmediata intervención de la Contraloría General de la República, la pronta acción de los regidores metropolitanos y la movilización de la sociedad organizada, para defender a este reducto significativo en la tradición de Lima, amenazado por una conducción sórdida que no ha sabido recoger el ejemplo de Felipe Benavides. El Parque de Las Leyendas es patrimonio cultural de Lima y es deber ciudadano asumir su defensa.

domingo, 12 de septiembre de 2010

La ecología en tiempos del incario

Recordar la herencia cultural de nuestros antepasados debe ser parte de un análisis que facilite recuperar nuestro sentido de pertenencia e identidad y, además, revalorar los conocimientos de los antiguos peruanos sobre el patrimonio ambiental. En ese contexto, es interesante estudiar las crónicas de Pedro Cieza de León, Garcilaso Inca de la Vega y de los padres José Acosta y Bernabé Cobo. Sus documentados escritos detallan el reconocimiento de estos pobladores hacia la vida silvestre, los camélidos y la utilización integral de los recursos naturales, entre otros detalles reveladores. Estos informes revisten un trascendental aporte histórico.

Cieza de León en su obra “La crónica del Perú”, destaca la numerosa población de guanacos y vicuñas en el Imperio de los Incas y su disminución con la llegada de los españoles. Es importante añadir que Garcilaso de la Vega, en su libro “Comentarios reales de los Incas” describe como utilizaban la fibra de la vicuña extraída mediante “El chaco”, cuyas simples técnicas para su captura y esquila son empleadas en la zona andina hasta nuestros días. El Padre Acosta, en su libro “Historia natural y moral de las Indias”, precisa: “…Los incas tenían prohibido el cazarlas a no ser en sus grandes fiestas y que su manera de cogerlas fue mediante el chaco o cacería en que se juntaban muchos miles de hombres que iban cercando un gran espacio de monte y que solían coger 300 y 400. Estos animales son trasquilados y de la lana se hacen cubiertas y frazadas de mucha estima, por que la lana es como una seda blanda y muy durable, de color natural, perpetua”.

Es interesante lo precisado por el Padre Cobo -en su publicación “Historia del nuevo mundo”- sobre la participación de la población en la esquila de la vicuña y la prohibición de su caza. Similar disposición imperaba para proteger otras especies de camélidos. Según Cobo: “…Tenían un género particular de caza vivo llamado ‘chaco’, que consistía en un rodeo dentro de una determinada área, en cuyo círculo quedaba aprisionadas diversas especies animales, como venados, guanacos, vicuñas”. Uno de los últimos y más célebres chacos fue ofrecido por Manco Inca en honor de Francisco Pizarro, en el valle de Jauja.

Además, manifiesta que había una delimitación de cotos de ganado silvestre (guanacos, vicuñas y venados) de propiedad real. No se podía cazar sin autorización y se extendía a estos animales la prohibición de sacrificar hembras y se verificaba el chaco o gran cacería en vivo. Tenía especial significado la consideración de los habitantes por las ordenanzas del Inca. Así por ejemplo, respetaban la proscripción de matar animales silvestres, con excepción de ejemplares viejos, enfermos y solitarios.

Desarrollaron sistemas de irrigación, domesticaron especies silvestres, fomentaron la crianza de aves, utilizaron la andenería para cultivar productos alimenticios y combatir la erosión de las cuencas gracias a la cual emplearon la superficie de los cerros a fin de cubrir la demanda de la población. Estas terrazas tenían muros de contención y estaban elaborados de piedra seca. Diseñaron un calendario agrícola que establecía la producción mensual, definieron un orden de cultivos y organización el uso del agua sin preferencias para nobles o jefes. Según el ilustre historiador Luis Eduardo Valcárcel, en su publicación “Historia del Perú antiguo”, citando a Cobo dice: “…La extraordinaria afición que tenían los peruanos por el cultivo de la tierra ha debido ser parte principal para el alto desarrollo que alcanzó. Que era tanta la mencionada afición que aun los que practicaban otros oficios como plateros y pintores no era nunca persuadidos para no interrumpir su trabajo como artesanos por acudir al de su sementera, sino que, por el contrario, llegado el tiempo, dejaban de mano a su ocupación para dedicarse por entero a la del cultivo”.

Sobre la guarda y del gasto de las cosechas, Garcilaso explica: “…En cada pueblo, grande o chico, había dos depósitos, en el uno se encerraba el mantenimiento que se guardaban para socorrer a los naturales en años estériles y en el otro las cosechas del sol y del Inca. Había, además, muchos graneros a lo largo de los caminos reales de tres en tres leguas”. Se construyeron, en todas las provincias, grandes almacenes (“colcas”) donde se depositaban los frutos obtenidos en las pertenencias del Inca. Estas edificaciones estaban en lugares altos, frescos y bien airados a orillas del camino real.

Crearon “reservas forestales” denominadas “moyas”. Eran ciertos sectores accidentados de alguna importancia, cuyo usufructo era para la comunidad dentro de cuyos distritos se hallasen ubicados. Sin embargo, el corte de la madera debía ser también previamente autorizado.

Por otra parte, el autor de la “Historia del Perú antiguo” afirma que la pesca se realizaba de diversos modos: utilizando una hierba llamada de barbasco, que intoxicaba a los peces, sin hacerlos nocivos al hombre; pescaban en seco, desviando un brazo del río, tenían un modo especial para coger camarones, armadillos, sábalos, dorados, etc. “Una práctica de pesca era echarse a nado con una fisga en la mano derecha, haciendo uso sólo de la izquierda para nadar a gran velocidad y zambulléndose tras del pescado lo seguían hasta alcanzarlo y clavarle la fisga, con que lo sacaban a la orilla”, concluye.

Las islas de la costa -que desde tiempo inmemorial constituyen depósito de excremento de las aves marinas- fueron explotadas empleando para abonar las tierras. Cada isla estaba señalada para una determinada provincia y si era grande para dos o tres, estableciendo mojones y linderos precisos para que no hubiera interferencias. “No se podía tomar cantidad alguna de estiércol correspondiente al vecino so pena de muerte. Tampoco se podía extraer de la propia área cantidad mayor que la asignada conforme a la extensión de las tierras beneficiadas. Incurrir en alguna demasía daba lugar a castigos”, afirma Garcilaso.

El estudio de estos acontecimientos -que caracterizaron a los habitantes del Imperio de los Incas- permite conocer su identificación ambiental expresada en su organización social y económica. A la luz de estos antecedentes podemos concluir que esta armoniosa relación ha sido recogida por las comunidades altoandinas, quienes constituyen la escuela humilde, austera y auténtica de donde surge la conservación del patrimonio natural como muestra de su alto valor espiritual y ético.