domingo, 19 de julio de 2026

¿La docencia es “fuego”?

El escritor peruano Mario Vargas Llosa aseveró “la literatura es fuego”, en alusión al acto de rebeldía y protesta que representa, durante su disertación al recibir -como primer galardonado- el Premio Internacional de Novela “Rómulo Gallegos” (1967) por su magistral obra La casa verde. La enseñanza requiere inspirarse en iguales expresiones a fin de enaltecer su invaluable función humana. 

Deseo deliberar sobre ésta luego de visualizar el magnífico, documentado y valiente discurso de Mary Vargas Arcos, egresada de Ciencia Política y expresidenta del Centro Federado de la Facultad de Ciencias Sociales de la Pontifica Universidad Católica del Perú (PUCP), en su reciente ceremonia de graduación. Su alocución me suscita expectativas acerca del compromiso ciudadano y la firme respuesta de las nuevas generaciones ante los dilemas del mundo contemporáneo. 

Analizó el rol de la esfera académica ante la problemática actual e invocó a evitar aislarse de la realidad; reivindicó el esfuerzo familiar; reconoció el valor y la perseverancia de los estudiantes de los sectores menos favorecidos que logran egresar superando barreras socioeconómicas. También, cuestionó las injusticias estructurales, políticas y las desigualdades imperantes; fustigó los atropellos en el contexto universitario. 

Sin duda, ha sido una excelsa presentación distante de las bizantinas, empalagosas, atestadas de frases deslucidas y empobrecidas alocuciones a las que estamos acostumbrados en el escenario universitario. Algún día anhelo oír a uno de mis innumerables discípulos protagonizar una disertación en la que se manifieste la agudeza, el pensamiento crítico, la creatividad ilustrativa, la reflexión social y el coraje. 

La “docencia es fuego” por cuando no se limita a impartir una asignatura. Debe acompañarla una fusión de otros importantes aspectos: alentar el juicio censor, generar espacios de introspección, sublevar la conciencia frente al acontecer colectivo y formular aportes destinados a afianzar el sentido de pertenencia e identidad. El conocimiento pedagógico tiene un ámbito de influencia; sin embargo, no es todo. 

Una función fundamental consiste en ayudarlos a encontrar su verdadera vocación y persuadirlos a mantenerse fieles en su cristalización más allá de cuestiones prácticas o rentables. Comparto las palabras del autor de El pez en el agua, formuladas en su conferencia en la Universidad Autónoma Metropolitana de México (2011): “Creo que la primera y más importante función de la enseñanza, no solo la enseñanza académica, tambien la enseñanza escolar, es ayudar a los niños y a los jóvenes a descubrir su vocación y convencerlos de que sí esa es su vocación, si eso lo tienen claro, deben entregarse a ella porque es la manera mejor de defenderse contra la futura infelicidad. Infelicidad que forma parte de la condición humana de la que nadie puede librarse”. 

En tal sentido, su misión es conectar al estudiante, encapsulado en su zona de confort, con su comunidad, apuntalar sus habilidades blandas y sociales, enriquecer su ilustración, inducirlos a convertirse en seres pensantes, disconformes y aptos para descubrir su propia verdad ante los desafíos venideros. Esta tarea debe alejarse del apego a las herramientas audiovisuales y memorísticas, renuentes al diálogo, el debate y el encuentro intelectual. Se profesa dentro y fuera del aula de clase y, principalmente, mediante una prístina actuación. 

Su cometido es constituirnos en un ejemplo y demostrarles que la vida conlleva mucho más que méritos académicos y un número acumulado de horas de prácticas laborales. Para lograr ser buenos profesionales, primero se deben poseer idóneas cualidades humanas. Ésta afianza este sublime propósito. Su desenvolvimiento debe estar en manos de quienes albergan atributos por encima de saberes tecnológicos, para convertirnos en referentes inspiradores de destrezas morales, culturales y educativas que encaminen al alumnado. 

El profesor debe ostentar una aptitud coherente y digna en su proceder cotidiano. Observo colegas incapaces de saludar a su ingreso y salida de la sala de profesores, habituados a llegar tarde a sus sesiones de clase, despectivos para atender las consultas de sus pupilos, carentes de sapiencias actualizadas, desprovistos de mínimos buenos modales de convivencia, habituados al plagio intelectual y, además, presumen una actitud contradictoria al espíritu de esta labor. Las “formas” en un profesional configuran una proyección descriptiva del “fondo”. ¡Recuerde! 

De modo que, convendría abstenerse de ejercerla quienes, únicamente, anhelan obtener una remuneración que resuelva sus apremios económicos; tampoco debe transformarse en el refugio de incontables seres frustrados. Constituye una de las ocupaciones más significativas en el proceso de formación de la persona. Actuar con solvencia es un requisito innegable y una imperiosa necesidad que debiera incorporarse en las empresas educativas. 

¿La docencia es “fuego”? Si, por cuanto contribuye a despertar inquietudes, afirmar ideales, convocar entusiasmos, mejorar la percepción individual, descubrir capacidades y forjar una personalidad censora. Es un espacio maravilloso y desafiante para esparcir las semillas requeridas por una generación que, al parecer, permanece resignada, indiferente y despreocupada ante su devenir. Esa fue la principal motivación que infundió mi genuina incursión, a pesar que conlleva un sinfín de sinsabores, arbitrariedades y contrariedades.

Representa un ímpetu intenso, idealista, imprescindible y heroico. A pesar de los sórdidos intereses dominantes y de las maniobras puestas en práctica, evitemos la extinción de su verdadero papel. Las lúcidas palabras de la titulada de la PUCP me devuelven la fe. Recojo con esperanza lo revelado por el filósofo prusiano Immanuel Kant: “Tan solo por la educación puede el hombre llegar a ser hombre. El hombre no es más que lo la educación hace de él”.

lunes, 29 de junio de 2026

Tips para la comunicación de un profesional

Conversar con fluidez, persuasión, claridad, énfasis y por añadidura acompañar un correcto y coherente lenguaje corporal conlleva mejores oportunidades y niveles de realización. Es un elemento inherente en el crecimiento y la prosperidad laboral. Tengamos presente: la “comunicación” refleja, en gran medida, la dimensión de la personalidad.

Al dialogar somos situados en una “vitrina” que trasluce factores determinantes como la autoestima, el carácter, la empatía, etc. Con reincidencia observo profesionales que desdibujan sus legítimos méritos. Es decir, compruebo un evidente antagonismo entre sus ostentosos grados académicos y sus carestías en asuntos como la educación, la cultura, las destrezas blandas, el vocabulario, el énfasis, la dicción, el volumen y tono de la voz, entre otros. Esto confirma el deterioro de la ascendencia personal. 

La “comunicación” alimenta los sistemas sociales, facilita la integración, modifica la conducta, hace grata y productiva la relación interpersonal, ayuda a la excelente comprensión y, especialmente, convierte en fluida y positiva la coexistencia. Todos estamos activamente comunicando, más allá de las palabras: lo hacemos mediante la mirada, los gestos, la expresión del cuerpo, la disposición emocional, entre otros componentes. Forma parte del desenvolvimiento del que nadie está ajeno. 

Sugiero exhibir condiciones comunicativas asertiva. Éstas revelan confianza en sí mismo, aplomo, vitalidad, seguridad, eficiencia y permite exteriorizar sentimientos, dar y recibir retroalimentación. Se debe moldear a lo largo de la formación del ser humano y, al mismo tiempo, está conexa con la autovaloración. Adquiere primordial valía en el espacio empresarial:  un encuentro de negocios, la exposición de un proyecto, una entrevista de trabajo, el trato con el público, entre un sinfín de circunstancias, demanda acreditadas facultades que, en los momentos actuales, se tienden a extinguir. 

La gente asertiva se siente libre para manifestarse, pueden departir con semejantes de todos los niveles, procedencias o características de manera abierta, directa, franca y adecuada, actúan con respeto, comprenden que no siempre se gana, aceptan sus limitaciones, admiten o rechazan a los sujetos con delicadeza, mantienen contacto visual y buscan una reciprocidad sincera. 

Comparto lo expuesto por el actor y consultor peruano Jaime Lértora Carrera en su magnífico artículo Pronuncie todas las silabas (2026): “…Sucede que la comunicación, oral o escrita, no consiste solo en hacerse entender a duras penas. También hay un tema de limpieza, de corrección, pues las palabras, cuando son mal pronunciadas, ensucian el mensaje, lo llenan de ruido. La persona que pronuncia mal está comunicando descuido, dejadez, falta de interés por su interlocutor”.  Más adelante, agrega: “…Recordemos que las palabras están formadas por sílabas, y también que cada una de ellas tienen una particular pronunciación. Por lo tanto, pronunciar correctamente una palabra obliga a pronunciar correctamente cada una de las sílabas que la conforman”. 

En tal sentido, en los tiempos presentes debemos enfrentar enormes y reiteradas deficiencias. En ocasiones coincidimos con quienes suelen charlar muy bajito como resultado de algunas de las siguientes razones: timidez, miedo, ausencia de seguridad, escasa autoestima, incapacidad para graduar la magnitud de voz y el deseo de pasar inadvertidos en sus intervenciones. Es una lacerante barrera -extendida con asiduidad- que emite una defectuosa imagen integral y devela inexorables precariedades. 

La actriz y locutora venezolana Sofía Narváez en su interesante nota ¿Qué significa cuando alguien habla siempre muy bajito, según la psicología? (2025) dice: “…Hablar en voz baja también puede reflejar una falta de confianza en uno mismo. Las personas con baja autoestima a menudo se sienten inseguras al expresar sus opiniones, lo que las lleva a usar un tono suave para no llamar la atención. Este comportamiento es una manifestación de su creencia de que sus palabras no tienen peso suficiente para ser escuchadas”. 

Aconsejo considerar el impacto de las habilidades blandas. Éstas cumplen especial protagonismo en la selección de personal y, además, se pueden visibilizar en la “comunicación”. Penosamente ilimitados hombres y mujeres desdeñan sus extraordinarias implicancias sin percatarse de su estrecha trascendencia en el contexto corporativo. La demanda laboral cada vez exige, con mayor intensidad, profesionales solventes en estas cualidades. 

Otro asunto imposible de pasar inadvertido es la cultura: enriquece la “comunicación” al convertirnos en seres racionales, perspicaces en términos éticos y posibilita engrandecer el contenido con episodios históricos, anécdotas, citas célebres, remembranzas y afines. Viabiliza discernir, efectuar juicios pensantes, induce la argumentación, alienta tomar conciencia de la realidad, estimula las emociones y la sensibilidad. Brinda la oportunidad de impulsar la intuición interior y fortalece la calidad de la palabra. 

Me preocupa comprobar la limitada, deficiente y exigua capacidad de los jóvenes que, en pocos años, ingresarán al mercado de trabajo y, además, sus mínimas destrezas blandas e innegable incultura. Mi desasosiego se acentúa al comprobar su conformismo o las absurdas justificaciones ante una desagradable realidad con irrefutables repercusiones en su porvenir. El sometimiento paralizante al celular, la renuncia al diálogo como vía de interacción, diminutas pericias blandas, insignificante autoconfianza, un entorno altamente limitante en prácticas sociales y, por último, manifiesto déficit de voluntad para encarar esta realidad, son los más saltantes rasgos de este angustiante diagnóstico. 

La “comunicación” es adquirida e interiorizada desde la infancia. Recuerde: hablar está alejado de ser un buen comunicador. Innumerables individuos subestiman este aspecto y rehúyen admitir que ejercer el lenguaje oral no garantizar la transmisión adecuada del mensaje. Es lamentable percibir en la sociedad -en la juventud en particular- un irrebatible rechazo para aceptar estas carencias y una impropia actitud defensiva, reflejo de la penuria autocrítica y elevada inopia. 

Su meritoria utilización constituirá una favorable ventaja comparativa que enaltece su figura, afirma su liderazgo y marca la diferencia. Genera atracción y recordación sobre quien la cultiva. Sin duda contribuye al encumbramiento y realce en el contorno organizacional. Piense con ánimo crítico en la sabía aseveración del escritor y poeta estadounidense Ralph Waldo Emerson: “El habla es poder: el habla sirve para persuadir, para convertir, para obligar”.


jueves, 21 de mayo de 2026

Importancia de los “contactos” profesionales

Con frecuencia escuchamos enfáticos comentarios acerca de la trascendencia de contar con “contactos” para lograr determinados objetivos, alcanzar la esperada colocación laboral, generar mejores oportunidades, convertirnos en exitosos, entre un sinnúmero de intenciones. Se suele aseverar que la abundancia de éstos asegura cumplir las metas establecidas. 

Ursula Vega Benavides en su interesante libro “Todo lo que las RELACIONES PÚBLICAS pueden hacer por ti… y no lo sabías” (Lima, 2020) dice: “…Para empezar a ampliar nuestro entorno profesional, es preciso definir nuestros objetivos y diseñar un plan para cumplirlas. Es decir, sembrar para cosechar después”. Más adelante agrega: “…Relacionarse no es sinónimo de conocer mucha gente, sino de posicionarse como personas, como profesionales, y mostrar nuestro aporte de valor. Además, son conexiones de mutuo beneficio: el mensaje debe ser expresado por ambas partes. El objetivo de asistir a un evento no es lograr miles de contactos, uno bueno vale más que varios. ¡Menos es más!”. 

Los “contactos” representan un espacio para plasmar puntos de encuentro y, por lo tanto, cumplen una finalidad significativa en las comunicaciones, en las gestiones con la prensa y en las negociaciones con diferentes audiencias. Sin embargo, aconsejo forjarse a partir de desarrollar variadas acciones, coherentes y planeadas, tendientes a ese empeño: agendar eventos gremiales, participar en reuniones encaminadas a conectarnos, exhibir sólida inteligencia interpersonal y poseer respetable presencia en redes sociales como Linkedin. ¿Eso es suficiente? 

A mi parecer, no bastan las actividades indicadas. Es sustancial generar una sensación positiva al momento de crearlos para asegurar un acercamiento en donde la reputación, la transparencia, las habilidades blandas, la conversación, la educación y perfil integral tengan indudable connotación. La bilateral e instantánea observación determinará la “fotografía” que facilite una óptima conexión. En tal sentido, tienen enorme valía la personalidad, el lenguaje corporal, la sonrisa, la mirada, el saludo, la espontaneidad, entre una infinidad de factores percibidos en los iniciales segundos del encuentro. La vibra personal es concluyente. 

Tengamos presente las atinadas palabras del escritor español Federico García Lorca, durante la inauguración de la biblioteca pública de su natal Fuente Vaqueros (Granada), en 1931: “Dime que lees y te diré quién eres”. La cultura es un medio importantísimo y enaltecedor para lograr una favorable imagen e influye, además, en la continuidad del relacionamiento. ¡Piénselo! 

Forjar y extender nuestros “contactos” no constituyen una frivolidad, ni tampoco deben suscitarse expectativas egoístas. Posibilitan conocer personas, realidades y culturas de las más disímiles características. Más allá de un aparente beneficio en el corto plazo, como esperan ansiosamente algunos, son medios de integración, una coincidencia para participar experiencias, puntos destinados a unir esfuerzos y aunar voluntades recíprocas. Obviemos creer que su existencia es exclusiva para asuntos afines a nuestros anhelos. 

Creo pertinente indicar la trascendencia de las aptitudes sociales. Apelo a lo aseverado por Julia Sobrevilla Perea, gerente Corporativo de Asuntos Públicos de Graña y Montero: “Para hacer crecer la red hay que estar presente. Hay que ir. Hay que preguntar, escuchar y conversar. ¡No hay lugar donde no se pueda agrandar la red!”. Para ello, mi estimado lector, se requieren probadas capacidades de intercambio, integración, desenvolvimiento y disfrutar la relación humana. Subsisten incontables individuos carentes de estas cualidades. 

Trabajo en entidades de educativas en las que veo docentes con una larga trayectoria y que, en las celebraciones institucionales, permanecen distanciados, retraídos, excluidos y proyectan una indisimulable ausencia de destreza para integrarse con su núcleo laboral. Igual actuación asumen al coincidir en la sala de profesores o en variadas circunstancias. Este suceso cobra especial notoriedad cuando proviene de catedráticos que, incluso, tienen a su cargo asignaturas en las que las pericias interpersonales adquieren inequívoca eficacia. La habitual y limitante costumbre de recurrir al aislamiento e interactuar solo en determinados círculos es una innegable traba en el engrandecimiento de los “contactos”. Al mismo tiempo, una palmaria afirmación de su aguda orfandad. 

También, me preocupa constatar abundantes jóvenes refugiados en su “zona de confort” y renuentes a forjar nuevos enlaces personales. Únicamente, se sienten seguros al hacerlo mediante redes sociales o cuando comparten con su contorno más íntimo. Empero, al enfrentar escenarios empresariales deberán demostrar un desenvolvimiento seguro, asertivo y fluido. Nada de eso se vislumbra. Mi análisis es desalentador: concurre una inopia lacerante, normalizada y conformista y, al parecer, irreversible. El trato cara a cara es irremplazable. 

Lo descrito me obliga a reiterar el extraordinario alcance de las afamadas pericias sociales y blandas. Éstas favorecen y afianzan la conexión, viabilizan el acercamiento y refuerzan el encuentro entre hombres y mujeres. Su consolidación garantiza la autovaloración, la comprensión, la tolerancia, la empatía, la persuasión, la comunicación y hace realidad empeños vitales: escuchar, departir, preguntar, agradecer, congratular, presentarse y emprender una tertulia o cumplido.  

Un comentario entre paréntesis: lleve un tarjetero con sus tarjetas. Es un gesto distinguido proporcionar la suya cuando se desea continuar el vínculo con quienes alternó. Propongo un diseño y letra coincidente con su estilo; esquive adornos, esbozos y textos recargadas. En lo social la señora dará la suya al señor, para que éste la pueda entregar; en el ámbito laboral el de mayor jerarquía tendrá la iniciativa. Acuérdese: “Tarjeta que se recibe, tarjeta que se retorna”. Jamás fomente su intercambio en una mesa durante el consumo de alimentos; hágalo al concluir la velada. 

Es idóneo fomentar las conexiones. No demanda mucho tiempo, ni mayor costo: implican enviar mensajes, saludos en ciertas efemérides, compartir información y una variedad de actos de amabilidad. Lo pongo en práctica como genuina manifestación de mi pretensión de afianzar el lazo entablado y demostrar un acercamiento ajeno a desenlaces utilitarios. En síntesis, recomiendo enfatizar el valor de los “contactos”. Invoco el reflexivo enunciado de Adam Grant, psicólogo y expositor de la Universidad de Pensilvania (Estados Unidos): “Crear redes no se trata de pescar con una red; se trata de cultivar un ecosistema”.

sábado, 14 de marzo de 2026

¿Extinción del pensamiento crítico?

En reiteradas ocasiones constatamos la carencia de reflexión, análisis, perspicacia y, especialmente, de una respuesta analítica frente a temas y situaciones de la vida cotidiana. Pareciera que integramos, envueltos en el pretexto de los apremios del día a día, una comunidad influenciable, engañada y víctima del “efecto rebaño”. 

¿Qué es el “pensamiento crítico”? Es una destreza encaminada al estudio, observación y sometimiento de un juicio disconforme de las premisas presentadas en un determinado contexto. Significa rechazar aceptar ideas, de manera absoluta e irrefutable, para buscar la sustentación, la lógica y la coherencia tendiente a configurar discernimientos fundamentados, resolver problemas y evitar sesgos. Es una introspección discordante. 

La docencia me posibilita apreciar, con preocupación e indignación, la lacerante dimensión de su orfandad en las nuevas generaciones y una censurable resignación ante esta insuficiencia. Sin ambigüedades los exhorto, en cada jornada académica, a meditar en este aspecto inspirado en el afán de contribuir a despertar la erudición de jóvenes afectados por una sociedad renuente a alentar estas condiciones. 

Aunque mis aseveraciones perturben, incomoden o generen repercusiones, perennemente pregunto a mis alumnos: ¿Creen qué a sus padres, a sus profesores, a sus jefes, a los políticos y los líderes sociales les conviene que, cada uno de ustedes, sean hombres y mujeres censores e inconformes? La contestación es negativa: es arriesgado e impertinente despertar el criterio, la discrepancia y el ingenio intelectual. Por el contrario, se propicia el estancamiento general de manera transversal y sostenible. Cavilar es “peligroso”: estimula la sublevación, la controversia y la autonomía del ser humano. 

Me impacienta constatar una visible renuencia al “pensamiento crítico” al considerar como válidas inferencias, versiones o ideas antojadizas, apartadas de todo cuestionamiento, evaluación y profundización. En tal sentido, de modo concluyente, éste debe insertarse en el sistema educativo. Hemos perdido la aptitud argumentativa y renunciado a descubrir -a partir de utilizar las habilidades pensantes- nuestra propia verdad. Vienen a mi mente las sabías expresiones del poeta español Antonio Machado Ruiz: “Tu verdad, no; la verdad; y ven conmigo a buscarla. La tuya, guárdatela”. 

Sin embargo, recomiendo animar su desarrollo como resultado de superar prejuicios, poner en duda “veracidades” irrefutables, indagar e investigar acerca del asunto sobre el que se desea tener una postura documentada y, además, confrontar las fuentes y dialogar -de forma alturada- con quienes representan puntos de vista opuestos. Conviene aprender a cuestionar supuestos propios y ajenos, analizando inconvenientes y dilemas desde múltiples perspectivas.Se ha desatendido u omitido la autorreflexión tan conveniente al momento de adoptar una posición y tomar resoluciones. Constato que, frente a temas complejos, desde una mirada ética, jurídica, histórica y científica, como la legalización de la marihuana, el aborto, la pena de muerte, el matrimonio igualitario, la eutanasia, entre otros, subsiste un simplismo escalofriante, reprochable y expresivo de la censurable penuria imperante. ¡Lamentable! 

Me parecen ausentes de razonamiento afirmaciones como: “respete mi opinión”, “todo el mundo lo hace”, “se ha normalizado”, “así dicen”, para justificar su exigua seriedad, indagación y sustentación. Al respecto, coincido con la acertada aseveración del filósofo ibérico José Antonio Marina Torres: “…Pero, la respetabilidad de las opiniones depende del contenido de las opiniones. Y puede haber opiniones estúpidas, opiniones blasfemas, opiniones injustas, opiniones racistas. No, no, respete usted mi opinión (me dicen las personas). La respeto o no la respeto. Depende de cómo sea su opinión. Las opiniones deben venir acompañadas, si quieren que las tomemos en serio, de la argumentación de esa opinión”. 

¿Por qué evadimos desarrollar el “pensamiento crítico”? Coexisten motivaciones culturales, influencia familiar y social, insuficiente voluntad e inexistencia de búsqueda de la veracidad. Concurren, reitero, un conformismo penoso y neurálgico. Empero, nos incumbe hacer algo. Tenemos la obligación de impulsar el cambio que abra las puertas a la sublevación de las ideas. ¿Difícil?, probablemente: no imposible. 

Entre otros componentes se nutre de la cultura, la información y de la amplitud de exploración. Es un proceso de examen de lo sucedido a nuestro alrededor. Pero, seamos conscientes: constituimos una comunidad alejada de la sapiencia que, incluso, mira con indiferencia y menosprecio sus extraordinarias virtudes; impera la superficialidad y la candidez. Se respira la inopia sin el menor remordimiento. 

En tal sentido, comparto lo expuesto en mi artículo “Intolerancia e incultura: ¿Una bomba de tiempo?” (2025): “La incultura simboliza la decadencia de la sociedad, limita las posibilidades de evolución, confina interpretar la vida, obstaculiza el crecimiento interior y crea condiciones para la manipulación, motiva frecuentes gestos o actos de imprudencia, entre otros desenlaces. Habitamos un medio en el que ésta prevalece. El ignorante rehúye reconocer sus orfandades y, en consecuencia, asevera lo primero que viene a su mente o lo que dicta su exiguo sentido común”. 

Está en cada ser humano insertar el “pensamiento crítico”. He asumido como un desafío, con firmeza, convicción y especial empeño, este propósito en las aulas de clase. Es engorroso cuando se enfrenta al sistema y al auditorio: ambos asociados en una resistencia por momentos incomprensible, reprochable y sórdida. Finalizo citando, con esperanza y expectativa, las palabras del empresario estadounidense Henry Ford: “Pensar es el trabajo más duro que existe y, probablemente, sea la razón por la que tan pocos se dedican a ello".