lunes, 29 de junio de 2026

Tips para la comunicación de un profesional

Conversar con fluidez, persuasión, claridad, énfasis y por añadidura acompañar un correcto y coherente lenguaje corporal conlleva mejores oportunidades y niveles de realización. Es un elemento inherente en el crecimiento y la prosperidad laboral. Tengamos presente: la “comunicación” refleja, en gran medida, la dimensión de la personalidad.

Al dialogar somos situados en una “vitrina” que trasluce factores determinantes como la autoestima, el carácter, la empatía, etc. Con reincidencia observo profesionales que desdibujan sus legítimos méritos. Es decir, compruebo un evidente antagonismo entre sus ostentosos grados académicos y sus carestías en asuntos como la educación, la cultura, las destrezas blandas, el vocabulario, el énfasis, la dicción, el volumen y tono de la voz, entre otros. Esto confirma el deterioro de la ascendencia personal. 

La “comunicación” alimenta los sistemas sociales, facilita la integración, modifica la conducta, hace grata y productiva la relación interpersonal, ayuda a la excelente comprensión y, especialmente, convierte en fluida y positiva la coexistencia. Todos estamos activamente comunicando, más allá de las palabras: lo hacemos mediante la mirada, los gestos, la expresión del cuerpo, la disposición emocional, entre otros componentes. Forma parte del desenvolvimiento del que nadie está ajeno. 

Sugiero exhibir condiciones comunicativas asertiva. Éstas revelan confianza en sí mismo, aplomo, vitalidad, seguridad, eficiencia y permite exteriorizar sentimientos, dar y recibir retroalimentación. Se debe moldear a lo largo de la formación del ser humano y, al mismo tiempo, está conexa con la autovaloración. Adquiere primordial valía en el espacio empresarial:  un encuentro de negocios, la exposición de un proyecto, una entrevista de trabajo, el trato con el público, entre un sinfín de circunstancias, demanda acreditadas facultades que, en los momentos actuales, se tienden a extinguir. 

La gente asertiva se siente libre para manifestarse, pueden departir con semejantes de todos los niveles, procedencias o características de manera abierta, directa, franca y adecuada, actúan con respeto, comprenden que no siempre se gana, aceptan sus limitaciones, admiten o rechazan a los sujetos con delicadeza, mantienen contacto visual y buscan una reciprocidad sincera. 

Comparto lo expuesto por el actor y consultor peruano Jaime Lértora Carrera en su magnífico artículo Pronuncie todas las silabas (2026): “…Sucede que la comunicación, oral o escrita, no consiste solo en hacerse entender a duras penas. También hay un tema de limpieza, de corrección, pues las palabras, cuando son mal pronunciadas, ensucian el mensaje, lo llenan de ruido. La persona que pronuncia mal está comunicando descuido, dejadez, falta de interés por su interlocutor”.  Más adelante, agrega: “…Recordemos que las palabras están formadas por sílabas, y también que cada una de ellas tienen una particular pronunciación. Por lo tanto, pronunciar correctamente una palabra obliga a pronunciar correctamente cada una de las sílabas que la conforman”. 

En tal sentido, en los tiempos presentes debemos enfrentar enormes y reiteradas deficiencias. En ocasiones coincidimos con quienes suelen charlar muy bajito como resultado de algunas de las siguientes razones: timidez, miedo, ausencia de seguridad, escasa autoestima, incapacidad para graduar la magnitud de voz y el deseo de pasar inadvertidos en sus intervenciones. Es una lacerante barrera -extendida con asiduidad- que emite una defectuosa imagen integral y devela inexorables precariedades. 

La actriz y locutora venezolana Sofía Narváez en su interesante nota ¿Qué significa cuando alguien habla siempre muy bajito, según la psicología? (2025) dice: “…Hablar en voz baja también puede reflejar una falta de confianza en uno mismo. Las personas con baja autoestima a menudo se sienten inseguras al expresar sus opiniones, lo que las lleva a usar un tono suave para no llamar la atención. Este comportamiento es una manifestación de su creencia de que sus palabras no tienen peso suficiente para ser escuchadas”. 

Aconsejo considerar el impacto de las habilidades blandas. Éstas cumplen especial protagonismo en la selección de personal y, además, se pueden visibilizar en la “comunicación”. Penosamente ilimitados hombres y mujeres desdeñan sus extraordinarias implicancias sin percatarse de su estrecha trascendencia en el contexto corporativo. La demanda laboral cada vez exige, con mayor intensidad, profesionales solventes en estas cualidades. 

Otro asunto imposible de pasar inadvertido es la cultura: enriquece la “comunicación” al convertirnos en seres racionales, perspicaces en términos éticos y posibilita engrandecer el contenido con episodios históricos, anécdotas, citas célebres, remembranzas y afines. Viabiliza discernir, efectuar juicios pensantes, induce la argumentación, alienta tomar conciencia de la realidad, estimula las emociones y la sensibilidad. Brinda la oportunidad de impulsar la intuición interior y fortalece la calidad de la palabra. 

Me preocupa comprobar la limitada, deficiente y exigua capacidad de los jóvenes que, en pocos años, ingresarán al mercado de trabajo y, además, sus mínimas destrezas blandas e innegable incultura. Mi desasosiego se acentúa al comprobar su conformismo o las absurdas justificaciones ante una desagradable realidad con irrefutables repercusiones en su porvenir. El sometimiento paralizante al celular, la renuncia al diálogo como vía de interacción, diminutas pericias blandas, insignificante autoconfianza, un entorno altamente limitante en prácticas sociales y, por último, manifiesto déficit de voluntad para encarar esta realidad, son los más saltantes rasgos de este angustiante diagnóstico. 

La “comunicación” es adquirida e interiorizada desde la infancia. Recuerde: hablar está alejado de ser un buen comunicador. Innumerables individuos subestiman este aspecto y rehúyen admitir que ejercer el lenguaje oral no garantizar la transmisión adecuada del mensaje. Es lamentable percibir en la sociedad -en la juventud en particular- un irrebatible rechazo para aceptar estas carencias y una impropia actitud defensiva, reflejo de la penuria autocrítica y elevada inopia. 

Su meritoria utilización constituirá una favorable ventaja comparativa que enaltece su figura, afirma su liderazgo y marca la diferencia. Genera atracción y recordación sobre quien la cultiva. Sin duda contribuye al encumbramiento y realce en el contorno organizacional. Piense con ánimo crítico en la sabía aseveración del escritor y poeta estadounidense Ralph Waldo Emerson: “El habla es poder: el habla sirve para persuadir, para convertir, para obligar”.


jueves, 21 de mayo de 2026

Importancia de los “contactos” profesionales

Con frecuencia escuchamos enfáticos comentarios acerca de la trascendencia de contar con “contactos” para lograr determinados objetivos, alcanzar la esperada colocación laboral, generar mejores oportunidades, convertirnos en exitosos, entre un sinnúmero de intenciones. Se suele aseverar que la abundancia de éstos asegura cumplir las metas establecidas. 

Ursula Vega Benavides en su interesante libro “Todo lo que las RELACIONES PÚBLICAS pueden hacer por ti… y no lo sabías” (Lima, 2020) dice: “…Para empezar a ampliar nuestro entorno profesional, es preciso definir nuestros objetivos y diseñar un plan para cumplirlas. Es decir, sembrar para cosechar después”. Más adelante agrega: “…Relacionarse no es sinónimo de conocer mucha gente, sino de posicionarse como personas, como profesionales, y mostrar nuestro aporte de valor. Además, son conexiones de mutuo beneficio: el mensaje debe ser expresado por ambas partes. El objetivo de asistir a un evento no es lograr miles de contactos, uno bueno vale más que varios. ¡Menos es más!”. 

Los “contactos” representan un espacio para plasmar puntos de encuentro y, por lo tanto, cumplen una finalidad significativa en las comunicaciones, en las gestiones con la prensa y en las negociaciones con diferentes audiencias. Sin embargo, aconsejo forjarse a partir de desarrollar variadas acciones, coherentes y planeadas, tendientes a ese empeño: agendar eventos gremiales, participar en reuniones encaminadas a conectarnos, exhibir sólida inteligencia interpersonal y poseer respetable presencia en redes sociales como Linkedin. ¿Eso es suficiente? 

A mi parecer, no bastan las actividades indicadas. Es sustancial generar una sensación positiva al momento de crearlos para asegurar un acercamiento en donde la reputación, la transparencia, las habilidades blandas, la conversación, la educación y perfil integral tengan indudable connotación. La bilateral e instantánea observación determinará la “fotografía” que facilite una óptima conexión. En tal sentido, tienen enorme valía la personalidad, el lenguaje corporal, la sonrisa, la mirada, el saludo, la espontaneidad, entre una infinidad de factores percibidos en los iniciales segundos del encuentro. La vibra personal es concluyente. 

Tengamos presente las atinadas palabras del escritor español Federico García Lorca, durante la inauguración de la biblioteca pública de su natal Fuente Vaqueros (Granada), en 1931: “Dime que lees y te diré quién eres”. La cultura es un medio importantísimo y enaltecedor para lograr una favorable imagen e influye, además, en la continuidad del relacionamiento. ¡Piénselo! 

Forjar y extender nuestros “contactos” no constituyen una frivolidad, ni tampoco deben suscitarse expectativas egoístas. Posibilitan conocer personas, realidades y culturas de las más disímiles características. Más allá de un aparente beneficio en el corto plazo, como esperan ansiosamente algunos, son medios de integración, una coincidencia para participar experiencias, puntos destinados a unir esfuerzos y aunar voluntades recíprocas. Obviemos creer que su existencia es exclusiva para asuntos afines a nuestros anhelos. 

Creo pertinente indicar la trascendencia de las aptitudes sociales. Apelo a lo aseverado por Julia Sobrevilla Perea, gerente Corporativo de Asuntos Públicos de Graña y Montero: “Para hacer crecer la red hay que estar presente. Hay que ir. Hay que preguntar, escuchar y conversar. ¡No hay lugar donde no se pueda agrandar la red!”. Para ello, mi estimado lector, se requieren probadas capacidades de intercambio, integración, desenvolvimiento y disfrutar la relación humana. Subsisten incontables individuos carentes de estas cualidades. 

Trabajo en entidades de educativas en las que veo docentes con una larga trayectoria y que, en las celebraciones institucionales, permanecen distanciados, retraídos, excluidos y proyectan una indisimulable ausencia de destreza para integrarse con su núcleo laboral. Igual actuación asumen al coincidir en la sala de profesores o en variadas circunstancias. Este suceso cobra especial notoriedad cuando proviene de catedráticos que, incluso, tienen a su cargo asignaturas en las que las pericias interpersonales adquieren inequívoca eficacia. La habitual y limitante costumbre de recurrir al aislamiento e interactuar solo en determinados círculos es una innegable traba en el engrandecimiento de los “contactos”. Al mismo tiempo, una palmaria afirmación de su aguda orfandad. 

También, me preocupa constatar abundantes jóvenes refugiados en su “zona de confort” y renuentes a forjar nuevos enlaces personales. Únicamente, se sienten seguros al hacerlo mediante redes sociales o cuando comparten con su contorno más íntimo. Empero, al enfrentar escenarios empresariales deberán demostrar un desenvolvimiento seguro, asertivo y fluido. Nada de eso se vislumbra. Mi análisis es desalentador: concurre una inopia lacerante, normalizada y conformista y, al parecer, irreversible. El trato cara a cara es irremplazable. 

Lo descrito me obliga a reiterar el extraordinario alcance de las afamadas pericias sociales y blandas. Éstas favorecen y afianzan la conexión, viabilizan el acercamiento y refuerzan el encuentro entre hombres y mujeres. Su consolidación garantiza la autovaloración, la comprensión, la tolerancia, la empatía, la persuasión, la comunicación y hace realidad empeños vitales: escuchar, departir, preguntar, agradecer, congratular, presentarse y emprender una tertulia o cumplido.  

Un comentario entre paréntesis: lleve un tarjetero con sus tarjetas. Es un gesto distinguido proporcionar la suya cuando se desea continuar el vínculo con quienes alternó. Propongo un diseño y letra coincidente con su estilo; esquive adornos, esbozos y textos recargadas. En lo social la señora dará la suya al señor, para que éste la pueda entregar; en el ámbito laboral el de mayor jerarquía tendrá la iniciativa. Acuérdese: “Tarjeta que se recibe, tarjeta que se retorna”. Jamás fomente su intercambio en una mesa durante el consumo de alimentos; hágalo al concluir la velada. 

Es idóneo fomentar las conexiones. No demanda mucho tiempo, ni mayor costo: implican enviar mensajes, saludos en ciertas efemérides, compartir información y una variedad de actos de amabilidad. Lo pongo en práctica como genuina manifestación de mi pretensión de afianzar el lazo entablado y demostrar un acercamiento ajeno a desenlaces utilitarios. En síntesis, recomiendo enfatizar el valor de los “contactos”. Invoco el reflexivo enunciado de Adam Grant, psicólogo y expositor de la Universidad de Pensilvania (Estados Unidos): “Crear redes no se trata de pescar con una red; se trata de cultivar un ecosistema”.

sábado, 14 de marzo de 2026

¿Extinción del pensamiento crítico?

En reiteradas ocasiones constatamos la carencia de reflexión, análisis, perspicacia y, especialmente, de una respuesta analítica frente a temas y situaciones de la vida cotidiana. Pareciera que integramos, envueltos en el pretexto de los apremios del día a día, una comunidad influenciable, engañada y víctima del “efecto rebaño”. 

¿Qué es el “pensamiento crítico”? Es una destreza encaminada al estudio, observación y sometimiento de un juicio disconforme de las premisas presentadas en un determinado contexto. Significa rechazar aceptar ideas, de manera absoluta e irrefutable, para buscar la sustentación, la lógica y la coherencia tendiente a configurar discernimientos fundamentados, resolver problemas y evitar sesgos. Es una introspección discordante. 

La docencia me posibilita apreciar, con preocupación e indignación, la lacerante dimensión de su orfandad en las nuevas generaciones y una censurable resignación ante esta insuficiencia. Sin ambigüedades los exhorto, en cada jornada académica, a meditar en este aspecto inspirado en el afán de contribuir a despertar la erudición de jóvenes afectados por una sociedad renuente a alentar estas condiciones. 

Aunque mis aseveraciones perturben, incomoden o generen repercusiones, perennemente pregunto a mis alumnos: ¿Creen qué a sus padres, a sus profesores, a sus jefes, a los políticos y los líderes sociales les conviene que, cada uno de ustedes, sean hombres y mujeres censores e inconformes? La contestación es negativa: es arriesgado e impertinente despertar el criterio, la discrepancia y el ingenio intelectual. Por el contrario, se propicia el estancamiento general de manera transversal y sostenible. Cavilar es “peligroso”: estimula la sublevación, la controversia y la autonomía del ser humano. 

Me impacienta constatar una visible renuencia al “pensamiento crítico” al considerar como válidas inferencias, versiones o ideas antojadizas, apartadas de todo cuestionamiento, evaluación y profundización. En tal sentido, de modo concluyente, éste debe insertarse en el sistema educativo. Hemos perdido la aptitud argumentativa y renunciado a descubrir -a partir de utilizar las habilidades pensantes- nuestra propia verdad. Vienen a mi mente las sabías expresiones del poeta español Antonio Machado Ruiz: “Tu verdad, no; la verdad; y ven conmigo a buscarla. La tuya, guárdatela”. 

Sin embargo, recomiendo animar su desarrollo como resultado de superar prejuicios, poner en duda “veracidades” irrefutables, indagar e investigar acerca del asunto sobre el que se desea tener una postura documentada y, además, confrontar las fuentes y dialogar -de forma alturada- con quienes representan puntos de vista opuestos. Conviene aprender a cuestionar supuestos propios y ajenos, analizando inconvenientes y dilemas desde múltiples perspectivas.Se ha desatendido u omitido la autorreflexión tan conveniente al momento de adoptar una posición y tomar resoluciones. Constato que, frente a temas complejos, desde una mirada ética, jurídica, histórica y científica, como la legalización de la marihuana, el aborto, la pena de muerte, el matrimonio igualitario, la eutanasia, entre otros, subsiste un simplismo escalofriante, reprochable y expresivo de la censurable penuria imperante. ¡Lamentable! 

Me parecen ausentes de razonamiento afirmaciones como: “respete mi opinión”, “todo el mundo lo hace”, “se ha normalizado”, “así dicen”, para justificar su exigua seriedad, indagación y sustentación. Al respecto, coincido con la acertada aseveración del filósofo ibérico José Antonio Marina Torres: “…Pero, la respetabilidad de las opiniones depende del contenido de las opiniones. Y puede haber opiniones estúpidas, opiniones blasfemas, opiniones injustas, opiniones racistas. No, no, respete usted mi opinión (me dicen las personas). La respeto o no la respeto. Depende de cómo sea su opinión. Las opiniones deben venir acompañadas, si quieren que las tomemos en serio, de la argumentación de esa opinión”. 

¿Por qué evadimos desarrollar el “pensamiento crítico”? Coexisten motivaciones culturales, influencia familiar y social, insuficiente voluntad e inexistencia de búsqueda de la veracidad. Concurren, reitero, un conformismo penoso y neurálgico. Empero, nos incumbe hacer algo. Tenemos la obligación de impulsar el cambio que abra las puertas a la sublevación de las ideas. ¿Difícil?, probablemente: no imposible. 

Entre otros componentes se nutre de la cultura, la información y de la amplitud de exploración. Es un proceso de examen de lo sucedido a nuestro alrededor. Pero, seamos conscientes: constituimos una comunidad alejada de la sapiencia que, incluso, mira con indiferencia y menosprecio sus extraordinarias virtudes; impera la superficialidad y la candidez. Se respira la inopia sin el menor remordimiento. 

En tal sentido, comparto lo expuesto en mi artículo “Intolerancia e incultura: ¿Una bomba de tiempo?” (2025): “La incultura simboliza la decadencia de la sociedad, limita las posibilidades de evolución, confina interpretar la vida, obstaculiza el crecimiento interior y crea condiciones para la manipulación, motiva frecuentes gestos o actos de imprudencia, entre otros desenlaces. Habitamos un medio en el que ésta prevalece. El ignorante rehúye reconocer sus orfandades y, en consecuencia, asevera lo primero que viene a su mente o lo que dicta su exiguo sentido común”. 

Está en cada ser humano insertar el “pensamiento crítico”. He asumido como un desafío, con firmeza, convicción y especial empeño, este propósito en las aulas de clase. Es engorroso cuando se enfrenta al sistema y al auditorio: ambos asociados en una resistencia por momentos incomprensible, reprochable y sórdida. Finalizo citando, con esperanza y expectativa, las palabras del empresario estadounidense Henry Ford: “Pensar es el trabajo más duro que existe y, probablemente, sea la razón por la que tan pocos se dedican a ello".

sábado, 16 de agosto de 2025

Perú: La ética en la función pública

Al retornar la democracia en el Perú, luego de la caída de la execrable dictadura de la década de 1990, el presidente Alejandro Toledo Manrique (2001-2006) promulgó una importante normatividad, tendiente a establecer mecanismos de ética, transparencia e idoneidad en el Estado, con la loable intención de evitar los innumerables actos acontecidos en la administración de Alberto Fujimori Fujimori. 

En tal virtud, seguidamente comentaré el espíritu y la trascendencia de tres disposiciones de enorme significado: la Ley de Transparencia y Acceso a la Información Pública (Nro. 27806 del 13 de julio de 2002), la Ley del Código de Ética de la Función Pública (Nro. 27815 del 12 de agosto de 2002) y la Ley que Regula la Gestión de Intereses en la Administración Pública (Nro. 28024 del 11 de julio de 2003). 

Esta legislación enmarca el desempeño público en valores, postulados y un sistema de vigilancia y, especialmente, representa un avance específico para lograr que su desempeño, entre otros aspectos, amerite respeto, confianza y credibilidad. Recordemos: la autocracia devastó nuestra precaria institucionalidad e instaló un método de putrefacción de proporciones inéditas en la vida republicana del siglo XX. 

La Ley de Transparencia y Acceso a la Información Pública tiene como finalidad promover la limpieza de las acciones del Estado y regular la prerrogativa a la información. Un aspecto relevante es la creación del “portal de transparencia” en las entidades públicas y, además, precisa los procesos a seguir por el ciudadano interesado en requerir y recibir información gubernamental. 

También, establece y define las excepciones cuando se trata de contenidos secretos, reservados y confidenciales. Especifica la responsabilidad de “crear y mantener registros públicos de manera profesional para que el derecho a la información pueda ejercerse a plenitud”. Es decir, facilita examinar cualquier esfera de gobierno y pedir “sin expresión de causa la información que requiera y a recibirla de cualquier entidad pública, en el plazo legal, con el costo que suponga el pedido” (artículo 2, inciso 5 de la Carta Magna). 

Por su parte, la Ley del Código de Ética de la Función Pública explica los principios, deberes y prohibiciones para los trabajadores del Estado, entendiendo su desempeño como una prestación a la nación. El artículo 4 considera “como servidor público a todo funcionario, servidor o empleado de las entidades de la Administración Pública, en cualquiera de los niveles jerárquicos sea éste nombrado, contratado, designado, de confianza o electo”. 

Expone los preceptos que enmarcan sus labores y prohibiciones. Por lo tanto, reúne una suma de normas regulatorias del comportamiento de estos servidores. Asimismo, quiero enfatizar lo expuesto en el artículo 7, concerniente a los “deberes de la función pública”, al incorporar la neutralidad, la transparencia, la discreción, el ejercicio adecuado del cargo, el uso de los bienes y la responsabilidad. 

Por último, la Ley que Regula la Gestión de Intereses en la Administración Pública fija por “gestión a la comunicación oral o escrita, cualquiera sea el medio que utilice, dirigida por el gestor de intereses a un funcionario de la administración pública, con el propósito de influir en una decisión pública”. De igual forma, enumera las operaciones entendidas como “gestión de intereses” y detalla la “decisión pública” y al “gestor de intereses”. 

Es pertinente anotar que describe a los funcionarios con capacidad de decisión y, especialmente, aclara que éstos “cuando tengan comunicación con los gestores de intereses, deberán dejar constancia del hecho. El procedimiento y la forma para dejar constancia del acto de gestión, así como para la comunicación del mismo registro respectivo”. Una vez más, refuerza la Ley de Transparencia y Acceso a la Información Pública al indicar: “…el proceso de decisión pública es transparente”. 

Sin embargo, persisten ostensibles silencios y contrariedades sobre esta legislación. Se asumen cómo una sombra peligrosa y, por lo tanto, subiste ausente empeño para su cabal aplicación: no concurre real y genuina voluntad política. En síntesis, es espinosa, controvertida, atiborrada de desencuentros e incómoda por promover y facilitar la supervisión de la población. A pesar de los notables avances perduran reticencias. 

La ética deben liderarla los más altos mandos jerárquicos con intención y potestad para impulsar su interiorización, por encima de la exigencia jurídica. Es un instrumento de reputación y expresión de buenas prácticas gubernamentales. Sórdidos intereses impiden este cometido. Coincido con la aseveración del prestigioso intelectual y expresidente de la Comisión de la Verdad y Reconciliación, Salomón Lerner Febres: “La ética en la función pública es un horizonte normativo que no se reduce a la corrupción entendida como aprovechamiento económico del cargo”. 

Soy testigo de la renuencia hacia la ética. Esta aseveración se sustenta en mi experiencia en la presidencia (ad honorem) del Consejo Directivo del Patronato del Parque de Las Leyendas – Felipe Benavides Barreda. Desarrollar su implementación significó librar una ardua batalla interna y externa. Logré imponerla -a pesar de indolencias, intrigas y recelos de los frívolos, pusilánimes e insensibles funcionarios- como factor inherente a mi permanencia en el cargo. Marqué sin ambigüedades un precedente impar del que estoy orgulloso. 

Del mismo modo, creo imperioso analizar su relación en un Estado de Derecho, en el que coexisten componentes de participación institucional y de la sociedad civil inexistentes o neutralizados en un régimen de facto. Es interesante vincular su vigencia y asiduidad en un escenario de libertades políticas y con entidades autónomas capaces de supervisar y sancionar conductas impropias. Sin duda, en libertad persisten visibles estándares de intervención, involucramiento y fiscalización que debemos valorar y consolidar. 

La ética garantiza el correcto mandato de las autoridades a las que hemos delegado la atribución de adoptar decisiones para resolver nuestras demandas sociales: en consecuencia, están forzadas a inspirarse en el bien común. Es una manera de entender el ejercicio de la actividad gubernamental. De otro lado, profesar la ciudadanía activa conmina despojarnos de ese lacerante ánimo indiferente, distante, insolidario y asumir la firme cautela de los asuntos públicos. Soslayemos permanecer impávidos, sumisos y callados frente a la penuria moral. 

Es momento de reconciliar la probidad en los quehaceres estatales. Es una obligación y un clamor impostergable en estos tiempos de pretensiones oscuras, actuaciones tenebrosas, voracidades oportunistas, elocuentes frivolidades, pusilánimes usanzas y exigua integridad. Tengamos en cuenta las sabías palabras del afamado poeta y dramaturgo francés Víctor Hugo: “Entre el gobierno que hace mal y el pueblo que lo consciente, hay cierta solidaridad vergonzosa”.

martes, 29 de julio de 2025

¿Cómo superar la timidez social?

Existen hombres y mujeres retraídos, renuentes para relacionarse y con desmedidos temores cuando deben asistir a encuentros amicales, familiares o empresariales ajenos a su zona de confort. Es decir, les resulta difícil vincularse debido, entre otras consideraciones, a su escasa destreza social y carente autoestima. ¿Qué hacer en estas situaciones? 

Ante todo, reitero el extraordinario alcance de las afamadas habilidades sociales y blandas. Éstas favorecen y afianzan la interacción positiva, posibilitan el acercamiento y refuerzan la conexión humana. Su consolidación garantiza la autovaloración, la comprensión, la tolerancia, la empatía, la persuasión, la comunicación y hace realidad propósitos vitales: escuchar, conversar, preguntar, agradecer, congratular, presentarse y emprender una tertulia o cumplido. 

En tal sentido, presento sugerencias tendientes a superar estos acontecimientos que, al aceptarse como habituales, representan un ineludible obstáculo en el desenvolvimiento y en la creación de conexiones individuales y profesionales. De allí la enorme envergadura de asimilar unos pasos para vencer tan apremiante condición y, por lo tanto, proceder con solvencia y distinción. 

Ahora sí, expongo mis deliberaciones y reflexiones. Primero, llegue puntual a fin de evitar la aparente incomodidad de ser observado por los asistentes y, además, logrará que, conforme arriban, se aproximen para saludarlo. Así soslaya tener la presión de ofrecer el paso inicial. Al saludar es primordial mirar a los ojos, sonreír, dar la mano con seguridad, emitir unas agradables palabras y expresar apertura. 

Segundo, acuérdese del refrán “donde fueres, haz lo que vieres”. Contemple esta aseveración, especialmente, cuando el anfitrión exhibe diferentes tradiciones, costumbres, creencias ancestrales y religiosas. Éstas deben examinarse con detenimiento en un orbe tendiente a interactuar con ciudadanos poseedores de una composición heterogénea. Preste atención e imite lo que se ve a su alrededor, prescindiendo actuar de manera peculiar. 

Tercero, explore acerca de las características de los concurrentes con el afán de estar familiarizado e identificado. Este detalle puede ayudarlo bastante para hacerlo sentir bien y demostrar su integración colectiva. Recuerde: no siempre alternará con seres de similares aspiraciones e inquietudes. Tener solvente potencial de adaptación es una necesidad en los tiempos modernos. 

Cuarto, documéntese sobre variados y palpitantes contenidos políticos, culturales e internacionales para albergar un abanico de asuntos a tratar, en función de rasgos, expectativas y estatus de los participantes. Nunca sabrá si tendrá la inusual sorpresa de encontrar un invitado ilustrado -que rehúya triviales pláticas- capaz de abordar asuntos de profundidad intelectual. La conversación es un indicador de sapiencia y una excelente carta de presentación, escasamente valorada en una sociedad lastimada por la inopia. 

Quinto, acuda con una actitud mental positiva. Imagine las oportunidades a su alcance, los prójimos con los que intimará, los divertidos y enriquecedores instantes que compartirá, la amena charla que tal vez logre sostener y los enlaces de negocios, sentimentales o amicales que le esperan. Vislumbre como un acierto el acto que, en principio, le genera visibles recelos. Propóngase frecuentar una esfera distinta del mundo. 

Sexto, acérquese a departir con los que despierten aptitud abierta, acogedora y de preferencia que le hayan, previamente, presentado. Siempre existen invitados deseosos de alternar. Esquive el temor de propiciar una aproximación: una forma sencilla es referirse a la cercanía con el anfitrión. Es un infalible y simpático punto de partida. 

Séptimo, sea consciente de la transcendencia del lenguaje corporal y los buenos modales. Proyecta un semblante agradable, apropiada vestimenta, cortesía, espontaneidad, renuncie gestos de desconfianza hacia seres de disímiles edades, procedencias y actividades. Muestre interés alejado de prejudicios, complejos o limitaciones. Tenga presente: la etiqueta social irradia elegancia, afirma el temple, genera simpatía y singulariza. 

Octavo, olvídese de su celular por unos momentos. Obvie usarlo para intentar disimular su disminuida disposición de correspondencia interpersonal. En estas épocas es común advertir damas y caballeros -huérfanos para involucrarse con las personas- que apelan a su teléfono móvil como un antídoto. Ese gesto acentúa su ridiculez, impertinencia, precaria educación y, al mismo tiempo, describe su aislamiento y estrechez. Hace inocultable y vergonzosa su exclusión. 

Un comentario entre paréntesis: lleve un tarjetero con sus tarjetas. Será un gesto distinguido proporcionar la suya cuando surge la voluntad de continuar el trato con quienes alternó. Aconsejo un diseño y letra coincidente con su estilo; esquive adornos, esbozos y textos recargadas. En el ámbito social la señora dará la suya al señor, para que éste la pueda entregar. Acuérdese: “tarjeta que se recibe, tarjeta que se retorna”. Jamás fomente su intercambio en una mesa durante el consumo de alimentos. Hágalo al concluir la velada. Al día siguiente escriba un mensaje. 

El desarrollo de nuestros quehaceres exige una activa interacción. Es una forma de alternar amistades, ampliar nuestro entorno, enlazarnos con probables clientes, proveedores, aumentar expectativas laborales, enaltecer nuestra red de contactos, entre un sinfín de beneficios. Si somos incapaces de superar aquellos frecuentes miedos, consecuencia de la ausente solvencia en la personalidad, tendremos una barrera invencible.

Culmino citando las convenientes palabras del periodista y antropólogo peruano Jaime de Althaus, expuestas en el fascinante libro “Todo lo que las RELACIONES PÚBLICAS pueden hacer de ti…y no lo sabías” (Lima, 2020) de Úrsula Vega Benavides: “…Tener que acercarse a alguien que no conoces bien o, incluso, que no te cae bien es, para mí, por lo menos, difícil. Un verdadero esfuerzo. Pero que, finalmente, produce resultados constructivos: enriquece tu visión de las cosas y tu capacidad de comunicación con otros seres. Contra lo que mucha gente opina, el mercado al final te hace más humano. Consolida la sociedad. La hace”.

viernes, 4 de julio de 2025

¿Cinco pilares del desarrollo personal?

Durante los últimos tiempos he reflexionado acerca de aquellos componentes que, de forma concluyente, concurren en el progreso integral personal. Coincidiendo con mi reciente disertación titulada “Tu historia no te define, tus decisiones sí”, en un evento virtual de la Cámara Mundial de Conferencistas, Expositores y Oradores (CMCEO), quiero resaltar su indudable valor y cabal aplicación.

Seguramente coincidiremos en que todos anhelamos un crecimiento sustantivo y cualitativo, por encima de títulos y grados, ubicaciones jerárquicas y solvente remuneración. Sin embargo, estimo conveniente explicar cinco elementos que, desde mi perspectiva, enriquecen el mundo interior, afirman la creación humana y optimizar la convivencia social.

Las habilidades blandas.- A diferencia de los conocimientos técnicos o “habilidades duras” son rasgos de la personalidad, para actuar de manera eficaz, que combinan atributos encaminados a escuchar, dialogar, estimular, delegar, analizar, juzgar y fomentar acuerdos. Engloban facultades transversales e incluyen el pensamiento censor. Con frecuencia se confunde, desconoce o minimiza su alcance y magnitud. Asuntos como: autoestima, empatía, inteligencia emocional, temperamento, asertividad, tolerancia, son los más visibles.

Estas destrezas tienen un impacto determinante en las responsabilidades laborales y en cualquier actividad o rol emprendido. Su aplicación, sin ambigüedades, se verá plasmada en: lazos interpersonales, procesos de negociación, trabajo en equipo, resolución de conflictos, comportamiento con la pareja e hijos, etc. Está presente en cada una de nuestras acciones.

Las habilidades sociales.- Son las capacidades para actuar de modo efectivo y adecuado. Favorecen la interacción positiva, hacen posible el acercamiento, la comprensión y el afianzamiento de las vinculaciones entre los individuos. Su consolidación refuerza la autovaloración, la comunicación y facilita hacer realidad objetivos vitales.

Existen las “habilidades sociales básicas”: escuchar, iniciar una conversación, formular una pregunta, agradecer, saludar y presentarse, hacer un comentario o cumplido. También, las “habilidades sociales secundarias”: asertividad, persuasión, escucha, aptitud para transmitir sentimientos, pericia para definir problemas y soluciones. Estimo importante acotar acerca de la probabilidad de visualizar su utilidad en diversos contextos y, por lo tanto, su importancia se aprecia en cada escenario en el que interactuamos. Advierto con asiduidad una situación referida a profesionales, con altos escalones académicos, incompetentes para establecer una mínima plática debido a sus escasas “habilidades sociales”, inseguridad e incultura.

Percibo una acentuada resignación sobre la habitual carestía, altamente limitante, de estas condiciones. Personas de variadas ocupaciones laborales que, por sus quehaceres requieren un horizonte pródigo de estas cualidades, son renuentes a saludar, mostrar afables gestos, estimular una charla -por estar arropadas en su reducido y marginal círculo- e incapaces de integrarse socialmente al situarse sobreprotegidas en su zona de confort.

La vocación.-  Es la huella de nuestro paso por este mundo; es aquel propósito que nos inspira volcar nuestros talentos, competencias, aspiraciones e ideales. Optar cada individuo la suya debiera constituir una prioridad en concordancia con sus empeños y expectativas. Se va forjando desde la infancia de manera inconsciente y gradual. Soslayemos creer, como suele deducirse, que aparece en una coyuntura específica. Probablemente la revelamos en la juventud y adultez.

Esquivemos confundirla con la obtención de planes de mediano y largo plazo. Por ejemplo, erigir su propio negocio, acceder a cierto escalafón en la organización, extender los servicios o productos de su empresa, viajar por diversos sitios del mundo, entre otros. Un factor perturbador está enlazado a la injerencia de los padres deseosos de imponer la que ostentan o hubieran codiciado ejercer. A través de sus descendientes procuran cristalizar pretensiones frustradas o continuar las emprendidas. Definirla será el punto de partida para lograr nuestra felicidad.

Los valores.- Asientan un punto obligado de aprendizaje e interiorización para salir de tan punzante crisis moral. Son adquiridos durante nuestra vida por influencia del sistema educativo y el entorno. Según como fueron recibidos pueden ser estables y permanentes en el tiempo. A determinada edad definimos los que regirán nuestros actos. Representan una especie de “hoja de ruta” por donde debemos orientar nuestra conducta.

Al aplicarlos se transforman en un hábito y, consecuentemente, en una virtud. Evitemos compararlos con una “camisa de fuerza” que impide el pleno y libre desenvolvimiento. Todo lo contrario: guían nuestro cometido dentro de un conjunto de parámetros de trato con la comunidad en la que interactuamos. Del mismo modo, son principios rectores en la toma de decisiones.

La cultura.- Ofrece la condición de convertirnos en seres racionales, críticos y solventes en términos éticos. Viabiliza discernir, efectuar juicios críticos, induce la argumentación, alienta tomar conciencia de la realidad, estimula las emociones y la sensibilidad. Brinda la oportunidad de “bucear” en la intuición interior; es un medio de superación incuestionable. Sugiero insertar esta noble tarea, con particular énfasis, en las nuevas generaciones tan requeridas de emigrar de la lacerante ignorancia en la que están inmersos.

La solvencia cultural es un indicador de sapiencia, crecimiento y evolución. Es conveniente acercarnos a la lectura, la historia, el arte, la música y a entretenidos géneros literarios para desplegar ilustradas tertulias, estimular la imaginación, aumentar el vocabulario, explayar la sensibilidad y acentuar la identidad. Somos una comunidad que percibe la erudición como lejana y elitista y, por lo tanto, evitamos entender su verídica connotación. Es un conjunto excelso de portentosas experiencias significativas de añadir en nuestro cometido cotidiano.

He querido presentar mis apreciaciones sobre factores que, de tomarse en cuenta, podrían propiciar enfrentar con eficaces herramientas las innumerables vicisitudes que nos depara el destino. Si analizamos las implicancias de las variables descritas coincidamos en su inmensa repercusión e interacción en el bienestar humano y su ascendencia contra la agobiante infelicidad que, aceptémoslo, es inherente a nuestra existencia.

Nuestro paso por la vida debe dejarse llevar por la ilusión de lograr que nuestra dimensión interior esté expresada, sin ambigüedades, a través de los múltiples quehaceres emprendidos. En tal sentido, requerimos una solvente formación reservada a alimentar cada obra en la esfera externa. El “desarrollo personal” involucra (también) un sentimiento, un compromiso, una misión y una genuina entrega con el entorno social.

La vida, su vida, mi vida encarnan una magna posibilidad para esparcir sin desvelo semillas, sueños y lecciones que, especialmente, ofrezca un renacer de expectativas para los hombres y mujeres venideros. Cada uno de nosotros posee un potencial para echar las bases de un mañana esperanzador en su espacio familiar, gremial, comunitario, institucional, etc. Tenemos la exigencia ética de convertirnos en artífices de las transformaciones que demanda una sociedad sucumbida por la desidia, la actitud oblicua, la inconsecuencia y la ausencia de principios.

Culmino evocando las pertinentes palabras del egregio y recordado escritor portugués José de Sousa Saramago (1922-2010) y Premio Nobel de Literatura (1998), cuya fastuosa creación estuvo enfocada a la aguda visión del hombre y el mundo contemporáneo: “Estamos destruyendo el planeta y el egoísmo de cada generación no se molesta en preguntar cómo van a vivir los que vienen después. Lo único que importa es el tiempo de hoy. Esto es lo que yo llamo la razón de la ceguera”.

lunes, 7 de abril de 2025

La mesa, revelador espejo personal

En anteriores artículos me he referido con prolijidad a la interesante, compleja, vigente y, para algunos, temida cuestión del comportamiento al consumir alimentos en la mesa. Como es obvio son incontables las sugerencias y pautas de urbanidad, de fácil repaso, en estas circunstancias. 

Tradicionalmente es un espacio de encuentro, afinidad, negociación y celebración de sucesos de enorme trascendencia en la historia de la humanidad. Tan solo evoquemos la afamada obra “La última cena” del genial Leonardo da Vinci -realizada entre 1495 y 1498- que permanece en la pared sobre la que se pintó en el Convento de Santa María delle Grazie (Milán, Italia) o la “Mesa Redonda” del rey Arturo, conocido como “Arturo de Bretaña”, un renombrado personaje de la literatura europea que se reunía con caballeros para discutir contenidos concluyentes del reino. 

Es un lugar vinculado a nuestra biografía del que atesoramos un sinfín de vivencias. Desde una conmemoración de cumpleaños, aniversario de bodas, cenas navideñas, enriquecedoras conversaciones, anécdotas, risas, declaraciones amorosas, momentos amicales y de intimidad familiar. 

Antes de empezar, reitero un comentario: declinemos concebir la etiqueta social desde una óptica elitista, frívola y efímera. En tal sentido, ésta propone orientaciones encaminadas a hacer agradable e impecable una velada. Está conexa con las destrezas sociales y blandas, la sapiencia, la formación y los valores; aspectos eludidos de recalcar por abundantes instructoras con una empecinada visión limitada de esta temática.

Es indudable que nuestro proceder es importante e incluso determinante en la percepción de nuestra imagen. No obstante, evadiré circunscribirme únicamente a la etiqueta en la mesa. En esta ocasión mi intención es más ambiciosa y vasta: intento subrayar lo que inconscientemente mostramos en estos acaecimientos. 

Desde mi perspectiva, exteriorizamos conspicuos detalles de la personalidad. Es decir, permite prestar atención y percatarnos de rasgos que, en otros intervalos, son factibles de ocultar o disimular. Cuando más reducida es la congregación de comensales, más se advertirá nuestra actuación. Ahora entiendo, con mayor profundidad, el pánico de ciertas personas -de múltiples edades, quehaceres y procedencias- en estas situaciones. Seguidamente, mis reflexiones. 

Primero, las “habilidades sociales” son puestas en evidencia con notable énfasis. Es una genial oportunidad para conocer prójimos, compartir instantes de deleite, afianzar lazos particulares o profesionales, departir de asuntos ajenos a los propios, extender nuestra red de contactos, interactuar con quienes provienen de distintas actividades, regiones, etc. Sin embargo, observo en hombres y mujeres un palmario y asiduo miedo a desconectarse de su “zona de confort” para desenvolverse con solvencia. Con angustia necesitan apelar a una suerte de “paraguas” de protección para socializar y disimular su exigua idoneidad interpersonal. 

Ilimitadas damas suelen “guardar sitio” al apostar sus carteras en las sillas colindantes. Recuerde: no se sientan juntas una pareja, dos damas, dos varones, dos sujetos enemistados o que no hablan el mismo idioma. Esa pegajosa y reprochable rutina de crear infalibles grupos restringe el acercamiento entre los participantes y visibiliza inseguridad. Si están colocados letreros con los nombres de los concurrentes, esquive la impertinencia de cambiarlos para coincidir con el individuo de su preferencia. El anfitrión es el único autorizado a disponer las ubicaciones de sus invitados. 

Segundo, las “habilidades blandas” también se expresan cuando experimentados instantes de incomodidad, tensión o discrepancia con los asistentes o encargados del servicio. Presto especial atención a quienes soslayan apartar la mirada de su plato de comida y divisar a los presentes, así como manifestaciones de disminuida autoestima, recelo, incomodidad, rigidez, intolerancia o escasa inteligencia emocional: representa un descriptivo “termómetro” o “test psicológico”. 

Tercero, la “cultura” se pondrá al descubierto en la calidad de la tertulia. Una seductora e ilustrativa proviene de los que ostentan elevado perfil intelectual y, además, pericia y holgura para adaptarse al entorno. Es un elemento explícito de los atributos de cada ser humano. Ello es infrecuente cuando predominan, como sucede en estos tiempos, recurrentes y exiguas charlas domésticas, mundanas, huérfanas de sapiencia, desagradables, indiscretas y desacertadas. Viene a mi mente el atinado título del discurso del ilustre dramaturgo español Federico García Lorca “Dime qué lees y te diré quién eres” (1931), pronunciado en la inauguración de una biblioteca pública en su natal Fuente Vaqueros (Granada, España). 

Cuarto, la “educación” será otro componente a traslucir y, especialmente, los excelsos modales deben exhibirse con naturalidad, espontaneidad y afabilidad como un estilo de vida, con la intención de lograr una sana y apacible convivencia. La finesa se manifiesta, cuando es auténtica, con serenidad, sencillez y sin alardes o exageraciones, sin prescindencia de la confianza, afinidad o informalidad imperante. Es imposible un desenvolvimiento correcto a partir de estados anímicos, intereses o coyunturas. 

Quinto, valores como la “generosidad” y la “gratitud”. La capacidad para superar un incidente, la afabilidad en el agradecimiento, el lenguaje corporal y el tono de voz denotan estos sólidos principios. Al mismo tiempo, la puntualidad retrata su organización y disciplina; la pulcritud y vestimenta proyecta su esmero y elegancia; la cantidad de comida que se sirve de la fuente comunica su empatía o egoísmo; el plato y licor apetecido describe sus gustos; el modo de comer dirá de su crianza; la propina grafica su bondad; el halago al anfitrión indica su reconocimiento. No lo olvide: nuestros actos son una “carta de presentación”. 

En síntesis, es una esfera de la que nadie está ajeno y que coadyuva a descubrirnos. Sería aconsejable trabajar lo comentado, con exhaustividad y espíritu introspectivo, a fin de valorar sus posibles impactos y, por lo tanto, aprovechar cada acontecimiento para revelar nuestra identidad con firmeza, autenticidad y convicción. Tenga presente la pertinente aseveración de la memorable actriz mexicana Dolores del Río: “Cuida tu belleza espiritual interna. Eso se reflejará en tu cara”.