Conversar con fluidez, persuasión, claridad,
énfasis y por añadidura acompañar un correcto y coherente lenguaje corporal
conlleva mejores oportunidades y niveles de realización. Es un elemento
inherente en el crecimiento y la prosperidad laboral. Tengamos presente:
la “comunicación” refleja, en gran medida, la dimensión de la personalidad.
Al dialogar somos situados en una “vitrina” que trasluce factores determinantes como la autoestima, el carácter, la empatía, etc. Con reincidencia observo profesionales que desdibujan sus legítimos méritos. Es decir, compruebo un evidente antagonismo entre sus ostentosos grados académicos y sus carestías en asuntos como la educación, la cultura, las destrezas blandas, el vocabulario, el énfasis, la dicción, el volumen y tono de la voz, entre otros. Esto confirma el deterioro de la ascendencia personal.
La “comunicación” alimenta los sistemas sociales, facilita la integración, modifica la conducta, hace grata y productiva la relación interpersonal, ayuda a la excelente comprensión y, especialmente, convierte en fluida y positiva la coexistencia. Todos estamos activamente comunicando, más allá de las palabras: lo hacemos mediante la mirada, los gestos, la expresión del cuerpo, la disposición emocional, entre otros componentes. Forma parte del desenvolvimiento del que nadie está ajeno.
Sugiero exhibir condiciones comunicativas asertiva. Éstas revelan confianza en sí mismo, aplomo, vitalidad, seguridad, eficiencia y permite exteriorizar sentimientos, dar y recibir retroalimentación. Se debe moldear a lo largo de la formación del ser humano y, al mismo tiempo, está conexa con la autovaloración. Adquiere primordial valía en el espacio empresarial: un encuentro de negocios, la exposición de un proyecto, una entrevista de trabajo, el trato con el público, entre un sinfín de circunstancias, demanda acreditadas facultades que, en los momentos actuales, se tienden a extinguir.
La gente asertiva se siente libre para manifestarse, pueden departir con semejantes de todos los niveles, procedencias o características de manera abierta, directa, franca y adecuada, actúan con respeto, comprenden que no siempre se gana, aceptan sus limitaciones, admiten o rechazan a los sujetos con delicadeza, mantienen contacto visual y buscan una reciprocidad sincera.
Comparto lo expuesto por el actor y consultor peruano Jaime Lértora Carrera en su magnífico artículo Pronuncie todas las silabas (2026): “…Sucede que la comunicación, oral o escrita, no consiste solo en hacerse entender a duras penas. También hay un tema de limpieza, de corrección, pues las palabras, cuando son mal pronunciadas, ensucian el mensaje, lo llenan de ruido. La persona que pronuncia mal está comunicando descuido, dejadez, falta de interés por su interlocutor”. Más adelante, agrega: “…Recordemos que las palabras están formadas por sílabas, y también que cada una de ellas tienen una particular pronunciación. Por lo tanto, pronunciar correctamente una palabra obliga a pronunciar correctamente cada una de las sílabas que la conforman”.
En tal sentido, en los tiempos presentes debemos enfrentar enormes y reiteradas deficiencias. En ocasiones coincidimos con quienes suelen charlar muy bajito como resultado de algunas de las siguientes razones: timidez, miedo, ausencia de seguridad, escasa autoestima, incapacidad para graduar la magnitud de voz y el deseo de pasar inadvertidos en sus intervenciones. Es una lacerante barrera -extendida con asiduidad- que emite una defectuosa imagen integral y devela inexorables precariedades.
La actriz y locutora venezolana Sofía Narváez en su interesante nota ¿Qué significa cuando alguien habla siempre muy bajito, según la psicología? (2025) dice: “…Hablar en voz baja también puede reflejar una falta de confianza en uno mismo. Las personas con baja autoestima a menudo se sienten inseguras al expresar sus opiniones, lo que las lleva a usar un tono suave para no llamar la atención. Este comportamiento es una manifestación de su creencia de que sus palabras no tienen peso suficiente para ser escuchadas”.
Aconsejo considerar el impacto de las habilidades blandas. Éstas cumplen especial protagonismo en la selección de personal y, además, se pueden visibilizar en la “comunicación”. Penosamente ilimitados hombres y mujeres desdeñan sus extraordinarias implicancias sin percatarse de su estrecha trascendencia en el contexto corporativo. La demanda laboral cada vez exige, con mayor intensidad, profesionales solventes en estas cualidades.
Otro asunto imposible de pasar inadvertido es la cultura: enriquece la “comunicación” al convertirnos en seres racionales, perspicaces en términos éticos y posibilita engrandecer el contenido con episodios históricos, anécdotas, citas célebres, remembranzas y afines. Viabiliza discernir, efectuar juicios pensantes, induce la argumentación, alienta tomar conciencia de la realidad, estimula las emociones y la sensibilidad. Brinda la oportunidad de impulsar la intuición interior y fortalece la calidad de la palabra.
Me preocupa comprobar la limitada, deficiente y exigua capacidad de los jóvenes que, en pocos años, ingresarán al mercado de trabajo y, además, sus mínimas destrezas blandas e innegable incultura. Mi desasosiego se acentúa al comprobar su conformismo o las absurdas justificaciones ante una desagradable realidad con irrefutables repercusiones en su porvenir. El sometimiento paralizante al celular, la renuncia al diálogo como vía de interacción, diminutas pericias blandas, insignificante autoconfianza, un entorno altamente limitante en prácticas sociales y, por último, manifiesto déficit de voluntad para encarar esta realidad, son los más saltantes rasgos de este angustiante diagnóstico.
La “comunicación” es adquirida e interiorizada desde la infancia. Recuerde: hablar está alejado de ser un buen comunicador. Innumerables individuos subestiman este aspecto y rehúyen admitir que ejercer el lenguaje oral no garantizar la transmisión adecuada del mensaje. Es lamentable percibir en la sociedad -en la juventud en particular- un irrebatible rechazo para aceptar estas carencias y una impropia actitud defensiva, reflejo de la penuria autocrítica y elevada inopia.
Su meritoria utilización constituirá una favorable ventaja comparativa que enaltece su figura, afirma su liderazgo y marca la diferencia. Genera atracción y recordación sobre quien la cultiva. Sin duda contribuye al encumbramiento y realce en el contorno organizacional. Piense con ánimo crítico en la sabía aseveración del escritor y poeta estadounidense Ralph Waldo Emerson: “El habla es poder: el habla sirve para persuadir, para convertir, para obligar”.
