viernes, 16 de enero de 2015

Tres décadas esparciendo semillas

El domingo 13 de enero de 1985 se publicó, en el suplemento del diario HOY, mi artículo intitulado “Saqueo en Paracas”. Era mi primera colaboración para un medio de circulación masivo. Recuerdo aún los aprietos que enfrenté, durante varias semanas, para elaborar este escrito y, de la misma manera, permanece en la retina de mis gratas remembranzas mi inmensa emoción al ver mi nombre en el periódico. 

Allí describí con amplitud los luctuosos entretelones que vulneraban la intangibilidad de la Reserva Nacional de Paracas, un escenario importante y sensible de nuestra franja costera, amenazado por la desmedida explotación de la concha de abanico. Una incalificable acción promovida ilegalmente -y con la abierta intención de favorecer a determinados grupos económicos- por los funcionarios del gobierno de la época. 

Unos meses antes había conocido a Felipe Benavides Barreda -el más renombrado y fogoso conservacionista peruano del siglo XX- cuyas acciones en defensa de esta representativa área natural protegida despertó mi identificación con los asuntos ambientales: una causa colectiva que asumí, a temprana edad, con perseverante empeño, altruismo e idealismo. 

De esta forma, incursioné en la actividad que mayor regocijo y realización me ocasiona. Significó el punto de partida de una ininterrumpida vocación en el ejercicio del periodismo de opinión que durante muchos años estuvo dedicada, con énfasis y exclusividad, al tratamiento de múltiples dilemas ecológicos. 

Una de las aseveraciones expuesta en ese texto y que, no obstante, el tiempo transcurrido, sigue teniendo plena vigencia decía: “Esta reserva es sólo un ejemplo, aunque el más vergonzoso y grave, de la destrucción generalizada de la ecología y el medio ambiente en nuestro país. Por si fuera poco, las autoridades no han mostrado el más mínimo interés en la protección del medio ambiente que nos rodea y nos sustenta”. 

Han pasado 30 años y, a pesar de lo que pudiera suponerse, lo dicho en reiterados editoriales refleja una problemática sobre la que todavía tenemos incontables argumentos que exponer a fin de generar espacios de análisis acerca de tan complicados conflictos medioambientales que, además, conllevan una incidencia en el factor humano, inherente en las naciones del tercer mundo. 

Arrojar semillas, sembrar inquietudes, aportar soluciones, motivar un cambio de actitud, incentivar debates, denunciar actuaciones sórdidas, llamar la atención sobre hechos lesivos, promover la difusión de valores, afirmar convicciones y dar a conocer mis antojadizos y subjetivos puntos de vista, han sido las inexcusables motivaciones para continuar -desde diversas tribunas cuyas puertas se han abierto- en esta tarea que me brinda la posibilidad de observar con ánimo censor sucesos de nuestra enrevesada realidad nacional.  

Habitar un país variopinto, multiétnico, convulsionado, atiborrado de singularidades y con una inocultable ausencia de cultura general, constituyen elementos estimulantes para echar simientes. Por esta razón, siempre vienen a mi memoria las palabras del genial intelectual José de Sousa Saramago: “Yo no escribo por amor, sino por desasosiego; escribo porque no me gusta el mundo donde estoy viviendo”. 

Es una manifestación de disconformidad y sublevación frente a una comunidad lacerada por la indiferencia, la apatía, la mediocridad, el egoísmo transformado en un estilo de subsistencia, la falta de pertenencia colectiva, la escasa o nula habilidad crítica y, en consecuencia, una acentuada incapacidad para cuestionar comportamientos que bloquean nuestra cohesión social. 

Esta aptitud llena mi supervivencia y me hace sentir apto para ofrecer mi modesta entrega al bien común. Escribo para compartir con quienes integran mi cercano entorno. Es una expresión simbólica e inconsciente de mis afectos. Como pocas veces coincido con las declaraciones del inmortal literato Gabriel García Márquez: “Yo escribo para que mis amigos me quieran más”. 

Es un modo de descubrir la vida y enriquecer mi espíritu. Constituye un modo de seguir creyendo en la posibilidad que, más temprano que tarde, estas contribuciones sensibilicen, conmuevan y despierten ilusiones. Mis alumnos integran un fantástico e inagotable caudal de inquietudes. Me complace sobremanera hacerlos partícipes de mis artículos. 

Cada apunte, presentado con elevada dosis de agudeza, ironía y profundidad, es el resultado de lecturas, vacilaciones, deliberaciones y, especialmente, de mis deseos de ofrecer conocimientos, impulsar pensamientos y reorientar conductas. Los acontecimientos cotidianos son un océano riquísimo de trabajo e inspiración. 

En los últimos tiempos he orientado mi creatividad hacia originales temas: etiqueta social, protocolo, ética profesional, atención al cliente, reflexión, autoayuda, cultura y la semblanza de personajes que despiertan mi admiración. Pretendo que cada escrito sea mejor que el anterior, pero no superior al que todavía tengo en mente preparar. Así renuevo mis entusiasmos y me comprometo con mis obsesionadas pretensiones perfeccionistas. 

Estas líneas serían inconclusas si omitiera agradecer a quienes durante tantos años me han asistido y alentado -con desprendimiento y afán aleccionador- con sus correcciones, comentarios y precisas orientaciones: Hernán Zegarra Obando -a quien accedí gracias a la amable gestión de mi amigo y compañero de estudios Renato Neyra Bravo-  añorado, punzante y serio periodista que acogió mi primer artículo, le dio forma y facilitó mi acceso a las páginas editoriales; mis recordados mentores Felipe Benavides Barreda y Augusto Dammert León, con quienes compartí, desde muy joven, mi acercamiento a la conservación del patrimonio natural y, por último, un efusivo reconocimiento a mi noble e incondicional amiga, la periodista Denis Merino Perea, cuyo rol es determinante, oportuno y generoso: tiene la paciencia de auxiliarme en la selección de los títulos adecuados para mis notas.

Estas aspiraciones me acompañarán invariablemente y ratifican mi analogía con ese Perú -como aseveró el notable indigenista José María Arguedas: “hermoso, cruel y dulce, y tan lleno de significado y de promesa ilimitada”- con el que todos tenemos el imperativo moral de coadyuvar a cambiar, desde sus más profundas raíces, con la finalidad de forjar un lugar en donde aprendamos a convivir y vislumbrar con esperanza nuestro porvenir y, por lo tanto, el destino de sus hombres y mujeres.


miércoles, 7 de enero de 2015

El mudo protocolo de Luis Castañeda Lossio

Hace unos días se efectuó la juramentación del recientemente electo alcalde capitalino y de su cuerpo edilicio. El escenario escogido fue el imponente y tradicional Teatro Municipal de Lima, cuya impecable remodelación realza este fastuoso monumento histórico y cultural de la ciudad.

Sin embargo, el ceremonial no guardó coherencia con la majestad de este lugar. Desde mi punto de vista, como primer acto de su gestión, Luis Castañeda Lossio debiera prescindir del personal encargado de la organización y puesta en marcha de tan deficiente y deslucido evento.

Mientras miraba la televisión anoté un listado de carencias para comentar con espíritu constructivo. Ante todo deseo indicar que el protocolo está lejos de ser un conjunto de disposiciones rígidas e inflexiones. Es una disciplina destinada a estipular las formas bajo las que se realiza una actividad humana importante. Son patrones para desarrollar un certamen específico y se diferencian de las normas jurídicas porque su mal uso no significa el incumplimiento de un deber formal y sancionable.

Una primera negligencia consistió en la entonación de la “Marcha de Banderas” para recibir al líder de Solidaridad Nacional. Por disposición oficial, vigente desde el primer mandato de Augusto B. Leguía, ésta sólo se emplea para rendir honores al jefe de estado peruano y dignatarios extranjeros y, además, para izar y arriar el pabellón nacional. Es una creación musical del maestro José Sabas Libornio Ibarra (1895) –quien se desempeñó como director de la banda de músicos del Ejército Peruano- en el gobierno de Nicolás de Piérola. La letra es autoría del hermano Ludovico María, director del colegio La Salle de Lima.

Asimismo, las medidas de seguridad fueron insuficientes. Antes de iniciarse el acto, un señor, que dijo ser paisano del burgomaestre, quiso recitar un poema y logró aproximarse hasta las escaleras del escenario. Con gesto afable el alcalde se acercó a saludarlo y, finalmente, el desconocido caballero se acercó al presidente de la república y al cardenal de Lima. ¿Qué hubiera pasado si esta persona era un agresor?

Pero, sigamos con los pormenores que ameritan esta nota. En las juramentaciones se exhibieron innumerables descuidos: la ubicación de la teniente alcaldesa, la visible descoordinación para la colocación de la medalla y la entrega del varayoc y, por cierto, cada uno lo hizo a su gusto. Algunos de rodillas, otros de pie, con el puño el alto, con el saco desabotonado y por el pueblo, por la ley pulpín, por los jóvenes, por la memoria de sus padres, etc. Incluso una emocionada y despistada militante del Partido Aprista Peruano imaginó que estaba en el mitin por el “Día de la Fraternidad” y extrajo su pañuelo blanco para saludar a la concurrencia.

Mención aparte merece la ausencia de respeto de los asistentes que actuaron como “barra brava” al pifiar a los concejales de Dialogo Vecinal en una evidente demostración de intolerancia democrática. El más abucheado fue Augusto Rey Hernández de Agüero quien se olvidó dar la mano al presidente de la república y al cardenal. Sin embargo, tuvo la actitud caballerosa de excusarse por las redes sociales: “Lamento no haber saludado a invitados en mesa principal de juramentación. Error inducido por pifias de solidarios. Mis disculpas”.

También, contenían omisiones los textos leídos al juramentar los no creyentes. Se retiró el crucifijo, pero se evadió cambiar el tenor que dice: “Si así lo hicieres, que Dios y la patria os premie”. Cuando se juramenta a un ciudadano agnóstico o integrante de otra religión debe redactarse un mensaje que rehúya mencionar a Dios y los santos evangelios.

La disertación de Luis Castañeda Lossio se caracterizó por su desorganización, incoherencia, euforia, carencia de estructura y, además, por los innumerables aplausos de sus partidarios en una manifiesta falta de sobriedad. Expuso un listado aislado de futuras obras e hizo referencia a los alcaldes distritales con los que ha ejecutado trabajos coordinados y hasta pidió a uno de ellos ponerse de pie. Parecía una alocución de cierre de campaña electoral. Soslayó aludir vocablos como: honestidad, honradez, honorabilidad, lealtad, transparencia, austeridad y decencia.

Por último, la “cereza en el pastel” provino del dirigente máximo del Partido Nacionalista. Se le percibió incómodo al lado de Juan Luis Cipriani con quien, por cierto, mantiene distante trato a pesar de su vecindad en la Plaza de Armas. Esquivó mirar al primado de la Iglesia Católica al momento de mencionarlo. Señal inconsciente de mortificación e inelegancia.

Nuevamente, habría que recordarle al primer mandatario que él personifica a la nación. En tal sentido, debe considerar las indicaciones establecidas en el protocolo del estado. La solemnidad que distingue y enaltece a un representante de su alta jerarquía siempre es obviada por un ocurrente y desatinado Ollanta Humala. Se dirigió al nuevo inquilino de la Municipalidad de Lima diciéndole: “Lucho”.

Invoco al residente de Palacio de Gobierno a documentarse acerca de las pautas que enmarcan su actuación y aceptar las orientaciones de la Dirección General de Protocolo y Ceremonial del Estado del Ministerio de Relaciones Exteriores. Reitero, por lo tanto, lo expresado en mi nota intitulada “Protocolo y estilo de presidente Humala” (2012): “Del mismo modo, es palpable la ausencia de preparación de presidente Humala Tasso en sus presentaciones. Sería recomendable que se organice, redacte el esquema de sus discursos, reúna información a fin de enriquecer sus intervenciones y así sus mensajes tendrán un contenido fructífero. Su participación siempre es esperada con expectativa y, en consecuencia, debe trascender. Sugiero grabar sus ponencias, incrementar su cultura general, evaluar su desenvolvimiento y evitar el uso continuo de muletillas que obstruyen la fluidez de sus disertaciones”.

La periodista Milagros Leiva en su cuenta en twitter aseveró: “Castañeda ha roto los protocolos en su juramentación. Ojalá rompa su tradición pasada y no gobierne con lunas poralizadas. Sí a la prensa!!!”. Anhelamos que las venideras presentaciones de nuestra autoridad metropolitana se definan por su ponderación, originalidad y congruencia. Le otorgará indudable realce y prestancia.

viernes, 26 de diciembre de 2014

¿Somos solidarios los peruanos?

Coincidiendo con las celebraciones de la Natividad surgen espontáneas e inusitadas manifestaciones de solidaridad en compañías, familias y gente en general. Se respiran tiempos de súbita aproximación al drama ajeno traslucido en incontables gestos de suponer bien intencionados.

Pareciera que, únicamente, en vísperas de esta efeméride cristiana estamos inmersos en variadas emociones. Para empezar, creo pertinente incidir que no es lo mismo “solidaridad” y “caridad”. En ocasiones se confunde el alcance de ambos conceptos. Una obra caritativa no precisamente define un comportamiento solidario.

El diccionario de la Real Académica Española especifica la solidaridad así: “Adhesión circunstancial a la causa o a la empresa de otros”. Considerando esta descripción me preguntó: ¿Es la solidaridad una virtud en nuestra sociedad? A mi parecer, estamos lejos de lograr su interiorización. No obstante, acreditan lo inverso los genuinos lazos que caracterizaron a los antiguos pobladores del Imperio de los Incas: sus organizadas funciones comunitarias, los principios que sustentaron sus quehaceres y, además, un sólido vínculo cooperativo reflejado en su estructura social.

Desde mi punto de vista, este valor está conectado con la empatía. Un sujeto empático tiende a exteriorizar determinadas impresiones y, por lo tanto, rasgos solidarios. Recordemos que ésta consiste en entender los pensamientos e inquietudes ajenas y de ponerse en su lugar. No es preciso pasar iguales experiencias para interpretar mejor a quienes nos rodean.

La solidaridad humaniza al individuo y lo enlaza con su hábitat. Nos corresponde fomentarla a fin de persuadir sobre la importancia de esta cualidad que vincula, hermana y cohesiona a los hombres y mujeres. Asimismo, acrecienta la autoestima. Cuando brindamos colaboración a otros, nos sentimos útiles y fortalecemos nuestra autovaloración, experimentamos satisfacción e incrementamos nuestra sensibilidad. Facilita ampliar nuestro conocimiento acerca de la compleja composición de un país invertebrado, marcado por enormes desigualdades y abismos estructurales.

Amable lector: tengo algunas dudas que deseo compartir con usted. Es favorable la presencia de organizaciones no gubernamentales que hacen una efectiva y sostenida faena solidaria en nuestra capital. Se percibe una respuesta institucional que ofrece su magnánima cooperación con el prójimo. Vemos una mayor toma de conciencia entre los jóvenes que efectúan altruismo y comparten experiencias que coadyuvarán en su crecimiento e identificación con su medio.

Por el contrario, la solidaridad individual no está reflejada en igual dimensión. Existen personas afiliados a entidades que cumplen labores comunitarias; sin embargo, no imitan esas prácticas con sus consanguíneos y amigos. ¿No es una contradicción? ¿Porqué muchos emplean la solidaridad de la puerta para afuera? Tal vez conviven sentimientos de culpa o la necesidad de proyectar una imagen incoherente con sus emociones.

Concurre un cúmulo de argumentos para analizar y, de esta manera, entender los rasgos de nuestra sociedad. Los peruanos evadimos apropiarnos del medio porque rehusamos asociar lo que está a nuestro alrededor como propio. Obviamos incorporar a la comunidad en nuestro proyecto personal –como resultado de un endeble sentido de pertenencia- y procedemos a mirar displicentes y criticar con agudeza las aflicciones de los demás.

Vivimos envueltos en un aturdimiento masivo tan grande que somos renuentes a adherirnos a las penurias foráneas. La consigna “primero yo, segundo yo y tercero yo” es un lema de “sabor nacional”. Reflexionemos y empecemos por la educación en el nivel familiar con la finalidad de promover una acción de vida unida a nuestra realidad.

En ese sentido, reitero lo expuesto en mi artículo “La solidaridad: Un valor enaltecedor” (2013): “Algunos simbólicos actos pueden ser un primer paso: visitar a un familiar enfermo, ayudar a quien atraviesa dificultades, dar asistencia al compañero de trabajo, brindar auxilio a una anciana al cruzar la calle, consolar a un amigo lleno de padecimientos, identificarnos con causas colectivas, ofrecernos para una labor voluntaria, entre otras tantas ideas. Sugiero dejar de mirarnos solo a nosotros mismos, para comenzar a ver el mundo en el que estamos envueltos”.

De otra parte, quiero referirme a la esfera institucional. Hay empresas privadas que aplican, como parte de su filosofía corporativa, el concepto de Responsabilidad Social con el afán de orientar sus esfuerzos en beneficio de sus trabajadores, sus familias y su ámbito de influencia. Es saludable que las compañías entienden la conveniencia de forjar buenas relaciones internas y externas. Visto desde la perspectiva empresarial, posibilita una actuación enmarcada en la solidaridad.

Observo entidades, incluso de educación superior, en donde la solidaridad se traduce en loables y pomposas jornadas navideñas, entre un sinfín de actividades de ficticia confraternidad. Pero, se rehúye aplicarla en el modo de despedir a un trabajador, en momentos adversos para sus colaboradores -como el deceso de un familiar cercano- o cuando suceden accidentes, enfermedades, etc. El silencio, la indiferencia y una coartada convenida constituyen el “sello” gremial.

Es usual hacernos los “ciegos, sordos y mudos” para evadir asumir una postura ante sucesos que acontecen en nuestro centro de labores. Sin embargo, no significa incapacidad para evaluar el discordante o ausente espíritu de reciprocidad. La actitud en “perulandia” consiste en desentendernos, con sutileza y discreción, del mortal ubicado a nuestro lado.

La solidaridad debiera interpretarse como una de las más extraordinarias muestras de acercamiento entre los seres humanos. Su aplicación honesta, fiel y continua revela nuestras convicciones. Convirtamos su acepción en un apostolado inequívoco y esperanzador e invoquemos las palabras del recordado Juan Pablo II: “La solidaridad no es un sentimiento superficial, es la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común, es decir, el bien de todos y cada uno para que todos seamos realmente responsables de todos”.

martes, 16 de diciembre de 2014

En vísperas de la Navidad: Tips de etiqueta social

La proximidad de la fiesta del misterio de la Natividad genera, en la inmensa mayoría de la población cristiana, algarabías de emociones y preparativos inherentes a esta efeméride religiosa. En tal sentido, he creído conveniente presentar diez sencillos consejos para exhibir un óptimo comportamiento y un elevado nivel de convivencia social.

Dejo constancia que no es mi intención enunciar pautas acartonadas e inflexibles como las que habitualmente escuchamos de ciertas profesoras e instructoras “pipiris nais”, cuyo proceder anticuado, anacrónico y poco práctico contribuye a distanciar esta temática de las inquietudes diarias de la gente. Me interesa ofrecer algunos concisos aportes encauzados a un mejor desenvolvimiento personal.

Primero: Cuando reciba congratulaciones por email, facebook, tarjetas impresas, etc. tenga la cortesía de retribuir esas muestras de afecto. Evite colocar vocablos gastados como: “Feliz Navidad y Próspero Año Nuevo”. Sea original, efusivo y espontáneo y, además, obvie hacer llamadas eufóricas de medianoche que agobien a quienes cenan o duermen. Un poco de cordura no está nada mal.

Segundo: Es recomendable rehuir realizar regalos onerosos. Pueden generar reacciones de contrariedad y desagrado. Sea minucioso en su elección. Es una celebración cristiana; decline contribuir con su desatino a incrementar el consumismo. Obsequiar sólo por “cumplir”, lo hará quedar mal. Mediante una llamada telefónica o mensaje electrónico agradezca los presentes.

Tercero: Durante la flamante cena de medianoche consuma los alimentos como sino tuviera hambre y beba los licores aparentando carecer de sed. Convierta la calma, la serenidad y la ponderación en su estilo de proceder en la mesa. Por el contrario, hay quienes parecieran no haber comido en días. Nunca tome el trozo más grande, eluda insinuar que está con apetito y servirse de manera exagera. Tampoco efectúe comentarios inelegantes y, por cierto, soslaye preguntar por el precio de la comida, la receta o el lugar en donde fue adquirida. Un punto imprescindible: no coloque su celular como si fuera un cubierto o un “amuleto”. Por favor, apáguelo y goce de un instante agradable y apacible.

Cuarto: Si tiene la costumbre de visitar a sus allegados, acuérdese de llamar por teléfono para anunciar su deseo de saludar personalmente y renuncie, al menos que sea invitado, a acudir en momentos desatinados o coincidentes con las horas de los alimentos. No se invite a sí mismo, como es común en nuestro medio. Diferénciese por su pertinencia y delicadeza.

Quinto: En estos días es frecuente encontrarnos en lugares públicos, centros de trabajo y reuniones familiares, con personas que gustan comentar sus “planes navideños”. Si usted sabe que determinados prójimos atraviesan complicaciones, inhíbase de orientar la plática hacia estos temas. Sea respetuoso de los padecimientos de nuestros semejantes. No todos están de “fiesta”. Existen quienes se encuentran tristes por la pérdida de un ser querido, entre varias razones que inspiran congoja.

Sexto: Si lo invitan a una cena navideña lleve un obsequio para la dueña de casa y/o algún postre o licor para compartir con el resto de comensales. Es un gesto distinguido y acertado. Si fuera posible indague acerca de los gustos y preferencias de quien hace la convocatoria. Los detalles definen al ser humano.

Sétimo: Agradezca la invitación mediante una comunicación telefónica o por correo electrónico. Siempre complace a los anfitriones el reconocimiento de sus agasajados. Es una demostración de finesa poco practicada en nuestra colectividad: marque el contraste.

Octavo: Cultive la puntualidad y prescinda -como todo el mundo en Lima- culpar a la aguda congestión vehicular de esta época del año. Ande precavido y planifique sus actividades con antelación. Así evidenciará afables modales y óptimo nivel de organización.

Noveno: La quema de cuetes y luces de bengala debe hacerse en horas apropiadas para sus vecinos. Tenga presente: sus derechos terminan en donde empiezan los ajenos. Sea comedido y prevenga generar ruidos molestos valiéndose del jolgorio general. Aprenda a cohabitar en armonía con su entorno y, por lo tanto, desarrolle el cada vez más escaso “sentido de pertenencia”.

Décimo: No fomente conversaciones encaminadas a competir sutilmente sobre el regalo realizado por la esposa, el novio, etc. Es común encontrar hombres y mujeres que les encanta revelar los costos de los presentes recibidos o efectuados y, lo que es peor, interrogan a otros sobre estos asuntos. Ello puede originar molestias e incomodidades. Y aún cuando no fuese así, deje de lado esa usanza empleada para indagar o exponer cuestiones vinculadas con la adquisición de bienes tangibles.

Una acotación aparte: Sugiero a los padres de familia que premian las excelentes calificaciones escolares de sus hijos con propinas y agasajos pomposos, enseñarles que más importante que una favorable nota en sus libretas, es ennoblecer sus vidas por la trascendencia de sus valores. Educarlos con el ejemplo de fidelidad, honradez, lealtad, caridad, entre otros conceptos contribuirá a moldear sus existencias en un marco sólido de principios. Aprovechemos esta conmemoración, en la que evocamos el nacimiento de Jesús, para afianzar nuestras convicciones cristianas.

Por último, reitero enfáticamente lo expuesto en mi artículo “La frivolidad de la Navidad” (2013): “Cuanto desearía que las familias eleven una oración entorno al pesebre, en lugar de esperar con expectativa ‘asaltar’ el árbol -decorado en incontables casos al estilo de un ekeko- para abrir los presentes. Ojalá hubiera un mínimo empeño para disfrutar de éste aniversario sustentado en las virtudes del cristianismo. Los mercaderes expulsados por Jesucristo del templo se han apoderado de su natalicio”.

Muchos augurios a quienes ambicionan un mundo pleno de ideales, esperanzas, perseverancias, optimismos y alegrías. Anhelo que las ilusiones navideñas influyan en cada uno de nosotros para vivir imbuidos del genuino testimonio del sucesor de María y José. Desistamos de las triviales manifestaciones materialistas y, especialmente, aprendamos a interiorizar lo ofrecido por el Espíritu Santo.

martes, 9 de diciembre de 2014

¿Tiene usted habilidades sociales?

Uno de los temas que más incumbe considerar a la sociedad en su conjunto está relacionado con la importancia de conocer, apreciar y expandir las “habilidades sociales”. Un término tan venido a menos en estas épocas y cuyas implicancias en el bienestar personal nos concierne incentivar.

Para empezar definamos las “habilidades sociales”. Se refiere a la capacidad del hombre para tratar y congeniar con el resto de semejantes. Incluyen las dimensiones que permiten la ampliación de un repertorio de acciones tendientes a un desenvolvimiento cierto.

Por su parte, Celia Rodríguez Ruiz, escritora, pedagoga y experta en terapia infantil, en su interesante artículo “Habilidades sociales: Educar para las relaciones sociales”, afirma: “Es fundamental prestar especial atención al desarrollo de las habilidades sociales, ya que en primer lugar son imprescindibles para la adaptación de los niños y niñas al entorno en el que se desarrollan sus vidas, y posteriormente estas habilidades les van a proporcionar las herramientas para desenvolverse como adultos en la esfera social, siendo la base clave para sobrevivir de manera sana tanto emocional como laboralmente”.

Quiero incidir en la trascendencia de su interiorización a fin de lograr establecer mejores lazos de convivencia y, además, tender un vínculo fluido, armonioso y tolerante en cualquier escenario o circunstancia. La intensificación de estas aptitudes está relacionada, consecuentemente, con el incremento de la empatía, el autocontrol, la autoestima y la inteligencia emocional.

Al mismo tiempo, de manera eficiente, logramos comprendernos, encontrar amigos y conocer a los que tenemos, optimizar las relaciones familiares, aumentar el rendimiento escolar, universitario y laboral y, además, forjar prolífero trato con superiores y colegas. Su implementación favorecerá nuestra forma de encarar las vicisitudes de la vida diaria. Más aún si pensamos en los elevados índices de conflictividad que acontecen en todos los ámbitos en donde nos desenvolvemos.

Por el contrario, evadir poseerlas puede tener mayores consecuencias en nuestro proceso de interacción. Por ejemplo, no comunicará eficazmente necesidades y sentimientos, será difícil hacer amistades y conservar los que se tiene, se apartará de actividades primordiales y divertidas y, probablemente, se encontrará sólo, perderá amigos ó tendrá desencuentros con ellos. Carecer de estas prácticas mutilará la construcción de nuevas y provechosas conexiones humanas.

Hay dos categorías de “habilidades sociales”: básicas y complejas. En el trajín de mi actividad docente alterno con personas (incluso profesores) carentes de competencias simples como saludar, sonreír, dar cumplidos, agradecer, exhibir capacidad de integración y trabajo en equipo. Es decir, aplicar acciones obvias orientadas a forjar una briosa aproximación con el semejante y auspiciar una satisfactoria calidad de vida.

Las “habilidades sociales” complejas están ligadas con el despliegue de la asertividad en la comunicación y la inteligencia interpersonal. Los individuos que la poseen saben expresar quejas, rebatir peticiones irracionales, revelar sentimientos, defender sus derechos, pedir favores, resolver situaciones agudas, acoplarse con el sexo opuesto, tratar con niños y adultos. Estas destrezas tienen un impacto directo en contextos de tirantez y demandan de una sólida configuración personal.

Asimismo, permiten el crecimiento humano y facilitan exhibir facultades mínimas para hacer frente a aspectos inciertos. La tensa afinidad entre familias, vecinos, colegas y en centros de trabajo, debe llevarnos a pensar en lo indispensable de desplegar estas virtudes con el afán de contar con los elementos que afiancen nuestra conducta. Conocernos, reflexionar, explorarnos y administrar con sapiencia nuestro mundo interno, incentivará estas competencias.

No obstante, sucede lo contrario. Cada vez son ascendentes las impaciencias que debemos enfrentar, entre otras razones, por la presión de una colectividad estresada, insolidaria, exaltada e indiferente y, por el contrario, la composición de los hombres y mujeres es limitada. Existe una carencia de “habilidades sociales” esenciales que nos deja atónitos en múltiples acontecimientos y, especialmente, cuando provienen de prójimos con determinada formación e instrucción que supondría un mínimo despliegue de estas pericias. No es así y, probablemente, sus inopias sean frecuentes.

Deploro que en nuestro medio se advierta una resignación, por instantes abrumadora, acerca de la habitual carestía de estas facultades que limitarán altamente el ascenso del sujeto. Personas de variadas ocupaciones laborales que, por la naturaleza de sus quehaceres requieren de un prodigioso nivel de estas cualidades, son renuentes a saludar y mostrar afables gestos, huérfanas de las mínimas nociones para fomentar una conversación, arropadas en su reducido y marginal círculo amical, incapaces de integrarse socialmente, inseguras en su toma de decisiones y sobreprotegidas en su estrecha zona de confort. Fiel expresión de lo que he denominado “chuncholandia”.

Es conveniente tomar en cuenta la concordancia que debe existir entre el grado de responsabilidad profesional y las “habilidades sociales”. Esta es una condición para encarar más complejos retos particulares, ascender en una empresa y salir airoso en un proceso de selección de personal. Rehuyamos subestimar su valor en nuestro progreso y en la búsqueda de una duradera interacción humana.

lunes, 13 de octubre de 2014

Reflexiones sobre la autoestima

Como todos sabemos la autoestima es el sentimiento valorativo de nuestro ser, de quienes somos e incluye el conjunto de rasgos corporales, mentales y espirituales que configuran nuestra personalidad. Esta se puede aprender, cambiar y mejorar en el transcurso de nuestra existencia.

A partir de los cinco o seis años empezamos a cimentar un concepto de cómo nos ven nuestros mayores, compañeros y amigos y, por lo tanto, las experiencias adquiridas van perfilando nuestro ser. De modo que, es importante que los ascendientes y/o tutores emitan emociones y señales destinadas a apuntalar la autoestima, por cuanto en esta etapa se define el crecimiento interno.

En el hogar se trasmiten los primeros valores que llevarán al niño a formar su identidad. Muchas veces los padres actúan, por desconocimiento u omisión, de manera perjudicial y dejan marcas ocultas en sus descendientes. Progenitores con déficit de autoestima transmitirán inconscientemente –y creyendo que es correcto- mensajes y comportamientos tendientes a mermar el ascenso de la autoestima de su hijo. También están los que aprecian los logros, esfuerzos y realizaciones de sus vástagos y, por lo tanto, contribuyen a afianzar su personalidad.

En gran medida la autoestima es responsable de los fracasos y éxitos del ser humano. Una autoestima adecuada ampliará la capacidad de desplegar las habilidades y aumentará la seguridad; mientras que una autoestima baja se enfocará hacia la derrota y frustración. Es decir, ejerce una notable influencia sobre la conducta.

Por esta razón, resulta interesante analizar la autoestima de un individuo para comprender, con escasos márgenes de error, su evolución y las determinaciones adoptadas que, en mayor o menor nivel, pueden haber contribuido a su bienestar. Tiene una implicancia intrínseca en la biografía emocional y, en consecuencia, es una especie de “soporte” que brinda ímpetu para enfrentar el trajinar de la vida.

Es pertinente hacer críticas constructivas, asumir actitudes provechosas, confiar en si mismo, conducirse en función de sus creencias, perfeccionar la sensibilidad, la habilidad social y ser diligentes en reconocer fortalezas y debilidades. El beneplácito individual es medular para entender y elevar la autoestima.

Un individuo con autoestima positivo marca diferencias. Así, por ejemplo: Cree firmemente en ciertos valores y principios; obra según crea más acertado, confía en su propio juicio; no emplea demasiado tiempo preocupándose por lo halla ocurrido en el pasado; tiene confianza en su asertividad para resolver sus propios problemas; se considera y siente igual a cualquier otra persona, aunque admite distinciones; da por supuesto que es interesante y valioso; no se deja manipular, aunque está preparado a colaborar si le parece conveniente; acepta en sí mismo una variedad de sentimientos, tanto positivos y negativos, y está dispuesto a revelarlos; es capaz de disfrutar diversas actividades como trabajar, jugar, caminar, leer, etc.

Con frecuencia observo, en mi quehacer docente, realidades que evidencian bajísimos estándares de autoestima que, a su vez, posibilita concebir –más no justificar- conductas miedosas, abyectas y ambivalentes. Por ejemplo, la habitual vacilación del alumno a intervenir, expresar sus discrepancias o formular un aporte por el espanto a ser rechazo por sus condiscípulos. Ese mismo ejercicio podríamos trasladarlo a las esferas profesionales en donde incontables colegas se hacen los “sordos, ciegos y mudos” y evaden dar sus puntos de vista cuando existen desacuerdos.

Existe un sinfín de situaciones que grafican nuestra deteriorada autoestima. Miedo, inseguridad, duda y urgencia en conseguir la aprobación de otros, son características frecuentes. Algunos ejemplos usuales: falta de convencimiento para defender nuestros derechos, inexistente firmeza para exponer lo pensado sin dejar de estar al tanto de la aceptación que nuestro parecer puede merecer en los demás, recelo a exhibir con hidalguía nuestros actos sin importarnos coincidir con quienes nos rodean, incapacidad para tomar resoluciones inspiradas en convicciones, etc.

Sugiero, con absoluta modestia, prestar atención a la actuación del prójimo para percatarnos con claridad de sus índices de autoestima y, por lo tanto, comprender su falta de valentía y certidumbre en sus decisiones. Expresiones frecuentes como “no te compres lío ajeno”, “evita decir lo que piensas” o “hazte el desentendido” son el espejo de una colectividad con insuficiente autoestima frente a la que debemos rehuir resignarnos.

Hace unos días explicaba a mis estudiantes la importancia de vigorizar y desplegar la inteligencia interpersonal con el afán de forjar fructíferas relaciones de convivencia social y asegurar una sólida comunicación con nuestros semejantes. Explique cómo en nuestro medio la denominada (por el suscrito) “chuncholandia” muestra, entre otras demostraciones, la deslucida autoestima de los peruanos y, por cierto, de los jóvenes en particular. Me referí a esa clamorosa necesidad de sentirse protegidos, únicamente, cuando están rodeados de su grupo familiar, amical o sentimental.

Por lo tanto, existe temor a construir relaciones con los que no integran su entorno más cercano. Se percibe pavor de salir de su “zona de confort” a pesar de perder la oportunidad de explorar nuevas vinculaciones humanas que pueden generar una diversidad de experiencias, conocimientos y aprendizajes. Es rutinario ver hombres y mujeres aparentemente fluidos, desenvueltos y extrovertidos, sólo cuando se encuentran con su secta amical, laboral o sanguínea. Su diminuta autovaloración les imposibilita desarrollar acercamientos con desconocidos o tomar la iniciativa para fomentar un enlace social.

Sumemos esfuerzos y tengamos una mirada esperanzadora de nuestro destino, construyamos pensamientos llenos de renovadas ilusiones y, además, seamos idóneos para asumir nuestra propia realidad y descubramos el potencial de cada uno de nosotros. No perdamos tiempo: consolidemos nuestras “columnas” emocionales destinadas a resistir los embates de la vida.

domingo, 31 de agosto de 2014

Las Inteligencias Múltiples

Hacía 1983 el renombrado profesor, investigador y psicólogo norteamericano Howard Gardner -graduado con un doctorado en Educación en la Universidad de Harvard- propuso la reveladora Teoría de las Inteligencias Múltiples que lo hizo merecer del premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales (España, 2011).

En su planteamiento -motivo de estudio y debate hasta nuestros días- Gardner define la inteligencia como la “capacidad mental de resolver problemas y/o elaborar productos que sean valiosos en una o más culturas”. Asimismo, la determina como una habilidad. Hasta hace poco tiempo se creía congénita: se nacía inteligente o no, y la enseñanza no podía cambiar ese hecho. Tanto es así, que a los deficientes psíquicos no se les educaba, porque se consideraba que era inútil, cuando en realidad existe la parte innata como la adquirida.

Esta hipótesis afirma que tenemos varias capacidades mentales, concretamente: la lógico-matemática, la espacial, la lingüística, la musical, la corporal, la interpersonal y la intrapersonal. Por lo tanto, cuando medimos la inteligencia se sugiere hacerlo basándonos en todas ellas y no sólo en unas cuantas como sucede en el test de coeficiente intelectual aplicado en la etapa escolar que, únicamente, estima las aptitudes matemáticas y lingüísticas. De allí que, sus resultados eluden reflejar la dimensión completa del talento de una persona.

Tengamos presente que la inteligencia está formada por diversas variables como la atención, la observación, la memoria, el aprendizaje y las habilidades sociales. En tal sentido, es la pericia de asimilar, guardar, elaborar información y utilizarla para solucionar contrariedades. El rendimiento obtenido en nuestras actividades diarias depende de la diligencia prestada y de nuestras cualidades de concentración.

Desde mi perspectiva, existen tres inteligencias de vital trascendencia, utilidad y beneficio, cuyas implicancias van más allá del quehacer laboral y tienen una connotación influyente en cualquiera de los ámbitos en donde nos desenvolvemos: Lingüística, Interpersonal e Intrapersonal. Constituyen pilares fundamentales en el crecimiento integral del ser humano. Hablemos un poco de cada una de ellas.

La Inteligencia Lingüística ofrece la posibilidad de platicar y redactar eficazmente. El don del lenguaje es universal y su desarrollo en los niños es similar en todas las culturas. Incluso en el caso de personas sordas a las que no se les ha enseñado un lenguaje por señas, a menudo inventan uno propio y lo usan espontáneamente.

Su ampliación comprende la virtud de comprender el orden y el significado de las palabras en la lectura, la escritura y al hablar y escuchar. Brinda la oportunidad de saber expresarse en de modo óptimo. Una forma de fomentar su impulso es mediante la práctica intensa de la lectura, la escritura y acceder a la cultura. Esto último es algo venido a menos en nuestra sociedad. Existen hombres y mujeres con altos grados académicos y exhiben acentuadas carencias al comunicarse. Esto lo observo con frecuencia en colegas, alumnos y profesionales de distintas disciplinas.

La Inteligencia Interpersonal se constituye a partir de la capacidad para sentir distinciones entre los demás, en particular, contrastes en sus estados de ánimo, temperamento, motivaciones e intenciones. Hace posible advertir los propósitos y deseos ajenos, aunque se hayan ocultado. Permite trabajar con gente, asistir al prójimo para identificar dilemas y promueve la mutua interacción entre los seres humanos.

Finalmente, la Inteligencia Intrapersonal es el conocimiento de los aspectos internos: el acceso a la gama de sentimiento, la disposición de efectuar discriminaciones entre ciertas emociones y recurrir a ellas con el afán de orientar la conducta. Facilita percatarnos de fortalezas, debilidades, inseguridades, prejuicios, complejos y, en consecuencia, ayuda a prever las respuestas generadas por los acontecimientos venideros.

Poseer alto grado de estas dos últimas inteligencias hace al ser humano empático, propone elementos para constituir una buena convivencia social, refuerza una sobresaliente relación colectiva, familiar y laboral y, además, autoriza reconocer sus respuestas afectivas. Faculta enfrentar en mejores condiciones las presiones, adversidades y contrariedades cotidianas. Evitemos subestimar su aporte favorable en el perfil de un profesional con la aspiración de conducir grupos humanos, liderar una organización o coordinar en equipo.

Muchas veces alternamos con individuos poseedores de elevado progreso profesional; sin embargo, tienen precarios estándares de autocontrol, empatía, habilidad social, interacción, tolerancia y pobre noción de su esfera interior. Este desbalance -habitual en sociedades que rehúyen otorgar a los asuntos emocionales sus reales implicancias en el comportamiento- tiene directa preponderancia en su desempeño en la oficina.

Podemos aseverar que, en síntesis, la confluencia de la Interpersonal e Intrapersonal constituyen la Inteligencia Emocional. Una suerte de inteligencia superior que resalta las cualidades intelectuales, académicas y técnicas de un sujeto y, por lo tanto, brinda eficientes instrumentos para su desenvolvimiento. Por el contrario, su carencia opacará sus destrezas. La infinidad de tensiones que acontecen en la sociedad actual deben inspirarnos a afianzar esta inteligencia con el objetivo de forjar una correlación armónica, civilizada y condescendiente con nuestros semejantes.

Por ejemplo, un trabajador destacado por su rendimiento, entrega y disciplina, entre otros méritos. Sin embargo, tiene dificultades para coexistir con sus compañeros, posee un trato inadecuado con los clientes, muestra imposibilidad para superar situaciones de frustración, prescinde mostrar reacciones empáticas, asume actitudes distantes y defensivas y, además, su proceder negativo menoscaba el clima empresarial. Es obvio que tendrá severas complicaciones para permanecer en el puesto o acceder a una superior colocación.

Involucramos en el discernimiento de estos temas posibilitará aprovechar fortalezas, administrar flaquezas y canalizar con asertividad nuestra reacción ante estímulos externos y contribuir a hacer más saludable nuestra calidad de vida. No evadamos el sabio significado del enunciado del filósofo griego Sócrates: “Conócete a ti mismo y así alcanzarás la verdadera sabiduría”.