sábado, 25 de diciembre de 2010

Consejos para un buen anfitrión

En estas semanas, con ocasión de la histórica fiesta de la Natividad y el nuevo año, usted tendrá celebraciones sociales, familiares y laborales en donde será, probablemente, anfitrión. Aquí deseo comentar unas pautas e ideas para cumplir esa tarea tan importante de convocar, atender y compartir con sus invitados.

Deberá tener presente que su misión no consiste en formular la invitación y trasladar a otros la organización, pormenores y obligaciones durante el evento. Esto debe tenerlo en consideración por más sencilla e íntima que sea la reunión. Superior será su dedicación si planea un suceso empresarial en donde tiene la intención de cerrar negocios y exhibir la imagen de su compañía.

El rol de un anfitrión con “sentido común” está más allá de algunos conceptos tradicionales. Tiene que tener criterio para seleccionar sus invitados, escoger el menú adecuado, optar la hora y local propicio, determinar la formalidad o informalidad del encuentro, emplear la vestimenta apropiada, observar la limpieza, arreglo y decoración del recinto, formular las invitaciones con antelación y deferencia, entre otros pormenores que aseguren el éxito del acontecimiento.

Algo que cuestiono, con firmeza por cierto, es la ausencia de esmero en las invitaciones que se hacen sin guardar mínimas cortesías. Una invitación informal no debe producirse con menos de ocho días. Sin embargo, conozco entidades (incluso educativas) y amigos que invitan con uno, dos o tres días de antelación a festividades que por sus características ameritan significativa anticipación. Eso es parte esencial del tratamiento que usted merece cuando sea invitado, no lo olvide y hágase honrar en toda eventualidad. Tengo por política declinar siempre convocatorias de última hora (familiares o corporativas) que me puedan hacer sospechar que mi nombre está en un listado de “suplentes” llamados por la ausencia de los “titulares”, o que muestra visible improvisación. En la vida dase su lugar, dice bastante de su autoestima y respeto consigo mismo. ¡Recuérdelo!

Para empezar, el anfitrión estará en la entrada (de la casa o sitio de reunión) recibiendo a los concurrentes. Si la invitación es con esposa, se hará acompañar -de ser casado- de su cónyuge. Debe coordinar y asegurar que todo esté listo -como mínimo- con una hora de antelación a la fijada para la aparición de los asistentes. Es lamentable y, por lo tanto, una falta de respeto que usted al llegar puntual a un evento se encuentre con la “sorpresa” que las luces están apagadas, recién se están instalando las mesas y equipos de sonido, los anfitriones no han concluido de alistarse y existe una visible carencia de planificación. Eso es tan “usual” y “aceptado” en Lima, como el arroz con leche. ¡Qué vergüenza!

Ofrezca un aperitivo con unos pequeños bocaditos -antes de pasar al comedor- que se sirve en la sala. Es conveniente que el mayordomo exhiba en el azafate bebidas sin alcohol y gran cantidad de servilletas de bar. Cuando es un círculo formal deberá existir personal de servicio que puede no requerirse en una situación informal. Aunque un mozo, bien dirigido y capacitado, ayudará en la correcta atención. Continuamente lo hago y me alivia una serie de cometidos.

El anfitrión garantiza que cada invitado esté cómodo y se lleve un provechoso recuerdo. No es difícil, pero exige conocer detalles que olvidan las personas e instituciones. Conozco “anfitriones”, incluso dueños y directores de organizaciones, que se comportan como invitados y, únicamente, conversan y se interesan en su círculo de allegados. Es decir, se “olvidan” de su función que busca vincular e integrar a los partícipes, fomentar temas de tertulia, verificar que todo funcione y desarrollar sus habilidades sociales. De esta forma, hará grata la actividad.

Otro aspecto primordial. El anfitrión determina las precedencias en las mesas alternando una dama con un caballero y, además, no sentará juntos a una pareja de esposos. Recomiendo que los integrantes de cada mesa sea un grupo homogéneo en términos culturales, sociales y de educación para evitar actitudes discordantes en la jornada. Puede colocar un letrero pequeño en cada ubicación con el nombre, así facilitará al comensal conocer su sitio y evitará esa “criolla” costumbre de sentarse dos amigas juntas y dos o tres hombres contiguos.

Algunos consejos rápidos que no puedo omitir. Tengan cubiertos de recambio y que sean de buena calidad las copas, azafates y el menaje empleado; observé si algún invitado requiere algo en particular; demuestre su obligación en hacer sentir cómodos a sus comensales; tenga analgésicos por si alguien se siente mal y acondicione una habitación en caso de emergencia; en su baño posea colonia, peines, papel higiénico, toallas de recambio y pañuelos de papel y, claro está, que luzca pulcro; si un invitado rompe una copa, disimule y evite hacerlo sentir mal; oriente la conversación hacia contenidos amenos, positivos y que motiven la intervención de todos. No permita, discusiones acaloradas o que se hable mal de una persona ausente. Usted será responsable de lo acontecido en su evento y tome en cuenta, al momento de adoptar una decisión, las palabras del orador, político y filósofo latino Marco Tulio Cicerón: “Haz aquello que sea lo mejor que haya que hacer”.

domingo, 19 de diciembre de 2010

El saludo: Algunas pautas

Amigo lector, este es un tema que, por su aparente sencillez, no tendríamos amplios argumentos que motiven un artículo sobre lo, supuestamente, enseñado por nuestros padres desde pequeños. ¿Se ha puesto a pensar cuantas veces saluda al día? ¿Se ha percatarse de la forma como lo hace? ¿Le gusta saludar a sus semejantes? ¿Saluda educadamente? Son interrogantes que lo invito a formularse.

En esta nota comparto ciertas reflexiones que no debieran omitirse por cuanto su aplicación le facilitará hacer una evaluación de su desenvolvimiento en el ejercicio de esta rutinaria y habitual actividad, importante en nuestra existencia personal y profesional y, además, en la imagen que proyectamos en las múltiples circunstancias que enfrentamos.

El saludo no solo debe entenderse como una expresión de urbanidad. Sin darnos cuenta describe nuestra personalidad, autoestima, habilidad social, temperamento y, en síntesis, se convierte en su “tarjeta” (buena o mala) de presentación. En este aspecto me permito insistir, después de observar en personas -de diversas edades, procedencias y niveles- su carencia de disposición y agrado para saludar.

Es mucho más revelador de lo que, a simple vista, algunos imaginan. En su obra “Ese dedo menique en el trabajo”, la documentada Frieda Holler comenta: “El saludo es una manifestación social de cortesía, muestra de respeto y afecto. Nos lo enseñan desde pequeños, y a pesar de eso, para muchos, el momento del saludo resulta embarazoso porque no están seguros de hacerlo correctamente”.

Es substancial fijarse determinados modelos para saludar de forma placentera y causar favorable impresión. No olvide un primer detalle, dirija la mirada a la persona, no la evada, puede evidenciar timidez, débil autoestima, falta de transparencia, rechazo, etc. Otros puntos valiosos: Incluya palabras agradables y amables: “Buenos días, como está usted, es una placer verlo”, etc. y agregue algún breve comentario de cortesía y no se limite a decir: “Buenas”.

Asimismo, para causar una virtuosa impresión acompañe una sonrisa espontánea y que fluya –de manera natural- como reflejo de su estado anímico. Sonreír es un componente simpático, halagador y, finalmente, producirá un mejor trato con los demás. Sonría como demostración de alegría, entusiasmo, optimismo ante sí. Lo no olvide!

Un nuevo aspecto que quiero enfatizar es la óptima pronunciación. Visito oficinas, me encuentro con alumnos, acudo a tiendas, etc. y observo deficiente articulación de los términos, lo que refleja pobre dicción. Tenga la certeza que esta carencia será una deplorable carta de introducción si sucede en una entrevista de trabajo. Hable con seguridad y volumen de voz adecuado. Olvidaba algo básico, el que ingresa debe saludar, sin distinción de “jerarquías” o supuestos “estatus sociales”. Conozco entidades públicas y privadas (incluso educativas) en donde sus funcionarios y alumnado al entrar “esperan” que el personal de vigilancia o recepción los salude. ¡Qué pésimo comportamiento! Haga del saludo, afable y cordial, una cultura de vida en cada momento de su quehacer diario y sin discriminación. Muestre su respeto y consideración. No es difícil, solo deberá tener “sentido común”. Es decir, el menos tradicional de los “sentidos” en una sociedad llena de pobrezas morales, cívicas y culturales como la nuestra.

Considere la pertinencia de saludar dando, únicamente, la mano entre personas desconocidas. Recuerde que la dama determina como desea ser saludada en el ámbito social. Brinde su mano con confianza en sí mismo. Evite darla húmeda, sucia, cogiendo algo o con una debilidad que lo hará parecer tímido, poco sincero y con problemas de interacción, no la ofrezca con rudeza, desconfianza o distanciamiento. Salude comedidamente con la mano y lucirá sobrio. El apretón será corto y firme. Demasiado efímero puede demostrar escasez de interés y poca motivación, mientras un saludo más largo indica deferencia. El caballero no omita ponerse de pie al saludar en toda ocasión.

Otra forma de saludar es el abrazo. Es una manera efusiva y utilizada entre personas que se conocen bastante o en momentos especiales. Suele darse cuando llevan demasiado tiempo sin verse, para felicitar o expresar un sentimiento de mayor proximidad. Este estilo de trato es empleado, principalmente, por hombres.

El beso es otro saludo que origina fundadas controversias. Mi profesora Carolina Mujica decía: “El Perú es un besodromo” y no se equivoca. La cuestionable “costumbre” criolla de besarse entre damas y caballeros, ha hecho que se pierda la forma de saludar sonriendo, mirando, dando la mano, hablando bien y ofreciendo una reverencia a los mayores o damas. Es recomendable besar en situaciones sociales y con individuos conocidos, y no en la esfera empresarial.

Si lleva lentes de sol deberá quitárselos para que su interlocutor vea sus ojos. En caso de usar guantes hará lo mismo, es inadecuado estrechar la mano cubierta. Si está fumando -aunque cada vez existen menos espacios donde hacerlo- nunca lo haga con el cigarrillo encendido, deposítelo en un cenicero. No salude con las manos en los bolsillos, eso me recuerda a una reciente ex primera dama peruana que al llegar al aeropuerto de Santiago de Chile beso, con ambas manos en los bolsillos de su abrigo, a la esposa del jefe de estado del país anfitrión.

Por último, recuerde que al saludar muestra, de manera inconsciente, mucho más de usted de lo imaginado. Ejerza el saludo como afirmación de convivencia armónica, encuentro positivo y deseo de enlazarnos con el prójimo. Y tome en cuenta el oportuno vocablo del economista y político francés Anne Robert Jacques Turgot: “El principio de la educación es predicar con el ejemplo”.

martes, 14 de diciembre de 2010

Orquesta Sinfónica Nacional: Víctima de desafinados modales

El domingo 5 se realizó, en el Museo de la Nación, el concierto por el 72 aniversario de la Orquesta Sinfónica Nacional que, en esta ocasión, contó con la participación del director limeño Pablo Sabat Mindreau, quien tiene una prestigiosa trayectoria musical y, además, es director titular de la Orquesta de Cámara Nacional y de la Orquesta Sinfónica Nacional Juvenil, y director artístico de la Orquesta Cuidad de los Reyes.

La Orquesta Sinfónica Nacional -fundada el 11 de agosto de 1938 durante el gobierno de Oscar R. Benavides- cuenta con más de 70 músicos. Su recital inaugural tuvo lugar en el Teatro Municipal de Lima el 11 de diciembre de ese año, con motivo de la VIII Conferencia Panamericana, en un programa con el Himno Nacional del Perú y obras de Wagner, Beethoven, Debussy, Falla y Ravel. Dicho teatro fue su sede durante varios años.

Según comenta el documentado estudioso Luis Meza Cuadra en la obra “Enciclopedia Temática del Perú”: “…Su primer director fue el vienés Theo Buchwald, quien la dirigió durante los años 1940 y 1950. Este periodo fue, indudablemente, su época más brillante, debido sobre todo a la presencia de músicos europeos que huían de la Segunda Guerra Mundial y la presencia constante de eminentes invitados, tanto solistas como directores”.

Sus directores titulares han sido Theo Buchwald (1938-1960), Hans-Gunther Mommer, Carmen Moral (en dos oportunidades; primera mujer en ocupar dicho cargo en una orquesta en Latinoamérica), los maestros Leopoldo La Rosa, José Carlos Santos, Armando Sánchez Málaga, Guillermina Maggiolo Dibós, entre otros. Y este 2010 fue dirigida por el italiano Matteo Pagliari.

Para quienes asistimos con entusiasmo desde nuestra niñez a sus exhibiciones nos deslumbró el programa de esta conmemoración que incluyó la obertura Leonora y la sinfonía Nro.9, ambas de Ludwig van Beethoven (Bonn,1770 – Viena,1827). La participación de la soprano María Eloísa Aguirre, de la mezzosoprano Edda Paredes, del tenor Álvaro López Risso y del barítono Xavier Fernández Santa María -con la asistencia del brilloso Coro Nacional- coadyugaron a esta presentación de gala. La parte cumbre estuvo al escuchar “Oda a la alegría”.

Siempre he considerado que la música clásica humaniza, sensibiliza y despierta nuestras fibras de emoción y nos transporta a una profunda dimensión interior. Escucharla posibilita aproximarnos a una de las extraordinarias manifestaciones artísticas que ha prevalecido a lo largo de la historia. Es una fuente inagotable de formación y como decía Beethoven: “La música constituye una revelación más alta que ninguna filosofía”. Esto lo aprendí desde mis primeros años de infancia cuando acudía, en la temporada de verano, a sus presentaciones en la concha acústica del tradicional parque Salazar de Miraflores. Asumí que está hecha para ser oída con un profundo sentido emotivo.

No obstante, visibles malas formas opacaron la que debió ser una limpia revelación en un momento tan singular. Una vez más, la falta de organización, buenos modales y, especialmente, atención de las autoridades del Ministerio de Cultura (de quien depende la Orquesta Sinfónica Nacional) fue evidente. La ignorancia e indiferencia de sus funcionarios se “vistió” de fiesta ese día. Para empezar los concurrentes esperaron en las afueras del auditorio más de una hora para ingresar y no hubo consideración con las personas mayores. Resuelta incomprensible que no existan rampas para discapacitados ni sillas de ruedas en el principal museo de la capital.

Es lamentable que, tratándose de una aparición de esta trascendencia, no acudiera ningún funcionario del Ministerio de Cultura. Su titular, Juan Ossio Acuña, estaba en Suecia acompañando a Mario Vargas Llosa en la recepción del Premio Nobel de Literatura. Paralelamente, los miembros de la Orquesta Sinfónica Nacional desde el escenario vieron vacías todas las butacas -de las dos primeras filas- asignadas para “representantes oficiales”. Ningún emisario gubernamental ofreció algunas palabras, únicamente atentas anfitrionas alcanzaron arreglos florales a la soprano y mezzosoprano. Que desaire y carestía de respeto al tenaz esfuerzo de la más valiosa agrupación sinfónica peruana que ni siquiera recibió un simbólico ágape de reconocimiento. A mi parecer, el comportamiento de los jerarcas del portafolio que, supuestamente, trabajan por la ilustración en el país, fue inculto e inelegante. Cabe mencionar que el artífice de esta torpe actividad fue el director de Fomento de las Artes de la cartera de Cultura, Mauricio Salas Torreblanca.

En el listado de ausencia de cortesías existen otras más. La pobre cobertura de prensa, la obsesión de los organizadores de aislar a los músicos del público al concluir la función, la deficiente infraestructura para sus ensayos, la carencia de criterio con el afán de ubicar a los asistentes y disponer las medidas a fin de ofrecerle facilidades. Todo lo cual muestra la poca deferencia de los burócratas en un aniversario que no debió “celebrarse” con escaso realce. La Orquesta Sinfónica Nacional merece nuestro pleno y efusivo homenaje porque, a pesar indiferencias, limitaciones y coyunturas, su labor es un apostolado cultural que nos llena de orgullo.

domingo, 5 de diciembre de 2010

El “sentido común” en la etiqueta

Hace algunos días fui invitado a dictar una conferencia organizada por el alumnado de la “Primera Promoción del Diplomado de Etiqueta y Protocolo Empresarial y Gubernamental” del Instituto de Secretariado ELA. Me lleno de satisfacción encontrar un auditorio con amplitud de preguntas, aportes, vivencias y visibles deseos de deliberar sobre la importancia de esta temática y su relación en su desenvolvimiento personal y profesional.

Empecé explicando la definición de “etiqueta”, que es un conjunto de normas destinadas a construir un “puente” de armonía y convivencia que nos haga grata la existencia a todos. Así de sencillo. Una persona educada creará a su alrededor un clima de simpatía que facilitará su óptimo vínculo con el entorno y, por cierto, fortalecerá su interacción cuando afronte situaciones conflictivas. Es conveniente reiterar que la dimensión de la buena educación se pone a prueba en los momentos tensos, discrepantes y de desencuentros inherentes en las actividades humanas.

La etiqueta, continuamente recomiendo, no solo se debe entender y estudiar. Se tiene que ejercer con convicción, naturalidad y asumir como una cultura de vida. La persona que la práctica, de manera fluida y espontánea, no tendrá inconveniente en mostrar su urbanidad en todo tiempo, circunstancia y lugar. En este campo influye el grado de autocontrol y autoestima.

También, se sustenta en la fórmula “RES” (educación, respeto y sentido común). Estos dos primeros son valores que tienen sus orígenes en el adiestramiento recibido del ámbito hogareño y social. “Enseñar” es instruir, transmitir conocimientos, indicar y guiar caminos. Según precisa Luis Bustamante Belaunde en el prólogo del libro “Ética y política: El arte de vivir y convivir”, la educación consiste en: “….Desarrollar y perfeccionar las facultades y fuerzas propias de las personas y hacer salir de dentro hacia fuera sus potencias de crecimiento. La enseñanza suele ser un acto grupal o colectivo. La educación es siempre individual. Quienes enseñan son docentes. Quienes educan son maestros”. La etiqueta, desde mi parecer, debe estar inmersa en los procesos de enseñanza y educación a fin de afianzar los referentes familiares.

Hay un tercer elemento de la fórmula “RES”, no menos primordial. Se trata del “sentido común”, cuya tradicional definición dice: “Son las creencias o conocimientos compartidos por una comunidad y considerados como prudentes, lógicos o válidos. Se trata de la capacidad natural de juzgar los acontecimientos y eventos de forma razonable”. Suele mencionarse como la dimensión del hombre que no requiere de estudio o investigaciones teóricas, sino que nace de las experiencias vividas. Algunos pensadores exponen que es el “menos común de los sentidos”, algo en lo que coincido plenamente.

Probablemente, si nos detenemos a analizar las formas de actuar y reflexionar de los peruanos (en general) coincidiremos en que no se aplica este sentido (que está relacionado con el nivel de autoestima personal). Permítame explicarle con algunos hechos. Por “sentido común” al ingresar a un lugar debiéramos saludar; decir “gracias” y “por favor” al recibir una atención; si desea llegar puntual a una cita debe tomarse el tiempo pertinente en su traslado; debemos ser solícitos con las personas mayores, discapacitadas y embarazadas sin que exista una norma de carácter obligatorio. Podría seguir una secuencia de alusiones que ratifican la pérdida de este sentido, si alguna vez lo tuvimos.

El “sentido común” nos manda exponer lo que pensamos en voz alta, de manera honesta y respetuosa, en función de su autovaloración y seguridad. En nuestro contexto es habitual revelar lo que el interlocutor (más aún si es jefe) quiere escuchar y solo comentamos lo que pensamos “debajo de la alfombra”. Tiene correlación con las acciones que realizamos todos los días y que, aparentemente, obedecen a un orden lógico. Pero, cabe preguntar: ¿Es lógico querer pasar la luz rojo para llegar a nuestro destino? ¿Es lógico pretender ser atendido con amabilidad cuando usted trata de manera déspota a quien considera su inferior en términos sociales? ¿Es lógico que un alumno no salude al docente que, coincidentemente, lo desaprobó en su asignatura por no estudiar? ¿Es lógico tener prendido el celular durante una ceremonia religiosa? ¿Es lógico ser incoherentes entre su modo de pensar y conducirse? ¿Es lógico que cuando un caballero asume gestos de cortesía y amabilidad sea mirado con desconfianza? Estas situaciones sustentan la carencia de “sentido común”.

Cuando usted procede diferente -tal vez poco “común”- posiblemente será denominado “loco”. No se incomode, esa mención es una distinción honrosa que acredita que es opuesto a la sumisa y poco amable conducta de la inmensa mayoría de conciudadanos en una sociedad que, además, acepta la hipocresía como lícita para coexistir, convalida el engaño y la doble moral, en aras de no subvertir este sistema que requiere una intensa transformación espiritual y cultural. Hagamos cada uno lo posible por aplicar el “sentido común” y recuerde las inmortales palabras del filosofo griego Platón: “Buscando el bien de nuestros semejantes, encontramos el nuestro”.

domingo, 21 de noviembre de 2010

Ética y valores: Una forma de vida

Escribir estas líneas es complicado no por ausencia de claridad en mis ideas, aunque confieso que puede ser una razón. Sobre todo por la extensión de un tema imperioso de abordar en una colectividad que, como anotará el ilustre pensador, escritor y maestro peruano, de ideas anarquistas, Manuel González Prada (1948–1918): “El Perú es un organismo enfermo, en donde se aprieta el dedo brota la pus”. El deterioro de las personas e instituciones nos confronta con una realidad, en términos éticos, que estamos obligados a transformar.

La ética estudia el proceder del hombre frente a los conceptos del bien y el mal. Analiza quien es favorecido o perjudicado por una acción en particular. También, examina la moral que tiene que ver con los valores y su responsabilidad social. Por lo tanto, no sólo es una cuestión individual, tiene relación con lo que hace una organización para influir en su entorno. Las palabras moral (del latín mores, costumbres) y ética (del griego ethos, morada, lugar donde se vive) son parecidos en la práctica. Ambas expresiones se refieren a ese tipo de actitudes que nos hacen mejores. La moral describe las conductas que nos conducen hacia lo deseable y la ética es la ciencia que reflexiona sobre dichos comportamientos. Tanto una como otra, nos impulsan a vivir de acuerdo con una elevada escala de valores.

Los valores (solidaridad, honestidad, lealtad, puntualidad, veracidad, etc.) son un punto obligado de aprendizaje si anhelamos salir de la profunda crisis que nos empobrece moral, cultural y socialmente. No puede hablarse de educación, gobierno, ciudadanía u entidad, sin tratar este campo. Más aún cuando adolecemos de referentes y liderazgos -en los diversos ámbitos de la familia, la empresa y la política- que marquen la pauta que debiéramos imitar.

El sistema de valores de cada prójimo es adquirido durante los primeros años de vida por influencia de su entorno. Pueden ser estables y permanentes en el tiempo según la forma en que fueron recibidos. En tal sentido, recomiendo explicar su utilidad a fin de mostrar sus implicancias favorables en el crecimiento personal Si usted a su hijo le impuso “portarse bien” por miedo al castigo, probablemente de adulto no asumirá normas correctas. No fue formado y persuadido, sino reprimido.

Los valores propician una existencia armónica con nosotros y los demás. Es importante moldear a los chicos con el ejemplo. No diga a una criatura: “Los niños no mienten” y él apreciará que al recibir usted una llamada telefónica dice: “Di que no estoy”. Al someterse los valores al “ejercicio” diario se transforman en un hábito y, consecuentemente, en una virtud que lo distinguirá. Si cree en la honestidad y la práctica siempre, la asimilará como un componente individual. La etiqueta tiene también como sustento la ética dado que ningún acto indecoroso e inapropiado puede considerarse elegante.

Es conveniente diferenciar una conducta legal -amparada en el ordenamiento jurídico vigente en la sociedad- de un proceder ético. Numerosas personas piensan que actuando dentro de la ley asumen un desempeño ético. No siempre es así. Se lo explicó con un ejemplo: Puede ser válido reclamar sus derechos sobre la herencia dejada por sus padres, pero existe un cuestionamiento ético si ellos, sin mediar documento alguno, establecieron en que proporción debía distribuirse lo heredado. La palabra empeñada tiene un “valor” que lo obligaría a proceder conforme a lo dispuesto por sus progenitores. Las leyes no guardan invariablemente consistencia con los valores establecidos. De ser así, no existirían disposiciones con “nombre propio” que encubren intereses sórdidos en perjuicio del bienestar de las mayorías.

A continuación quiero recordar algunas situaciones vinculadas con la ausencia de ética. El abogado que alarga un juicio para no perder a su cliente; el médico que lo somete a chequeos innecesarios para aumentar sus honorarios; el profesor al que le plagian su separata para dársela a un colega amigo de la autoridad académica; el turista de cuyo desconocimiento se aprovechan para cobrarle más por un servicio; el político que miente para ganar una elección; el empresario que tiene “empleados fantasmas” en su planilla con la finalidad de evadir impuestos y paga un sueldo indecente a su empleado y, además, lo obliga a trabajar diez o doce horas diarias, etc. Lamento que estos ejemplos grafiquen nuestra resignación en un medio que muchos cuestionan, pero poco o nada hacen para cambiar. Esa es una característica “peruana”, objetar en privado lo que en público no rechazamos y, peor aún, hasta convalidamos.

Amigo lector, los valores son el marco general que orienta e inspira las acciones positivas que desarrollará todos los días. Naturalmente, cuando efectúa hechos negativos como con su auto pasar la luz roja, desconocer la cola en un supermercado, llegar tarde al trabajo sin justificación, no decir la verdad, hacer las denominadas “vivezas criollas”, allí están expuestos sus antivalores. Tenga la voluntad y autoestima suficiente para salir del atraso, la mediocridad, el silencio sumiso y abyecto, y conviértase en prototipo de decencia y dignidad. Recuerde el dicho del orador y escritor norteamericano Denis Waitley: “Nada dignifica más que el respeto a uno mismo”. Respétese!

lunes, 15 de noviembre de 2010

Saber decir…Gracias!

Mientras imaginaba como empezar este artículo -que hace bastante tiempo quería escribir- encontré un enunciado del escritor e intelectual francés Jean de la Bruyére: “Sólo un exceso es recomendable en el mundo: el exceso de gratitud”. Bruyére hizo de tutor y secretario del duque de Borbón y alcanzó notable prestigio como hombre de letras por la publicación de su obra “Los caracteres” (1688). Fue duro crítico de la decadencia moral de su época y de la corrupción imperante entre los gobernantes. Un personaje admirable, severo y conveniente de recordar, con mayor énfasis, en este tiempo republicano de “crecimiento económico”, caracterizado por una visible carencia de valores desde las más altas autoridades que conducen los destinos nacionales.

Al referirnos a la gratitud debemos remontarnos a su origen. El término “gracias” proviene del latín gratia que deriva de gratus (agradable, agradecido).Gratia en latín significa honra y alabanza que se tributa a otro, para luego simbolizar el reconocimiento a un favor. Gratus y gratia tienen el mismo origen indoeuropeo.

El empleo del vocablo “gracias” debe estar siempre acompañado de un acto explícito de respuesta a una finesa recibida. Cada vez que puedo observo a las personas agradecer y en la mayoría de situaciones lo hacen por cumplir una formalidad y empleando una entonación que no refleja su aparente intención. Agradezca con una sonrisa, mirada agradable y una actitud que muestre coherencia. Por común y rutinario que sea su uso, hace sentir bien a quien lo recibe. No se convierta, como las señoritas de las agencias bancarias, en una “máquina” que saluda, muestra los dientes, recita un libreto y concluye diciendo: “en algo más lo puedo atender”. Sea cálido y con palabras que marquen la diferencia. Por ejemplo: Ha sido usted muy amable, gracias; le estoy agradecido por su gentil deferencia; agradezco su tiempo concedido y le deseo un buen día; entre otras expresiones que enriquezcan su proceder.

Cuando sea convocado a una actividad familiar, institucional o laboral, agradezca. Escriba una nota después de una invitación a comer, recibir un obsequio, homenaje o condolencia, merecer una atención, a las personas que lo hospedaron y agasajaron durante su viaje fuera de la ciudad, etc. Cualquier cortesía en el quehacer personal o profesional motivará su reconocimiento. En ocasiones informales hágalo a través de una llamada telefónica o emial. En acontecimientos de realce y formalidad escriba una esquela o carta. Es un rasgo elegante, poco usual (por desgracia) y distinguido.

Conozco individuos -de todo nivel, edad y estatus- que emplean como pretexto sus múltiples ocupaciones para no agradecer. Recuerdo que envié un obsequio a una amiga por su matrimonio mediante una tienda de la que tenía conocimiento que no reparte los regalos con puntualidad. Decidí escribirle un correo electrónico, después de varias semanas de la boda, para confirmar su entrega. Me corroboró su recepción y añadió que remitiría una tarjeta de agradecimiento que, por cierto, hasta hoy espero. Este episodio es uno de los tantos que podría compartir con usted y en los que “dar las gracias” está camino a la extinción.

La vida, su vida y el mundo están compuestos por agradables detalles que no debiéramos, por el apremio cotidiano, omitir manifestar en cuanta circunstancia sea propicia. Emplear la palabra “gracias” lo enaltecerá. Hágalo un hábito que muestre su consideración a sus semejantes. Confíe en que su actitud será un modelo que otros, probablemente, imiten. Todavía la óptima educación no describe a nuestra sociedad, pero no pierda la esperanza que cada gesto suyo, por pequeño que sea, es una manera de hacer pedagogía y, por lo tanto, estará persuadiendo en el ejercicio de estos acertados y añorados comportamientos.

Recuerde el sabio e interesante dicho del filósofo Lucio Anneo Séneca: “Es tan grande el placer que se experimenta al encontrar un hombre agradecido que vale la pena arriesgarse a no ser un ingrato”. Comience agradeciendo, todas las mañanas, el nuevo día que Dios ofrece y cada satisfacción, alegría e ilusión que la vida nos brinda. Gracias!

lunes, 8 de noviembre de 2010

El valor de la puntualidad

La puntualidad es probablemente un tema reiterativo. Para algunos incluso superfluo y hasta ocioso de analizar. A mi parecer existe una visible resignación colectiva, en todos los ámbitos y niveles, en admitir “la hora peruana” como una “característica” cultural y social a la que debemos amoldarnos. No es así.

Amigo lector, la “resignación” es una tara inherente en sociedades mediocres y de baja autoestima. Expresa conformismo, sumisión, apatía y falta de entusiasmo para revertir lo negativo y pernicioso en nuestra subsistencia. No se “resigne” a aceptar y convalidar comportamientos irreverentes como el que motiva esta nota. Es preciso sublevar el alma de los peruanos y despojarnos de esa sombra de miedos, fragilidades y encubrimientos que nos persigue y, por lo tanto, acentúa nuestra pobreza moral y cultural.

Debemos coincidir en la importancia de convertir la puntualidad en una forma de vida que comunique deferencia hacia el prójimo. De modo que, incluyamos en el concepto de “respeto” la consideración al tiempo ajeno. Una persona puntual inspira credibilidad y demuestra habilidad en su organización individual. Sin duda, es una buena “carta de presentación” en su imagen profesional.

La puntualidad contribuye a dotar una personalidad de carácter y eficacia. Nos hace ser mejores en las actividades que desempeñamos y así ganaremos la confianza del entorno. Exhibe su disciplina, perseverancia y orden para establecer las prioridades de sus acciones. Tiene que ver con su fuerza de voluntad y sentido de responsabilidad.

Frieda Holler, en su obra “Ese dedo meñique”, dice: “…Es considerada (la puntualidad) como hábito firme y seguro, no es producto de la casualidad, sino de una buena administración del tiempo disponible en las 24 horas de día. Significa saber distribuir estas maravillosas 24 horas de tal modo que alcancen holgadamente para desarrollar el trabajo y todas las demás ocupaciones cotidianas. Más que virtud de un solo individuo o de todo un pueblo, la puntualidad constituye un fiel reflejo del grado de civilización y cultura que puede alcanzar el género humano.”

Recuerdo una cena en la embajada de un país europeo. Estábamos todos en la mesa y el anfitrión (el embajador) ni siquiera se puso de pie para recibir a un conocido parlamentario con su esposa que llegaron -una hora y media tarde- cuando disfrutábamos el segundo plato. Únicamente, dispuso indicarles sus ubicaciones y serviles la comida que compartíamos. Usted hace algo similar con sus invitados y será calificado de “mal educado” e incluso se resentirán. Es “habitual” que al aparecer un concurrente a última hora le sirva el aperitivo, la entrada, el segundo, etc. hasta “nivelarlo” con los demás comensales. Nada, desde mi parecer, más inadecuado e inelegante.

Hace un tiempo estuve en una ceremonia en la presidencia del Congreso de la República. Se nos convocó a la instalación de una comisión parlamentaria con la participación de más de una docena de embajadores. El titular del Parlamento Nacional estaba atendiendo a unos dirigentes sindicales y demoró casi media hora en empezar la sesión. Pasados 20 minutos se retiraron los embajadores presentes. Cuando apareció el presidente -para su sorpresa- no había ningún representante diplomático en la sala. Que gesto tan honroso el de la delegación extranjera.

El escritor, médico y profesor escocés, prolífico autor de publicaciones de autoayuda y artículos Samuel Smiles (1812-1904) afirmó en su célebre libro “Ayúdate” (1859): “La puntualidad es cortesía de reyes, deber de caballeros y necesidad de hombres de negocios”. Estas palabras las reitero a mi alumnado en el afán -incontables veces en vano- de hacerles comprender su trascendencia como valor. No obstante, en más de una institución educativa existe “tolerancia” en el ingreso a la hora de clase, lo que se convierte en un sutil amparo a la impuntualidad del estudiante.

Cuando asista a un evento -familiar o empresarial- recuerde darse su lugar y no permita que lo hagan esperar como es costumbre limeña. En los matrimonios la hora indicada en la invitación no coincide con la celebración de la boda. También, es “normal” en actividades oficiales que la autoridad principal llegue tarde y nadie exprese su malestar o se retire. Típica actitud de sometimiento peruano. Eso me trae a la memoria a una entidad (en la que laboro) que convoca reuniones de confraternidad y el anfitrión tiene la “tradición” de acudir tarde y, consecuentemente, no recibe a sus invitados a pesar que el “dueño de casa” debe dar la bienvenida. En su oficina, encuentros de negocios, citas, etc. distíngase por su puntualidad y tendrá potestad para exigir igual retribución. Demuestre su autovaloración, si es que la tiene.

La exactitud en la hora debe recuperarse como manifestación de convivencia respetuosa y armónica y, además, orientará positivamente la conducta humana. No perdamos la esperanza en esta tarea que estamos obligados a emprender educando con el ejemplo a quienes están a nuestro alcance. Tenga presente el aforismo inglés: “La puntualidad es el alma de la cortesía”.