domingo, 23 de enero de 2011

Los “elegantes” modales de nuestros políticos

Empezó la campaña electoral a la presidencia de la república y comienzan -de sus aspirantes y candidatos de las listas congresales- lamentables y visibles demostraciones de escasa delicadeza, precarias formas y ausencias de consideración a la población que anhelan representar. A través de los medios de comunicación observamos su efímera educación, deferencia y tolerancia. Una nueva comprobación de que las credenciales académicas, profesionales y sociales y, consecuentemente, el bienestar económico no van acompañados de la caballerosidad y mesura.

No requiero mencionar nombres para hacerle recordar las cotidianas faltas de quienes están inmersos en adjetivos, enfrentamientos y, por lo decirlo menos, en las inelegancias en que se está transformado el certamen electoral. Bien decía Aristóteles: “La ciudad (polis) es una de las cosas que existen por naturaleza; y el hombre es, por naturaleza, un animal político”. Al parecer nuestros postulantes se comportan como “especies silvestres”. “Cualquiera puede enfadarse, eso es algo muy sencillo. Pero enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto, eso, ciertamente, no resulta tan sencillo”, anotaba el ilustre filósofo griego al pensar que el fin de la sociedad y el Estado es garantizar el bien supremo de los hombres, su vida moral e intelectual. La ética es un componente no menos importante en política, en donde la transparencia de sus actos es conveniente revelar a la luz pública. ¿Sabrán nuestros candidatos quien era Aristóteles?

Desde mi punto de vista, esta carencia de compostura, buenos modales y cortesías muestra el deterioro de esta noble actividad que deben conducir gentes con espíritu cívico y con una hoja de vida ejemplar. El gobernante hace docencia con su postura expuesta a la reflexión general que, por cierto, no guarda coherencia con lo que vemos todos los días, incluso con “resignación”. Peor aún, cuando estas faltas provienen de quienes conducen el rumbo de la nación y están obligados a hacer pedagogía política en lugar de proselitismo partidario utilizando recursos provenientes de todos los contribuyentes. Eso también es ordinario.

Es habitual escuchar epítetos como “loquito de la calle” (en referencia a un ex jefe de estado), emplear insultos para responder preguntas incómodas de periodistas, utilizar calificativos agraviantes en lugar de propuestas, usar términos como: “ladrón todos creen que son de su misma condición”, “a la m….con las tachas”, entre otros comentarios. La falta de cultura y óptima formación hace que pierdan “los papeles” estos individuos que nunca pasaron por un elemental curso de urbanidad. Sus gestos, vestimentas, formas de tratar al adversario, afirmaciones exacerbadas, actitudes autosuficientes, etc. constituyen un pésimo referente para el “ciudadano de a pie”.

En este ámbito deseo compartir lo expresado por Mónica Jacobs, Eliana Mory y Odette Vélez en su libro “Ética y política: El arte de vivir y convivir”: “…El significado etimológico de la palabra ‘educar’ es ‘hacer salir de dentro hacia fuera’; en otras palabras, ayudar a crecer, cuidar, guiar, facilitar y acompañar el crecimiento de otros. En este sentido, todos educamos pues cada uno de nosotros se relaciona con otras personas y al relacionarse con los demás estamos influyendo unos en otros (positiva o negativamente). Cada uno de nuestros actos, nuestra forma de relacionarnos con los demás, nuestra manera de vivir y de pensar, nuestras creencias, percepciones y valores, nuestros estilos de utilizar la libertad influyen, directa o indirectamente, en otros: al saludar o dejar de hacerlo, al respetar o maltratar a los demás, al ayudar a alguien en la calle, al cumplir las reglas de tránsito: y así vamos educándonos ética y políticamente”.

Por su condición de representante del pueblo el político está en la “mira” de la opinión colectiva. Mayor razón para calcular los efectos y consecuencias de sus vocablos y trayectoria -en su esfera gubernamental y personal- considerando el grado de desprestigio en que están inmersos. Al parecer, se encuentran “encapsulados” en una realidad diferente a la percibida por nosotros. Desde su perspectiva creen que sus prácticas los “acercan” al lenguaje y comportamiento popular. Pero, el elector no les acepta lo que nosotros podríamos realizar en nuestro quehacer diario. El habitante espera una actuación referencial del hombre público.

En el libro “Rajes del oficio”, del periodista Pedro Salinas, Mario Vargas Llosa señala: “…La política, en primer lugar, no atrae a la mejor gente. La política atrae a gente con apetito de poder, gente inescrupulosa, de una gran mediocridad. Los mejores talentos, los más idealistas, los más puros, los más preparados, muy rara vez se dejan tentar por la política. Y cuando así ocurre, generalmente la política los arrolla, o los corrompe o los expulsa”. ¿El proceder de los políticos no coincide con esta descripción?

Es evidente, por lo que está acontecimiento en la contienda electoral, la falta de finura, elegancia y nivel -entre otros factores- de sus protagonistas. Es prioridad que la “clase política” comprenda su influencia en los destinos nacionales y en la conciencia colectiva de los peruanos que los elegiremos para personificar nuestras expectativas y demandas. Por la salud democrática de la sociedad deseamos que algún día su desempeño sea un “faro” de valores, respeto, convivencia y armonía social.

sábado, 15 de enero de 2011

Pautas para un “buen” invitado

Hace unas semanas compartí un artículo con diversas recomendaciones detallando los elementos que debieran caracterizar a un anfitrión. En esta ocasión, presento ejemplos y orientaciones que, desde mi parecer, son convenientes de pensar cuando sea invitado en cualquier circunstancia.

Un primer error, rutinario por cierto, es creer que las normas sociales y protocolarias solo se aplican en momentos de extrema formalidad y solemnidad. Es verdad que existen sucesos de mayores rigurosidades, pero la afable educación debe fluir -de manera permanente y espontánea- en todo acontecimiento aún en el más informal y familiar.

Es necesario, siguiendo esta lógica, que los criterios de urbanidad formen parte de la cultura de vida de nuestra sociedad. Así será fácil y sencillo comportarnos con corrección y evitar actitudes forzadas que obstruirán desfrutar la velada y evidenciarán el precario conocimiento de la etiqueta. Este es un comentario, disculpe amigo lector, reiterativo. Tenga en cuenta esta simple expresión: “Lo que no nace, no crece”.

Otro punto central ha considerar un concurrente: La puntualidad. En un banquete podremos retrasarnos de ocho a diez minutos. Si prevé el retraso, llame al anfitrión para comunicar la hora de su llegada. Si no puede asistir, avise con suficiente antelación. Tengo allegados con la “peruana” costumbre de disculparse cuando, coincidentemente, nos encontramos en forma casual días o semanas más tarde de celebrada la reunión.

Su vida está llena de amables detalles. Cuando acuda a una invitación lleve un regalo para los anfitriones. Por ejemplo, flores si no existe confianza con ellos. Estas se envían al día siguiente del convite con una nota de agradecimiento. También, puede obsequiar chocolates, galletas o una botella de licor, son adecuados en ocasiones menos formales.

La genuina educación se muestra, principalmente, en la mesa. Por ese motivo, su actuación será lo más auténtica, natural y con amplio sentido de pertinencia. No pase al comedor hasta que no hayan entrado las personas de mayor representación y jerarquía y, además, el anfitrión es el primero que ingresa. Al entrar busque su puesto por los rótulos con su nombre colocados en cada lugar y, posiblemente, por la indicación verbal del anfitrión. No insinúe que desea sentarse al lado de determinado invitado o de su pareja. Sea elegante y deje atrás esas prácticas “criollas”. No empiece a comer hasta que lo haga el anfitrión, apague su celular, tampoco se levante -para regresar a la sala- antes del anfitrión. No se sirva porciones enormes, piense que lo que hay es para todos.

De otro lado, recuerde los términos del escritor, poeta y periodista británico Samuel Johnson: “La gratitud es un producto de la cultura; no es fácil hallarla entre gente basta”. Haga del reconocimiento un hábito y agradezca las invitaciones de cualquier índole. Si envía flores -al día siguiente del convite- con una esquela, quedará muy bien. También, puede hacerlo mediante una llamada telefónica o un email. Es un gesto delicado, distinguido y, por desgracia, poco usual en nuestro medio.

Hay unas cuantas orientaciones -algo fuera de “moda” para muchos- que creo oportuno mencionar. No realice una visita sin avisar con antelación por más intimidad que tenga con los dueños de casa; prescinda formular preguntas u observaciones indiscretas; no proponga que le inviten una comida o bebida de su preferencia; sea prudente en el período de permanencia en una reunión (si es una cena o almuerzo el tiempo máximo es de cuatro horas); si sucede un accidente no realice explicaciones y evada hacer de ese suceso un “tema” de conversación; si le sirven un alimento desconocido o que no es de su agrado, tome sólo una pequeña cantidad.

Al acudir a eventos (familiares, amicales, empresariales, etc.) lleve sus tarjetas personales en un tarjetero para impedir dañarlas; si cuando visita a algún individuo conocido, está ausente en esos instantes, deje una tarjeta con un mensaje indicando el asunto por el que ha estado; no llegue quejándote de lo difícil que fue dar con la dirección. Cada uno vive donde puede y abrir su casa es extender su corazón; desarrolle una conversación general y al acceso de los asistentes; no pida nada especial o diferente de lo ofrecido como “algo picante” o té en lugar del café, podría poner en aprietos al anfitrión.

Una costumbre “limeña” -propia de una colectividad con deficientes modales- es llevar acompañantes a una invitación realizada únicamente a usted. No acuda con amigos, hijos, enamorada, etc. cuando la convocatoria es personal. Tampoco es fino preguntar si puede hacerse “escoltar”. Es “normal” observar la impertinencia de presentarse con una “dama de compañía” con el pretexto de su alto grado de confianza con el anfitrión. Sea cometido siempre en sus acciones. Su sentido común y cultura serán las mejores fuentes de inspiración a las que puede recurrir para conocer como proceder en cada eventualidad.

domingo, 9 de enero de 2011

Importancia de la imagen personal

Una de los más importantes elementos a considerar por un profesional con aspiraciones de desarrollo y aceptación laboral, está referido a la imagen que proyecta, de forma consciente o inconsciente. La “imagen” es el conjunto de factores que configuran la opinión buena o mala que el público se forma de usted. Así de simple.

A continuación deseo compartir la interesante definición de Fabio Arévalo Rodríguez, quien en su texto “Apariencia y Relaciones Públicas” dice: “La imagen puede imponer un carácter o expresar una nueva idea, ya que es el reflejo que las personas conservarán de nosotros siempre, otro aspecto importante en esta parte es que la primera imagen es la que se va a conservar, las personas pueden crear un concepto de nosotros a través de la imagen que dejemos, pero recuerda que la imagen no es solo la ropa, sino nuestra expresión y nuestro vocabulario, la forma en que tratamos a las personas hace parte de un código que se comprende fácilmente, debemos tener cuidado para conservar un equilibrio en donde no seamos ‘rudos’ y obstinados mandones, pero tampoco ‘melosos’, ya que los dos extremos ocasionan problemas”.

Desde mi análisis el “retrato” de un profesional no solamente está sustentado en su óptimo conocimiento, propio de su especialidad. También, es complementado y enriquecido con otras particularidades como su educación, cultura, valores, sentido común, elegancia, estilo y, además, las buenas formas y cortesías que facilitarán su desarrollo integral. No descuide su trascendencia, será una muestra de su grado de autoestima.

Pero, ¿Qué es la autoestima? Es la autovaloración de uno mismo, de la propia personalidad, de las actitudes y habilidades, que son los aspectos que constituyen la base de su identidad. Se construye desde la infancia y depende de la reciprocidad con las personas significativas, principalmente los padres. La baja autoestima impulsa a esforzarse demasiado para superar la inferioridad que percibe de si mismo y a desenvolver talentos como compensación. Impide la búsqueda del sentido de la supervivencia y produce problemas de identidad.

La disminuida autoestima causa trastornos psicológicos, depresión, trabas psicosomáticas y fallas de carácter, timidez, ausencia de iniciativa, anticipación del fracaso, características que impiden el crecimiento. Induce a compararse e identificarse con modelos sociales e imposibilita comprender que cada individuo es diferente y que lo único comparable es nuestra fortaleza con respecto a nuestro rendimiento. La autoestima es una señal de nuestra forma de ver la vida y afrontar sus adversidades, y la damos a conocer en pequeños detalles como la seguridad en el hablar, en las decisiones que tomamos, en los afectos que entregamos y recibimos, entre otros indicadores.

Muchas veces -lo afirmo por mi experiencia docente- el estudiante y egresado tiene una explicable expectativa por adquirir conocimientos para acceder a mejores colocaciones de empleo descuidando o desconociendo la valoración de su “imagen” en una entrevista laboral. Recomiendo preocuparse por comprender la trascendencia de la “foto” que tendrán de usted -a partir de su forma de actuar- en un mercado de trabajo exigente acerca de su habilidad social, desenvolvimiento, manejo de competencias, capacidad empática y eficiencia en las comunicaciones, etc.

El “retrato” que proyecta no se basa, únicamente, en sus potencialidades académicas. Hay otros factores como su lenguaje corporal (que constituyen la expresión coherente de su cuerpo), el buen gusto, tacto, distinción en el vestir, forma de hablar, reír, tono de voz, gestos y actitudes cotidianas. Es necesario interesarse en el cuidado de sus manos, uñas, higiene, vestuario, perfume, cabellos y maquillaje. Su estilo es parte de su imagen y, por lo tanto, recuerde: “La moda pasa, el estilo queda”. Diseñe su perfil en función de sus peculiaridades y personalidad. No imite, sea auténtico y original.

Cuando acuda a una cita de selección de personal hágase, previamente, las siguientes preguntas: ¿Qué aspecto tengo? ¿Mi ropa es la apropiada para mis actividades? ¿Mi cabello está arreglado? ¿Mi aseo es adecuado? ¿Cuál es mi manera de comunicarme? (que digo, habló rápido, lento, pienso y reflexiono, trato de ser empático). Son algunos componentes que sugiero examinar en su autoevaluación.

Está demostrado que la mayoría de las decisiones se determinan por la influencia visual y tenga en cuenta: “No existe una segunda oportunidad para causar una primera buena impresión”. De su adecuada apariencia dependerá lograr disfrutar de la simpatía, credibilidad y aceptación de su entorno general y empresarial. Una imagen individual positiva le abrirá nuevas oportunidades en el exitoso camino de su vida.

sábado, 25 de diciembre de 2010

Consejos para un buen anfitrión

En estas semanas, con ocasión de la histórica fiesta de la Natividad y el nuevo año, usted tendrá celebraciones sociales, familiares y laborales en donde será, probablemente, anfitrión. Aquí deseo comentar unas pautas e ideas para cumplir esa tarea tan importante de convocar, atender y compartir con sus invitados.

Deberá tener presente que su misión no consiste en formular la invitación y trasladar a otros la organización, pormenores y obligaciones durante el evento. Esto debe tenerlo en consideración por más sencilla e íntima que sea la reunión. Superior será su dedicación si planea un suceso empresarial en donde tiene la intención de cerrar negocios y exhibir la imagen de su compañía.

El rol de un anfitrión con “sentido común” está más allá de algunos conceptos tradicionales. Tiene que tener criterio para seleccionar sus invitados, escoger el menú adecuado, optar la hora y local propicio, determinar la formalidad o informalidad del encuentro, emplear la vestimenta apropiada, observar la limpieza, arreglo y decoración del recinto, formular las invitaciones con antelación y deferencia, entre otros pormenores que aseguren el éxito del acontecimiento.

Algo que cuestiono, con firmeza por cierto, es la ausencia de esmero en las invitaciones que se hacen sin guardar mínimas cortesías. Una invitación informal no debe producirse con menos de ocho días. Sin embargo, conozco entidades (incluso educativas) y amigos que invitan con uno, dos o tres días de antelación a festividades que por sus características ameritan significativa anticipación. Eso es parte esencial del tratamiento que usted merece cuando sea invitado, no lo olvide y hágase honrar en toda eventualidad. Tengo por política declinar siempre convocatorias de última hora (familiares o corporativas) que me puedan hacer sospechar que mi nombre está en un listado de “suplentes” llamados por la ausencia de los “titulares”, o que muestra visible improvisación. En la vida dase su lugar, dice bastante de su autoestima y respeto consigo mismo. ¡Recuérdelo!

Para empezar, el anfitrión estará en la entrada (de la casa o sitio de reunión) recibiendo a los concurrentes. Si la invitación es con esposa, se hará acompañar -de ser casado- de su cónyuge. Debe coordinar y asegurar que todo esté listo -como mínimo- con una hora de antelación a la fijada para la aparición de los asistentes. Es lamentable y, por lo tanto, una falta de respeto que usted al llegar puntual a un evento se encuentre con la “sorpresa” que las luces están apagadas, recién se están instalando las mesas y equipos de sonido, los anfitriones no han concluido de alistarse y existe una visible carencia de planificación. Eso es tan “usual” y “aceptado” en Lima, como el arroz con leche. ¡Qué vergüenza!

Ofrezca un aperitivo con unos pequeños bocaditos -antes de pasar al comedor- que se sirve en la sala. Es conveniente que el mayordomo exhiba en el azafate bebidas sin alcohol y gran cantidad de servilletas de bar. Cuando es un círculo formal deberá existir personal de servicio que puede no requerirse en una situación informal. Aunque un mozo, bien dirigido y capacitado, ayudará en la correcta atención. Continuamente lo hago y me alivia una serie de cometidos.

El anfitrión garantiza que cada invitado esté cómodo y se lleve un provechoso recuerdo. No es difícil, pero exige conocer detalles que olvidan las personas e instituciones. Conozco “anfitriones”, incluso dueños y directores de organizaciones, que se comportan como invitados y, únicamente, conversan y se interesan en su círculo de allegados. Es decir, se “olvidan” de su función que busca vincular e integrar a los partícipes, fomentar temas de tertulia, verificar que todo funcione y desarrollar sus habilidades sociales. De esta forma, hará grata la actividad.

Otro aspecto primordial. El anfitrión determina las precedencias en las mesas alternando una dama con un caballero y, además, no sentará juntos a una pareja de esposos. Recomiendo que los integrantes de cada mesa sea un grupo homogéneo en términos culturales, sociales y de educación para evitar actitudes discordantes en la jornada. Puede colocar un letrero pequeño en cada ubicación con el nombre, así facilitará al comensal conocer su sitio y evitará esa “criolla” costumbre de sentarse dos amigas juntas y dos o tres hombres contiguos.

Algunos consejos rápidos que no puedo omitir. Tengan cubiertos de recambio y que sean de buena calidad las copas, azafates y el menaje empleado; observé si algún invitado requiere algo en particular; demuestre su obligación en hacer sentir cómodos a sus comensales; tenga analgésicos por si alguien se siente mal y acondicione una habitación en caso de emergencia; en su baño posea colonia, peines, papel higiénico, toallas de recambio y pañuelos de papel y, claro está, que luzca pulcro; si un invitado rompe una copa, disimule y evite hacerlo sentir mal; oriente la conversación hacia contenidos amenos, positivos y que motiven la intervención de todos. No permita, discusiones acaloradas o que se hable mal de una persona ausente. Usted será responsable de lo acontecido en su evento y tome en cuenta, al momento de adoptar una decisión, las palabras del orador, político y filósofo latino Marco Tulio Cicerón: “Haz aquello que sea lo mejor que haya que hacer”.

domingo, 19 de diciembre de 2010

El saludo: Algunas pautas

Amigo lector, este es un tema que, por su aparente sencillez, no tendríamos amplios argumentos que motiven un artículo sobre lo, supuestamente, enseñado por nuestros padres desde pequeños. ¿Se ha puesto a pensar cuantas veces saluda al día? ¿Se ha percatarse de la forma como lo hace? ¿Le gusta saludar a sus semejantes? ¿Saluda educadamente? Son interrogantes que lo invito a formularse.

En esta nota comparto ciertas reflexiones que no debieran omitirse por cuanto su aplicación le facilitará hacer una evaluación de su desenvolvimiento en el ejercicio de esta rutinaria y habitual actividad, importante en nuestra existencia personal y profesional y, además, en la imagen que proyectamos en las múltiples circunstancias que enfrentamos.

El saludo no solo debe entenderse como una expresión de urbanidad. Sin darnos cuenta describe nuestra personalidad, autoestima, habilidad social, temperamento y, en síntesis, se convierte en su “tarjeta” (buena o mala) de presentación. En este aspecto me permito insistir, después de observar en personas -de diversas edades, procedencias y niveles- su carencia de disposición y agrado para saludar.

Es mucho más revelador de lo que, a simple vista, algunos imaginan. En su obra “Ese dedo menique en el trabajo”, la documentada Frieda Holler comenta: “El saludo es una manifestación social de cortesía, muestra de respeto y afecto. Nos lo enseñan desde pequeños, y a pesar de eso, para muchos, el momento del saludo resulta embarazoso porque no están seguros de hacerlo correctamente”.

Es substancial fijarse determinados modelos para saludar de forma placentera y causar favorable impresión. No olvide un primer detalle, dirija la mirada a la persona, no la evada, puede evidenciar timidez, débil autoestima, falta de transparencia, rechazo, etc. Otros puntos valiosos: Incluya palabras agradables y amables: “Buenos días, como está usted, es una placer verlo”, etc. y agregue algún breve comentario de cortesía y no se limite a decir: “Buenas”.

Asimismo, para causar una virtuosa impresión acompañe una sonrisa espontánea y que fluya –de manera natural- como reflejo de su estado anímico. Sonreír es un componente simpático, halagador y, finalmente, producirá un mejor trato con los demás. Sonría como demostración de alegría, entusiasmo, optimismo ante sí. Lo no olvide!

Un nuevo aspecto que quiero enfatizar es la óptima pronunciación. Visito oficinas, me encuentro con alumnos, acudo a tiendas, etc. y observo deficiente articulación de los términos, lo que refleja pobre dicción. Tenga la certeza que esta carencia será una deplorable carta de introducción si sucede en una entrevista de trabajo. Hable con seguridad y volumen de voz adecuado. Olvidaba algo básico, el que ingresa debe saludar, sin distinción de “jerarquías” o supuestos “estatus sociales”. Conozco entidades públicas y privadas (incluso educativas) en donde sus funcionarios y alumnado al entrar “esperan” que el personal de vigilancia o recepción los salude. ¡Qué pésimo comportamiento! Haga del saludo, afable y cordial, una cultura de vida en cada momento de su quehacer diario y sin discriminación. Muestre su respeto y consideración. No es difícil, solo deberá tener “sentido común”. Es decir, el menos tradicional de los “sentidos” en una sociedad llena de pobrezas morales, cívicas y culturales como la nuestra.

Considere la pertinencia de saludar dando, únicamente, la mano entre personas desconocidas. Recuerde que la dama determina como desea ser saludada en el ámbito social. Brinde su mano con confianza en sí mismo. Evite darla húmeda, sucia, cogiendo algo o con una debilidad que lo hará parecer tímido, poco sincero y con problemas de interacción, no la ofrezca con rudeza, desconfianza o distanciamiento. Salude comedidamente con la mano y lucirá sobrio. El apretón será corto y firme. Demasiado efímero puede demostrar escasez de interés y poca motivación, mientras un saludo más largo indica deferencia. El caballero no omita ponerse de pie al saludar en toda ocasión.

Otra forma de saludar es el abrazo. Es una manera efusiva y utilizada entre personas que se conocen bastante o en momentos especiales. Suele darse cuando llevan demasiado tiempo sin verse, para felicitar o expresar un sentimiento de mayor proximidad. Este estilo de trato es empleado, principalmente, por hombres.

El beso es otro saludo que origina fundadas controversias. Mi profesora Carolina Mujica decía: “El Perú es un besodromo” y no se equivoca. La cuestionable “costumbre” criolla de besarse entre damas y caballeros, ha hecho que se pierda la forma de saludar sonriendo, mirando, dando la mano, hablando bien y ofreciendo una reverencia a los mayores o damas. Es recomendable besar en situaciones sociales y con individuos conocidos, y no en la esfera empresarial.

Si lleva lentes de sol deberá quitárselos para que su interlocutor vea sus ojos. En caso de usar guantes hará lo mismo, es inadecuado estrechar la mano cubierta. Si está fumando -aunque cada vez existen menos espacios donde hacerlo- nunca lo haga con el cigarrillo encendido, deposítelo en un cenicero. No salude con las manos en los bolsillos, eso me recuerda a una reciente ex primera dama peruana que al llegar al aeropuerto de Santiago de Chile beso, con ambas manos en los bolsillos de su abrigo, a la esposa del jefe de estado del país anfitrión.

Por último, recuerde que al saludar muestra, de manera inconsciente, mucho más de usted de lo imaginado. Ejerza el saludo como afirmación de convivencia armónica, encuentro positivo y deseo de enlazarnos con el prójimo. Y tome en cuenta el oportuno vocablo del economista y político francés Anne Robert Jacques Turgot: “El principio de la educación es predicar con el ejemplo”.

martes, 14 de diciembre de 2010

Orquesta Sinfónica Nacional: Víctima de desafinados modales

El domingo 5 se realizó, en el Museo de la Nación, el concierto por el 72 aniversario de la Orquesta Sinfónica Nacional que, en esta ocasión, contó con la participación del director limeño Pablo Sabat Mindreau, quien tiene una prestigiosa trayectoria musical y, además, es director titular de la Orquesta de Cámara Nacional y de la Orquesta Sinfónica Nacional Juvenil, y director artístico de la Orquesta Cuidad de los Reyes.

La Orquesta Sinfónica Nacional -fundada el 11 de agosto de 1938 durante el gobierno de Oscar R. Benavides- cuenta con más de 70 músicos. Su recital inaugural tuvo lugar en el Teatro Municipal de Lima el 11 de diciembre de ese año, con motivo de la VIII Conferencia Panamericana, en un programa con el Himno Nacional del Perú y obras de Wagner, Beethoven, Debussy, Falla y Ravel. Dicho teatro fue su sede durante varios años.

Según comenta el documentado estudioso Luis Meza Cuadra en la obra “Enciclopedia Temática del Perú”: “…Su primer director fue el vienés Theo Buchwald, quien la dirigió durante los años 1940 y 1950. Este periodo fue, indudablemente, su época más brillante, debido sobre todo a la presencia de músicos europeos que huían de la Segunda Guerra Mundial y la presencia constante de eminentes invitados, tanto solistas como directores”.

Sus directores titulares han sido Theo Buchwald (1938-1960), Hans-Gunther Mommer, Carmen Moral (en dos oportunidades; primera mujer en ocupar dicho cargo en una orquesta en Latinoamérica), los maestros Leopoldo La Rosa, José Carlos Santos, Armando Sánchez Málaga, Guillermina Maggiolo Dibós, entre otros. Y este 2010 fue dirigida por el italiano Matteo Pagliari.

Para quienes asistimos con entusiasmo desde nuestra niñez a sus exhibiciones nos deslumbró el programa de esta conmemoración que incluyó la obertura Leonora y la sinfonía Nro.9, ambas de Ludwig van Beethoven (Bonn,1770 – Viena,1827). La participación de la soprano María Eloísa Aguirre, de la mezzosoprano Edda Paredes, del tenor Álvaro López Risso y del barítono Xavier Fernández Santa María -con la asistencia del brilloso Coro Nacional- coadyugaron a esta presentación de gala. La parte cumbre estuvo al escuchar “Oda a la alegría”.

Siempre he considerado que la música clásica humaniza, sensibiliza y despierta nuestras fibras de emoción y nos transporta a una profunda dimensión interior. Escucharla posibilita aproximarnos a una de las extraordinarias manifestaciones artísticas que ha prevalecido a lo largo de la historia. Es una fuente inagotable de formación y como decía Beethoven: “La música constituye una revelación más alta que ninguna filosofía”. Esto lo aprendí desde mis primeros años de infancia cuando acudía, en la temporada de verano, a sus presentaciones en la concha acústica del tradicional parque Salazar de Miraflores. Asumí que está hecha para ser oída con un profundo sentido emotivo.

No obstante, visibles malas formas opacaron la que debió ser una limpia revelación en un momento tan singular. Una vez más, la falta de organización, buenos modales y, especialmente, atención de las autoridades del Ministerio de Cultura (de quien depende la Orquesta Sinfónica Nacional) fue evidente. La ignorancia e indiferencia de sus funcionarios se “vistió” de fiesta ese día. Para empezar los concurrentes esperaron en las afueras del auditorio más de una hora para ingresar y no hubo consideración con las personas mayores. Resuelta incomprensible que no existan rampas para discapacitados ni sillas de ruedas en el principal museo de la capital.

Es lamentable que, tratándose de una aparición de esta trascendencia, no acudiera ningún funcionario del Ministerio de Cultura. Su titular, Juan Ossio Acuña, estaba en Suecia acompañando a Mario Vargas Llosa en la recepción del Premio Nobel de Literatura. Paralelamente, los miembros de la Orquesta Sinfónica Nacional desde el escenario vieron vacías todas las butacas -de las dos primeras filas- asignadas para “representantes oficiales”. Ningún emisario gubernamental ofreció algunas palabras, únicamente atentas anfitrionas alcanzaron arreglos florales a la soprano y mezzosoprano. Que desaire y carestía de respeto al tenaz esfuerzo de la más valiosa agrupación sinfónica peruana que ni siquiera recibió un simbólico ágape de reconocimiento. A mi parecer, el comportamiento de los jerarcas del portafolio que, supuestamente, trabajan por la ilustración en el país, fue inculto e inelegante. Cabe mencionar que el artífice de esta torpe actividad fue el director de Fomento de las Artes de la cartera de Cultura, Mauricio Salas Torreblanca.

En el listado de ausencia de cortesías existen otras más. La pobre cobertura de prensa, la obsesión de los organizadores de aislar a los músicos del público al concluir la función, la deficiente infraestructura para sus ensayos, la carencia de criterio con el afán de ubicar a los asistentes y disponer las medidas a fin de ofrecerle facilidades. Todo lo cual muestra la poca deferencia de los burócratas en un aniversario que no debió “celebrarse” con escaso realce. La Orquesta Sinfónica Nacional merece nuestro pleno y efusivo homenaje porque, a pesar indiferencias, limitaciones y coyunturas, su labor es un apostolado cultural que nos llena de orgullo.

domingo, 5 de diciembre de 2010

El “sentido común” en la etiqueta

Hace algunos días fui invitado a dictar una conferencia organizada por el alumnado de la “Primera Promoción del Diplomado de Etiqueta y Protocolo Empresarial y Gubernamental” del Instituto de Secretariado ELA. Me lleno de satisfacción encontrar un auditorio con amplitud de preguntas, aportes, vivencias y visibles deseos de deliberar sobre la importancia de esta temática y su relación en su desenvolvimiento personal y profesional.

Empecé explicando la definición de “etiqueta”, que es un conjunto de normas destinadas a construir un “puente” de armonía y convivencia que nos haga grata la existencia a todos. Así de sencillo. Una persona educada creará a su alrededor un clima de simpatía que facilitará su óptimo vínculo con el entorno y, por cierto, fortalecerá su interacción cuando afronte situaciones conflictivas. Es conveniente reiterar que la dimensión de la buena educación se pone a prueba en los momentos tensos, discrepantes y de desencuentros inherentes en las actividades humanas.

La etiqueta, continuamente recomiendo, no solo se debe entender y estudiar. Se tiene que ejercer con convicción, naturalidad y asumir como una cultura de vida. La persona que la práctica, de manera fluida y espontánea, no tendrá inconveniente en mostrar su urbanidad en todo tiempo, circunstancia y lugar. En este campo influye el grado de autocontrol y autoestima.

También, se sustenta en la fórmula “RES” (educación, respeto y sentido común). Estos dos primeros son valores que tienen sus orígenes en el adiestramiento recibido del ámbito hogareño y social. “Enseñar” es instruir, transmitir conocimientos, indicar y guiar caminos. Según precisa Luis Bustamante Belaunde en el prólogo del libro “Ética y política: El arte de vivir y convivir”, la educación consiste en: “….Desarrollar y perfeccionar las facultades y fuerzas propias de las personas y hacer salir de dentro hacia fuera sus potencias de crecimiento. La enseñanza suele ser un acto grupal o colectivo. La educación es siempre individual. Quienes enseñan son docentes. Quienes educan son maestros”. La etiqueta, desde mi parecer, debe estar inmersa en los procesos de enseñanza y educación a fin de afianzar los referentes familiares.

Hay un tercer elemento de la fórmula “RES”, no menos primordial. Se trata del “sentido común”, cuya tradicional definición dice: “Son las creencias o conocimientos compartidos por una comunidad y considerados como prudentes, lógicos o válidos. Se trata de la capacidad natural de juzgar los acontecimientos y eventos de forma razonable”. Suele mencionarse como la dimensión del hombre que no requiere de estudio o investigaciones teóricas, sino que nace de las experiencias vividas. Algunos pensadores exponen que es el “menos común de los sentidos”, algo en lo que coincido plenamente.

Probablemente, si nos detenemos a analizar las formas de actuar y reflexionar de los peruanos (en general) coincidiremos en que no se aplica este sentido (que está relacionado con el nivel de autoestima personal). Permítame explicarle con algunos hechos. Por “sentido común” al ingresar a un lugar debiéramos saludar; decir “gracias” y “por favor” al recibir una atención; si desea llegar puntual a una cita debe tomarse el tiempo pertinente en su traslado; debemos ser solícitos con las personas mayores, discapacitadas y embarazadas sin que exista una norma de carácter obligatorio. Podría seguir una secuencia de alusiones que ratifican la pérdida de este sentido, si alguna vez lo tuvimos.

El “sentido común” nos manda exponer lo que pensamos en voz alta, de manera honesta y respetuosa, en función de su autovaloración y seguridad. En nuestro contexto es habitual revelar lo que el interlocutor (más aún si es jefe) quiere escuchar y solo comentamos lo que pensamos “debajo de la alfombra”. Tiene correlación con las acciones que realizamos todos los días y que, aparentemente, obedecen a un orden lógico. Pero, cabe preguntar: ¿Es lógico querer pasar la luz rojo para llegar a nuestro destino? ¿Es lógico pretender ser atendido con amabilidad cuando usted trata de manera déspota a quien considera su inferior en términos sociales? ¿Es lógico que un alumno no salude al docente que, coincidentemente, lo desaprobó en su asignatura por no estudiar? ¿Es lógico tener prendido el celular durante una ceremonia religiosa? ¿Es lógico ser incoherentes entre su modo de pensar y conducirse? ¿Es lógico que cuando un caballero asume gestos de cortesía y amabilidad sea mirado con desconfianza? Estas situaciones sustentan la carencia de “sentido común”.

Cuando usted procede diferente -tal vez poco “común”- posiblemente será denominado “loco”. No se incomode, esa mención es una distinción honrosa que acredita que es opuesto a la sumisa y poco amable conducta de la inmensa mayoría de conciudadanos en una sociedad que, además, acepta la hipocresía como lícita para coexistir, convalida el engaño y la doble moral, en aras de no subvertir este sistema que requiere una intensa transformación espiritual y cultural. Hagamos cada uno lo posible por aplicar el “sentido común” y recuerde las inmortales palabras del filosofo griego Platón: “Buscando el bien de nuestros semejantes, encontramos el nuestro”.