lunes, 6 de julio de 2015

Chuncholandia: ¿Un nuevo síndrome?

Un término que he identificado para describir aquellas conductas -bastante más habituales de lo imaginado- expresivas de una enorme carestía de autoestima, precaria habilidad social e ineptitud para interactuar y, por lo tanto, se caracterizan por las limitaciones que obstruyen el fluido desenvolvimiento en sociedad.

Desde mi punto de vista, “chuncholandia” es un fenómeno trasversal que abarca diversos niveles, edades y estatus económicos. Con indisimulable nitidez está presente en todos los ámbitos en los que alternamos. Se concibe tan evidente que, incluso, es percibido como una peculiaridad en el invertebrado, insolidario, convulsionado y complejo comportamiento peruano.

Sus numerosas demostraciones son observables en oficinas, encuentros amicales y rehúye diferenciar orígenes o rasgos de algún tipo. Lo veo en mis sesiones de clase cuando el alumnado -de las más variadas generaciones, profesiones o procedencias- sólo encuentra seguridad, para hacer un trabajo grupal, cuando está inmerso con su “secta”.

También, es común advertir esta limitación en las aburridas y tormentosas reuniones familiares -a las que evito asistir- que se distinguen por la constitución de “tribus” en función de sexos y edades. Por desgracia, si alguien demuestra elevada seguridad y pretende integrarse con la “camarilla” ajena, es expulsado. “Anda con tus primos y tíos, aquí estamos hablado asuntos de mujeres” he escuchando un sinfín de veces.

Con frecuencia notamos en una actividad social a una pareja de cónyuges que se exhiben distantes, acartonados, solemnes y despojados de condiciones para interactuar con seres desconocidos. No obstante, se transforma su actuación cuando llega su “pandilla” amical o familiar. Surge una súbita actitud extrovertida, locuaz y desenvuelta que, hasta hace unos minutos, estaban imposibilitados de presumir.

Acaso no oímos con cotidianidad deprimentes aseveraciones tales como: “No voy a la comida, porque no conozco a nadie”, “Ven a recogerme, tengo roche llegar solo”, “Dime si va tu esposa al almuerzo, pues la mía no tiene con quien hablar”. Estas son vivas muestras de la sórdida “chuncholandia” que lacera, ante la apatía general, nuestro crecimiento como seres aptos para habitar en colectividad.

Observo con una dosis atrevida de ironía a múltiples colegas que sino coinciden en la sala de profesores con su “califato”, con quienes comparten limitadas charlas domésticas, están más perdidas que “cuy en tómbola”. Sus visibles privaciones las obliga a permanecer enmudecidas. Incluso en celebraciones o capacitaciones me percato como “guardan sitio” al colocar -sin la mayor vergüenza- sus carteras en las sillas colindantes para su “cofradía” con la que, únicamente, pueden desenvolverse.

Esa pegajosa práctica de forjar, de manera excluyente, conexiones interpersonales en función de ciertas “logias” restringe nuestro proceso de evolución. Precisamente cuando salimos del “área de confort” y, por lo tanto, empezamos a entablar saludables relaciones con sujetos de otras extracciones y actividades, ampliamos nuestra percepción de la diversidad humana. En consecuencia, fortalecemos nuestra autoestima y empatía al valorar, entender e interactuar con el prójimo.

Sin embargo, las posturas puestas en escena por nuestros semejantes ratifican esta falta que, a mi parecer, pone a la vista el conformismo, la ausencia de mundo y una gama de precariedades sobre las que cada uno de nosotros debiera tener la honestidad de realizar su propio diagnóstico. El profundo conocimiento de nuestras insuficiencias facilitará trabajar su superación con el propósito de valorar sus implicancias en nuestra calidad de vida.

Es recomendable forjar una personalidad convincente, firme, con alto grado de cultura y apta para afiliarnos a las disímiles esferas con las que alternamos. En tal sentido, reitero lo reseñado en mi escrito “¿Tiene usted habilidades sociales?”: “Las ‘habilidades sociales’ complejas están ligadas con el despliegue de la asertividad en la comunicación y la inteligencia interpersonal. Los individuos que la poseen saben expresar quejas, rebatir peticiones irracionales, revelar sentimientos, defender sus derechos, pedir favores, resolver situaciones agudas, acoplarse con el sexo opuesto, tratar con niños y adultos. Estas destrezas tienen un impacto directo en contextos de tirantez y demandan de una sólida configuración personal”.

“Existe una carencia de ‘habilidades sociales’ esenciales que nos deja atónitos en múltiples acontecimientos y, especialmente, cuando provienen de prójimos con determinada formación e instrucción que supondría un mínimo despliegue de estas pericias. Personas de variadas ocupaciones laborales que, por la naturaleza de sus quehaceres requieren de un prodigioso nivel de estas cualidades, son renuentes a saludar y mostrar afables gestos, huérfanas de las mínimas nociones para fomentar una conversación, arropadas en su reducido y marginal círculo amical, incapaces de integrarse socialmente, inseguras en su toma de decisiones y sobreprotegidas en su estrecha zona de confort”.

Por último, es imprescindible incorporar este tema en los programas de adiestramiento laboral. Lo explico con insistencia en mis asignaturas para demostrar que los hombres y mujeres deben abocarse a su desarrollo integral y construir relevantes puentes de entendimiento y sociabilidad. La solvencia cultural tiene siempre un papel significativo que otorgará consistencia para desplegarnos. Es conveniente acercarnos a la historia, el arte y la literatura para contar con enriquecedores elementos que inspiren las tertulias. La lectura compromete nuevas capacidades y tiene un efecto esperanzador. Recuerde: es un magnífico, genuino e inexplorado océano de sapiencias.

Asimismo, la cultura cumple un papel importante que se debe evitar subestimar: ofrece la lucidez para reflexionar y convertirnos en individuos racionales, críticos, desenvueltos y solventes en términos éticos. Posibilita profundizar en la intuición y es un medio de superación. Esquivemos mirar con desdén su invalorable rol en nuestra consolidación como seres pensantes. De allí que, es preciso articular el ascenso intelectual y emocional y, además, la voluntad de renunciar a la entorpecedora, criolla y parapléjica “chuncholandia”.

viernes, 3 de abril de 2015

Tips de sentido común en la etiqueta social

En algunas ocasiones he intentado entender las variadas, visibles y reincidentes muestras de ausencia de “sentido común” en las acciones de nuestros semejantes que, además, de constituirse en faltas de buena educación, lesionan nuestra convivencia.

Empecemos esclareciendo este flamante término tan usado y, probablemente, poco comprendido en nuestro medio. Todos coincidimos en que está erigido por los conocimientos y las creencias compartidos por una comunidad que se estiman prudentes, lógicos o válidos. Es el potencial natural de juzgar los acontecimientos y eventos con racionalidad.

Este discernimiento es vital para conducirse de manera correcta y congruente. Se aprende a lo largo de nuestra vida y se nutre de las acciones experimentadas en nuestro crecimiento y, en consecuencia, nos ayuda a dirimir como actuar del mejor modo posible ante determinadas situaciones. Aunque parezca una ironía está considerado -según expertos y estudios- el menos usual de los sentidos.

El “sentido común” es un rápido análisis que necesita una respuesta. Tiene en cuenta los parámetros o variables del entorno. Una vez recopilados, mezclados y evaluados se obtienen conclusiones que podemos usar. Está unido al ingenio, la creatividad y la lucidez para afrontar circunstancias desconocidas que pueden ayudarnos a salir airosos de las casualidades que enfrentamos.

Sin embargo, si observamos la conducta de los individuos con los que estamos vinculados en el quehacer laboral, familiar, amical, etc. coincidiremos en que evaden emplearlo. Tal vez será que en “perulandia” nuestros conciudadanos están revestidos de una ausencia de este primordial concepto que pretendo comentar desde la perspectiva de la etiqueta social.

Permítame dilucidarlo con unas cuantas y desordenadas exhortaciones aplicables a nuestra controvertida realidad: Al ingresar a un lugar saludemos (lo que sinnúmero de colegas no hacen a su llegada a una sala de profesores); digamos “gracias” y “por favor” al recibir una atención, obsequio o deferencia; si desea llegar puntual a una cita prevea el tiempo oportuno para su traslado y soslayar quejarse de la insoportable congestión vehicular; seamos solícitos en los espacios públicos con damas y caballeros mayores, discapacitadas y embarazadas sin necesidad de imperar una norma de carácter obligatorio; evitemos hacer preguntas desacertadas e inconvenientes, destinadas a satisfacer curiosidades personales; rehuyamos realizar visitas familiares y/o amicales sin habernos anunciado con antelación; renunciemos a orientar la conversación hacia temas incómodos delante de posible aludidos, etc. El listado podría continuar.

Desde mi parecer, las negativas influencias del entorno, las limitaciones de criterio personal y una inocultable conducta conformista revelan la masiva orfandad de “sentido común”. Existen sujetos que estarían dispuestos a mostrar un proceder diferente al mayoritario. Pero, el temor a exhibir una actitud discrepante y singular –resultado de sus inseguridades, miedos, prejuicios y baja autoestima- interviene en su incapacidad para adoptar decisiones de forma autónoma.

Este sentido es un elemento esencial de reflexión para obrar teniendo en cuenta la exigencia de construir óptimos niveles de coexistencia con nuestros compañeros de trabajo, familiares, vecinos y amigos, dejando de lado reacciones egoístas, individualistas y carentes de sensación de pertenencia. Sugiero anotar: nuestros derechos terminan en donde empiezan los ajenos. Aprender a aceptarnos, tolerarnos y forjar un mutuo sentimiento de miramiento debe ser una tarea prioritaria en cada uno de nosotros.

Habitamos una colectividad colmada de múltiples y complejas desavenencias, tensiones y respuestas defensivas que impiden forjar saludables lazos en nuestra relación interpersonal. Por lo tanto, el “sentido común” cobra enorme actualidad y se convierte en un ingrediente que coadyuve a afrontar las asperezas de nuestro día a día. Difícil cometido para una población lacerada por una acentuada apatía, indiferencia e insolidaridad.

Obviemos acostumbrarnos, ni mucho menos resignarnos a subsistir en una aparente “jungla” en donde cada uno solo piensa en sí mismo. Esquivemos desplegar actitudes hirientes como conclusión de ciertos complejos, ofuscaciones, vicios y equivocados estilos de comportamiento que deterioran nuestra calidad de vida y el clima de entendimiento con el prójimo. Tenga presente: ejercitar los más obvios consejos de la etiqueta social nos engrandece como persona y sociedad.

Saludar, sonreír, ceder el paso, agradecer, pedir por favor, asumir un trato amable, cálido y cortés, responder una llamada telefónica, presentar excusas, ejercer la puntualidad y actuar con pertinencia, entre otras recomendaciones, fortalece nuestra dimensión humana. Será grata nuestra existencia y de quienes nos circundan. Ante cada situación imprevista apelemos al “sentido común” para encausarnos con asertividad. Recuerde!

domingo, 22 de marzo de 2015

jueves, 12 de marzo de 2015

Etiqueta social: Sugerencias para el jefe

En reiteradas ocasiones quienes ocupan un puesto importante en la empresa desconocen cómo su conducta diaria influye y trasciende en el entorno laboral. En tal sentido, he creído oportuno presentar diversas e ilustrativas recomendaciones destinadas a mejorar la interacción cotidiana y la adecuada proyección de su imagen, en caso ejercer una elevada jerarquía. Quiero empezar citando aquella expresión que engloba toda relación de trabajo: “Trata a tu inferior como desearías que tu superior te trate a ti”.

Asimismo, este asunto está vinculado con el perfil integral de quien ostenta un cargo influyente. No solamente es imperioso analizar y evaluar el estándar profesional a partir de títulos académicos, experiencias, destrezas y conocimientos, sino observar con diligencia su educación, inteligencia emocional, facultad empática, habilidades blandas, manejo de situaciones críticas, entre otros elementos. Veamos seguidamente varios tips.

El buen trato. Sea consciente de la connotación de su desenvolvimiento, positivo o negativo, en el clima laboral y en la convivencia con sus empleados. Ser respetuoso es un aspecto central para lograr la identificación y adhesión del público interno. Al parecer muchos lo olvidan con el pretexto de las tensiones y ofuscaciones habituales. Su trato no debe estar circunscrito a determinados intereses, simpatías o atracciones. Haga ostensible su grado de cortesía y deferencia.

Puntualidad. Contribuye a dotar una personalidad de carácter y eficacia. Predicar con su óptimo ejemplo le facilitará ganarse la credibilidad de sus colaboradores. Cumplirá mejor sus actividades y, por cierto, exhibirá disciplina, perseverancia y orden para establecer prioridades. Está relacionado con su sentido de responsabilidad y organización personal.

Saludo. No solo debe entenderse como una señal de urbanidad. Tenga en cuenta que describe su autoestima, pericia social, temperamento y se convierte en su “tarjeta” de presentación. Es una primera señal de consideración hacia su prójimo, sin diferencia de edades, funciones y estatus. No espere que los demás lo saluden como sucede en ciertas corporaciones: el que llega saluda.

Vestimenta. Es un código de comunicación que refleja su estilo. Desista subestimar la trascendencia de velar por su excelente presentación. Aconsejo usar colores sobrios y ropa adecuada para su tipo de trabajo. Una dama debe evadir ponerse prendas con escotes, mangas cero, mini faldas, blusas transparentes, apretadas y maquillaje excesivo. Si lleva uniforme obvie realizar modificaciones para verse más atractiva. Demuestre su real profesionalismo. Recuerde, su atuendo debe guardar coherencia con su escalafón.

Por favor y gracias. Implica afabilidad y delicadeza, úselos siempre y con todos. Estos vocablos deben estar acompañados de un acto explícito de reconocer o retribuir un gesto o servicio recibido. Observo con frecuencia sinnúmero de ejecutivos que agradecen por cumplir una formalidad y emplean una entonación que evade reflejar su aparente buena intención. Sonría y muestre consistencia.

Liderazgo. Demuestre aptitud para persuadir, auscultar y comprender a los demás en sus iniciativas y proyectos. Un líder busca comprometer a sus subordinados en sus nuevos retos y rehúye mostrar temores, dudas e incertidumbres. Compórtese con convencimiento y seguridad; aliente al resto y hágalos partícipes de los desafíos trazados.

Capacidad de diálogo. Esta cualidad es concordante con sus destrezas sociales y emocionales. Eluda creerse el “dueño de la verdad” y acepte ideas ajenas. Es una virtud frente a la que cientos de altos funcionarios actúan con renuencia y desconfianza. Involucra idoneidad para percibir la discrepancia con naturalidad, madurez, serenidad y buena voluntad; no es sinónimo de conflicto, enemistad o rechazo. Discrepar posibilita entender la diversidad humana y, por lo tanto, recoger puntos de vista opuestos y enriquecedores.

Administrar el tiempo. Verlo apurado o dejar para más tarde sus quehaceres puede ser contraproducente para el correcto desempeño de sus obligaciones. Los períodos y niveles de coordinación, entre otros elementos, son invalorables para cumplir ciertos objetivos. Soslaye apretar su agenda y pretender resolver todo en un día. Dese un espacio para compartir un café con las personas a su mando, captar sus inquietudes y -de ser necesario- dar una vuelta por otras áreas de la compañía.

Autoridad. Ejerza sus atribuciones y, especialmente, exteriorice solvencia moral y funcional. Existen gerentes que han perdido toda potestad debido a su proceder autoritario, prepotente, agresivo y carente de asertividad. Obedezca las disposiciones institucionales y distíngase por ser el primero en hacerlas cumplir. Conviértase en un referente ético por mantener una actuación diáfana.

Conducir un grupo humano es una tarea llena de desafíos que implica replantear determinadas acciones que deben superarse. Laborar en equipo, saber escuchar con apertura, congratular, alentar, motivar, servir de prototipo por su decencia, entrega y honorabilidad, asumir una actitud convocante, son particularidades propias de un jefe. Aplíquelas!

miércoles, 4 de marzo de 2015

¿Cómo comportarnos en el trabajo?

A lo largo de la vida pasamos cuantioso tiempo interactuando en nuestro centro de trabajo con los compañeros de labores. En tal sentido, en este artículo presento ciertas recomendaciones -a partir de adaptar variados tips de etiqueta social- de las muchas que pudieran haber, destinadas a lograr una solidaria convivencia laboral.

Previamente deseo precisar que la cortesía y consideración son elementos claves para alcanzar una afable vinculación humana en cualquier ámbito en el que nos encontremos. Muestra nuestras sensibilidades y posibilita tender un puente inestimable de acercamiento al semejante que hará nuestra existencia más placentera. Ahora si, amigo lector, pasemos a describir cada sencillo consejo de forma meticulosa.

Acuda con puntualidad y tenga buen record su asistencia. Asista con antelación con el propósito de utilizar esos minutos para instalarse con calma, planificar su día y, además, dará un buen ejemplo. Llegar corriendo a marcar tarjeta y terminar de acicalarse o desayunar en la oficina es deplorable. Decline inventar excusas o desgracias familiares para ausentarse en vísperas de feriados largos. Su exactitud y asiduidad ingresan en su expediente e influyen en posibles incentivos y premiaciones. No sea puntual por miedo a ser amonestado y al posible descuento salarial, sino por convicción y esmero.

Esquive comer y masticar chicles. Es mal visto consumir alimentos o chicles, distorsionan su imagen e impiden una adecuada pronunciación. Demuestre su planificación y disfrute su refrigerio en otro ambiente. En la oficina no deben exhibirse comestibles o vajilla usada. Sin embargo, hay empresas en que los escritorios e inclusive el módulo de atención al público parecen la barra de una cocina y más aún si acaba de celebrarse un cumpleaños.

Exhiba ordenado su sitio de trabajo. El despacho refleja su personalidad, pulcritud y estilo. Ostente armonía, limpieza y decoración apropiada. Rehúya colocar debajo del vidrio de su escritorio fotos, tarjetitas, recuerdos y elementos que opacan su sobriedad. Nunca luzca peluches, muñequitos, adornos recargados, útiles de aseo personal y excesivos retratos familiares que transformen su despacho en una pulpería.

Sea discreto y confiable. Estas son virtudes que deben caracterizarnos a todos. Rechace convertirse en portador de “novedades” y referirse a la vida de terceros. Prescinda participar en pláticas indiscretas, son de pésimo gusto. Con frecuencia alterno con personas -desprovistos de mínima educación y agrupados en sectas- que han desnaturalizado las salas de docentes en un insufrible cenáculo de murmullos, rumores y habladurías. Al parecer sus carencias hacen imposible tratar cuestiones colectivas de profundidad intelectual. Esta práctica trastorna el clima interno y la reciprocidad entre los miembros de la corporación.

Si va a hablar con alguien, reúnase en privado. Es inelegante en presencia de otros prójimos compartir temas que, únicamente, son de su incumbencia. Si desea charlar determinados asuntos con su colega, hágalo a solas. Para eso existen recintos de reuniones o espacios libres en los cuales pueden conversar sin susurrar y así prescinde mortificar al resto. Me trae a la memoria lo que casi a diario soportamos algunos incómodos profesores. Aplique su sentido común que, por cierto, es muy exiguo en nuestra sociedad.

No regañe a alguien frente a los demás. Cuando formule elogios hágalo en público. Por el contrario, los comentarios que involucran un cuestionamiento o llamada de atención deben ser en privado y con ánimo constructivo con el afán de sortear reacciones negativas, afectar el entorno laboral, sentar un errado precedente en su equipo de colaboradores y generar tensiones. Actúe con prudencia, asertividad, inteligencia y eficacia.

Evite ataques de ira o llanto. No es recomendable demostrar sentimientos de cólera que perturbarán a sus compañeros y crearán incomodidad. Si acontece una mala o buena noticia impida verse perjudicado por una manifestación de cólera o euforia. Por ejemplo, llorar o gritar con desesperación por un ligero temblor o debido a una contrariedad, lo presentará con escasa capacidad para administrar sus emociones.

Soslaye vocabulario altisonante, diminutivos y apodos. Jamás pierda el miramiento al emplear términos inadecuados. Escucho con repudio habituales bromas pesadas, anécdotas plagadas de vulgaridades y jergas coincidentes con el género de la “Peña Ferrando”, en hombres y mujeres atestados de rusticidades. Ni deseo imaginar como hablarán en el aula de clase con su alumnado. Es impertinente gritar de un extremo a otro y llamar con sobrenombres como bebé, amiguita, nena, papito, flaquito, chato.

Respete las jerarquías. En ocasiones nuestro superior puede darnos demostraciones de amistad que debe entenderse como una cordial deferencia. Tampoco use su acercamiento con quien encabeza la compañía para desconocer las escalas establecidas. No pase por alto los procesos o trámites motivado por el enlace existente con alguien de mayor rango. Será percibido como inhabilitado para aceptar las políticas institucionales. Sea cuidadoso del escalafón establecido.

Muestra actitud abierta, flexible y colaboradora. Es conveniente ofrecer nuestros aportes, proposiciones y demostrar amplia disposición para coordinar en equipo y recibir comentarios tendientes a mejorar nuestra productividad. Convivo con sujetos con indisimulables actitudes defensivas para acoger propuestas orientadas a llevar acabo un trabajo conjunto. La autosuficiencia es un mecanismo perfecto para ocultar un sinnúmero de precariedades, limitaciones y hasta mediocridades.

Cultive su capacidad de relación interpersonal. Gran parte de nuestro crecimiento profesional está vinculado con las destrezas para forjar lazos con nuestros compañeros. Podemos coincidir en que ninguno de nosotros acude a laborar con la intención de instituir un “club de amigos”. A pesar de ello, es ineludible fomentar afectuosas conexiones. Los encuentros de confraternidad son una magnífica oportunidad para viabilizar este objetivo que será observado por los directivos al evaluar nuestro desempeño y analizar un posible ascenso.

No utilice los recursos logísticos para fines personales. Renuncie a la común tentación de emplear el teléfono, la impresora y la fotocopiadora para sus asuntos privados y, además, no caiga en la resignación de afirmar que “todo el mundo lo hace”. Por ejemplo, no abuse de la confianza dada para imprimir los sobres de sus invitaciones matrimoniales o usar el mensajero para distribuir sus recados. Proceda siempre con corrección.

Asista con una apariencia correcta. Este asunto abarca mucho más que la conveniente combinación de su vestuario, maquillaje e higiene. Me refiero al perfil integral que proyecta con su aptitud. Transmita una sensación saludable, proactiva, entusiasta, llena de vida, empática, moderada y amable. Tenga en cuenta su alimentación, horas de descanso, estado anímico y propia motivación. Preocúpese de su bienestar físico, espiritual y emocional.

Trate con cortesía al más humilde de los servidores y obvie establecer discriminaciones. Rehúya maltratar en función de prejuicios, superficialidades, posiciones y aprovechándose de la imposibilidad de su semejante de hacerse respetar debido a su condición, procedencia o autoestima. No margine o desprecie a nadie por su opción sexual, estatus, edad, raza o semblante. Establezca una correlación como la que desearía que su superior sostenga con usted. Sea educado, cortés, acogedor y acuérdese de decir en todo momento “por favor” y “gracias”. Y mucho mejor si añade una cálida sonrisa.

Reflexión final: Si ocupa una jefatura póngase como meta constituirse en un genuino referente ético en virtud de sus cualidades humanas y no solamente por sus calificadas pericias. Eso le facilitará ganarse la admiración, lealtad y credibilidad de sus colaboradores. Por comprensibles y lamentables características sociales y culturales, en nuestro medio es usual advertir compañeros de oficina que simulan estar “ciegos, sordos y mudos”. Pero, están atentos con plena seguridad a su proceder. Recuérdelo!

viernes, 16 de enero de 2015

Tres décadas esparciendo semillas

El domingo 13 de enero de 1985 se publicó, en el suplemento del diario HOY, mi artículo intitulado “Saqueo en Paracas”. Era mi primera colaboración para un medio de circulación masivo. Recuerdo aún los aprietos que enfrenté, durante varias semanas, para elaborar este escrito y, de la misma manera, permanece en la retina de mis gratas remembranzas mi inmensa emoción al ver mi nombre en el periódico. 

Allí describí con amplitud los luctuosos entretelones que vulneraban la intangibilidad de la Reserva Nacional de Paracas, un escenario importante y sensible de nuestra franja costera, amenazado por la desmedida explotación de la concha de abanico. Una incalificable acción promovida ilegalmente -y con la abierta intención de favorecer a determinados grupos económicos- por los funcionarios del gobierno de la época. 

Unos meses antes había conocido a Felipe Benavides Barreda -el más renombrado y fogoso conservacionista peruano del siglo XX- cuyas acciones en defensa de esta representativa área natural protegida despertó mi identificación con los asuntos ambientales: una causa colectiva que asumí, a temprana edad, con perseverante empeño, altruismo e idealismo. 

De esta forma, incursioné en la actividad que mayor regocijo y realización me ocasiona. Significó el punto de partida de una ininterrumpida vocación en el ejercicio del periodismo de opinión que durante muchos años estuvo dedicada, con énfasis y exclusividad, al tratamiento de múltiples dilemas ecológicos. 

Una de las aseveraciones expuesta en ese texto y que, no obstante, el tiempo transcurrido, sigue teniendo plena vigencia decía: “Esta reserva es sólo un ejemplo, aunque el más vergonzoso y grave, de la destrucción generalizada de la ecología y el medio ambiente en nuestro país. Por si fuera poco, las autoridades no han mostrado el más mínimo interés en la protección del medio ambiente que nos rodea y nos sustenta”. 

Han pasado 30 años y, a pesar de lo que pudiera suponerse, lo dicho en reiterados editoriales refleja una problemática sobre la que todavía tenemos incontables argumentos que exponer a fin de generar espacios de análisis acerca de tan complicados conflictos medioambientales que, además, conllevan una incidencia en el factor humano, inherente en las naciones del tercer mundo. 

Arrojar semillas, sembrar inquietudes, aportar soluciones, motivar un cambio de actitud, incentivar debates, denunciar actuaciones sórdidas, llamar la atención sobre hechos lesivos, promover la difusión de valores, afirmar convicciones y dar a conocer mis antojadizos y subjetivos puntos de vista, han sido las inexcusables motivaciones para continuar -desde diversas tribunas cuyas puertas se han abierto- en esta tarea que me brinda la posibilidad de observar con ánimo censor sucesos de nuestra enrevesada realidad nacional.  

Habitar un país variopinto, multiétnico, convulsionado, atiborrado de singularidades y con una inocultable ausencia de cultura general, constituyen elementos estimulantes para echar simientes. Por esta razón, siempre vienen a mi memoria las palabras del genial intelectual José de Sousa Saramago: “Yo no escribo por amor, sino por desasosiego; escribo porque no me gusta el mundo donde estoy viviendo”. 

Es una manifestación de disconformidad y sublevación frente a una comunidad lacerada por la indiferencia, la apatía, la mediocridad, el egoísmo transformado en un estilo de subsistencia, la falta de pertenencia colectiva, la escasa o nula habilidad crítica y, en consecuencia, una acentuada incapacidad para cuestionar comportamientos que bloquean nuestra cohesión social. 

Esta aptitud llena mi supervivencia y me hace sentir apto para ofrecer mi modesta entrega al bien común. Escribo para compartir con quienes integran mi cercano entorno. Es una expresión simbólica e inconsciente de mis afectos. Como pocas veces coincido con las declaraciones del inmortal literato Gabriel García Márquez: “Yo escribo para que mis amigos me quieran más”. 

Es un modo de descubrir la vida y enriquecer mi espíritu. Constituye un modo de seguir creyendo en la posibilidad que, más temprano que tarde, estas contribuciones sensibilicen, conmuevan y despierten ilusiones. Mis alumnos integran un fantástico e inagotable caudal de inquietudes. Me complace sobremanera hacerlos partícipes de mis artículos. 

Cada apunte, presentado con elevada dosis de agudeza, ironía y profundidad, es el resultado de lecturas, vacilaciones, deliberaciones y, especialmente, de mis deseos de ofrecer conocimientos, impulsar pensamientos y reorientar conductas. Los acontecimientos cotidianos son un océano riquísimo de trabajo e inspiración. 

En los últimos tiempos he orientado mi creatividad hacia originales temas: etiqueta social, protocolo, ética profesional, atención al cliente, reflexión, autoayuda, cultura y la semblanza de personajes que despiertan mi admiración. Pretendo que cada escrito sea mejor que el anterior, pero no superior al que todavía tengo en mente preparar. Así renuevo mis entusiasmos y me comprometo con mis obsesionadas pretensiones perfeccionistas. 

Estas líneas serían inconclusas si omitiera agradecer a quienes durante tantos años me han asistido y alentado -con desprendimiento y afán aleccionador- con sus correcciones, comentarios y precisas orientaciones: Hernán Zegarra Obando -a quien accedí gracias a la amable gestión de mi amigo y compañero de estudios Renato Neyra Bravo-  añorado, punzante y serio periodista que acogió mi primer artículo, le dio forma y facilitó mi acceso a las páginas editoriales; mis recordados mentores Felipe Benavides Barreda y Augusto Dammert León, con quienes compartí, desde muy joven, mi acercamiento a la conservación del patrimonio natural y, por último, un efusivo reconocimiento a mi noble e incondicional amiga, la periodista Denis Merino Perea, cuyo rol es determinante, oportuno y generoso: tiene la paciencia de auxiliarme en la selección de los títulos adecuados para mis notas.

Estas aspiraciones me acompañarán invariablemente y ratifican mi analogía con ese Perú -como aseveró el notable indigenista José María Arguedas: “hermoso, cruel y dulce, y tan lleno de significado y de promesa ilimitada”- con el que todos tenemos el imperativo moral de coadyuvar a cambiar, desde sus más profundas raíces, con la finalidad de forjar un lugar en donde aprendamos a convivir y vislumbrar con esperanza nuestro porvenir y, por lo tanto, el destino de sus hombres y mujeres.


miércoles, 7 de enero de 2015

El mudo protocolo de Luis Castañeda Lossio

Hace unos días se efectuó la juramentación del recientemente electo alcalde capitalino y de su cuerpo edilicio. El escenario escogido fue el imponente y tradicional Teatro Municipal de Lima, cuya impecable remodelación realza este fastuoso monumento histórico y cultural de la ciudad.

Sin embargo, el ceremonial no guardó coherencia con la majestad de este lugar. Desde mi punto de vista, como primer acto de su gestión, Luis Castañeda Lossio debiera prescindir del personal encargado de la organización y puesta en marcha de tan deficiente y deslucido evento.

Mientras miraba la televisión anoté un listado de carencias para comentar con espíritu constructivo. Ante todo deseo indicar que el protocolo está lejos de ser un conjunto de disposiciones rígidas e inflexiones. Es una disciplina destinada a estipular las formas bajo las que se realiza una actividad humana importante. Son patrones para desarrollar un certamen específico y se diferencian de las normas jurídicas porque su mal uso no significa el incumplimiento de un deber formal y sancionable.

Una primera negligencia consistió en la entonación de la “Marcha de Banderas” para recibir al líder de Solidaridad Nacional. Por disposición oficial, vigente desde el primer mandato de Augusto B. Leguía, ésta sólo se emplea para rendir honores al jefe de estado peruano y dignatarios extranjeros y, además, para izar y arriar el pabellón nacional. Es una creación musical del maestro José Sabas Libornio Ibarra (1895) –quien se desempeñó como director de la banda de músicos del Ejército Peruano- en el gobierno de Nicolás de Piérola. La letra es autoría del hermano Ludovico María, director del colegio La Salle de Lima.

Asimismo, las medidas de seguridad fueron insuficientes. Antes de iniciarse el acto, un señor, que dijo ser paisano del burgomaestre, quiso recitar un poema y logró aproximarse hasta las escaleras del escenario. Con gesto afable el alcalde se acercó a saludarlo y, finalmente, el desconocido caballero se acercó al presidente de la república y al cardenal de Lima. ¿Qué hubiera pasado si esta persona era un agresor?

Pero, sigamos con los pormenores que ameritan esta nota. En las juramentaciones se exhibieron innumerables descuidos: la ubicación de la teniente alcaldesa, la visible descoordinación para la colocación de la medalla y la entrega del varayoc y, por cierto, cada uno lo hizo a su gusto. Algunos de rodillas, otros de pie, con el puño el alto, con el saco desabotonado y por el pueblo, por la ley pulpín, por los jóvenes, por la memoria de sus padres, etc. Incluso una emocionada y despistada militante del Partido Aprista Peruano imaginó que estaba en el mitin por el “Día de la Fraternidad” y extrajo su pañuelo blanco para saludar a la concurrencia.

Mención aparte merece la ausencia de respeto de los asistentes que actuaron como “barra brava” al pifiar a los concejales de Dialogo Vecinal en una evidente demostración de intolerancia democrática. El más abucheado fue Augusto Rey Hernández de Agüero quien se olvidó dar la mano al presidente de la república y al cardenal. Sin embargo, tuvo la actitud caballerosa de excusarse por las redes sociales: “Lamento no haber saludado a invitados en mesa principal de juramentación. Error inducido por pifias de solidarios. Mis disculpas”.

También, contenían omisiones los textos leídos al juramentar los no creyentes. Se retiró el crucifijo, pero se evadió cambiar el tenor que dice: “Si así lo hicieres, que Dios y la patria os premie”. Cuando se juramenta a un ciudadano agnóstico o integrante de otra religión debe redactarse un mensaje que rehúya mencionar a Dios y los santos evangelios.

La disertación de Luis Castañeda Lossio se caracterizó por su desorganización, incoherencia, euforia, carencia de estructura y, además, por los innumerables aplausos de sus partidarios en una manifiesta falta de sobriedad. Expuso un listado aislado de futuras obras e hizo referencia a los alcaldes distritales con los que ha ejecutado trabajos coordinados y hasta pidió a uno de ellos ponerse de pie. Parecía una alocución de cierre de campaña electoral. Soslayó aludir vocablos como: honestidad, honradez, honorabilidad, lealtad, transparencia, austeridad y decencia.

Por último, la “cereza en el pastel” provino del dirigente máximo del Partido Nacionalista. Se le percibió incómodo al lado de Juan Luis Cipriani con quien, por cierto, mantiene distante trato a pesar de su vecindad en la Plaza de Armas. Esquivó mirar al primado de la Iglesia Católica al momento de mencionarlo. Señal inconsciente de mortificación e inelegancia.

Nuevamente, habría que recordarle al primer mandatario que él personifica a la nación. En tal sentido, debe considerar las indicaciones establecidas en el protocolo del estado. La solemnidad que distingue y enaltece a un representante de su alta jerarquía siempre es obviada por un ocurrente y desatinado Ollanta Humala. Se dirigió al nuevo inquilino de la Municipalidad de Lima diciéndole: “Lucho”.

Invoco al residente de Palacio de Gobierno a documentarse acerca de las pautas que enmarcan su actuación y aceptar las orientaciones de la Dirección General de Protocolo y Ceremonial del Estado del Ministerio de Relaciones Exteriores. Reitero, por lo tanto, lo expresado en mi nota intitulada “Protocolo y estilo de presidente Humala” (2012): “Del mismo modo, es palpable la ausencia de preparación de presidente Humala Tasso en sus presentaciones. Sería recomendable que se organice, redacte el esquema de sus discursos, reúna información a fin de enriquecer sus intervenciones y así sus mensajes tendrán un contenido fructífero. Su participación siempre es esperada con expectativa y, en consecuencia, debe trascender. Sugiero grabar sus ponencias, incrementar su cultura general, evaluar su desenvolvimiento y evitar el uso continuo de muletillas que obstruyen la fluidez de sus disertaciones”.

La periodista Milagros Leiva en su cuenta en twitter aseveró: “Castañeda ha roto los protocolos en su juramentación. Ojalá rompa su tradición pasada y no gobierne con lunas poralizadas. Sí a la prensa!!!”. Anhelamos que las venideras presentaciones de nuestra autoridad metropolitana se definan por su ponderación, originalidad y congruencia. Le otorgará indudable realce y prestancia.