jueves, 8 de diciembre de 2016

¿Papá lo sabe todo?

Desde hace algún tiempo he percibido con curiosidad la paternidad y sus entretelones, carencias, adversidades, incoherencias y un sinfín de elementos que se rehúyen analizar. Tan elevada inopia al abordar este tema de vital magnitud, es un factor determinante en mi anhelo de escribir esta nota.

Guardo respeto, admiración y reconocimiento hacia quienes la contraen con entrega, responsabilidad y desprendimiento. A diferencia de otras actividades, demanda un conjunto importante de condiciones emocionales, afectivas y anímicas tendientes a asegurar la conveniente formación integral de nuevos seres humanos.

Discrepo de quienes haciendo uso de su deteriorada amplitud neuronal señalan “nadie aprendió a ser padre” o “no existe en donde aprender para esta tarea”. Nada más ausente de fundamento. En pleno siglo XXI son abundantes los medios informativos, las escuelas para padres, los programas de capacitación en inteligencia emocional y el acceso a variado material ilustrativo. Recomiendo un mínimo de sentido común, amplitud autocrítica y criterios de razonabilidad para examinar destrezas y limitaciones antes de adjudicarse este desafío.

Aquellos que han decidido incluir en su proyecto de vida la paternidad deben estar dispuestos a identificar y sobreponerse a los traumas, complejos y prejuicios que podrían endosar a sus descendientes. Existen progenitores con una pesada “mochila” de situaciones no superadas que incrementan su infelicidad y que, además, abierta o indirectamente transmiten a sus vástagos. Corresponde procurar examinar con prolijidad la personalidad, temperamento, autoestima y empatía. Al parecer, sucede todo lo contrario; es frecuente la soberbia y la negación a la reflexión y la introspección.

Expresiones como “así soy yo, no me van a cambiar”, “educo a mis hijos como me da la gana, no necesito consejos”, “todos los padres hacen lo mismo”, son las afamadas frases de cliché en quienes son incompetentes para entender la dimensión de este cometido que amerita madurez, evolución y conocimiento de la propia realidad humana. Lamento escuchar tales aseveraciones en individuos que por su condición de vida podrían acceder a elevados estándares de afianzamiento de su potencial. Una vez más, observo una abismal distancia con las habilidades blandas.

Algunos encargan a sus hijos a los abuelos, suegros y parientes sin ni siquiera comprobar la coherencia de las enseñanzas que recibirán. Embrutecen a sus menores herederos con actividades que obstruyen su adiestramiento como seres solventes, desenvueltos y con competencias sociales. Les aseveran  “jamás digas mentiras; pero si me llaman por teléfono di que he salido” o “saluda, no juegues en la mesa”, mientras el cabeza de familia saluda con desdén al vigilante de la cuadra o se divierte con su celular mientras almuerza. Los mandan a corretear con el pretexto “esta es una conversación de mayores”, cuando desean que no escuchen sus murmuraciones. En lugar de convocarlos para aprender de su plática asertiva y lúcida, éstos los marginan y, por lo tanto, concluyen bloqueando sus capacidades de sociabilización.

Eso me hace evocar lo revelado en mi inolvidable artículo “Chuncholandia: ¿Un nuevo síndrome?”: “…También, es común advertir esta limitación en las aburridas y tormentosas reuniones familiares -a las que evito asistir- que se distinguen por la constitución de ‘tribus’ en función de sexos y edades. Por desgracia, si alguien demuestra elevada seguridad y pretende integrarse con la ‘camarilla’ ajena, es expulsado. ‘Anda con tus primos y tíos, aquí estamos hablado asuntos de mujeres’ he escuchando un sinfín de veces”. En infinitas circunstancias trasladan los padres este pegajoso fenómeno colectivo (chuncholandia) en un torpe, miedoso y nulo proceder. De papás chunchos saldrán proles de chunchos corregidos y aumentados. Más ahora cuando el uso indebido de la tecnología aísla la comunicación.

La paternidad no radica en asegurar un encumbrado nivel de perfeccionamiento profesional y, en consecuencia, un buen puesto de trabajo, una óptima remuneración y un conjunto de novedosas comodidades. Hay quienes entienden que su rol está orientado a garantizar la atención de requerimientos materiales. Es mucho más que poseer capacidad biológica y económica.

Rehuyamos omitir a los que consideran a los primogénitos como un “bastón” para su vejez y los crían con esa intención. Otros la interpretan como una manera de trascender y dejar un apellido, un recuerdo y nada más. En tal sentido, coincido con la manifestado por el profesor de genética Michael Levine: “Tener hijos no lo convierte a uno en padre, del mismo modo en que tener un piano no lo vuelve a uno pianista”.

Con atrevida insistencia asumen que tienen que entender la vida desde su subjetivo y voluble punto de vista. Olvidan que el mundo cambia y, por lo tanto, ofrece disímiles horizontes de realización. Un ejemplo es el concerniente al modo de concebir la sexualidad, la relación sentimental y las opciones de género.

Oímos con naturalidad decir “quiero que mi hijo sea lo que yo no he podido ser”, en alusión al desesperado anhelo de alcanzar mejores niveles de confort; no precisamente en el aspecto ético, espiritual, psicológico e intelectual; cuatro términos que significan poco para innumerables padres. Es decir, vocablos carentes de validez para salir adelante en la vida. Nunca he escuchado comentarios tendientes a mirar esta tarea de una forma pedagógica y enmarcada en un sólido conjunto de valores. Esto último se concibe, como si fuese obvio, con arrogancia y hasta incomodidad.

En consecuencia, escasas veces encarnan el referente moral para sus hijos y endosan con esmero la denominada “viveza criolla”. Eso me trae a la memoria la interesante acotación del periodista y escritor Gustavo Rodríguez en su artículo titulado “Una lección al revés”: “…Dígales que es malo robar, que las leyes se han hecho para respetarse y, a la primera que pueda, pásese un semáforo en rojo. Explíqueles: ‘Es que estaba apurado, si no lo hacía no íbamos a llegar a tiempo’. Estas contradicciones generarán, gota a gota, la idea de que la moral es elástica y puede acomodarse a los objetivos de cada quien”. “…Si alguna vez acude al cine con ellos y alguien se cuela en la fila, finja que no lo vio. Nunca reclame por sus derechos ni por los de otros. De esta manera, sus hijos entenderán que usted avala la ley del más vivo y que los ‘sapos’ jamás reciben su merecido”.

Concibo la paternidad como una misión valiosa y sublime. Su ejercicio requiere determinadas e imprescindibles condiciones emocionales y éticas cuya ausencia es percibida con mayúscula asiduidad. Veo con estupor la desmedida desidia y el conformismo imperante acerca de este cometido. Sin duda, la mediocridad y la apatía merecen una fecha conmemorativa en el calendario.

La presión y el estrés cotidianos exigen una profusa preparación en aptitudes blandas, a fin de insertar estos aspectos en la educación de los hijos. Ellos deben recibir mensajes que hagan asequible desarrollar un sólido discernimiento interpersonal e intrapersonal. Tengamos en cuenta: papá no siempre lo sabe todo y evitemos eternamente creen que está investido de las pericias que su función involucra.

Estas líneas expresan mi tributo a los que viven la paternidad como un apostolado sublime, ejemplar y genuino. En lo personal es un entrañable, justo y pertinente homenaje a Gabriela que lleva a cuestas la paciente misión de moldear el porvenir de mis sobrinos Fabrizio y Daniela, en cuyas vidas, avatares, infortunios, desvelos y alegrías vislumbro un amanecer colmado de esperanzas y satisfacciones. Por coincidencia vienen a mi mente las palabras de novelista Denis Lord: “Un padre no es el que da la vida, eso sería demasiado fácil, un padre es el que da el amor”.

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