jueves, 7 de enero de 2016

Reflexiones sobre la juventud y las elecciones

En los próximos meses viviremos un acontecimiento de enorme connotación para todos los peruanos: vamos a elegir al jefe de estado y a los representantes al Congreso de la República. A mi parecer, debemos involucrar activamente a los adolescentes en este suceso y persuadirlos a abandonar su apatía sobre los asuntos públicos.

Los temas gubernamentales han dejado de motivar la intervención de la población. Ese desapego ha influido con énfasis en las nuevas generaciones que tienen una concepción de vida de espaldas a los acaecimientos nacionales. Es palpable su indiferencia, indolencia, personalismo e incluso resignación, frente a la que no convendría permanecer inmóviles.

La juventud constituye un altísimo porcentaje del universo de votantes y su opción es concluyente. Propongo hacer pedagogía cívica con la intención de brindarles idóneos elementos para definir sus preferencias en las urnas. De allí que, es primordial conocer de los variopintos candidatos sus proyectos de gobierno, sus equipos técnicos, su institucionalidad partidaria, su hoja de vida y la viabilidad de sus alianzas. Es imprescindible examinar propuestas, confrontar puntos de vista, platicar estos tópicos y rehuir, únicamente, cuestionar a nuestros dirigentes como es habitual en “perulandia”.

En tal sentido, recalco lo expuesto en mi reciente artículo “Carta al ‘hermanón’ Ricardo Belmont”: “…Los movimientos políticos son prototipos indispensables en la consolidación de la democracia y de los valores ciudadanos y, en consecuencia, su actuación debiera caracterizarse por su coherencia, integridad y lealtad a sus principios y al pueblo que los hizo depositarios de su confianza. Este dilema no se resuelve con mayores expresiones de improvisación e ineptitud”.

Mi experiencia me permite afirmar que todavía existe una juventud identificada con las peripecias colectivas. Un “termómetro” objetivo es la inmensa acogida de los múltiples diálogos surgidos espontáneamente en cada sesión de clase sobre el acontecer de nuestra sociedad.

Disfruto haciendo de mis jornadas académicas una posibilidad para subvertir el alma, la conciencia y el talante de mi alumnado. Al mismo tiempo, animo discusiones acerca de nuestro entorno. Estoy convencido que el aula debe transformarse en un espacio para intentar forjar hombres y mujeres sensibles a nuestro complejo contexto nacional.

Desde mi perspectiva, obran equivocadamente los colegas que, cobijados en el eslogan de “apolíticos”, evaden orientar la sapiencia de la juventud. Eso me trae a la memoria la irónica réplica del ex alcalde capitalino Alfonso Barrantes Lingán en la disputa municipal de 1983 a uno de sus adversarios autodenominado “tecnócrata”: “Aristóteles decía: ‘El hombre es un animal político’. Quien no se considere político que se resigne a lo otro (animal)”.

También, puedo aseverar que cuantiosos profesores eluden deliberar sobre estos asuntos, de indudable valor en la constitución integral de sus discípulos, debido a su incapacidad intelectual y carencia de convicciones democráticas. La ausencia de amplitud juiciosa y la desidia imperante posibilita -como tantas veces lo he asegurado- “empachar” al auditorio con datos, estadísticas, conceptos, cifras, fórmulas, etc. a fin de encubrir la inopia para la controversia y la interrogante.

Corresponde a los docentes entender que la “política” no es una palabra impúdica o tóxica. Ésta fomenta la convivencia tan imprescindible para aceptarlos y respetar los derechos del prójimo. Desde el salón de clase podemos fomentar la tolerancia ante las discrepancias e impulsar sentimientos de adhesión social.

Quiero recordar que la política se preocupa de los objetivos públicos. Es la ciencia y el arte destinados a canalizar las expectativas y urgencias ciudadanas. De modo que, es absolutamente saludable avivar intercambios de opiniones -para garantizar mejor información a los educandos sobre las opciones electorales- de manera plural, alturada y madura.

Soslayemos considerar el tratamiento de contenidos políticos como una distorsión de nuestro rol en el adiestramiento de los futuros profesionales que, además, deben involucrarse con su atmósfera social. Colocar en los reglamentos de las entidades de enseñanza superior “está prohibido tratar temas políticos” es lo más político que existe. Es censurar el olfato crítico del alumnado, asumir una actitud de desidia y contribuir a forjar seres ausentes de compromiso con el país. Además, existen asignaturas, casos y paradigmas que demandan un análisis de ese tipo.

Lo reprochable e incorrecto -como urde el aspirante de la “plata como cancha”- es hacer participe al estudiante de acciones político partidarias como recolectar firmar para inscribir movimientos políticos, distribuir materiales de propaganda, obligarlos a actuar como personeros, presionarlos para acudir a mítines proselitistas, usarlos como operadores de campañas electorales, ofrecerles dinero o algún beneficio a cambio de insertarse en las contiendas. No confundamos!

Por esta razón, planteo varias sugerencias para implementar en institutos y universidades, sin perturbar su loable misión pedagógica. Emprender ferias electorales, foros de discusión con la participación de los delegados de las agrupaciones políticas, instalar periódicos murales con información electoral, divulgar mensajes de orientación por intranet, invitar a organizaciones como Transparencia a fin de impulsar programas de capacitación a los votantes, generar debates en los cursos de realidad nacional, motivación y liderazgo, etc. entre otras iniciativas orientadas a encauzar el discernimiento juvenil.

Tenemos la necesidad moral de suscitar reflexiones, animar una vasta toma de conciencia, infundir deliberaciones, afirmar ideales, convocar entusiasmos, alimentar la comprensión de nuestra situación y reafirmar nuestro alicaído sentido de pertenencia. Bien decía el filósofo y enciclopedista griego Demócrates: “Los jóvenes son como las plantas: por los primeros frutos se ve lo que podemos esperar para el porvenir”.

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