domingo, 6 de diciembre de 2015

El Perú de Luis E. Valcárcel

Hace algunas semanas se realizó en el Museo Nacional de Arqueología, Antropología e Historia la exitosa presentación de una nueva edición del monumental volumen “Historia del Perú Antiguo” -auspiciada por Petroperú- del reconocido pensador, literato y sociólogo Luis E. Valcárcel Vizcarra (Moquegua, 1891 - Lima, 1987).

El trabajo incluye un estudio introductorio de Luis Guillermo Lumbreras con su evaluación sobre la importancia del referido texto. En alusión a Valcárcel aseveró: “…Defendió al indígena y rescató sus valores. En sus 70 años de investigación científica persiguió una sola cosa: cumplir con la declaración de que todos somos iguales y que se elimine toda discriminación”. También, afirmó que era mucho más que un arqueólogo, un etnólogo y un historiador, “era un investigador social integral. Y en este libro se reúne no solo lo que dijo, sino que es como el archivo de don Luis, que él lo entrega y nos dice: ‘¡lean todo lo que yo he leído, consulten todo lo que yo he consultado, porque eso les va a permitir entenderse ustedes mismos!’ como peruanos”.

Se trata de una amplia indagación -de tres tomos y organizada en cuatro secciones- que expone las ideas, el marco teórico y la vasta documentación que le permitió reconstruir un período de nuestra historia. Constituye un verdadero compendio ilustrado con una selecta galería de imágenes, planos y gráficos.

Este renombrado moqueguano recibió el Premio Nacional de Cultura en Ciencias Humanas y estuvo propuesto para el Premio Nobel de La Paz. Prolífico escritor, aparte de "Tempestad en los Andes" (1927) -cuyo prólogo lleva la egregia firma de su paisano José Carlos Mariátegui, con quien fundó la revista “Amauta”- Luis Eduardo ha sido creador de más de 25 obras entre las que destacan "Del ayllu al Imperio" (1925), "Garcilaso el inca" (1939) y otros prodigiosos títulos de este intérprete del universo andino. Su producción posee un sincero indigenismo e ilimitado espíritu inspirativo.

Cuando leí por primera vez, hace muchos años, esta colección que reúne cuantiosos años de pesquisas encontré unas anotaciones referidas a nuestra biodiversidad que deseo compartir: "Es en el orden económico que el Perú antiguo ha ofrecido a la entera humanidad el fruto de sus experiencias. Los peruanos precolombinos tienen en su abono ser quienes mayor número de plantas domesticaron sobre la faz del planeta. De ese modo dotaban al hombre de un crecido número de alimentos, entre los cuales sobresale la papa como el tubérculo que libró a Europa de las hambrunas periódicas y ha contribuido a la grandeza del pueblo alemán. Cerca de otras cien plantas útiles pasaron por las manos de los antiguos peruanos para transformarse de silvestres en cultivables, con un pronunciado cambio en cualidades nutritivas y mejor sabor que las hace apetecibles. Cultivaron también plantas industriales, como cuatro clases de algodón, el añil, la cabuya, la enea y otras fibras que emplearon, junto con la lana de los auquénidos, en la manufactura de sus magníficos tejidos. Conocieron gran número de materias tintóreas que utilizaron en la rica y firme coloración de sus telas".

Según el escribiente de “Tempestad en los Andes”: “…La extraordinaria afición que tenían los peruanos por el cultivo de la tierra ha debido ser parte principal para el alto desarrollo que alcanzó. Que era tanta la mencionada afición que aun los que practicaban otros oficios como plateros y pintores no era nunca persuadidos para no interrumpir su trabajo como artesanos por acudir al de su sementera, sino que, por el contrario, llegado el tiempo, dejaban de mano a su ocupación para dedicarse por entero a la del cultivo”.

Igualmente, asegura que la pesca se efectuaba de diversos modos: utilizando una hierba llamada de barbasco, que intoxicaba a los peces, sin hacerlos nocivos al hombre; pescaban en seco, desviando un brazo del río, tenían un modo especial para coger camarones, armadillos, sábalos, dorados, etc. “Una práctica de pesca era echarse a nado con una fisga en la mano derecha, haciendo uso sólo de la izquierda para nadar a gran velocidad y zambulléndose tras del pescado lo seguían hasta alcanzarlo y clavarle la fisga, con que lo sacaban a la orilla”, concluye.

Es un tratado fundamental para entender, con claridad y perspectiva, nuestra compleja biografía colectiva, nuestra multiplicidad y los pormenores de una magnánima cultura. Solamente a partir de conocer y valorar nuestras raíces podremos volver a sentir genuino orgullo por nuestros antepasados. “Historia del Perú Antiguo” es una antorcha de peruanidad que debe iluminar nuestro frágil sentido de pertenencia e identidad.

De otro lado, creo pertinente subrayar los meritorios esfuerzos de su nieto Fernando Brugué Valcárcel, quien con desvelo ha asumido la tarea de sacar a la luz invalorables aportes destinados a apreciar la hazaña intelectual y el pensamiento de uno de los compatriotas más lúcidos del siglo XX. Este cometido tiene excepcional crédito en un medio colmado de desmemorias, apatías e ingratitudes. Felicito, aliento y comparto la alegría de mi buen amigo por tan noble propósito.

A Luis E. Valcárcel lo conocí en la tarde de su vida en agosto de 1983. Mis remembranzas de ese inolvidable encuentro gestaron en mí una intensa inquietud. Su nombre es sinónimo de decencia, austeridad, integridad y modestia. Forjó una existencia moralmente referencial y, además, de su inequívoca pasión peruanista, fue un ser humano probo, honorable y consecuente.

Su testamento del 22 de agosto de 1949 revela su enaltecedora dimensión personal al manifestar: “…Declaro solemnemente que he vivido dentro de estrictas normas morales, en lo privado y en lo público; que en el ejercicio del ministerio de Educación Pública llevé al extremo mi delicadeza, a punto de haber devuelto más de la mitad de la suma que se me asignó para el viaje que realicé a México en mi condición de ministro el año de 1946, como acredita el recibo que conservo en mi archivo; que nunca hice daño a nadie deliberadamente y si alguien fue perjudicado por disposiciones emanadas de mi autoridad habrá sido exclusivamente en atención al interés del estado y de la sociedad; que nunca utilicé de la cátedra universitaria con fines inconfesables; que he dedicado toda mi vida a la educación de la juventud para lograr que ella se dirija siempre por el camino del honor, de la justicia y de la libertad; que he seguido durante toda mi existencia un solo e indeclinable rumbo humanista…”“…Quiero dirigirme por última vez a mis seres queridos para decirles cuanta es mi gratitud por su amor y devoción, y para rogarles que sean fieles a mi memoria, conservando el único y verdadero tesoro; el de un apellido sin mácula”.

Este pionero de las ciencias sociales nos ha legado inagotables saberes acerca de un pasado vivificante para los hombres y mujeres de esta nación. Nos asiste el reto de retomar su esplender y magnificencia. Este será nuestro mejor tributo a su epopeya inmortal. Por lo tanto, evoquemos con énfasis sus palabras: “El peruano de hoy, al recorrer el país, no podrá hacerlo con fruto si no está informado de que este territorio en que vivimos se acondicionó para residencia humana por obra de nuestros antepasados precolombinos, a quienes somos deudores de la tierra cultivada, del alimento indígena, del camino, del espacio urbanizado, del hombre con disciplina del trabajo, de la sociedad adaptada a su sueño, de su habilidad artística, del paciente esfuerzo de la resignada espera”.

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