viernes, 28 de agosto de 2015

Reflexiones sobre “Los Rendidos”

Hace unos días terminé de leer un libro conmovedor: “Los Rendidos. Sobre el don de perdonar” (julio, 2015) -editado por el Instituto de Estudios Peruanos (IEP)- del historiador, poeta e investigador de la violencia política, Juan Carlos Agüero Solórzano.

"La naturaleza de este documento es algo indefinida. Por su forma agrupa relatos cortos, a media carrera entre reflexiones y apuntes biográficos de una época de violencia. Llamémoslos textos de no-ficción, sencillos, para no enrarecer más el entreverado campo de la memoria. Sin embargo su contenido no es arbitrario. Da vueltas sobre diferentes dimensiones relacionadas con mi condición: ser hijo de padres que militaron en el Partido Comunista del Perú-Sendero Luminoso y que murieron en este trance, ejecutados extrajudicialmente”, afirma en su introducción el autor.

Agüero colaboró con la Comisión de la Verdad y la Reconciliación (CVR) -creada el 2001 por el presidente Valentín Paniagua Corazao- que recibió el encargo de estudiar la violencia interna engendrada entre 1980 y 2000. La CVR convocó a diferentes miembros de la sociedad civil con la finalidad de indagar los crímenes de Sendero Luminoso (SL) y del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA) e intentó profundizar en sus causas y en la represión militar contra estos movimientos terroristas. Logró recoger 1985 testimonios y realizó 21 audiencias a las que asistieron más de 9500 personas. Su informe final fue entregado al jefe de estado Alejandro Toledo Manrique el 2003.

Esta obra testimonial, caracterizada por un conjunto de fragmentadas descripciones, constituye un mar de deliberaciones acerca de una etapa desgarradora para nuestra patria y replantea ciertos paradigmas sobre el perdón, la reconciliación y, además, concibe una mirada distinta en relación a las víctimas de la barbarie extremista. El escritor exhibe experiencias y consideraciones orientadas a ampliar nuestra visión de un fenómeno que aún suscita reacciones encontradas.

De modo que, revela una realidad íntima y compleja en su condición de hijo de dos integrantes de la organización liderada por Abimael Guzmán Reynoso exterminados en 1986 y 1992, respectivamente: José Agüero Aguirre y Silvia Solórzano Mendívil. Consciente de los delitos cometidos por esta camarilla, el autor ha escuchado las declaraciones de los conciudadanos atormentados por su accionar y no desconoce la responsabilidad política y moral de sus progenitores.

Condena la percepción de Sendero Luminoso acerca de la sociedad y el proceso de agresividad acontecido. Sobre este aspecto es determinante su aseveración: “Los senderistas mataron miles de personas. Miles de ellas fueron objeto, antes de morir, de vejaciones infames. Cientos, quizá miles, después de ser asesinados sufrieron el uso de sus cuerpos para el ejemplo y la pedagogía del miedo. Las consecuencias de esta guerra aún se sienten en los pueblos, en los barrios, en la política, en la institucionalidad”.

En una de sus crónicas presenta anécdotas de su existencia en El Agustino y de su infancia rodeado de incontables carencias. Destaca los valores infundidos por sus ascendientes, formula incógnitas referidas al pecado adquirido por su condición de descendiente de terroristas. También, cuenta las reacciones de sus vecinos, amistades y familiares sobre la incursión armada de sus padres.

Me causó una sensación de dolor lo descrito sobre el homicidio de su madre por agentes del Ejército Peruano, cuyo cadáver es encontrado en una playa de Chorrillos luego de su detención a la salida de su trabajo en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. “Un tipo entró a la tienda en la universidad y me dijo: acá trabaja Silvia Solórzano. Sí. Te informo que ha muerto esta mañana. Está bien. Muy serios los dos. Me miraba, desde atrás de sus lentes negros de carey, casi molesto. Lo miré callado, esperando por si tenía algo que agregar. No hizo ningún otro gesto, no dijo nada más. No dio el pésame, no se mostró compungido. Tampoco le mostré nada”…“Por fin luego de tantos años, mi madre había terminado de morir. Nunca más esperarla hasta el amanecer, nunca más preguntar por ella a sus amigos y conocidos tras días de ausencia, no más cárcel ni visitas, no más rogarle que se vaya del país, no más dormir a medias esperando oír el sonido de sus pasos al entrar a la casa, o su voz regañando a Jaky por ladrar a su llegada, nada más”.

Aunque educado para asumir con fortaleza estos acontecimientos y rehuir exteriorizar emociones, los subversivos no vacilaron en pretender utilizar su congoja y lo invitaron a incorporarse a SL con la intención de vengar su muerte. Primero los sorteó y luego rechazó esa convocatoria. El escribiente comenta acerca de Silvia: “…La conocí profundamente. Sé que era transparente y que amaba a la gente, quizá en exceso si eso es posible. Que le dolía el dolor de los demás hasta hacerla sufrir. Ella sabía que el PCP-SL era ya para inicios de los 90 un terrible error. Pero no podía salirse por completo. Era lo único que le daba sentido”.

Un volumen intenso, veraz y redactado con un visible remordimiento del que está imposibilitado de librarse su creador. “Los hijos no pueden heredar la culpa de sus padres. No es justo. Pero sí la heredan porque la justicia no es más que una palabra que debe constituirse en cada contacto humano, no un imperativo categórico”…“Las acciones de mis padres generaron un conjunto de reacciones en cadena que aún hoy se prolongan. Tocando la vida de la gente, afectaron sus rumbos para siempre y, en buena parte, para mal”.

Es una excepcional publicación tendiente a invocar autocríticas, suscitar tomas de conciencias y ameritar puentes de convivencia en un medio con palpables heridas abiertas. Desde mi punto de vista, el censurable maniobrar terrorista hizo posible mostrar lo más hondo de la insolidaridad, la desintegración y la apatía que nos aturde y, por lo tanto, lo alejados que estamos de constituirnos en una nación cohesionada capaz de incluir los anhelos de todos sus habitantes en un destino colectivo.

José Carlos ofrece un invalorable aporte orientado a observar una etapa de nuestra memoria con agudeza, introspección y enmarcada en una actitud sufrida frente a quienes protagonizaron hechos que debemos eludir repetir. Además, subraya las cicatrices dejadas en la población afectada y en quienes estando vinculados a SL también son atormentados. Sin duda, es un clamor que puede ayudarnos a entender las posiciones existentes.

En tal virtud, coincido con lo emitido por Rubén Merino Obregón, en su colofón “Expresiones de lo íntimo y condiciones de lo público. Una lectura de Los Rendidos”: “…Estos textos nos confrontan con la manifestación de una voz que habla diferente sobre el conflicto armando interno, sus actores y sus consecuencias. En ellos es posible abrir nuevas preguntas y rutas de reflexión que ponen entre paréntesis muchas de las valoraciones que se han hecho incuestionables en las memorias que nos hemos formado acerca de nuestra violenta historia reciente”.

Esta meritoria contribución intelectual es un gesto de entereza, humildad y honestidad hacia un pueblo lacerado por la intimidación perpetrada erradamente en nombre del pueblo y cuyas secuelas han bloqueado nuestro espíritu censor para interpretar el origen de este capítulo de la vida nacional y, en consecuencia, lograr resarcir tan dolorosos episodios.

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