lunes, 23 de febrero de 2015

El premio Getty de Felipe Benavides

Hace 40 años Felipe Benavides Barreda (1917-1991), un personaje de renombre por sus exitosos avatares en defensa del patrimonio natural, se convirtió en el primer ganador del galardón “J. Paul Getty para la Conservación de la Vida Silvestre” -equivalente hasta nuestros días a un premio nobel- y en el único connacional en obtener tan honroso reconocimiento. Esta nota es un tributo a quien Mario Vargas Llosa llamó “el último de los idealistas”.

En tal sentido, deseo comentar los orígenes, la repercusión y los entretelones de esta distinción. El filántropo norteamericano Jean Paul Getty (1892-1976), propietario de importantes corporaciones petroleras y de un grandioso imperio mercantil, creyó necesario estimular a las personas dedicadas al cuidado de la naturaleza e instituyó este laurel con el aval del Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF).

La convocatoria mereció inmensa acogida y expectativa. En 1974 el jurado lo nominó -entre 525 candidatos provenientes de 42 países- por ser “responsable de muchos avances en la conservación en el Perú y América Latina, y más allá con respecto a especies amenazadas, especialmente, la vicuña y por sus esfuerzos para crear el Parque Nacional del Manu, salvaguardando este frágil vestigio de la desaparición de los bosques lluviosos tropicales de la amazonía. Pionero enérgico que proveyó rayos de esperanza e inspiración para la conservación, notablemente en América Latina, donde se ubica una porción significativa de la herencia biológica del planeta”. Su diploma es la única con la autógrafa del célebre altruista.

El organismo seleccionador lo encabezó el príncipe Bernardo de Holanda, presidente internacional del WWF, e integraron: Robert G. Goelet, presidente de la Sociedad Zoológica de Nueva York; Honrad Lorenz, director del Instituto Max Planck; Bernard Grzimek, presidente de la Sociedad Zoológica de Frankurt; Meter Scout, director ejecutivo del WWF Internacional; Dillon Ripley, secretario del Instituto Smithsonian; Francis Kellogg, presidente del WWF de los Estados Unidos; Anne LaBastille, consultora del WWF; Maurice Strong, director ejecutivo del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente; Russel E. Train, administrador de la Agencia de Protección Ambiental de los Estados Unidos, entre otros.

El acto de premiación estuvo revestido de solemnidades. En ceremonia realizada en la Casa Blanca, el 28 de enero de 1975, el vicepresidente Nelson Rockefeller adjudicó el pergamino. El diario La Prensa (Lima, enero 29 de 1975) informó: “Dirigiéndose a Felipe Benavides, el vicepresidente de los Estados Unidos le felicitó por haber tenido ‘la fuerza que creó reservas para los animales salvajes y parques para la preservación de la naturaleza en el Perú’”. Acompañado de su esposa María Luisa Norlander y del embajador Fernando Berckemeyer, fue recibido por el mandatario Gerald Ford en el Salón Oval.

Este magno acontecimiento llegó a tener alcances mundiales. Los máximos representantes de las monarquías europeas transmitieron sus congratulaciones. El duque Felipe de Edimburgo, el 27 de marzo de 1975, le expresó a Benavides: “He estado fuera y perdí las noticias que ganaste el premio Getty. Estoy realmente contentísimo. No puedo pensar en ninguno que haya alcanzado tanto, teniendo que afrontar tales dificultades. Muchas felicidades”.

El presidente del comité evaluador escribió al presidente del WWF de los Estados Unidos: “Siento muy sinceramente no poder estar con ustedes esta noche para honrar a Felipe Benavides, el ganador del premio “J. Paul Getty” 1974. Sus esfuerzos de pionero en promover cooperación internacional en la defensa de especies latinoamericanas en peligro de extinción y sus infatigables energías en proteger la vicuña y crear el Parque Nacional del Manu, lo ha calificado muy bien para este honor. Su trabajo quedará como un monumento viviente a su desprendida dedicación” (Bruselas, enero 15 de 1975).

Del mismo modo, el jefe de estado norteamericano comunicó sus felicitaciones al creador del galardón: “Fue un gran placer para mí el felicitar al primer ganador del premio Getty, Sr. Felipe Benavides, y escuchar su informe de sus esfuerzos exitosos para salvar a la vicuña de la extinción en el Perú…La conservación y la preservación de la fauna silvestre tiene una alta prioridad, más ahora que nunca, en nuestro país y en todo el mundo. Usted ha hecho una gran contribución a la conservación estableciendo el Premio Getty para la Conservación de la Vida Silvestre. Estoy complacido de que usted tenga la intención de continuar con el premio” (Washington, abril 8 de 1975).

Por su parte, E. de la Garza, miembro de la Cámara de Representantes por Tejas, el 27 de febrero de 1975, pidió a su cuerpo legislativo la anexión del documentado discurso de nuestro conciudadano -pronunciado en la cena de gala celebrada en la sede de la Organización de Estados Americanos (OEA)- en el libro de record del Congreso de los Estados Unidos. Esta solicitud recibió unánime aceptación.

Fiel a su singular estilo destinó los 50 mil dólares del trofeo para el establecimiento del Instituto Paracas. Un centro de observaciones científicas y oceanográficas ubicado a orillas de esta histórica bahía con la finalidad de apoyar la protección de la Reserva Nacional de Paracas; frágil ecosistema marino de las riberas del Pacífico. Al año siguiente es incorporado al jurado, invitado por su alteza real Bernardo de Holanda y Getty, en reemplazo del fallecido investigador Julian Huxley.

También, la prensa local dio amplia cobertura a este evento inédito. La puntiaguda revista Caretas, dirigida por el recordado y valiente periodista Enrique Zileri Gibson (1931-2014), siempre hizo eco de sus acérrimas campañas ambientalistas y reseñó en su edición del 5 de febrero de 1975: “Pero este es un quijote incansable que también se preocupa por las ballenas y los lobos de mar, los cóndores, los monos de la selva y los osos del ande. Y el cruzado finalmente ha creado conciencia de la importancia de preservar nuestra heredad natural. Las razones no son sólo sentimentales. Nuestros recursos renovables están íntimamente ligados al equilibrio ecológico. Este es un factor que ha menudo se desprecia en países del tercer mundo. El necesario afán desarrollista liquida bosques, mares, fauna y flora innecesariamente. Se destruye así lo que en realidad es el primer mundo, dice Benavides, y se atenta contra la supervivencia eventual del propio género humano”.

Este empecinado amante de la naturaleza logró conjugar la ternura con la ciencia y hacer de su impetuoso cometido una causa perseverante, una entrega indesmayable, una bandera en pro del futuro y una revelación invariable de valores en un país herido por un profundo trance moral. Evocar su epopeya es un gesto de entereza en un entorno renuente, titubeante, desagradecido y apático.

Llegó a transcendentes foros como la Academia de Ciencias de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), en donde fue presentado como “naturalista natural”. Los campesinos de la comunidad de Lucanas (Ayacucho), propietarios de los terrenos de la Reserva Nacional de Pampa Galeras, lo dieron el título de “presidente honorario”. Siempre se mostró orgulloso y recompensado por este original tributo.

Su enérgico enfrentamiento con la omnipotente flota naviera del multimillonario griego Aristóteles Onassis (1906-1975), que estaba cazando ballenas en nuestra franja costera a principios de 1950, influyó en la determinación de las autoridades para imponerle una severa multa de dos millones de dólares y expulsarlo del mar territorial. Los asiduos entusiasmos de Felipe fueron aplaudidos y alentados por el “héroe del Atlántico”, Charles Lindbergh y, además, por los signatarios de la Convención Ballenera Internacional.

Fundó numerosas áreas protegidas naturales, salvó a la vicuña de la extinción y promovió la utilización de su fina fibra, impulsó la constitución del Parque de Las Leyendas, lideró las más intensas cruzadas para detener la caza ilegal de la ballena, denunció el tráfico de especies silvestres, gestó leyes y tratados globales en salvaguarda de la existencia animal y se consagró a este lúcido propósito, evadiendo desmayos y claudicaciones.

Trabajó sin insinuar remuneraciones, privilegios o cargos públicos. Echó los cimientos del movimiento ambientalista continental y cuestionó crudamente el sórdido proceder del quehacer ecologista que había caído según sus palabras en el “mundo de la hipocresía, la corrupción y la deshonestidad”. A lo largo de su incesante faena ganó batallas, inspiró envidias, cultivó admiraciones, suscitó polémicas, afirmó anhelos, animó conciencias y despertó afectos. Mi cálido homenaje a este peruano íntegro, activo, vehemente y honorable que supo dejar huellas, sembrar esperanzas y abrir horizontes.