viernes, 20 de diciembre de 2013

Los 75 años de la Orquesta Sinfónica Nacional

Hace unos días la Orquesta Sinfónica Nacional presentó un espléndido espectáculo, por su 75 aniversario en el Gran Teatro Nacional de San Borja, que comprendió la Obertura para una comedia (1964) de Enrique Iturriaga, Concierto para violín (1903) de Jean Sibelius y La consagración de la primavera (1913) de Igor Stravinsky. Fue una noche de homenajes, brillos, deleites y nutrida concurrencia.

En su alocución la ministra de Cultura, Diana Álvarez Calderón, destacó el esfuerzo de esta agrupación que a lo largo del año ha efectuado funciones abiertas en numerosos lugares de la capital y en Arequipa, Trujillo y Cusco. También, desarrolló audiciones para escolares y galas de obras tradicionales del repertorio mundial de ópera y zarzuela; así como composiciones de temas populares y creaciones instrumentales originales.

Considerado el primer y más importante elenco musical de la nación, se fundó el 11 de agosto de 1938 en el gobierno del mariscal Oscar R. Benavides (1933 – 1939). En el Teatro Municipal de Lima se realizó su recital inaugural el 11 de diciembre de ese año -coincidiendo con la VIII Conferencia Panamericana- e incluyó el Himno Nacional del Perú y reputadas obras de Wagner, Beethoven, Debussy, Falla y Ravel. Esas instalaciones fueron su sede durante varios años.

El documentado estudioso Luis Meza Cuadra, en la obra “Enciclopedia temática del Perú”, afirma: “…Su primer director fue el vienés Theo Buchwald, quien la dirigió durante los años 1940 y 1950. Este período fue, indudablemente, su época más brillante, debido sobre todo por la presencia de músicos europeos, que huían de la Segunda Guerra Mundial, y de eminentes invitados”.

Han sido sus directores Theo Buchwald, Hans-Gunther Mommer, Carmen Moral (en dos oportunidades; primera mujer en ocupar dicho cargo en una orquesta en Latinoamérica), los maestros Leopoldo La Rosa, José Carlos Santos, Armando Sánchez Málaga, Guillermina Maggiolo Dibós, entre otros.

En la actualidad la dirige el compositor y pianista Fernando Valcárcel –descendiente del ilustre historiador, antropólogo, indigenista y padre de las ciencias sociales del Perú, Luis E. Valcárcel Vizcarra (1891 – 1987)- considerado una de las principales figuras sonoras emergentes en el país. Se le atribuye el crecimiento en versatilidad y dinamismo de la Orquesta Sinfónica Nacional por la ejecución de creaciones de compositores nacionales y del repertorio universal del siglo XX.

Influenciado por las aficiones melódicas de mi madre sigo con atención sus conciertos desde mi infancia. En los veranos de finales de la década de 1970 solía comparecer entusiasmado en la concha acústica del parque Salazar de Miraflores. Guardo imborrables añoranzas de esos recitales que algunas veces estaban acompañados por un solista convocado. Era una de las actividades más esperadas y entretenidas de mis vacaciones escolares, mientras en la temporada de invierno la zarzuela me cautivaba por su denuedo provocador y alegre.

Es gratificante apreciar a jóvenes, estudiantes, clases medias y sectores de variopintas procedencias atraídos por la suntuosidad de la Orquesta Sinfónica Nacional. Observo con regocijo la aceptación infundida en sus sucesivas apariciones en tan diversas audiencias. Como cualquier otra manifestación artística, la música sensibiliza y despierta nuevas emociones; es un fenómeno sentimental de humanización y encuentro consigo mismo.

Según refiere la especialista mexicana en psicoterapia psicoanalítica Marina Meyer Reyes, en su interesante trabajo “Música y sensibilización” (2008): “… La música tiene una función fundamental, además de la de ayudar a curar o resolver lesiones o padecimientos: la de vincular a las personas entre sí y con sus emociones. Así como Freud decía que los sueños son la vía regia al inconsciente, podríamos decir que la música es la vía regia a las emociones. Al menos eso parece plantear Sacks cuando, compartiéndonos sus propias experiencias de duelo y pérdida, expresa que, paradójicamente, la música nos hace experimentar intensamente, tomándonos por sorpresa, la pena y la tristeza al mismo tiempo que nos brinda consuelo y nos reconforta. Puede ser que esto esté relacionado con que la música no tiene representaciones formales y entra directamente, por lo tanto, al mundo de las emociones”.

En consecuencia, requerimos –más, probablemente, que antes- de un espacio interno facilitador de la ansiada paz espiritual que libere las tensiones afrontados en el día a día. El arte siempre otorga un aporte significativo al engrandecimiento y a la formación integral de la persona. De allí que, se demanda fomentar e impulsar un mayor acercamiento a la música clásica y, además, recomiendo extenderla a la pintura, la literatura, el ballet, el teatro, entre un sinfín de representaciones sublimes.

Estas demostraciones de sapiencia facilitan convertirnos en seres perceptivos, racionales y éticos. Posibilita discernir los valores, efectuar opciones, tomar conciencia de la realidad, cuestionar nuestras realizaciones, profundizar la intuición y es un medio de superación. Sugiero a los padres de familia sembrar la semilla de la cultura en la vida de sus descendientes como parte activa en su proceso de formación. Debería ser una prioridad evitar que sean individuos atiborrados por la creciente barbarie e inopia, como sucede con mi generación.

Felicitaciones a los intérpretes de la Orquesta Sinfónica Nacional por ofrecernos una expresión excelsa de inspiración. Su labor paciente, disciplinada y austera nos colma de orgullo. Constituyen un genuino referente de perseverancia para afrontar –con solidez y convencimiento- las desidias, indiferencias y limitaciones de una sociedad lacerada por la simpleza, la ignorancia, el conformismo, la mediocridad, el atraso y la hemiplejia moral. Recuerde amigo lector: “La música es lo único que hace brillar el fuego que todos llevamos en el alma” (Ludwig van Beethoven).

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