sábado, 14 de diciembre de 2013

La frivolidad de la Navidad

La proximidad de la fiesta del misterio de la Natividad genera, en la inmensa mayoría de la población cristiana, una “fiebre” de emociones, sentimientos y reacciones reflejadas en preparativos, intercambios de regalos y otros alborotos demostrativos de la orientación consumista de esta efeméride religiosa.

El nacimiento del hijo de Dios representa el advenimiento del salvador. Su actuación, breve en tiempo e intensa por la huella dejada, fue un testimonio de pobreza, desprendimiento, solidaridad y consistencia en su infatigable afán de predicar -en un contexto adverso- la palabra del Padre Eterno. Su sufrimiento definió y enalteció su existencia. El 25 de diciembre evocamos el natalicio de este extraordinario líder que determinó la historia de la humanidad.

Sin embargo, la Navidad se manifiesta en cuantiosos obsequios, cenas, amigos secretos, trineos, juegos artificiales, el bonachón Papá Noel, exquisitos licores, estreno de prendas de vestir y cuanta algarabía material existe. Es una usanza exhibir lo obtenido en los “cierra puertas” y “liquidaciones” de fin de año. Sólo falta organizar la “hora loca” alrededor del nacimiento.

Esta fecha reúne a los seres queridos con el propósito aparente de compartir momentos de confraternidad que, en algunos casos, eluden expresar verdaderos y mutuos afectos. Es común percibir una suerte de tregua en las confrontaciones, intrigas y rencillas, más no siempre una genuina voluntad de inspirarse en tan magna ocasión para revertir la forma negativa de convivencia con el semejante. Un prototipo de hipócrita y fugaz armonía.

Todos sentimos –unos más, otros menos- el compromiso de cumplir con el ritual de festejar. La tradición manda agasajar, malgastar, deleitarnos y, de esta manera, evitamos excluirnos de este ostentoso suceso. Hay quienes se sienten mal al comparar su Navidad con las de familias numerosas, llenas de niños, atenciones y un sinfín de algarabías que explican como se ha olvidado su auténtica vocación espiritual.

En estos días escucho cuestionamientos provenientes de colegas, amigos y allegados en relación a la lamentable superficialidad de este rito. Empero, poco o nada hace la gente para revertir esta perniciosa tendencia. Critican en privado, pero el proceder contradice –como siempre pasa en “perulandia”- la actitud asumida a nivel colectivo. La inconsecuencia, una vez más, se confirma en una sociedad en la que los actos trasgreden el pensamiento y la palabra.

Pero, la ligereza –para esquivar decir “deshonestidad” y alterar el tierno vigor navideño- es tal que, incluso, vemos situaciones conmovedoras que desearíamos apreciar a lo largo del año como afirmación espontánea de sensibilidad. Muchos convienen en donar sus prendas viejas a un asilo; entregar juguetes a los niños pobres; otros recién se acuerdan de sus abuelos, padrinos y afines; recibimos abrazos efusivos y una lluvia de cumplidos en los centros de trabajo y por donde transitemos, incluyendo variopintos besos de Judas; y, por cierto, los infaltables parabienes de cliché: ¡Feliz Navidad! Ni siquiera somos novedosos –pues demanda un uso neuronal adicional- para congratular con creatividad, originalidad y calidez.

Estamos tan encantados que, si tenemos una benévola gratificación, compramos hasta lo innecesario y somos “felices”. Aunque desconocemos por qué, pero el ambiente obliga a sonreír y gozar. Olvidaba: El deleite gastronómico alcanza sus más altos estándares nunca vistos. Es frecuente subir de peso y no dormir bien debido al formidable banquete con pavo, ensaladas, el afamado puré de manzana, chocolate y panetón incluido. Son infaltables también las comidas, desayunos, lonches y, si escasea el dinero, un par de cervezas. Es Navidad, hay que brindar.

El consumo de energía es caso aparte. Las casas iluminadas parecen una pulpería de mal gusto, abarrotadas de cables, adornos sobrecargados, aparatosos y, además, colocan cuanta huachafería de moda se vende en avenidas y mercados. Innumerables hogares tienen una decoración externa -similar a un tragamonedas o karaoke- instalada por el vigilante de la zona a cambio de una retribución y, como observo en la cuadra donde vivo, al que pocas veces saludan a diario.

Cuanto desearía que las familias eleven una oración entorno al pesebre, en lugar de esperar con expectativa “asaltar” el árbol -decorado en incontables casos al estilo de un ekeko- para abrir los presentes. Ojalá hubiera un mínimo empeño para disfrutar de éste aniversario sustentado en las virtudes del cristianismo. Los mercaderes expulsados por Jesucristo del templo se han apoderado de su natalicio. ¡Quién lo hubiera imaginado!

Sugiero a los padres habituados a premiar las excelentes notas escolares de sus vástagos con propinas, atenciones y agasajos navideños pomposos, enseñarles que más importante que la óptima calificación en la libreta, es ennoblecer su comportamiento por la trascendencia de sus valores. Educarlos con el ejemplo cotidiano de fidelidad, honradez, lealtad, caridad, entre otros conceptos que deben fomentarse en la niñez y la juventud para moldear sus existencias en un marco sólido de principios.

A criterios de muchos, soy un aburrido. Desde hace tiempo me mantengo al margen de estos acontecimientos que, desde mi perspectiva de integrante de la Iglesia Católica, están alejados del brío concordante con la entrega del Redentor. Rehúyo asistir a invitaciones, salir de compras, indigestarme comiendo, prender bombardas e incomodar con cortesías de medianoche. Asisto con mi madre a la misa de gallo y hago un discreto, sereno y afable instante para agradecer a Dios y a mis seres más cercanos.

Cuantiosos augurios a los hombres y mujeres que ambicionan un mundo pleno de ideales, esperanzas, ilusiones, perseverancias, fuerzas, optimismos y alegrías. Anhelo que las algarabías momentáneas influyan en el cambio de todos nosotros para vivir inspirados en el testimonio del sucesor de María y José. Aprendamos a perdonar, a pedir perdón, a relacionarnos mejor con el vecino, el amigo, el compañero de labores y el familiar distanciado. Estimemos con recogimiento lo ofrecido por el Espíritu Santo en cada nuevo amanecer.

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