sábado, 20 de abril de 2013

Urge reconciliar la política con la decencia

Acaba de partir a la eternidad, al momento de escribir estas líneas, un amigo al que me unió una relación de genuino cariño e intensa admiración: Armando Villanueva del Campo. Su trayectoria fue un referente de entrega, sacrificio y lealtad por un sueño colectivo. Dio muestra de firmeza, nobleza y perseverancia en su lucha por sus ideales y, además, murió en absoluta austeridad, sin riquezas materiales o acusaciones de lucro personal.

Estos son tiempos en los que la política –entendida como la ciencia y arte de atender e involucrase en los asuntos públicos- se encuentra distante del sentimiento de los ciudadanos, entre otras razones, como consecuencia del comportamiento de los partidos políticos que debieran representar, con honestidad, transparencia y de manera efectiva, las demandas sociales de la población.

La política es concebida como una forma de ejercer el poder con la intención de resolver el choque entre los intereses encontrados producidos dentro de una sociedad. La utilización del término se popularizó en el siglo V A.C., cuando el filósofo de la Antigua Grecia, Aristóteles desarrolló su obra titulada “Política”.

Expresa la identificación del conciudadano con las cuestiones colectivas. De aquí que este quehacer debe motivar la activa participación de hombres y mujeres solidarizados con las expectativas de la comunidad. La experiencia vivencial demuestra que no es así. El concepto que posee el mal denominado “ciudadano de a pie” de la política, de sus interlocutores y de los partidos, es negativa. Esta actividad genera visible malestar y rechazo.

Nos guste o no, los políticos son prototipos. Sus actos debieran caracterizarse por su coherencia, integridad y lealtad a sus principios y convicciones y, por cierto, al electorado que les brindó la oportunidad de servir al pueblo. Deben exhibir una conducta que sirva de marco general.

En ese sentido, reitero lo expuesto en mi artículo “Los elegantes modales de nuestros políticos”: “Por su condición de representante del pueblo el político está en la ‘mira’ de la opinión colectiva. Mayor razón para calcular los efectos y consecuencias de sus vocablos y trayectoria -en su esfera gubernamental y personal- considerando el grado de desprestigio en que están inmersos. Al parecer, se encuentran ‘encapsulados’ en una realidad diferente a la percibida por nosotros. Desde su perspectiva creen que sus prácticas los ‘acercan’ al lenguaje y comportamiento popular. Pero, el elector no les acepta lo que nosotros podríamos realizar en nuestro quehacer diario. El habitante espera una actuación referencial del hombre público”.

Sin embargo, hoy en día existe un “relativismo moral”, lamentablemente, aceptado. “Roba pero hace” es una consigna censurable. No es posible admitir que un gobernante resuelva –con relativa eficiencia- las necesidades de su comunidad y forme parte de latrocinios, corruptelas e inmoralidades. Discrepo con quienes asumen el pragmatismo como modo de hacer política.

De allí que, es común que los políticos conviertan su ejercicio en una “inversión” para obtener beneficios económicos que, por su desempeño profesional, no han alcanzado. Es frecuente la recomendación ilegal, -para lograr un empleo en algún ministerio- la coima, el enriquecimiento ilícito, el desbalance patrimonial, llevar familiares, amigos y partidarios a copar cargos estatales, el tráfico de influencias y un sinnúmero de conductas probatorias de su pobreza interna y ausencia de rectitud.

La honestidad, la honradez y la devoción por un ideal, ha dejado de ser habitual en un medio caracterizado por usanzas indecorosas, complicidades interesadas y silencios convenientes. Toda una secuela de episodios que han transformado la política en una “cantera” de procederes detestables ante los ojos del pueblo. Hay que vincularla con el decoro y la eficiencia.

Afrontamos momentos de profunda crisis moral que nos lleva ha reflexionar acerca del proceder de cada compatriota que, en muchas circunstancias, actúa en pequeña escala similar a los políticos. La diferencia radica en que el político está sometido a los “reflectores” de los medios de comunicación. El prójimo que da una coima, traiciona, asume prácticas impropias, fomenta el tráfico de influencias, etc. no es observado por la opinión pública. Pero, reproduce hechos reprochables.

Desde mi parecer, un par de figuras emblemáticas siempre serán Fernando Belaunde Terry y Víctor Raúl Haya de la Torre. Adversarios, hombres probos, inteligentes, cultos, gestores de partidos con enorme significación en la vida nacional y poseedores de una decencia ejemplar. Pertenecieron a la última generación de estadistas ilustrados y honorables.

El pequeño y acogedor departamento de San Isidro del jefe y fundador de Acción Popular hacía gala de su desapego a lo material. Anaqueles llenos de libros, una réplica del monitor Huáscar, diplomas, condecoraciones y numerosas fotografías, eran su insólita riqueza tangible. Ha sido el único gobernante –en los últimos 30 años- que ha dejado Palacio de Gobierno sin mancha ni cuestionamiento alguno sobre su conducta. Jamás tuvo estilos deslucidos, censurables y sórdidos. Su sobriedad y buenas formas lo hacían merecer el respeto incluso de sus opositores.

Por su parte, el líder y creador del Partido Aprista Peruano exhibió una existencia sobria, no poseyó tarjetas de crédito, cuentas corrientes, chequeras o bienes inmuebles. Vivió sus últimos años en una modesta propiedad -otorgada por una cercana familiar suya- en el populoso distrito de Vitarte, hoy convertida en una casa museo que recomiendo visitar para conocer su sencillo y enaltecedor modelo de vida. Tuvo un precedente inédito al asumir la presidencia de la Asamblea Constituyente (1978) y fijarse un sol de remuneración mensual. Declinó usar el auto oficial que le asignaron, suprimió los gastos de representación en la cafetería del Palacio Legislativo y rechazó contar con custodia policial.

Mi homenaje a esa singular casta heroica de peruanos que se enroló en los asuntos públicos -inspirados en su grandeza- para servir al país. Sus vidas nos recuerdan que ésta puede volver a ser una causa capaz de convocar el entusiasmo de las nuevas generaciones identificadas con nuestra compleja realidad.

Evitemos que las pesimistas y agudas palabras del intelectual y escritor español Noel Clarasó Daudi sigan siendo ciertas: “Política es el arte de obtener dinero de los ricos y votos de los pobres, con el fin de proteger a los unos de los otros”. Anhelamos que la política se convierta en una tarea capaz de hermanar inquietudes cívicas, afirmar ideales democráticos, generar movimientos populares, despertar conciencias, comprometer esfuerzos, suscitar esperanzas y, especialmente, contribuir a resolver las angustias de los más desvalidos.

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