lunes, 29 de octubre de 2012

Fernando Belaunde: Al tal señor, tal honor

Se han cumplido 100 años del nacimiento de Fernando Belaunde Terry (1912 – 2002), dos veces presidente constitucional y figura singular en la historia política del siglo XX. Sus cualidades éticas y democráticas, sumado a su ejemplo de honestidad, deberán perennizar su memoria –entre otras razones- por haber sido las virtudes más destacables de su limpia trayectoria.

Su educación la transcurrió en el colegio La Recoleta y, posteriormente, en Francia donde concluyó sus estudios secundarios. Arquitecto graduado en la Universidad de Texas, ha sido considerado uno de los peruanos que más recorrió nuestra accidentada y extensa geografía. De sus inquietudes y conocimientos surgió uno de sus afamados proyectos, la carretera Marginal de la Selva que abarca desde la vertiente oriental de los andes desde Venezuela hasta Bolivia.

Fundador de la revista “El arquitecto peruano” y del Instituto de Urbanismo del Perú. Destacó en la docencia en la Pontificia Universidad Católica y en la Escuela de Ingenieros. De esta última llegó a ser primer decano de la Facultad de Arquitectura. En 1945 es elegido diputado por Lima como integrante del Frente Democrático Nacional que llevó a la presidencia de la república a José Luis Bustamante y Rivero. Su primera postulación a la jefatura de estado se produce por el Frente Nacional de Juventudes (1956). Un año más tarde funda Acción Popular y dos años después aparece su obra “La conquista del Perú por los peruanos”.

La privilegiada formación intelectual recibida le permitió confrontar e interpretar mejor el complejo escenario nacional, diseñar inventivas con indudable visión de futuro y padecer las incomprensiones afrontadas por los hombres de mundo. Entendió que las enseñanzas de nuestros antepasados eran un referente para alcanzar nuevos horizontes, sobre la base de los valores inherentes a su desarrollo comunitario.

Su versación de la convulsionada realidad nacional y su vinculación con el conservacionista Felipe Benavides, influyeron para llevar a cabo iniciativas -en el quehacer ambiental- de trascendencia. Tal vez la obra más recordada es el Parque de Las Leyendas, en cuya etapa inicial participaron entusiastas su hija Carolina Belaunde Aubry, su cercana colaborada Violeta Correa Miller y su edecán Enrique Barreto Estrada, entre otros.

La vicuña también estuvo entre sus preocupaciones. En 1963, su gobierno tramitó ante el ministerio británico de Desarrollo en el Extranjero, la venida al Perú del consejo técnico sobre vida silvestre, el biólogo Ian Grimwood –héroe de la Segunda Guerra Mundial- para realizar estudios científicos con la finalidad de promover el establecimiento de nuevas áreas naturales protegidas.

Luego de sus pormenorizadas investigaciones indicó que la población de nuestra “descendiente nacional” (como escribiera César Vallejo en “Trilce”), se encontraba seriamente amenazada y propuso constituir la Reserva Nacional de Pampa Galeras. Paralelamente, comenzaron las gestiones oficiales para suscribir el Convenio para la Conservación de la Vicuña (firmado entre Bolivia y Perú, y luego se adhirieron Argentina, Chile y Ecuador) en 1969. El gobierno peruano coordinó con los Estados Unidos y Gran Bretaña -los mayores mercados de telas de este recurso- para prohibir la importación de su fibra.

El ex jefe de estado comparte con Benavides sus apreciaciones sobre los éxitos obtenidos con la vicuña: “Tengo que agradecerte una vez más por tu acertado consejo y tu decidida orientación en lo referente a la preservación de la vicuña en Pampa Galeras. Aunque los correspondientes laureles te pertenecen por entero, me halaga que obra tan trascendente se realizara en mi tiempo. Las estadísticas son consagratorias en cuanto al aumento de la población” (Washington, octubre 3 de 1977).

También, su clara concepción sobre los beneficios textiles de esta extraordinaria especie la manifiesta en su editorial “Idilio y lucha de Felipe Benavides” (El Comercio, febrero 24 de 1991): “...Y tuvo razón Benavides porque ningún aporte peruano es más elocuente que el textil, pues mientras los famosos gobelinos franceses –según Reid- raramente muestran más de 20 hilos de urdimbre por pulgada, el antiguo Perú exhibe ejemplares con 398...Allí fuimos maestros, no discípulos; conquistadores, no conquistados...Allí el mensaje andino adquirió su máximo esplendor. Es bueno recordarlo en estos tiempos en que se nubla la identidad nacional y se ‘cesa’ a los que la iluminan con luz de patriotismo y sensibilidad de artistas”.

El nombre de Belaunde estará siempre vinculado a la vicuña. En su época se inició la más importante recuperación de esta especie -jamás efectuada en la era republicana- con el propósito de incorporar el aprovechamiento de la lana esquila de animal vivo -mediante confecciones textiles- para favorecer a las colectividades campesinas.

El Parque Nacional del Manu, declarado Zona Reservada en 1968, se hizo una realidad a partir del respaldo recibido durante su mandato. Esta área tiene una variedad muy grande de ecosistemas, cada uno incluye diversidad de especimenes de plantas y animales, y exhibe amplia cantidad de variedades en extinción. Comprende una gama ecológica extensa que abarca desde bosque húmedo tropical hasta formaciones altoandinas.

Uno de los exponentes más admirables de la costa Sur del Pacífico, la Reserva Nacional de Paracas fue posible debido a su intervención. En 1968, se iniciaron las tratativas con la finalidad de crear un santuario nacional. Este lugar sirve de reencuentro a aves migratorias –que llegan desde Alaska camino a la Patagonia- y es codiciado por la ornitología, reconocida la belleza y colorido de sus desiertos y el esplendor de la Cultura Paracas.

El Parque de Las Leyendas, Pampa Galeras, Manu y Paracas se han concretado gracias a la dedicación de un gobernante comprometido con la conservación y utilización inteligente del patrimonio natural, fuente de esperanza para lograr el anhelando bienestar de los pueblos del Tercer Mundo. Belaunde entendió que nuestra rica ecología representa una inmensa posibilidad económica y social.

Disfruté al conocerlo a fines de los años 80 –durante una visita que él hizo con los alumnos de la Universidad San Antonio Abad del Cusco- en el Parque de Las Leyendas y guiarlos en su recorrido. Luego coincidimos en ocasiones en casa de nuestro querido y común amigo Felipe Benavides. Siempre caballeroso, amable y atento a la platica. Era poseedor de gran carisma personal, suscitaba un sentimiento de afecto su sencillez. Su pequeño y acogedor departamento de San Isidro hacía gala de su desapego a lo material. Anaqueles llenos de libros, una réplica del monitor Huáscar, diplomas, condecoraciones y numerosas fotografías eran su insólita riqueza tangible.

Ha sido el único gobernante –en los últimos 30 años- que ha dejado Palacio de Gobierno sin mancha ni cuestionamiento alguno en relación a su conducta personal y pública. Jamás tuvo comportamientos deslucidos, censurables y sórdidos. Su sobriedad y buenas formas lo hacían merecer el respeto incluso de sus adversarios. “Él ha sido el último mandatario de quien se ha podido decir que era dueño, en todos sus actos, de un natural señorío”, señala el historiador Héctor López Martínez.

Su honradez y transparencia nos trae a la memoria que la política aún puede ser una causa noble, de genuino servicio al pueblo, que convoque a gente honorable y comprometida. Coincido con Augusto Rey Hernández de Agüero, cuando en su artículo “Un ejemplo que debe sobrevivir”, afirma: “…La figura de Belaunde tiene tanto valor, pues le recuerda a un país –golpeado por la corrupción, el cortoplacismo y la mezquindad-, que la política y la decencia pueden convivir. Por todo eso y más, no debemos dejar morir el legado de un hombre que señaló el camino para hacer política de una forma distinta”.

Sus enaltecedoras convicciones cívicas y su grandeza moral constituyen la más honrosa herencia de Fernando Belaunde. Como pocos, en un país marcado por la traición y el sometimiento, fue fiel a su vocación y destino. Mi tributo al estadista intensamente apasionado con el porvenir de la patria.

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