sábado, 11 de febrero de 2012

Homenaje a María Elena Moyano

El 15 de febrero de 1992 un comando de aniquilamiento de la agrupación extremista Sendero Luminoso asesinó a la dirigente de Villa El Salvador, María Elena Moyano. Lejos de amedrentar a los sectores más pobres, su muerte forjó un sentimiento de unidad y adhesión ciudadana que facilitaría la derrota política de la subversión.

Este suceso constituyó el inicio de la retirada de la organización criminal en los ámbitos indigentes urbanos. Tan horrendo crimen pretendió neutralizar -sin éxito- la capacidad del proletariado para enfrentar al terrorismo en momentos en que se recrudecía su presencia en ciertas zonas de la capital.

El denominado “equilibrio estratégico”, decretado por el cabecilla de Sendero Luminoso, significó la realización de campañas más agresivas en todos los frentes. Es decir, los pueblos jóvenes de Lima fueron escenarios para sus tácticas porque -de acuerdo a sus proyecciones- en estos lugares se libraría la “batalla decisiva” de la guerra popular. Los líderes de los comedores populares, comités de vaso de leche, asentamientos humanos, etc. eran un obstáculo para este objetivo y, en consecuencia, la horda violentista desplegó maniobras orientadas a desprestigiarlos y restarles ascendencia en la población.

Sobre las motivaciones que condujeron a la eliminación de María Elena el riguroso y versado informe de la Comisión de la Verdad y Reconciliación afirma: “….El Partido Comunista del Perú – Sendero Luminoso desarrolló una serie de acciones en contra de los dirigentes sociales durante los años 90. En este sentido, fueron amenazadas y asesinadas varias dirigentas de las zonas más pobres de Lima quienes se opusieron a las acciones de violencia del grupo subversivo. Entre ellas se encuentran María Elena Moyano Delgado, de Villa El Salvador, y Pascuala Rosado Cornejo, del asentamiento humano de Huaycán, en el departamento de Lima. La CVR sostiene que ambos crímenes no fueron hechos aislados sino que se orientaron a eliminar a aquellas personas que lideraron los procesos de organización social a nivel de su comunidad, por considerarlas opositoras a las acciones de violencia que desarrollaba el PCP-SL”.

¿Quién era María Elena Moyano? Según el citado documento: “…Nació el 29 de noviembre de 1958 en el distrito de Barranco en Lima. Llegó con su madre y sus siete hermanos a Villa El Salvador cuando tenía 12 años. Con su familia se instaló en el arenal sin agua y protegidos precariamente por esteras. Aprendió a vencer las dificultades y muy pronto se convirtió en animadora del Primer Programa No Escolarizado de Educación Inicial (Pronei) que se creó en Villa El Salvador. Posteriormente participó en programas de alfabetización comprometiéndose en diversas tareas comunales”. Su vida estuvo llena de infortunios y sufrimientos que influyeron en su espíritu emprendedor, combativo y en sus capacidades de liderazgo.

Exhibió un mar de esperanzas, de fe, de unión fraternal, de disciplina activa y consecuente. Era el paradigma de una luchadora bregando por las reivindicaciones de su gente. Una madre valiente y firme en circunstancias conmovedoras para nuestra sociedad que incluso rechazó los reiterados ofrecimientos de países amigos para salir del Perú con la finalidad de protegerse. Consideró que su alejamiento de Villa El Salvador la mostraría débil ante Sendero Luminoso.

Su singular ejemplo nos enseñó a no temer al infortunio. Se mantuvo leal en sus creencias políticas y democráticas. Dio una enaltecedora lección –en una colectividad colmada de miedos, apatías, indiferencias y claudicaciones- de grandeza moral al entregar su existencia por la causa que defendió. Algo inusual entre las tantas y habituales cobardías propias de nuestra compleja realidad.

Mi homenaje a su memoria es una expresión de rechazo a toda clase de violencia y un reconocimiento a las mujeres comprometidas con los anhelos que ella supo representar. Su carta pública -escrita un año antes de su partida- confirma la envergadura de sus convicciones: “…La revolución es afirmación a la vida, a la dignidad individual y colectiva; es ética nueva. La revolución no es muerte ni imposición ni sometimiento ni fanatismo. La revolución es vida nueva, es convencer y luchar por una sociedad justa, digna, solidaria al lado de las organizaciones creadas por nuestro pueblo, respetando su democracia interna y gestando los nuevos gérmenes de poder del nuevo Perú”.

Simbolizó la resistencia heroica de los humildes frente a la obstinación. Una tragedia nacional que, lamentablemente, solo fue interiorizada -en las esferas urbanas y capitalinas- al producirse el atentado con choques bombas en la calle Tarata (Miraflores, julio de 1992). El maniobrar senderista permitió mostrar lo más hondo de la aguda insolidaridad de los peruanos y lo alejados que estamos de constituirnos en una nación unificada y cohesionada en donde aprendamos a conmovernos por el sufrimiento del prójimo y asumir gestos conjuntos por nuestros compatriotas.

María Elena, ante ti reclamamos la inspiración del deber y de la fuerza espiritual. Nos enseñaste a no devolver odio con odio. Debemos aprender de ti a evitar caer en la tentación de odiar al enemigo. Fuiste un referente de sensibilidad con los desposeídos, de identidad con el bien común y de renuncia personal.

Siempre serás fuente de inspiración para afirmar la paz y la convivencia en un medio invertebrado, convulsionado y distante que requiere reconciliarse y, en consecuencia, aprender a respetar al oponente dentro de los cánones democráticos. A dos décadas de tu ausencia nuestra renovada ofrenda.

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