martes, 9 de agosto de 2011

El Perú infinito de José María Arguedas

Han transcurrido 100 años del nacimiento de José María Arguedas Altamirano (Apurímac, 1911 – Lima, 1969), uno de los narradores más destacados del siglo XX y, además, renombrado poeta, ensayista y escritor. Por este motivo el Centro Cultural de la Pontificia Universidad Católica del Perú está presentando una documentada muestra en su honor denominada “Arguedas: Perú infinito”.

Esta interesante y pormenorizada exhibición incluye cartas, manuscritos, borradores de sus trabajos, libretas de campo, recortes periodísticos, apuntes, fichas técnicas, fotografías y videos de y acerca del escritor que forman parte de la “Colección Arguedas” de esta casa universitaria. Se han recreado los ambientes frecuentados por el autor de “Yawar fiesta”, desde los que reforzó sus convicciones sobre los valores que debían difundirse en la colectividad peruana. La presentación incluye una producción con las únicas imágenes en vivo del escritor, acompañadas de grabaciones con su voz.

Al visitar esta exposición ingresamos en el dilatado conocimiento del universo andino que nuestro recordado hombre de letras defendió con intensidad. El cometido de Arguedas no ha sido muy difundido, pese a su trascendencia e influencia. Se debe destacar su estudio del folclore, en particular de la música andina como resultado de su estrecho contacto con cantantes, músicos, danzantes de tijeras y bailarines de todas las regiones del Perú. Ha sido significativa su contribución a la revalorización del arte indígena, reflejada en el huayno y la danza.

Un ser complejo, como suelen ser las grandes figuras. Torturado por su depresión, su lucha interna, su conflicto y su amor por nuestra patria. El éxito profesional le llegó a la par del incremento de sus malestares psíquicos que, finalmente, concluyeron –por propia voluntad- con su existir. Fue un intelectual y pensador comprometido con las raíces del ande peruano. Es necesario leerlo para tener una aguda mirada de nuestra diversidad cultural con una visión renovada.

“Quedó en mi naturaleza dos cosas muy sólidamente desde que aprendí a hablar: La ternura y el amor sin límite de los indios, el amor que se tienen entre ellos mismos y que le tienen a la naturaleza, a las montañas, a los ríos y a las aves. Mi niñez pasó que nada entre el fuego y el amor”, expresó José María.

Vivió entre los lugareños de San Juan de Lucanas (Lucanas, Ayacucho) y en diversas zonas de la sierra (Ayacucho, Abancay, Huancayo, Cusco, etc.). “Mi padre tenía un espíritu vagabundo, no podía estar en un pueblo más de uno o dos años”, señaló el escribiente de “Ríos profundos”. Los terribles sufrimientos de su infancia marcaron su vida, emociones y autoestima. En su texto “La novela y el problema de la expresión literaria en el Perú” (1950), precisó: “…Una bien amada desventura hizo que mi niñez y parte de mi adolescencia transcurriera entre los indios de Lucanas, ellos son la gente que más amo y comprendo”.

En 1965, Arguedas dijo: “Voy a hacerles una curiosa confesión: yo soy hechura de mi madrastra. (Ella) tenía el tradicional menosprecio e ignorancia de lo que era un indio y como a mí me tenía tanto desprecio y tanto rencor como a los indios, decidió que yo había de vivir con ellos (...) Los indios vieron en mí como si fuera uno de ellos, con la diferencia de que por ser blanco acaso necesitaba más consuelo que ellos”.

Su primera vinculación con la creación artística fue el poema “Amor” de Manuel González Prada. Más tarde, durante sus vacaciones escolares (1925), descubre la novela “Los miserables” de Víctor Hugo y se deslumbra tanto que se aprende de memoria largos párrafos. Desde temprana edad hizo suya la lengua y la cosmovisión campesina.

Tuvo la oportunidad de trabajar con el arqueólogo Julio C. Tello en el Museo de Arqueología Peruana (1939) y en 1946 con el historiador Luis E. Valcárcel en el Instituto de Etnología. Durante la gestión del creador de “Historia del Perú antiguo” en el ministerio de Educación, Arguedas laboró como conservador general de folclor. Por encargo de Valcárcel estudió la feria de Huancayo, entre otras importantes indagaciones.

José María, al mismo tiempo, fue traductor y difusor de la literatura quechua, antigua y moderna, ocupaciones que compartió con sus cargos de funcionario público y docente. Su obra narrativa refleja sus experiencias recogidas de la realidad andina y está representada, principalmente, en sus libros “Agua” (1935), “Yawar Fiesta” (1941), “Diamantes y pedernales” (1954), “Los ríos profundos” (1958), -por el que recibió el Premio Nacional de Novela en 1959- “El Sexto” (1961), “La agonía de Rasu Ñiti” (1962), “Todas las sangres” (1964) y “El sueño del pongo” (1965).

“El zorro de arriba y el zorro de abajo” (1969), publicada en 1971, merece una mención especial. Es una novela dramática narrada con interrupciones en la que describe su deseo definitivo de terminar con su vida y en la que alterna su proyecto literario con la trama de unos diarios personales en los que describe su intolerable ansiedad. En el ensayo “’El zorro de arriba y el zorro de abajo’ de José María Arguedas: el discurso de la muerte” de María Gladys Marquisio y Andreína Martínez Chenlo refieren: “El libro consta de tres diarios y de un ¿último diario? en el cual el autor hace el balance final y decide su muerte. La relación entre diarios y novela es más interna que ficcional: el autor escribe los diarios cuando la depresión o la angustia profunda que padece le impiden continuar la novela. El primer diario comienza con la decisión de matarse. Ya en el segundo diario el autor ha aplazado el suicidio porque tiene una novela entre las manos. En el tercer diario declara que la asfixia detiene a la ficción. En el ¿último diario? da por concluido el proceso”.

Su composición literaria ha sido compilada en “Obras completas” (1983). También, realizó traducciones y antologías de poesía, y cuentos quechuas. Sin embargo, sus faenas de antropología y etnología conforman el grueso de toda su producción y no han sido revalorados todavía. Arguedas fue un destacado compositor verbal de ideas socialistas que se empeñó en hacernos conocer un Perú olvidado.

Quienes hemos leído a Arguedas nos permitimos afirmar, sin exageraciones, que él nos hizo cambiar nuestro concepto del país. Aplicó a su aporte literario sus vastos talentos de antropólogo, etnólogo y folklorista, que brindan mayor rigurosidad al análisis del contexto andino. Una labor muy rica, de gran calidad y de integración. Su creatividad expresa un acucioso esfuerzo por unir esas dos mitades del Perú. A través de su realización podemos advertir ese “Perú profundo”, como decía el historiador Jorge Basadre.

“Todas las sangres” es considerado su legado más representativo por su afán de mostrar la variedad de tipos humanos que conforman el Perú y los conflictos determinados por los cambios que origina en las poblaciones de la serranía el progreso contemporáneo. Allí refleja su anhelo de que el legado de la cultura andina tenga un lugar especial en el futuro de nuestra sociedad. A Mario Vargas Llosa le escribió, sobre su afamada producción: “…Es extensa y he pretendido mostrar una especie de corte transversal de nuestro país. Se llama por eso Todas las sangres y ojalá que sea tan verdadera como me parece” (octubre, 1964). El Premio Nobel de Literatura comentó de Arguedas: “…Entre los escritores nacidos en el Perú es el único con el que he llegado a tener una relación entrañable, como la tengo con Flaubert o con Faulkner o la tuve de joven con Sartre…”.

Nuestro afamado indigenista entendió la literatura como una misión humanista y social. La autenticidad de su entrega por los indios y marginados, es un homenaje al peruano postergado. Leer a José María Arguedas es una obligación intelectual a fin de adentrarse en la más amplia comprensión del Perú. Especialmente debieran hacerlo los jóvenes, para quienes este personaje es ignorado y visto con indiferencia. Su hazaña constituye un estímulo en el complejo proceso de acercarnos a nuestra identidad con el propósito de entendernos, aceptarnos y contribuir a forjar una sociedad en donde convivamos en armonía “todas las sangres”.

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