domingo, 26 de junio de 2011

Luis E. Valcárcel: Maestro y ejemplo de peruanidad

Se está celebrando los 120 años del nacimiento del ilustre Luis Eduardo Valcárcel Vizcarra (Moquegua, 1891 - Lima, 1987), considerado el padre de las “Ciencias Sociales en el Perú”. La solvencia de este recordado compatriota, de enaltecedoras virtudes personales y científicas, está resumida en una expresión suya: “En mis libros queda escrito, sin embargo, mis pensamientos con toda nitidez con absoluta franqueza y plena convicción”.

Valcárcel –quien dedicó aproximadamente 70 años al estudió del Perú- fue presidente del Instituto de Estudios Peruanos, de la Asociación Nacional de Escritores y Artistas (ANEA), del Instituto Cultural Peruano Norteamericano (ICPNA) y del Comité Interamericano del Folklore; director del Instituto Indigenista Peruano; miembro del Comité Ejecutivo Peruano de la Unesco; vicepresidente de la Academia Nacional de Historia y del Centro de Estudios Histórico-Militares. Cumplió destacado papel en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, donde ejerció las cátedras de Historia de los Incas, Historia de la Cultura Peruana e Introducción a la Etnología. Al mismo tiempo, fue director y creador del Instituto de Etnología y del Museo Nacional de la Cultura Peruana.

Se le encargó el Ministerio de Educación en la administración del Frente Democrático Nacional (1945 – 1948) y participó en la inauguración del monumento en la Plaza Grau, ceremonia en la cual el discurso central estuvo a cargo del diputado Nicanor Mujica Álvarez Calderón. Precisamente en mi artículo “Homenaje a Nicanor Mujica” (2002) recuerdo una anécdota de tan querido amigo en torno al referido evento: “Nico me comentó que al empezar su disertación se dirigió únicamente al ‘Caballero de los Mares’, diciendo: ’Almirante nuestro que estás en la gloria’. Omitió cualquier otra mención, a pesar que el acto estuvo presidido por el presidente Bustamante y Rivero. Durante la recepción en Palacio de Gobierno, el jefe de Estado increpó a Haya de la Torre la actitud del legislador. El líder aprista respondió que cuando se inaugure un monumento en su recuerdo, se empezaría así: ‘Bustamante nuestro que estás en la gloria’”.

En 1977, en reconocimiento a su fructifica labor el maestro Valcárcel recibió el Premio Nacional de Cultura en el área de Ciencias Humanas. Estuvo propuesto para el Premio Nobel de La Paz (1982), por prestigiosas organizaciones nacionales e internacionales.

Prolífico escritor, además de "Tempestad en los Andes" (1927) –cuyo prólogo lleva la egregia firma de su paisano y amigo de juventud José Carlos Mariátegui, con quien fundó la revista “Amauta”- Valcárcel ha sido autor de más de 25 obras entre las que destacan "Del ayllu al Imperio" (1925), "Garcilaso el inca" (1939) e "Historia del Perú antiguo a través de la fuente escrita" (1964), entre otros títulos y aportes legados a la nación por este prestigioso investigador del universo andino. Su obra tiene dos aspectos fundamentales: su sincero indigenismo y su ilimitado espíritu inspirativo para la forja de ilustrados sociales consagrados a explicar y analizar la cultura autóctona de los andes.

Valcárcel será también recordado por su acucioso conocimiento de nuestros antepasados. Consideró al Inca Garcilaso de la Vega como “la primera fuente que nos abrió los ojos al Perú antiguo”. Su publicación “Historia del Perú antiguo” es la conclusión de largos años de indagaciones, desvelos y de una visión integral del Imperio de los Incas en la que, con acierto, destaca las tradiciones ambientales de sus pobladores. Al citar al cronista Bernabé Cobo precisa: “…La extraordinaria afición que tenían los peruanos por el cultivo de la tierra ha debido ser parte principal para el alto desarrollo que alcanzó. Que era tanta la mencionada afición que aún los que practicaban otros oficios como plateros y pintores no eran nunca persuadidos para no interrumpir su trabajo como artesanos por acudir al de su sementera, sino que, por el contrario, llegado el tiempo, dejaban de mano a su ocupación para dedicarse por entero a la del cultivo”.

Su magnífico libro “Machu Picchu” -que me obsequió la viuda de Nicanor Mujica entre los tantos volúmenes de Nico- es una monografía exhaustiva de la ciudadela de los Incas. En referencia a su descubrimiento afirma Valcárcel lo siguiente: “El 24 de julio de 1911 el doctor Hiram Bingham, al frente de una expedición financiada en los Estados Unidos, reveló al mundo científico la existencia de Machu Picchu. Como sucede con todos los descubrimientos, hubo precursores. En este caso, esos precursores fueron personas sin preparación para apreciar el valor de los monumentos que tenían ante sus ojos. Revela estrechez mental restar méritos a quien fue el primero en darse cuenta del gran valor de aquello que descubría, sobre todo la cabal apreciación de su trascendencia para la historia del hombre americano. Bingham sabía lo que buscaba y no fue mera casualidad su hallazgo”.

A los 12 años de edad dejó Valcárcel el catolicismo. Tuvo un breve paso por la actividad política que lo hizo diputado por la provincia de Chumbivilcas (Cusco, 1919) y militante del Partido Liberal. Amante de la libertad, renunció a la política para conservar su independencia de criterio, pese a los reiterados pedidos de sus numerosos y diversos adeptos para que continuara la vida pública y militante, “Quiero tener mi propia manera de pensar y de actuar”, me comentó. En 1931, es convocado por el gobierno provisional del jurista David Samanez Ocampo para integrar la comisión redactora de la nueva ley electoral. “La democracia es un término un poco ambiguo”, afirmó reiterando con ese eufemismo su personalidad libertaria.

Hace unos meses acudí a la exposición “Luis E. Valcárcel, un forjador del Perú (1891-1987)” en el Museo de la Nación y observé una ilustrativa colección de sus documentos, manuscritos y objetos personales. Me causó grata sorpresa ver dedicatorias, notas y cartas de personajes como Ricardo Palma, Manuel González Prada, Arturo Jiménez Borja, Julio C. Tello, José Carlos Mariátegui, José María Arguedas y Ciro Alegría, entre otros, con expresiones pletóricas de admiración y afecto. Asimismo, figuraban en esa ilustrativa muestra escritos de un poeta de su personal admiración: César Vallejo, a quien conoció en París y compartió largas jornadas literarias. En su juventud Valcárcel escribió poesía, pero nunca se animó a publicarla.

Del mismo modo, pude observar una misiva de Víctor Raúl Haya de la Torre (Roma, 1961), que decía: “…Deseo expresarle mi más vivo agradecimiento por sus amables recuerdos y sus honrosos conceptos que me conciernen. Leyéndolas, he rememorado los lejanos días del Cuzco en que nos conocimos y he pensado que, en verdad, hay en nuestras vidas más vínculos que distancias. Lo cual, se lo declaro, me enorgullece, por el respeto admirativo que siento hacia su eminente figura intelectual”.

Y es que Valcárcel fue respetado y reconocido por peruanos de las más variadas identidades políticas. En efecto, otra prueba de ello es el registro histórico de un momento estelar en su vida, cuando el presidente Fernando Belaunde Terry -durante el segundo gobierno- le impuso las “Palmas Magisteriales” en el grado de Amauta.

Gracias a la amable intermediación de su nieto Fernando Brugué Valcárcel (mi compañero de promoción escolar) conocí al maestro Valcárcel -en la tarde de su vida- y sostuve con él una amena y extensa conversación que me abrió un nuevo horizonte del Perú. Fue enriquecedor platicar con este anciano de hablar sereno, convincente y cálido y, además, genuino en su modestia al brindarme su valioso testimonio. Percibí en él un lúcido conocimiento de la realidad nacional.

Luis Eduardo Valcárcel mantuvo siempre la esperanza en nuestra patria. “A pesar de todos los desencantos que uno lleva vividos, yo tengo una fe grande en el Perú, porque conozco su historia, conozco todas las vicisitudes que ha sufrido el Perú…Yo espero que venga pronto, tal vez dentro de pocos años, una reacción total en que el Perú usando de su verdadera fuerza, usando de su verdadero espíritu, cambie de rumbo y vuelta a ser lo que fue. Allí está el asunto, vuelta ser lo que fue”, me afirmó este hombre involucrado, con intensidad y sapiencia, en las raíces peruanas y que seguirá siendo un referente de grandeza, decencia e identificación con nuestra tierra.

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