sábado, 26 de febrero de 2011

Mis recuerdos de Felipe Benavides: 20 años después

El 21 de febrero se recuerdan 20 años de la partida de Felipe Benavides Barreda (1917 – 1991) y quiero compartir algunas de mis vivencias con él. Nuestro primer encuentro fue en la primavera de 1984, cuando acudí a su oficina ubicada en la cuadra siete avenida Nicolás de Piérola, entusiasmado para colaborar con él en defensa de la Reserva Nacional de Paracas. En aquella ocasión estuvo acompañado de Bárbara d’Achille quien era su colaboradora ad honorem en Prodena y comenzaba a realizar sus prácticas de periodismo ambiental en el diario El Comercio y la revista Caretas, gracias al apoyo y recomendación de Felipe. Ese contacto fue breve y concluyó en el restaurante “El café de París”.

Sin lugar a dudas, me impresionó su personalidad avasalladora, firme y segura. Conversaba incansablemente y reflexionaba sin detenimiento acerca del Perú. Además, era agudo, incisivo y de hablar claro, aunque incomode. Ese momento marcó el inicio de una relación intelectual, institucional y, fundamentalmente, afectiva.

Fueron muchos los sentimientos que nos unieron y muchos, también, el tiempo compartido a su lado; todos fines de semana eran esperados con gran ilusión. Sabía que el sábado lo pasaríamos juntos en su casa, en compañía de su esposa María Luisa, quien nos atendía; primero, preparando el té y luego, sirviendo la cena en horas de la noche. A esos encuentros solía unirse Augusto Dammert León.

Durante los años que permanecí a su lado, pude constatar su obsesionada dedicación hacia el Parque de Las Leyendas, que presidió durante tantos años. Tenía la deferencia de recogerme todos los días para llegar juntos al zoológico. Alguna vez al ingresar al parque detuvo su automóvil, miró a los niños que ingresaban y exclamó: “Ve estos niños, por ellos es que hago toda esta obra. Ellos son mi satisfacción...”. En ese instante comprendí cual era la genuina motivación que lo animó a realizar esa extraordinario obra recreativa y cultural.

Gracias a él he forjado un vínculo de identificación con el Parque de Las Leyendas como pocas veces en mi vida he logrado establecer con alguna institución. Me pidió conducir la remodelación del pabellón de aves “Celestino Kalinowski”, que lleva el nombre del taxidermista cusqueño con quien trabajó en la creación del Parque Nacional del Manu. Y del que siempre hablaba, refiriéndose a él como un hombre, sencillo y austero, que descendía de una familia de origen polaco. Por esa razón, fue una experiencia interesante supervisar las obras para implementar del mejor modo posible este ambiente con aves de la costa, sierra y selva peruana. La emoción fue grande cuando ese lunes 14 de agosto de 1989, reinauguramos el museo con la asistencia de Nelly Venero de Kalinowski y del embajador de Polonia, entre muchos otros invitados. Al concluir las ceremonias y los brindis, solía quedarme siempre con Felipe; pero ese día me sentí un poco indispuesto y decidí retirarme, ese día, al despedirme de él, me abrazó (algo poco usual en él) y me dio las gracias con un énfasis habitual en el que animaba los esfuerzos realizados por alguien de su entorno más cercano.

El último año de su vida (1990) fue intenso para él. El 30 de marzo –a solicitud de un grupo de parlamentaros liderados por el diputado José Lescano Palomino- el presidente de la Cámara de Diputados, Luis Alvarado Contreras, le impone la Medalla al Mérito “Juan Antonio Távara Andrade” en el grado de Gran Cruz. Era la última condecoración que recibiría quien en su pecho había también exhibido la “Orden del Imperio Británico” (Gran Bretaña, 1963) y la “Orden del Arco Dorado” (Holanda, 1973), entre otras tantas merecidas distinciones.

Me causó indudable satisfacción que Felipe incluyera al concluir su discurso las palabras que me había dedicado al obsequiarme su informe titulado “Historia de la reintroducción de la vicuña en el Ecuador” (1989): “La conservación es lucha permanente, independencia indispensable para decir la verdad y toda la verdad. Ética, como todo en la vida, es la mayor fuerza que tiene el hombre para defender la vida”. Aquella tarde, luego de la breve ceremonia en el Congreso de la República, compartimos un almuerzo familiar por invitación de su hijo Diego Francisco.

A los pocos días presenté mi primer libro “Conservación de la naturaleza ética e intereses” en el que Felipe había escrito la presentación. Me sentía contento de compartir ese acto con él. Tuvo palabras muy generosas para mí y había dejado constancia de ellas en la obra, al señalar: “…Es para mí un honor encontrar, a través de los artículos de Wilfredo Pérez Ruiz, que a los 18 años despierta ante este mundo contaminado y paulatinamente violado, y sale con la mejor arma que tiene en sus manos la nueva generación, su voz libre y valiente de protesta, acompañada de la indispensable denuncia contra la corrupción, que es el mayor enemigo de la sobrevivencia de la naturaleza. Nuestra esperanza es que, en el futuro, jóvenes como el autor de este libro, estén representados en todos los parlamentos de nuestro planeta”.

Paralelamente, el canal cuatro de la televisión británica preparaba la película titulada “Benavides” (estrenada en Londres el domingo 13 de enero de 1991), que fue televisada por dos millones de personas en Europa. Felipe trabajó mucho en las prolongadas y fatigosas grabaciones. Se debía repetir cada toma cuantas veces era necesario. Fueron 16 horas de filmación hasta concluir el trabajo a fines de mayo. Esta producción le permitió dejar constancia de sus puntos de vista acerca de la dramática situación peruana y mundial en el tema de la conservación del patrimonio natural.

El 5 de mayo, Felipe celebró un nuevo triunfo: presentó en el Parque de Las Leyendas los primeros mil metros e telas de vicuña en presencia de la prensa nacional y extranjera. Allí estaba el representante de las comunidades de Pampa Galeras, su entrañable amigo Salvador Herrera Rojas, quien emocionado observó la entrega formal que Felipe, en su condición de presidente del Consejo Nacional de la Vicuña, hacia al ministro de Industria, Turismo e Integración, Carlos Raffo Dasso. En ese momento significativo, que coronaban su larga y fatigosa lucha en beneficio de los pobladores ayacuchanos, lo acompañamos un grupo íntimo de amigos. Una vez más, ganó la batalla.

A pesar de su temple y enorme fortaleza, y contrariamente a lo que se pudiera pensar, fueron sinfín las soledades que afrontó cuando era calumniado por quienes promovían sórdidas acciones en su contra. Fui testigo cómo en esas adversas circunstancias, las personas de su cercano entorno institucional y amical actuaron en forma poco solidaria e indiferente. Todos le dieron la espalda, aunque siempre admiré la excepcional lealtad de Augusto Dammert León, caballero distinguido, peruano entregado al servicio del bien común y, fundamentalmente, hombre decente y ejemplar, que estuvo con Felipe en la conducción del Parque de Las Leyendas y en otras inquietudes comunes.

De todas las personas que conocí a través de Felipe, algunas me cautivaron más que otras, por diversas razones de aprecio e identificación personal. Dammert, cuya perseverancia y sentido de la amistad nunca podré olvidar; Leonor Saúd Castillo, quien no desmayó en su cooperación conservacionista y su noble amistad. Miguel López Cano, Nicanor Mujica Álvarez Calderón y Javier Pulgar Vidal, políticos, intelectuales y peruanos honorables a quienes admiré y quise por sus impecables credenciales éticas y ciudadanas. Hacia todos ellos mi amistad, afecto y recuerdo es inapreciable.

Estas líneas serían inconclusas, sino incluyera mi recuerdo de su esposa María Luisa su compañera inseparable. Una encantadora, culta y fina dama sueca que hizo suya sus causas altruistas. Estas líneas son un tributo lleno de cariño, amistad y gratitud ilimitada para ambos, con quienes compartí a plenitud los mejores años de mi juventud, recibiendo permanente y sincero aprecio fraterno.

Felipe me enseñó a conocer, interpretar y querer al Perú. Recuerdo nuestros continuos viajes a Paracas y Pampa Galeras, para apreciar la importancia de estos bellos refugios naturales, donde nos acompañaban científicos, periodistas y parlamentarios, como nuestros comunes amigos Manassés Fernández Lancho e Ian MacPhail. Sus conocimientos, su cultura y su percepción del mundo dejaban deslumbrado a más de un invitado.

Siempre tenía la generosidad de hacerme llegar sencillos y escuetos mensajes de aliento cuando permanecía en sus largos peregrinajes en el extranjero. Jamás olvidaré sus expresivas palabras, escritas de su puño y letra y enviadas por fax: “Mi mensaje a Wilfredo: Gracias por su apoyo tanto moral como hablado” (Londres, octubre 31 de 1989).

Fueron innumerables las lecciones que aprendí de este hombre visionario, emprendedor y combatiente; a su lado entendí que las dificultades, apatías e incomprensiones, deben estimular nuestra lucha constante para alcanzar los nobles propósitos de toda causa justa Su legado, su ejemplo moral y la firmeza de sus convicciones, seguirán siendo la fuente de inspiración de quienes como yo, admiramos su calidad humana, su obra y la enorme huella e influencia que ha dejado como testimonio para las futuras generaciones.

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