lunes, 3 de enero de 2011

Nuevo año: Nuevas ilusiones

Escribo estas líneas el viernes 31 de diciembre de 2010. Una fecha de apremios, agasajos, saludos y preparativos para algunos, y de reflexión, evaluación y análisis para otros. En términos generales estas jornadas motivan pensar sobre nuestras metas y en lo que hubiéramos querido forjar y, por diversas circunstancias, no logramos cristalizar en el ámbito personal y profesional, y también en los objetivos culminados exitosamente. De una u otra manera, hacemos una autoevaluación del período que concluye.

Por otro lado, están los ideales que debemos mantener con firmeza, fogosidad y expectativa a lo largo del naciente año. Esto me trae a la memoria las expresiones de Tales de Mileto: “La esperanza es el único bien común a todos los hombres. Los que todo lo han perdido lo poseen aún”. Este famoso intelectual griego -uno de los notables astrónomos y matemáticos de la Grecia Antigua- considerado el primer filósofo de la historia y fundador de la escuela jonia de filosofía que encabezó al grupo de los “siete sabios de Grecia” y tuvo como discípulo a Pitágoras.

Recientemente, escuchaba en un programa de televisión este comentario: “Los peruanos vemos solamente el medio vaso vacío y no el medio lleno al hablar de éxito en nuestra patria” y me acordé que cuando no logramos obtener las realizaciones propuestas evitamos mirar la otra “mitad” tangible de lo alcanzado con un esfuerzo, muchas veces, más allá de nuestras aparentes fuerzas. En este aspecto existe un punto de vista negativo para percibir lo que nos falta tener, más aún en estos tiempos en que las fluidas comunicaciones facilitan comparar nuestro estilo de vida con el de distintas sociedades y, por lo tanto, con lo que desearíamos poseer.

Es algo así como el individuo que en el desierto calma su sed con una cantimplora. Pero, al llegar a un océano sus necesidades serán, naturalmente, más ambiciosas. Desde mi parecer, tenemos la “extrema” (para no usar el vocablo “peruana”) costumbre de dar demasiada importancia a sucesos nocivos y no valoramos lo que, día a día, vamos ganando. Todo acontecimiento trae infinitas lecciones y experiencias que moldea mejor a los seres humanos y enriquece su crecimiento moral, educativo y espiritual. La estupidez, inmediatez, ausencia de “sentido común” y otras taras impiden aproximarnos a juzgar lo que esas vivencias brindan, incluso en la eventualidad más dolorosa y adversa.

Estoy convencido que los peruanos abrigamos mil razones para elevar y fortalecer nuestra autoestima, mirar el futuro con sentimiento esperanzador, estar plenos de sueños y albergar actitudes (predisposición a responder de una manera determinada frente a un estímulo tras evaluarlo) positivas ante el mañana. Veamos juntos el “medio vaso” colmado de acciones favorables y alimentemos nuestras energías inspirándonos en el maravilloso país en que hemos nacido y comprendamos el momento que nos ha tocado vivir y que, por cierto, no hemos escogido.

Si hiciéramos un esfuerzo, íntimo y honesto, lograríamos aceptarnos y forjar una armoniosa relación de convivencia, respeto y tolerancia mutua, sin discriminaciones, marginaciones, prejuicios, ausencias de cortesías y buenos modales. Recuerdo unas palabras del escritor indigenista José María Arguedas (autor de esa extraordinaria obra titulada “Todas las sangres”, que es una observación transversal del Perú) en carta a su amigo el pintor Fernando de Szyszlo: “…Te confieso que me siento bien en los sucios ómnibus de Lima, junto a los cholitos y zambos. Me parece que así no me faltarán nunca lo que en mí hay de humildad y de popular. Ha de ser espantoso creerse distinto y mejor que ellos” (1958). Arguedas -maltratado por algunos críticos literarios- fue un acucioso narrador del universo andino y gracias a él accedí a adquirir una percepción profunda y hermosa de ese mundo al que siempre hemos dado la espalda.

Debemos empezar identificándonos con nuestra complejidad étnica, cultural, geográfica y social, y aprender de las vivencias cotidianas que causan placer. No requerimos “buscar” una felicidad que está tan cercana que ni nos damos cuenta de su existencia porque tenemos un lejano concepto de ella. La dicha se encuentra en las actividades nobles que cumplimos, en los amigos que tenemos, en el amor que otros nos consagran, en la satisfacción de ayudar al prójimo, en el placer de compartir con la familia y que, sin percibirlo, concluyen siendo grandes logros apreciados solo desde la retrospectiva de la vida.

Anhelo, para este nuevo período, que cada día sea un amanecer de voluntades para luchar por una sociedad mejor. Sus aspiraciones, amigo lector, estén acompañadas de una permanente actitud crítica, aguda y cuestionadora, expresiva de una sólida valoración y dignidad personal a fin de combatir las fuentes de embrutecimiento, sumisión, parálisis de la creatividad y el desarrollo: el conformismo, la apatía y la mediocridad. Felicitaciones por las insólitas ambiciones que haga realidad.

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