domingo, 10 de octubre de 2010

Mario Vargas Llosa: El “nobel” demócrata

Una noticia nos ha llenado de orgullo nacional. La Academia Sueca anunció lo que hacía años queríamos escuchar: la denominación de Mario Vargas Llosa como ganador del Premio Nobel de Literatura 2010 por “su cartografía de las estructuras del poder y sus mordaces imágenes de la resistencia, sublevación y derrota del individuo”. Nuestro compatriota es un reconocido ensayista, periodista, escritor y un excelente representante de la lengua de Miguel de Cervantes.

Tan importante acontecimiento -que levanta nuestra autoestima a todos los compatriotas- es el reconocimiento a su meritoria trayectoria profesional que lo ha convertido en uno de los grandes exponentes de la literatura latinoamericana. El dramaturgo de “Conversación en la catedral” es una figura de renombre universal que debe al Perú sus experiencias fundamentales y la fuente de su actividad intelectual realizada no solamente por inspiración, sino por “transpiración”.

En él confluye su visión literaria y política. Su producción nos ha facilitado conocer “el país de las mil caras”, como el mismo dice. Es interesante analizar la evidente propensión realista de sus novelas que buscan finjan la realidad. Así va construyendo personajes irreales nutridos de otros reales. “Toda su obra literaria es un canto de amor al Perú”, a señalado el intelectual Alfredo Barnechea. Los escenarios, recuerdos, personajes y vivencias de nuestro país están presentes en sus escritos.

“La buena literatura tiene que entretener. A través de la literatura se entra en contacto con una problemática humana, cultural y social. La literatura sensibiliza al hombre, lo alerta frente a determinados problemas, estimula su espíritu crítico frente a toda forma de injusticia. Creo que la literatura lo hace al hombre mucho más rebelde y anticonformista. Y espero que mis obras tengan estas características y contribuyan al espíritu crítico y rebelde del hombre”, me refirió Vargas Llosa.

Desde mi parecer, este galardón es un espaldarazo a la causa de la democracia en Latinoamérica. Es un merecido tributo a su lucha cívica y ética contra el autoritarismo y la opresión. Su renuncia -mediante una severa comunicación al jefe de estado peruano- a la presidencia de la comisión organizadora del Museo de la Memoria incrementa mi admiración por este defensor de la libertad y los derechos humanos. En su misiva del 13 de setiembre último decía: “…Ignoro qué presiones de los sectores militares que medraron con la dictadura y no se resignan a la democracia, o qué consideraciones de menuda política electoral lo han llevado a usted a amparar una iniciativa que sólo va a traer desprestigio a su gobierno y dar razón a quienes lo acusan de haber pactado en secreto una colaboración estrecha con los mismos fujimoristas que lo exiliaron y persiguieron durante ocho años. En todo caso, lo ocurrido es una verdadera desgracia que va a resucitar la división y el encono político en el país, precisamente en un periodo excepcionalmente benéfico para el desarrollo y durante un proceso electoral que debería servir más bien para reforzar nuestra legalidad y nuestras costumbres democráticas”. Una muestra más de coherencia con su pensamiento y convicciones.

“El pez en el agua” -que recomiendo siempre leer a mis alumnos- es un pormenorizado recuento de su paso por la política, durante el primer mandato de Alan García Pérez, cuando postuló a la presidencia de la república (1990). En esta publicación exhibe apreciaciones y enjuiciamientos que lo distanciaron de los peruanos. Su honestidad y el despliegue en su contra -promovido por el gobierno de turno- impidieron su anhelado triunfo. A partir del 5 de abril de 1992 fue injustamente criticado por su enfrentamiento hacia quien se convirtió en un corrupto tirano.

La agudeza también se refleja cuando opina de política. En el libro “Rajes del oficio”, del periodista Pedro Salinas, declaró: “…La política, en primer lugar, no atrae a la mejor gente. La política atrae a gente con apetito de poder, gente inescrupulosa, de una gran mediocridad. Los mejores talentos, los más idealistas, los más puros, los más preparados, muy rara vez se dejan tentar por la política. Y cuando así ocurre, generalmente la política los arrolla, o los corrompe o los expulsa”. ¿El sórdido comportamiento de las cúpulas de los partidos políticos acaso no coincide con esta veraz descripción?

Estando en un país tan “desmemoriado” no debemos omitir acordarnos de su participación activa en la recuperación democrática cuando la dictadura era respaldada por inmensos sectores ciudadanos. Su voz, tantas veces solitaria e incomprendida, se mantuvo invicta en medio de múltiples rechazos. Lo que nos recuerda las inmortales expresiones de José Carlos Mariátegui: “En el Perú es difícil mantenerse fiel a un principio y una convicción”. El creador de “Pantaleón y las visitadoras” es un ejemplo de compromiso con los destinos nacionales y consistencia con sus ideas liberales. La lealtad con uno mismo es una de las virtudes humanas más enaltecedoras, aunque menos percibidas y valoradas.

Su vida nos enseña que se puede llegar hasta donde nuestros sueños y perseverancias nos inspiren. Por ello, tengo presente en la retina de mis remembranzas su mensaje final durante la entrevista que me concedió: “…Admiro la capacidad de un hombre de superar sus limitaciones a base de esfuerzo y de imaginación. Creo que esos son los tipos humanos que admiro más. Aquellos que teniendo unas determinadas limitaciones son capaces, sin embargo, por disciplina, por convicción, por esfuerzo de superarlos y superarse a si mismo en esta tarea. Creo que es el ejemplo humano que admiro más, aquellos hombres constructivos”. Honor a Mario Vargas Llosa.

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