domingo, 17 de octubre de 2010

El maravilloso “encanto” de la lectura

La lectura es uno de los quehaceres más enriquecedores que usted pueda experimentar. Etimológicamente “leer” viene del verbo latino «legere» que significa «coger». Leer es descifrar un mensaje, comprender lo que está escondido tras unos signos exteriores, es desentrañar y descubrir. Nos lleva a un universo infinitamente desconocido, nuevo y rico en profundidades que solamente valoramos cuando intentamos sumergirnos en el.

No obstante, en nuestro país el índice de lectoría ha disminuido por apremios cotidianos, elevados costos de la industria editorial, falta de tiempo, uso masivo del internet, entre otros factores que conspiran en su perjuicio, especialmente, entre los jóvenes. Según estudios internacionales el Perú es uno de los países de la región con menor índice de comprensión lectora y se calcula que el nivel per cápita anual de lectoría no alcanza los dos libros por habitante.

Hay quienes creen que la lectura es una faena compleja, aburrida, distante y carente de la acción que ofrecen otras “distracciones”. Tal vez existe responsabilidad en el entorno más íntimo de la persona: la familia. Familias que no incorporan la lectura en sus aspiraciones de desarrollo. “Dime como es tu biblioteca y te diré quién eres”, es una expresión que me gusta recordar cuando intento -incontables veces en vano- hablar de la trascendencia de esta actividad. Una biblioteca es el “espejo” de sus ambiciones intelectuales. Los padres no leen y muchos menos sostienen, por consiguiente, conversaciones inteligentes, interesantes y documentadas que ilustren a sus hijos. Una situación análoga sucede cuando los únicos temas de tertulia, entre personas supuestamente de elevado estatus profesional, son el costo de vida, los hijos, los nietos, el clima y la oficina. En esas ocasiones podemos verificar que la lectura no está presente en la vida de quienes participan, con vivo entusiasmo, solamente de esas pláticas.

El genial literato Jorge Luis Borges decía: “He leído mucho, pero he vivido poco”. Según afirmó el autor de “Aleph” esta expresión corresponde cuando tenía 30 años de edad. Tiempo después descubrió –a pesar de su ceguera- que la lectura era una forma de vivir intensamente y, en la tarde de su vida, concluyó que había vivido bastante. La lectura nos ayuda a recorrer, de manera placentera, escenarios hasta inimaginables.

Por su parte, la escritora Carmen Lomas Pastor, en su obra “Hogar familiar” señala: “….La lectura tiene una gran importancia en el proceso de desarrollo y maduración de los niños. Proporciona cultura, desarrolla el sentido estético, actúa sobre la formación de la personalidad, es fuente de recreación y de gozo. Constituye un vehículo para el aprendizaje, para el desarrollo de la inteligencia, para la adquisición de cultura y para la educación de la voluntad”. Desde mi punto de vista, es también un “viaje” a los más alejados destinos y una forma de comprender nuestra compleja realidad nacional. A través de ella podemos involucrarnos con nuestro contexto social y asumir un sentimiento de identidad y pertenencia tan necesario.

La lectura nos compromete en el desenvolvimiento de nuevas capacidades que, probablemente, no hayamos descubierto. Ayuda al perfeccionamiento del lenguaje, mejora la expresión, el vocabulario y la ortografía; incrementa las relaciones humanas, los contactos personales y favorece la empatía; facilita la exposición del propio pensamiento y posibilita la capacidad de pensar; es una herramienta que activa las funciones mentales agilizando la inteligencia; abre la imaginación y creatividad (según el escritor y docente Iván Thais los mejores alumnos de publicidad son los jóvenes que desde temprana edad han extendido el hábito de la lectura). Por último, aumenta el bagaje cultural, proporciona información, conocimientos y amplía los horizontes del sujeto. Un hombre culto y, además, educado tiene elementos favorables para proyectar una imagen positiva en el ámbito personal y laboral.

Es una afición que envuelve a la persona, la dignifica y comunica un deleite especial. Comprenderá mejor su vida y la vida en si misma. Salga de ese pozo profundo que es la ignorancia “conveniente” a los intereses de quienes pretenden mantener sometida a nuestra sociedad, para abusar de ella. La lectura subleva, promueve la disconformidad, da “mundo” y fortalece la autoestima, componentes indispensables para salir del tercermundismo moral, cívico y cultural que nos aflige. Bien comentó el político e pensador argentino Nicolás Avellaneda: “Cuando oigo decir que un hombre tiene el hábito de la lectura, estoy dispuesto a pensar bien de él”.

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