domingo, 17 de octubre de 2010

Augusto Dammert: Un peruano honorable

El 10 de octubre se cumplieron cinco años del alejamiento de Augusto Dammert León (Lima, 1918). Un ciudadano a quien podemos definir, sin temores ni exageraciones, como un permanente comprometido con nuestra patria. Nuestro primer encuentro se produjo el 29 de enero de 1986, durante un almuerzo ofrecido por nuestro amigo, Felipe Benavides Barreda en el Parque de Las Leyendas. Allí nació una relación amical solo interrumpida por su muerte.

Augusto, como buen discípulo del maestro Raúl Porras Barrenechea, se consagró a sus normas morales y estuvo con los ancianos, los presos y trabajando con la juventud. Diplomático de carrera, laboró en distintas misiones en el extranjero con Oscar R. Benavides (Argentina) y Raúl Porras (España), entre otras y fue embajador en Jamaica y Nicaragua. Se desempeñó en dos períodos como alcalde de San Isidro. Por disposición suya no llevan su nombre las obras inauguradas durante su gestión edil. Ese era uno de los gestos tan singulares en la vida de uno de los fundadores del Partido Popular Cristiano.

Quienes compartimos innumerables vivencias a su lado, podemos acreditar de su discreción y, fundamentalmente, de su entereza cuando había que asumir posiciones de principio. Su vocación de servicio fue un apostolado sin límite. En tal sentido, mereció el reconocimiento de los pobladores de la Reserva Nacional de Pampa Galeras (Lucanas, Ayacucho) cuyas demandas motivaron su entrega altruista.

Viajamos juntos en 1987, hasta la comunidad de Lucanas llevando el mensaje de la Comisión Multisectorial de la Vicuña para darle a las agrupaciones rurales la buena nueva: el Perú había logrado la autorización internacional para empezar la confección de telas de vicuña provenientes de la esquila de animal vivo. Augusto representaba (en su condición de integrante de la comisión consultiva del ministro de la Presidencia) a nuestro amigo, el ministro Nicanor Mujica Álvarez Calderón, quien se unió a nuestro empeño para hacer del aprovechamiento de este recurso una realidad que contribuya a mejorar sus niveles de vida.

La lealtad fue uno de sus rasgos más enaltecedores. Fui testigo constante del ejercicio cotidiano de este valor. Por esas consideraciones, en el artículo intitulado “Mis recuerdos de Felipe Benavides” (Lima, 2005) señalé: “Contrariamente a lo que se pudiera pensar, fueron sinfín las soledades que afrontó (Felipe Benavides) cuando era calumniado por quienes promovían sórdidas acciones en su contra. En esas adversas circunstancias, las personas de su cercano entorno institucional actuaron en forma poco solidaria e indiferente. Lamentable era comprobar la ausencia de adhesiones en aquellos momentos de prueba. Aunque siempre existen singularidades, como la inmensa y excepcional lealtad de su amigo Augusto Dammert León, caballero distinguido, peruano entregado al servicio del bien común y, fundamentalmente, hombre decente y honorable, que estuvo con Felipe en la conducción del Parque de Las Leyendas y en otras inquietudes ciudadanas”.

De profundas convicciones religiosas, trabajó ad honorem como secretario de Consejo Católica para la Cultura de la Conferencia Episcopal Peruana. Activo y entusiasta miembro de las dos comisiones preparatorias de las visitas de Juan Pablo II al Perú (1985 y 1988). En la segunda estadía de Su Santidad organizó el encuentro con los empresarios e intelectuales realizado en el Seminario de Santo Toribio. Fueron meses de tenaz trabajo en el que Augusto convirtió su casa de San Isidro en su “cuartel”, con el apoyo de su esposa, la recordada ecuatoriana Gracia Marcos Panizo, con quien me deleitaba conversando.

Sincero, servicial, culto, admirador de Antonio Raimondi y del Inca Garcilaso de la Vega, será siempre un referente moral para los hombres y mujeres de buena voluntad. Hasta semanas antes de su muerte, jamás escuché de él, un comentario que evidenciara odio, rencor y resentimiento. Supo poner “la otra mejilla” y enfrentar, en todo momento, la vida con firmeza.

Me enseñó a querer al Perú, a comprenderlo y, durante todos estos años de fecunda amistad, demostró que, a pesar de las adversidades y obstáculos, no se debe renunciar a nuestros sueños y aspiraciones colectivas. Mi cálido y emocionado homenaje para ti, Augusto.

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