domingo, 12 de septiembre de 2010

La ecología en tiempos del incario

Recordar la herencia cultural de nuestros antepasados debe ser parte de un análisis que facilite recuperar nuestro sentido de pertenencia e identidad y, además, revalorar los conocimientos de los antiguos peruanos sobre el patrimonio ambiental. En ese contexto, es interesante estudiar las crónicas de Pedro Cieza de León, Garcilaso Inca de la Vega y de los padres José Acosta y Bernabé Cobo. Sus documentados escritos detallan el reconocimiento de estos pobladores hacia la vida silvestre, los camélidos y la utilización integral de los recursos naturales, entre otros detalles reveladores. Estos informes revisten un trascendental aporte histórico.

Cieza de León en su obra “La crónica del Perú”, destaca la numerosa población de guanacos y vicuñas en el Imperio de los Incas y su disminución con la llegada de los españoles. Es importante añadir que Garcilaso de la Vega, en su libro “Comentarios reales de los Incas” describe como utilizaban la fibra de la vicuña extraída mediante “El chaco”, cuyas simples técnicas para su captura y esquila son empleadas en la zona andina hasta nuestros días. El Padre Acosta, en su libro “Historia natural y moral de las Indias”, precisa: “…Los incas tenían prohibido el cazarlas a no ser en sus grandes fiestas y que su manera de cogerlas fue mediante el chaco o cacería en que se juntaban muchos miles de hombres que iban cercando un gran espacio de monte y que solían coger 300 y 400. Estos animales son trasquilados y de la lana se hacen cubiertas y frazadas de mucha estima, por que la lana es como una seda blanda y muy durable, de color natural, perpetua”.

Es interesante lo precisado por el Padre Cobo -en su publicación “Historia del nuevo mundo”- sobre la participación de la población en la esquila de la vicuña y la prohibición de su caza. Similar disposición imperaba para proteger otras especies de camélidos. Según Cobo: “…Tenían un género particular de caza vivo llamado ‘chaco’, que consistía en un rodeo dentro de una determinada área, en cuyo círculo quedaba aprisionadas diversas especies animales, como venados, guanacos, vicuñas”. Uno de los últimos y más célebres chacos fue ofrecido por Manco Inca en honor de Francisco Pizarro, en el valle de Jauja.

Además, manifiesta que había una delimitación de cotos de ganado silvestre (guanacos, vicuñas y venados) de propiedad real. No se podía cazar sin autorización y se extendía a estos animales la prohibición de sacrificar hembras y se verificaba el chaco o gran cacería en vivo. Tenía especial significado la consideración de los habitantes por las ordenanzas del Inca. Así por ejemplo, respetaban la proscripción de matar animales silvestres, con excepción de ejemplares viejos, enfermos y solitarios.

Desarrollaron sistemas de irrigación, domesticaron especies silvestres, fomentaron la crianza de aves, utilizaron la andenería para cultivar productos alimenticios y combatir la erosión de las cuencas gracias a la cual emplearon la superficie de los cerros a fin de cubrir la demanda de la población. Estas terrazas tenían muros de contención y estaban elaborados de piedra seca. Diseñaron un calendario agrícola que establecía la producción mensual, definieron un orden de cultivos y organización el uso del agua sin preferencias para nobles o jefes. Según el ilustre historiador Luis Eduardo Valcárcel, en su publicación “Historia del Perú antiguo”, citando a Cobo dice: “…La extraordinaria afición que tenían los peruanos por el cultivo de la tierra ha debido ser parte principal para el alto desarrollo que alcanzó. Que era tanta la mencionada afición que aun los que practicaban otros oficios como plateros y pintores no era nunca persuadidos para no interrumpir su trabajo como artesanos por acudir al de su sementera, sino que, por el contrario, llegado el tiempo, dejaban de mano a su ocupación para dedicarse por entero a la del cultivo”.

Sobre la guarda y del gasto de las cosechas, Garcilaso explica: “…En cada pueblo, grande o chico, había dos depósitos, en el uno se encerraba el mantenimiento que se guardaban para socorrer a los naturales en años estériles y en el otro las cosechas del sol y del Inca. Había, además, muchos graneros a lo largo de los caminos reales de tres en tres leguas”. Se construyeron, en todas las provincias, grandes almacenes (“colcas”) donde se depositaban los frutos obtenidos en las pertenencias del Inca. Estas edificaciones estaban en lugares altos, frescos y bien airados a orillas del camino real.

Crearon “reservas forestales” denominadas “moyas”. Eran ciertos sectores accidentados de alguna importancia, cuyo usufructo era para la comunidad dentro de cuyos distritos se hallasen ubicados. Sin embargo, el corte de la madera debía ser también previamente autorizado.

Por otra parte, el autor de la “Historia del Perú antiguo” afirma que la pesca se realizaba de diversos modos: utilizando una hierba llamada de barbasco, que intoxicaba a los peces, sin hacerlos nocivos al hombre; pescaban en seco, desviando un brazo del río, tenían un modo especial para coger camarones, armadillos, sábalos, dorados, etc. “Una práctica de pesca era echarse a nado con una fisga en la mano derecha, haciendo uso sólo de la izquierda para nadar a gran velocidad y zambulléndose tras del pescado lo seguían hasta alcanzarlo y clavarle la fisga, con que lo sacaban a la orilla”, concluye.

Las islas de la costa -que desde tiempo inmemorial constituyen depósito de excremento de las aves marinas- fueron explotadas empleando para abonar las tierras. Cada isla estaba señalada para una determinada provincia y si era grande para dos o tres, estableciendo mojones y linderos precisos para que no hubiera interferencias. “No se podía tomar cantidad alguna de estiércol correspondiente al vecino so pena de muerte. Tampoco se podía extraer de la propia área cantidad mayor que la asignada conforme a la extensión de las tierras beneficiadas. Incurrir en alguna demasía daba lugar a castigos”, afirma Garcilaso.

El estudio de estos acontecimientos -que caracterizaron a los habitantes del Imperio de los Incas- permite conocer su identificación ambiental expresada en su organización social y económica. A la luz de estos antecedentes podemos concluir que esta armoniosa relación ha sido recogida por las comunidades altoandinas, quienes constituyen la escuela humilde, austera y auténtica de donde surge la conservación del patrimonio natural como muestra de su alto valor espiritual y ético.

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