lunes, 19 de abril de 2010

Nuestros “verdes” partidos políticos

La definición usual precisa que los partidos políticos son espacios pensantes destinados a discutir y examinar temas nacionales. Se presume que su objetivo es convertirse en cenáculos de estudio sobre nuestra compleja y transversal realidad, servir de puentes de entendimiento entre las incertidumbres del lugareño y el estado y, además, integran a personas comprometidas con el bien común. Esa apreciación dista mucho de su distorsionado desenvolvimiento, no obstante, su rol es fundamental en una sociedad democrática.

Adolecemos de partidos con una concepción integral sobre los alcances de la ecología y sus connotaciones económicas y sociales en los planes de desarrollo. Los asuntos “verdes” no son exclusividad de organizaciones no gubernamentales -cuyo desempeño ha merecido válidas, severas y documentadas críticas- ni tampoco de ciertas élites y grupos nacidos de clamores regionales no resueltos. Esta tarea compete también a los movimientos políticos que deben interpretar las necesidades de los habitantes y presentar alternativas incluyendo los elementos ambientales. Pero, ello requiere condiciones institucionales mínimas inexistentes en su estructura de mediados del siglo pasado o por su finalidad coyuntural y efímera.

En tal sentido, requerimos instituciones políticas organizadas, democráticas, transparentes y capaces de entender los dilemas cotidianos de los peruanos y, por lo tanto, con lucidez para contrarrestar a quienes se valen de sus deficiencias con el afán de atacar el sistema vigente. Es indudable que su situación -incluso en partidos con larga historia republicana- es crítica. Utilizan a la juventud como servidores de jornadas electorales a los que seducen con un puesto público; militantes desempleados en busca de un empleo para resolver sus frustraciones económicas; pugnas internas por asumir su conducción; métodos facciosos y antidemocráticos en sus eventos internos; oscuros financiamientos en sus campañas electorales; padrones adulterados que no reflejan su real número de afiliados; operadores que, desde cargos estatales, hacen proselitismo con dinero del estado; falta de reflejos para responder las expectativas de las mayorías, entre otras taras que los distancia del pueblo.

Para intentar revertir esta situación, desde nuestra perspectiva, el primer paso es una transformación interna y entender que la política es el arte y la ciencia de involucrarse en los asuntos públicos. Es decir, es un medio para interesarse en el país –en forma genuina y honesta- y no para servirse. Por esas razones, incomodó (especialmente a los pusilánimes funcionarios públicos de carrera de militancia aprista) el anuncio colocado, por iniciativa mía, en la puerta del Parque de las Leyendas que decía: “Esta es una institución al servicio de la comunidad, aquí se vive la ética y se practica la meritocracia y no aceptamos tarjetazos”.

Los partidos deben insertar la dinámica ambiental, como parte de una estrategia destinada a reencontrarse con el compatriota, a través de planteamientos concernientes a la ecología. Es conveniente convocar –de manera amplia y plural- a sus mejores expertos para analizar los descontentos producidos por la presencia de actividades extractivas, principalmente, en zonas andinas y amazónicas, en donde el malestar comienza a tomar ramificaciones proselitistas en quienes cuestionan el estatus vigente, que parecieran no alertar los partidos. Estar atentos al “termómetro” del sentimiento popular es una de sus funciones más allá de acordarse del poblador en épocas de elecciones.

Es importante recordar los conocidos sucesos de Bagua debido a la promulgación de normas sobre la utilización de la diversidad biológica en la selva. Según la Defensoría del Pueblo los desencuentros por razones ambientales constituyen el 50 por ciento de los conflictos sociales a nivel nacional. Dichos episodios (que desencadenan actos violentistas azuzados por sectores radicales) son una ocasión para mostrar la capacidad de interlocución de las agrupaciones políticas y exhibir su representatividad como canalizadores de demandas locales.

Por otro lado, las iniciativas ambientales de los gobiernos central, regional y municipal muestran un tratamiento disperso, desconectado e incoherente, debido a limitaciones presupuestales, competencias no definidas, etc. Si bien tenemos un Ministerio del Ambiente -cuya trascendencia no se puede desconocer- como dijimos en su momento, su creación resaltó el agudo olfato mediático del jefe de estado en vísperas de la V Cumbre de ALC-UE (2008), para presentar al Perú como un país que recoge las recomendaciones tendientes a formar una sólida institucionalidad “verde”. A casi dos años del nacimiento de esta cartera, pocos son los resultados y diversas las contradicciones, desautorizaciones, retrocesos y su escasa injerencia en las políticas públicas. Una muestra son las determinaciones oficiales (especialmente en el área petrolera, minera y gasífera) cuestionadas por su dudoso respeto al ordenamiento nacional e internacional.

La clase política está obligada a modernizarse e incluir a la ecología en su agenda en los próximos procesos electorales y en su visión de la realidad peruana. Este componente debe incorporarse con el propósito de vincular la biodiversidad con los anhelos de los pobres. Conocer las posibilidades de econegocios, producción orgánica, actividades ecoturísticas, utilización de recursos genéticos, desarrollo de la paichicultura, aprovechamiento de camélidos, entre otras oportunidades económicas que deben alentarse. Ello amerita consensos con las poblaciones rurales cuyo entorno es esencial en su cultura y tradicional.

Los descontentos por las disposiciones del Poder Ejecutivo, que ponían en riesgo los derechos de los habitantes nativos, dejan como lección que no debemos subestimar su disconformidad. Los partidos políticos tienen la responsabilidad de impulsar acuerdos para promover la explotación de los recursos naturales en beneficio de los olvidados compatriotas quienes, coincidentemente, conviven con esa fuente de esperanza que es el admirable patrimonio ambiental. Dejemos de dar la espalda a ese Perú “…tan lleno de significado y de promesa ilimitada”, como escribiera José María Arguedas.

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